Carta abierta: «A QUIEN PROCEDA SIN REFLEXIÓN»

Carta abierta: «A QUIEN PROCEDA SIN REFLEXIÓN»

 

Carta abierta al Dr. Frecuente de la Unidad de Ginecología y Obstetricia del Centro de Especialidades Clínicas Deficitarias

 

Buenos días Doctor:

Le escribo esta carta a su correo electrónico —que enviaré también al residente en prácticas que le acompaña— porque no confío en la burocracia ni en las reclamaciones, aun siendo tan necesarias, sino en la buena voluntad de las personas y considero que usted y su pupilo, pese a todo, la tienen.

Lo que el lunes 25 de enero pasó no es nuevo para mí. Sí lo es la decisión de dirigirme a usted sin conocerle de nada antes de los escasos 15 minutos que estuve en su consulta. Es posible que usted ni se acuerde entre tantas pacientes que debe ver a diario, y también que en unos días yo pase página. Pero hoy me rebelo contra esta mecánica del olvido como medio de supervivencia que tenemos por norma demasiadas mujeres.

Si parasemos el mecánico tictac del reloj durante un cuarto de hora, quizás usted y sus colaboradores podrían oír los pálpitos del corazón de sus pacientes y quizás al escucharlos comprenderían algo obvio para las mujeres con las que suelo conversar: que en una sala de consultas ocurren tantas cosas como al menos el número de personas que la ocupan, y en tantas dimensiones simultáneas como la ciencia describe que puede materializarse la energía.

Las vivencias de muchas personas, mujeres en este caso, no suelen contar porque sus historias no se cuentan y pese a que existen, pues haberlas haylas, ni se las ve ni se las escucha, aunque en apariencia se las atienda desatendiéndolas en realidad.

—¡Aurora Guey Campos!… —gritó ese día la auxiliar clínica mientras leía mi nombre de un listado, junto a la puerta de la consulta 11 — ¡Almudena Gueeeyy! —volvió a gritar como anunciando bragas al por mayor en medio de un establo.

—¡Aurora Gay, no Guey, pero a mucha honra si así fuera! —le espeté en voz alta al acercarme.

Le confieso doctor que no improvisé la respuesta. Suelo emplearla cuando necesito marcar terreno, no ya porque se pronuncie de forma incorrecta mi primer apellido, que hasta le he cogido gustito al recurrente equívoco en esta ciudad, sino cuando media alguna desconsideración de envergadura.

Cuando la auxiliar clínica vociferó mi nombre y apellidos en la sala de espera medio vacía de mujeres calladas con bozales de mascarilla y separadas por asientos marcados con un aspa de cinta roja —como si esta nueva normalidad fuese una forma todavía más elocuente de la vieja, cerré los ojos y lo único que le pedí al universo fue que usted no fuera la doctora de la última vez sino otra algo más considerada.

No sé sí fue san Juan o santa Teresa —o ambos a la par— quien escribió que Dios nos librase de que se viesen cumplidos nuestros deseos, pues el cielo debió de sobreentenderme y cuando entré en la consulta le vi a usted tecleando al ordenador y detrás suyo a quien supuse que era un doctor en prácticas. Ninguno contestó mis “buenos días”, tan ocupados que están siempre.

Usted continuó tecleando y el joven doctor tenía la mirada reclinada hacía el suelo y los brazos cruzados, seguramente repasando por dentro sus enseñanzas sobre la anterior paciente. Al poco de sentarme en la silla, desde el otro lado de la mesa usted dijo “dígame” y yo le contesté a la parte trasera de la pantalla de su ordenador y a la coronilla suya que asomaba por encima, lo que creí que usted necesitaba oír para mi historia clínica, pero al poco de empezar me cortó.

Así las cosas, apenas demoré quince segundos en sacarme los zapatos, calcetines, pantalones y las bragas antes de tumbarme detrás de la cortina blanca amarillenta con las piernas abiertas sobre los poyetes laterales del potro reclinable. Una ya lleva a cuestas, impresa sobre la piel, la sensación de que cualquier biorritmo manifiesto en esa sala de medicina especializada es también una pérdida de tiempo y una falta de respeto a su excelencia clínica.

A punto estuve de ponerme a sacar el polvo al potro con el paño que me pasó la auxiliar una vez dentro del ruedo cortinado, no tanto porque estuviera sucio —que ni tiempo tuve de comprobarlo— sino por la forma en que la mujer me lo endosó. En cuanto me cubrí el bajo vientre con dicho paño y tras la señal que debió hacer para indicarles que yo estaba preparada, ustedes fueron realmente rápidos en acudir.

Esto último es algo que aprovecho para agradecerle —a cada cual lo suyo— pues en consultas anteriores, estando yo en esa postura nada confortable —no sé si usted la ha probado doctor— sus colegas suelen tardar bastante más, sin llegar al extremo de la última doctora para quien encomendé un mal de vientre a mis antepasadas a la izquierda del Padre, a fin de que ella no me tocase en ese día que me tocó usted.  

Permítame que haga un pequeño inciso antes de referirme a lo acontecido en su consulta sobre mi santa encomienda a propósito de la doctora mentada quien, con los guantes puestos y habiendo comenzado a palparme, fue interpelada en el último segundo por una administrativa que apareció no sé de dónde con unos folios grapados entre sus manos, interrumpiendo la mecánica íntima a punto de consumarse.

La doctora y la administrativa se pusieron mano a mano a revisar un folio tras otro y vuelta a empezar. Debía de ser algo inaplazable por urgentísimo, qué le diría, como el inminente incendio del edificio del Centro y el coste presupuestado de su apagado posterior. A nadie más que a mí parecía importunar la furiosa ventilación que tenía lugar al paso de cada folio a escasos centímetros de mi apertura íntima, para que la doctora no perdiera ni medio centímetro de su tiempo mientras me refrigeraban y tensaban hasta las mismísimas trompas del coño.

