El silencio de las victimas 

El silencio de las victimas 

El silencio de las víctimas interpela a la sociedad a la que pertenece, a todos nosotros. ¿Por qué las víctimas callan, se ocultan?. Podríamos preguntarnos en qué medida colaboramos como personas y como sociedad al silencio y a la soledad de las víctimas.

Es muy triste y desolador que se tenga que vivir el terror, la amenaza, el peligro, el abuso, la pérdida y tantas otras situaciones y vivencias…en silencio, abandono y soledad.

A veces no se ha podido actuar, pero en otras sí y se ha hecho mal o no se ha hecho. Quedará bajo nuestra conciencia y nuestra responsabilidad todo lo que se ha permitido.

Hay muchas situaciones en las que puede ocurrir agresión, abuso, maltrato, según el medio en el que ocurra (familiar, de pareja, laboral, social, institucional…), según el tipo de relación entre el agresor y la víctima, según el tipo de maltrato o abuso, la diversidad de situaciones que se viven, la vivencia del mismo, etc.

Sin embargo, hay un denominador común en todas ellas, el maltratador es el que abusa, agrede, maltrata. La víctima es la que es abusada, agredida, maltratada. Está en un estado de indefensión, tiene miedo, a veces sentimientos de vergüenza y culpa. No puede salir porque la mentira y la manipulación del agresor ejerce poder y domina y la verdad de la víctima se cuestiona.

Las víctimas de violencia de género están marcadas por la pareja, que actúa sobre la mujer y los hijos. El objetivo es el poder y sometimiento de la mujer. En un sistema patriarcal de defensa de los privilegios del hombre, el territorio es propicio.

En la convivencia, el maltratador muestra su naturaleza y personalidad a la víctima, esa que oculta fuera, su agresividad, su abuso, su control, sus mentiras, etc. A ella la manipula progresivamente, la hace dudar de sí misma y de lo que ocurre y la descalifica ante los demás, la inmoviliza. Para ejercer mejor su poder depredador busca el aislamiento de la víctima, para lo cual la separa de su entorno, familia, amigos, etc., a los que rechaza. El aislamiento le permite ejercer su poder destructor sin testigos. El mundo exterior queda fuera, y es fácilmente engañado sobre la realidad de la víctima, que es confundida y silenciada. El maltratador es mentiroso y manipulador porque su estrategia es el engaño, engaña a la víctima y al entorno. Este es el primer silencio de la víctima, el de la intimidad de la pareja.

Cuando ocurre la separación, la pérdida de poder y control sobre la pareja frustra al agresor y se manifiestan más claramente sus emociones primarias, la rabia, la ira, los celos, la envidia, que lo impulsan a la venganza con el objetivo intencionado de dañar y destruir. Para ello utiliza a los hijos, que sabe mejor que nadie que son lo más valioso para la mujer, y empiezan las amenazas que se cumplen. El daño a los hijos daña a la mujer y hacer daño le da poder por el sufrimiento que genera sobre la víctima. Ese daño le permite seguir ejerciendo el poder y el dominio y continuar el control sobre la relación. Esta es la esencia de la violencia de la pareja íntima, una estrategia perversa y destructora, continuada, intencionada.

¿Cómo defenderse entonces del maltratador, como liberarse de él, que obstáculos se encuentra, que recursos y medios tiene la víctima para sobrevivir?. ¿Qué respuesta va a tener del medio en el que se mueve, de la familia, de los amigos, de su medio laboral, de la sociedad?. ¿Qué respuesta le irán dando las instituciones a las que recurre, la justicia, los servicios sociales, o bien la sanidad y los colegios, cuando los necesita para sus hijos?.

Estas preguntas muchas veces no tienen respuesta o no es la esperada y entonces se instaura el silencio, se vive con el miedo, la culpa, la incomprensión, la vergüenza, se vive con el maltrato y el terror porque no hay salida. Este es el segundo silencio de la víctima, el del medio exterior.

El maltratador ya la ha inmovilizado, la ha aislado, la ha silenciado, aparentemente la ha perdido, pero no la dejará escapar. Ahora, la estrategia ante el mundo exterior es hacerse la víctima, ella es la culpable, la que ocasiona los problemas y es desacreditada y abusada de nuevo ante los demás. ¡Pobre hombre, con lo buen padre que es!. Hay dos relatos, pero el entorno acepta fácilmente el relato manipulado del maltratador. Para las instituciones ante las que actúa a través de sus hijos, lo que ocurre es que tienen un conflicto.  El ha conseguido desviar la atención sobre él y la vuelca sobre la víctima. Ahora son iguales ante los demás y ante la ley, la violencia se ha ocultado, se ha convertido en conflicto, el engaño continúa.

A veces se habla del silencio de las víctimas como de un estado del que no saben salir, no están preparadas, no comprenden lo que viven, y necesitan pasar por un proceso interno a partir del cual se sientan preparadas para hablar.

