Lo que era progre, ya no (II)

Lo que era progre, ya no (II)

 

            Este artículo sería la segunda parte de uno que escribí en el blog de “Mujeres en Red” allá por 2008 y que, dada su actualidad, me siento impulsada a proseguir con muchos giros y cambios, pero conservando el título. Y lo confirmo porque actualmente el “progrerío” se encuentra muy descolocado, de modo que ya hemos perdido hasta las referencias cuando determinados voceros se refieren a la izquierda como los progres, las feminazis, los genocidas como Pol Pot o los abortistas como Mengele. Todo está absolutamente mezclado en una especie de pandemonium en el que las distinciones y el discernimiento se hacen muy difíciles. Ahora, más que nunca, los matices transforman el objeto y el sujeto.

El caso es que cada individualidad nos encontramos en una encrucijada espacio-temporal que nos impide establecernos en una sola dimensión fija e inamovible, ya que en cualquier sujeto político confluyen una serie de coordenadas espaciales que nos sitúan: izquierda/derecha, delante/detrás, arriba/abajo, correspondientes a las tres dimensiones espaciales de nuestro Universo. Y ha llegado el momento de barajar esos conceptos situacionales para entendernos. Hasta ahora era muy fácil definirse como de derechas, de izquierdas o de centro, todo en la misma línea horizontal con prolongaciones únicamente hacia los extremos: ultra derecha o izquierda radical. Son clasificaciones en la coordenada “X” de la horizontalidad. Me referiré aquí sólo a cualquiera que se considere progresista o de izquierdas en general.

Pensándolo bien, esa dimensión plana es la misma de un sello de correos, sin relieves ni sobresaltos. Pero es que ser de izquierda, así, tal cual, ya no define casi nada, porque ignoramos cuál sea su posición en la coordenada “Z”, es decir, en la que se refiere al atrás o delante; ni sabemos nada de su coordenada “Y”, o sea, la de abajo/arriba. Definirse de izquierdas o progre sin entrar en el “pandemonium” de los matices y las contradicciones significa ya muy poco, más allá de la pura perplejidad.  (Coordenadas espaciales)

Ahora se mete en el mismo saco la “ideología del género”, el “cambio climático”, la “Agenda 2030”, las “vacunas y el pase covid”, el “transhumanismo”, los “impuestos a los ricos”, la “República”, el “lenguaje inclusivo”, los “mandatos de la ONU”, el “Manifiesto comunista”, los “decretos de Sánchez”, las “encíclicas del Papa Francisco”, el “Black Lives Matter” el “Procés catalán” y un largo etcétera como la esencia de lo progre. ¡Qué mareo! Por más que uno sea comunista hasta las cachas en la “coordenada X”, puede resultar que en la “coordenada Z” se sitúe en la caverna como guardián de las esencias, es decir, muy detrás en el espacio político. O bien, un progre posmo que esté en el punto cero de la “coordenada Y”, sucede que es incapaz de trascender desde su visión de sujeto y analizar la realidad más allá de sus narices, de sus deseos infantiles o de su Instagram, por más que dogmatice sobre el progreso social o los derechos humanos, pero sin ninguna posibilidad o voluntad de perspectiva. No deberíamos olvidar el dicho inglés de que “el diablo está en los detalles”, es decir, no deberíamos engullir mensajes burdos sin contextualizar, sin perspectiva amplia, sin leer la letra pequeña. Ya no basta la ideología, son necesarias las ideas, y para eso hay que trascender, escalar por la “coordenada Y” a fin de otear el horizonte con altura de miras.      

No, no he olvidado la cuarta dimensión: el tiempo. Y es que el tiempo va unido en la existencia humana a la rotación y traslación de nuestro planeta, que significa el paso de los días, de los años, de la vida. Y resulta que según sea la posición del planeta, del mundo, en esos movimientos, vislumbramos horizontes diferentes. En la rotación, los acontecimientos; en la traslación, los ciclos, el Zeitgeist de la filosofía alemana, el “Espíritu del tiempo”. “Gira, il mondo gira nello spazio sensa fine. Il mondo…” ¿Lo recuerdan los más mayorcitos, con Jimmy Fontana a la voz? Pues eso.