Disculpe que sea tan franca en esta misiva, pero la doctora anterior me dejó muda y yo hoy ando con la lengua algo suelta al teclado. Volviendo a su consulta, doctor, recuerdo bien que sobre la marcha le pedí que por favor procediera con delicadeza, segundos antes de que usted se dirigiese al joven doctor en prácticas mostrándole la rareza del paisaje íntimo y gratuito que yo les ofrecía postrada y despatarrada sobre aquel potro.

Y aquí debo hacerle una aclaración no por evidente menos importante: cuando llevo el coche al taller mecánico y abren el capote, no se siente desnudo ni indefenso ni ninguneado porque no tiene ni sentimientos ni inteligencia propia, y no tendría sentido explicarle a un autómata cual es el problema si lo hubiera porque no tiene consciencia.  

Acto seguido, usted sin mediar palabra conmigo, no siendo yo un coche ni habiendo acudido a un taller de reparación mecánica, metió una cámara en mi vagina —sin duda un gran avance de la ciencia— y ambos, usted y su pupilo en prácticas, observaban en la pantalla el interior de mis entrañas a las que yo visualmente no tenía acceso.

Hubiera sido muy fácil girarla un poco para incluirme como espectadora de mis propias entrañas mientras usted le explicaba a su pupilo los relieves de las imágenes de la ecografía, con pelos y señales técnicas, como si yo no estuviera, como si fuera una invitada de piedra, como si no se tratara de mí. A ver cómo le explico para que me entienda.

Imagínese usted por un momento en una consulta con dos mujeres doctoras en la especialidad al respecto, una de ellas joven y en formación.

Imagínese que cogen su pene con pinzas y sus testículos con guantes, los voltean como una salchicha con huevos escalfados, comentan alguna rareza que usted desconoce y la doctora titular le da todo tipo de explicaciones a la pupila que está formándose bajo su tutela, al tiempo que ordena con impersonal rutina “¡dese la vuelta!” sin que haga falta dirigir una palabra más al autómata postrado con quien usted debe identificarse supuestamente en beneficio de su salud.

Ahora intente visualizarse a cuatro patas mientras las doctoras enguantadas le introducen una cámara por el ano y bajan su tono de voz a uno más alarmante y técnico, sin que usted alcance a oírlas, como si este orificio y aquellos apéndices no fueran suyos sino extraños artilugios que cuelgan de la parte delantera de un boquete trasero, como piezas de un engranaje mecánico y científico, o como ingredientes de un rutinario plato combinado que incluye bebida sin pajita para personas sin hogar.

Cuando releo el párrafo anterior temo que podría excitar a mentes sadomasoquistas que necesitan reapropiarse perversamente de la lógica de la dominación que trata nuestros cuerpos como objetos en este sistema de producción, descabezándonos, descorazonándonos y desalmándonos. No quiero ni imaginarme que este escrito pudiera contribuir a la erotización del odio en el inconsciente de cualquiera de sus posibles lectores, pero me tranquiliza pensar que al menos puede contribuir a desvelarla.

Disculpe doctor si no borro esta última digresión, pues confío también en la verdad reactiva de la lengua suelta, incluida hoy la mía. Volviendo a su consulta, cuando le pedí ver la pantalla para enterarme de lo que decían, usted me dijo “¡espérese!” y al poco debió de recapacitar y la giro mostrándome mis propias entrañas en grises y negros con tensa prisa y forzada corrección. Pero cuando eso ocurrió yo ya había sido expulsada una vez más de aquel lugar donde me retenía la humillación.

Puede que le sorprenda la insignificante experiencia personal de una paciente que habita un cuerpo de los que ustedes manipulan con mirada automatizada por una carrera académica literalmente desalmada —créame doctor que sé de lo que hablo— y el tictac de su práctica profesional a ritmo de protocolo. Pero puede también que por un breve instante estas palabras susciten en usted algo de empatía o de reflexión sobre la falta de ambas en su consulta.  

Y así, con el hilo de esperanza que todavía me brota hacia la bondad traspapelada de los seres humanos con quienes me relaciono a diario, puede que esta comunicación que intento recuperar por esta vía con usted sirva para mejorar la atención a las mujeres en su consulta. Puede consultarnos para ello cuando quiera, pues cada vez más mujeres estamos más dispuestas.

Con todo, pensando en sus pacientes, mis congéneres, le deseo un buen día, doctor, y me despido con la franqueza y la retranca —desglosada en este escrito— volcadas en las palabras que le dije a su pupilo al salir de la consulta, porque es una práctica de lo más saludable plantar verdades ante quienes nos tratan de forma tan enajenada, a menudo sin querer enterarse de sus consecuencias, incluso bajo la más escrupulosa transmisión canónica del conocimiento asociada a su perfil clínico y su caso profesional: “suerte con su futuro, doctor, que está usted en manos de una profesión desangrada”, pero fui consciente que también quise decir “sagrada”.

En Sevilla, a 28 de enero del 2021

                                                           Fdo.  Aurora Gay Campos


[i]  Este relato está basado en hechos reales. La autora Isabel Aler, socióloga y profesora titular en la Universidad de Sevilla, jubilada, comparte licencia con Aurora Gay Campos para narrar algunas experiencias de incontables mujeres que viven a diario una realidad que no (se) cuenta porque haría insostenible la ficción en que se sustenta la realidad clínica y sanitaria de la vieja y la nueva normalidad.

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