Sin embargo, muchas de ellas si comprenden lo que viven y están determinadas a salir de su situación, pero cuando lo hacen no se las escucha, no tienen apoyo y caen en la trampa del mismo sistema que les pide que denuncien y hablen. ¿Se puede hablar entonces del silencio de las víctimas cuando existe una falta de respuesta de un sistema que contradice lo que pregona?. De un sistema que consiente la desprotección de las víctimas.  ¿Cuánto importan las mujeres víctimas de violencia de género?. ¿Cuánto importan en relación a lo que importaban las otras víctimas del terrorismo de ETA?. Solo hay que ver la financiación y recursos existentes entre una y otra, la claridad que había para hacerle frente, sin ambigüedad o contradicciones en esa lucha, no se permitía la apología del terrorismo, etc. Eran otra clase de víctimas, no mujeres anónimas.

Se habla de la carencia de recursos, de medios, de educación, etc. pero no sabemos cómo ni cuándo ni en cuanto tiempo se pondrían en marcha. Los planteamientos a largo plazo seguirán dejando víctimas por el camino si en el momento actual se siguen permitiendo actuaciones contradictorias. Cuando hay fuego lo primero es apagarlo, después vendrá todo lo demás. Lo primero y urgente es detectar la violencia y acreditarla, lo contrario de negarla o  invisibilizarla. Esto afectaría a actuar sobre las separaciones que son un factor de riesgo determinante de violencia. Afectaría a las custodias que no deberían ser compartidas ni paternas, ni darse en casos de conflicto o desacuerdo. Afectaría a los derechos de visita de los padres que deberían ser prohibidos o supervisados, etc.

¿La detección y acreditación de la violencia se soluciona con los recientes cambios en la ley?. ¿Por qué agujeros se cuelan estas víctimas en el sistema?. Cuando no se las cree, cuando la violencia contra ellas se invisibiliza o no se acredita, con las custodias compartidas sin acuerdo, cuando se aplica el SAP, cuando el maltratador sigue teniendo presencia y poder en la vida de las víctimas, cuando sus derechos están por encima de los derechos de las mujeres y los hijos, cuando los derechos de visita se ejercen sin supervisión, cuando los hijos no son escuchados y respetada su elección, cuando no pueden ser valorados psicológicamente si no hay una sentencia de maltrato, cuando para todo hace falta el permiso del maltratador. Cuando a las víctimas no reconocidas se les cierra la puerta y no se les acredita la violencia invisibilizada, etc. Todas ellas ocurren cuando se otorgan custodias compartidas o paternas sin acuerdo, en casos de conflicto o violencia. La omnipresencia judicial en todo, la violencia tiene que ser valorada por equipos forenses muy especializados en violencia de género, que desenmascaren la apariencia del engaño y la mentira del maltratador y su intencionalidad de hacer daño. La violencia institucional es el tercer silencio de las víctimas. El cuarto silencio es cuando ya no hay remedio y el silencio se hace o es eterno.

Lo esencial es separar al agresor de las víctimas y los hijos, sin embargo los recientes cambios en la ley siguen generando inquietud e incertidumbre en las víctimas con la justicia, que no les da la seguridad que necesitan. La aclamada Ley de Infancia no prohíbe expresamente el SAP, y sigue dejando a la interpretación posibilidades de aplicación que según los expertos pueden permitir que se siga utilizando a través de los jueces y los servicios sociales (1,2), justamente por donde se invisibiliza la violencia institucional. Que se pueda utilizar a través de coordinadores parentales o equivalentes, que según los expertos, pueden imponer la coordinación en situaciones de conflicto y de violencia. Ellos no son expertos en violencia, si hay dudas es un equipo forense muy especializado en violencia de género el que debería actuar, sin embargo estos equipos apenas se utilizan o no existen (3). Las víctimas que aún no ha entrado en el sistema tienen desconfianza, y las que ya han entrado no pueden salir.

En cuanto a los derechos de visita de los agresores, también dependerá de la motivación judicial y se hace extensivo a las madres, ya que se iguala a ambos progenitores (4). Esto es contrario a lo que dice la ley de violencia de género. No solo se desvaloriza la maternidad y se le quitan las custodias a las madres, ahora se abre la posibilidad de igualarlas con los agresores y quitarle las visitas de los hijos.

Se plantean muchas actuaciones en la lucha contra la violencia de género, pero chocan contra el cuello de botella de la justicia, para entrar o para salir, el muro infranqueable de la justicia patriarcal (5). Hasta que no se actúe contra las custodias compartidas/paternas sin acuerdo, habrá violencia enmascarada en el conflicto. Las visitas para los padres violentos siempre se deberían suspender o supervisar, tampoco se deberían denegar órdenes de alejamiento. Mientras no se acepte que es indispensable la separación del agresor y las victimas no se solucionará el problema. Mientras las víctimas se sientan amenazadas por el sistema judicial y no encuentren salida a la violencia, continuarán sin denunciar y silenciadas.

Habría que actuar más sobre los conceptos y criterios que sobre los medios y recursos.


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