Y bien, parte de la llamada izquierda, sobre todo la más joven, ha quedado seducida por la rotación continua, por el acontecimiento diario y horario sin voluntad de trascendencia ni de visión a más largo plazo para discernir “el espíritu del tiempo”. ¿Y tú sí, hermana? Me preguntaréis algunos. Pero es que yo no hablo en nombre propio, sino del feminismo. Y sucede que el feminismo no es un “acontecimiento” más, sino una “necesidad histórica”, es el “espíritu del tiempo” mismo. ¡Aaah! ¿Sí? Pues sí.

El feminismo NO ES la ideología del género, un totum revolutum que se aplica a cualquier cosa que tenga que ver con los estereotipos sexuales (que no con el sexo) ni es la primacía de los deseos frente a la mostrenca realidad de la materia, del cuerpo; no es el aborto como bandera de liberación frente a la maternidad libre, ni tampoco la prostitución como empoderamiento alguno; no es la racialidad (o racialización) de las mujeres, que nos divide en compartimentos estancos, ni se disuelve en la lucha de clases; no es la orientación sexual sin más ni la neolengua, que nos borra a las mujeres de la Historia;  no supone ser mujer por un cambio de nombre, que pretende resetear la biografía, ni radica en las leyes emitidas por cualquier gobierno de turno de acuerdo con un horizonte plano intrascendente; no es el culto al progreso hacia ninguna parte, ni tiene que ver con unos derechos humanos que apuntan hacia el transhumanismo.

El feminismo ES caer en la cuenta de lo que Carole Pateman ya afirmó: “El contrato social presupone el contrato sexual, y la libertad civil presupone el derecho patriarcal” y, desde ahí, deshacer la madeja. Por eso, el feminismo comienza en la autoconsciencia de nuestra experiencia como mujeres. Pero no sólo individualmente, sino en la constelación de nuestra genealogía negada, lo cual no significa que vayamos de víctimas, sino de vindicadoras de nuestros derechos, de nuestra identidad sexual, de nuestra cultura. Esa experiencia individual e histórica, esa genealogía, esos derechos, esa identidad, esa cultura nos convierten en sujeto político del feminismo. ¿Quién si no? ¿Quién puede exhibir similares evidencias, semejantes “marcas” indelebles?

Lo que sucede es que a rebufo de un movimiento que ha crecido por su consistencia y profundidad, muchas y muchos lo han tomado como bandera política de su inconsistencia y frivolidad, pero creyendo sacarle partido como el que se apunta a una “moda” para no quedarse demodé. Pero el feminismo no es una moda, ni las feministas lesbianas son unas bolleras sin más, sino las herederas de una tradición cultural de gran altura; ni el dimorfismo sexual puede ser una patente de corso para entrar de matute en el Movimiento. Cierta izquierda está destrozando el feminismo desde un “entrismo” descarado, pensando que así se ponen del lado correcto de la Historia, cuando lo único que hacen es poner de relieve su oportunismo político y falta de visión. Se montan akelarres, cabalgatas y saraos a costa del erario público, eso sí. Nadie lo impide, pero que no lo llamen feminismo: es lo único que exigimos. Y que lo subvencione algún departamento de festejos y no el Ministerio de Igualdad.

Lo más vergonzoso es que los propios partidos de izquierda, que forman parte de la gobernanza, se posicionen del lado del oportunismo político, incapaces de trascender, aunque sólo sea a lomos del “sentido común”, si es que carecen de visión política e histórica, destituyendo a quienes sí la tienen. A las feministas nos han dejado sin tener a quién votar, salvo el resquicio del PFE. Lo más folklórico es que los medios, las grandes empresas, la moda o la industria cultural se hayan sumado alborozados y sin pudor a esa nueva versión de un supuesto feminismo pop, trans, punk, unicorn y plus, que conviene más a sus verdaderos intereses, los cuales nunca estuvieron de parte de las mujeres.

Aviso a navegantes/votantes: lo que era progre, ya no.

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