¿Por qué NO nos deprimimos? (II)

¿Por qué NO nos deprimimos? (II)

 

Como dije en el artículo anterior, tenemos sobrados motivos para la depresión: después de aguantar años de gobiernos reaccionarios y misóginos, cuando, por fin, llega uno que podríamos considerar “de los nuestros” (o, al menos, favorablemente dispuesto a escuchar nuestras demandas) resulta que se obceca en el transactivismo, esa doctrina neoliberal de índole místico-religiosa que difumina, oculta y frivoliza nuestra opresión convirtiéndola en identidad libremente elegida.

Y llevamos casi dos años con nuestra agenda –nuestra, la de las mujeres- paralizada. Nuestra agenda, esa que no responde a deseos postmodernos-transhumanistas-consumistas-ególatras sino a realidades palpables y muy crueles.

Así, datos de violencia machista en 2019 (sin hablar de la prostitución, concentrado de extrema violencia):

  • un 57,3%,1 de mujeres mayores de 16 años declaraban haber sufrido algún tipo de violencia machista a lo largo de su vida. O sea, casi 12 millones (12 millones, 12).
  • El 6,5% (322.052 mujeres) ha sufrido violencia sexual de alguna persona (“persona”, dicen los datos oficiales) con la que no mantenía relación de pareja, aunque solo el 8% de las agredidas se atrevieron a interponer denuncias.
  • El 13,4% (737.358 mujeres) han sufrido violencia física de alguna persona con la que no mantenían relación de pareja.
  • El 14,2% (905.489 mujeres) ha sufrido violencia física y/o sexual de su pareja.

Y he aquí algunos datos oficiales de 2021:

  • En los seis primeros meses, se denunciaron 601 agresiones sexuales con penetración (y ya sabemos que la mayoría no se denuncian).
  • Muchas de estas agresiones sexuales fueron extremadamente violentas. Un ejemplo: solo el hospital Clinic de Barcelona atendió a más de 500 mujeres por esta causa.
  • el 48% de las mujeres que sufre algún tipo de agresión sexual sigue sin tener acceso a asistencia integral.

Y así podría seguir… Pero el objetivo de este artículo no es exponer datos exhaustivos (recuerdo que son oficiales y que cualquiera puede acceder a ellos y más la Ministra de Igualdad y la Delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, Victoria Rosell).

Y repito lo dicho en mi anterior artículo ¿creemos acaso las feministas que el gobierno tiene una varita mágica y puede cambiar tan espeluznante realidad de la noche a la mañana? No, no creemos en milagros, pero nos preguntamos ¿la violencia no disminuiría si, a la lucha contra ella, le dedicaran el mismo interés, la misma propaganda, la misma intensidad, los mismos medios, los mismos protocolos que están dedicando al transactivismo? ¿No se avanzaría si el gobierno tomara todo tipo de medidas como, por ejemplo, mejorar la ley en base a la experiencia ya acumulada, hacer campañas de concienciación ciudadana, poner coto a la pornografía que educa en la violencia, penalizar a los prostituidores y, por supuesto, ante todo, convertir la coeducación en pilar básico del sistema educativo?

Hablemos ahora de pobreza y sobreexplotación:

Según los datos de la EAPN (Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social), presentados en octubre 2020 y referidos a 2019, en España había 6,2 millones de mujeres en situación de pobreza frente a 5,6 millones de hombres. Es decir, hay 640.000 más mujeres pobres que hombres y ellas son, además, más pobres que ellos. Nota aclaratoria: el hecho de que destaquemos la pobreza femenina no significa que la masculina nos deje indiferentes. Las feministas pensamos que la pobreza es una atrocidad para cualquier humano, igual que es una atrocidad que prácticamente una de cada tres personas con discapacidad esté en riesgo de pobreza o exclusión, o que el 46,8% de las personas que conforman familias monoparentales corran ese mismo riesgo. Dicho eso, resaltamos que en todos los apartados (discapacidad, familias monoparentales, etc.) el número de mujeres en situación de pobreza y exclusión social es mayor. Tal desigualdad es inadmisible.

Muchas otras realidades nefastas afectan a las mujeres y nos indignan: las dificultades que encuentran aquellas que desean ser madres, la violencia obstétrica, la falta de guarderías, la doble jornada, el ninguneo que tantas sufren a pesar de sus méritos, la chulería masculina amplia y socialmente aceptada, las imposiciones estéticas que nos humillan, deterioran nuestra autoestima, nos hacen perder tiempo y dinero, nos incomodan, etc.; la mercantilización del cuerpo de las mujeres (vientres de alquiler, “donación” de óvulos, etc.), la ignorancia intencionada a la que se condena el deseo y la sexualidad femenina, etc. etc.

Y repito: ¿puede el Ministerio de Igualdad solucionar todo esto? No, claro. Además, en algunos asuntos, ni siquiera tiene competencias. ¿Entonces? Pues como mínimo, en los apartados que competen a otros ministerios (Educación, Trabajo, Sanidad, Cultura, Derechos sociales, Justicia, etc.) debería estar negociando escarnecidamente y presionándolos sin descanso para que legislen y tomen medidas en nuestro favor, debería empeñarse en concienciar a la sociedad sobre estas desigualdades, debería incentivar a los medios de comunicación para que las den a conocer, pues resulta escandaloso que, según datos del INE, en marzo de 2020, solo el 6.7% de la población consideraba la violencia contra las mujeres uno de los principales problemas de nuestro país (no hablemos ya de la total ignorancia respecto a otros problemas de los aquí evocados).

Ante el siniestro panorama que describí tanto en el artículo anterior como en este, vuelvo a preguntar ¿por qué no nos deprimimos?

En el próximo artículo seguiremos.

 

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