Pues sí, resulta que no todo es feminismo

Pues sí, resulta que no todo es feminismo

 

De vez en cuando, se oyen voces airadas reprochándonos nuestro “feministrómetro”.

Pues feministrómetro no tenemos, pero, criterios, sí.

Y afirmamos: el feminismo es el movimiento sustentado en una ideología y un corpus teórico que lucha por los derechos, la liberación, la igualdad de las mujeres.

Solo quien persigue tales objetivos es feminista. Aunque, por supuesto, el feminismo puede compaginarse con otras militancias. Así, por ejemplo, se puede luchar por los derechos de los animales, por la limitación del tráfico en las ciudades, contra la venta de armas, etc. etc. y ser feminista.

Más aún, se necesita mucha ofuscación patriarcal para considerarse antirracista, ecologista, anticapitalista y no ser también feminista, dado que las mujeres siempre son las negras de los negros, las proletarias de los proletarios, las más perjudicadas por los desastres naturales (aquello de “las mujeres y los niños primero” resulta, estadísticamente, una patraña).

Pero que quede claro: solo es feminista quien defiende los derechos, la liberación, la igualdad de las mujeres.

Ciertos activismos -contra agresiones, menosprecios, humillaciones, sometimientos entre humanos, por ejemplo- cuentan con el apoyo total del feminismo pues van en el mismo sentido que nuestra lucha, pero,

desgraciadamente, hoy por hoy, nos vemos obligadas a mostrarnos cautas cuando nos hablan de “derechos trans”. Previamente, hemos de examinar lo que entienden por tales “derechos”. Así, juzgamos antifeminista la “ley trans” presentada al Congreso, puesto que, al considerar la estructura opresiva del género como sentimiento personal y electivo, ignora y/o ridiculiza la sumisión impuesta a las mujeres, antepone los deseos de quienes dicen “sentirse” mujeres sobre los de quienes biológicamente lo somos, somete nuestros derechos a los de otros, abre la puerta a todo tipo de arbitrariedades machistas y, con tal de no “herir” a la sensibilidad de ningún trans, hiere alegremente la sensibilidad de millones de mujeres (los transactivistas, fieles al dictado patriarcal, creen que nuestro “ser mujer cis” conlleva priorizar a los demás).

Como ya he explicado tantas veces (por ejemplo, en mi último libro Feminismo o barbarie, vol. II) esperando estoy que los defensores del “feminismo inclusivo”, prediquen también un “antirracismo inclusivo” y reclamen que cualquiera que lo desee pueda declararse legalmente negra, gitana, minusválida o lo que tenga a bien ya que nadie mejor que la propia persona sabe “lo que es”.

(Nota: ¡Ah! y por supuesto, las transmujeres pueden, si lo desean, unirse a la lucha por los objetivos de la agenda feminista; no pueden, sin embargo, redefinir esos objetivos).

Resumo: no, feministrómetro no tenemos, pero sí criterios. Tan es así que, por ejemplo, tampoco consideramos feministas a quienes juzgan el abolicionismo como reivindicación de menor cuantía o no juzgan la prostitución como concentrado de sometimiento patriarcal de las mujeres y totalmente incompatible con la igualdad.

Un último apunte: el hecho de que los fines y objetivos del feminismo estén claros no significa que entre feministas no pueda haber desacuerdos puntuales y diferentes opciones tácticas y estratégicas. Ocurre, verbi gratia, con los permisos de maternidad y paternidad. Y ocurre con temas más peliagudos. Así, algunas feministas optan por militar en partidos políticos “generalistas”, a pesar de que esos partidos no solo no lleven la agenda feminista como bandera, sino que incluso, la traicionen. Ellas piensan que para hacer avanzar la causa feminista no hay que abandonar tales organizaciones a su tendencia “naturalmente” patriarcal, sino que se debe trabajar por el feminismo desde dentro, presentando batalla interna.

No es mi opción, pero puedo comprender a quien la tiene, siempre, claro está, que esas organizaciones no sean descaradamente misóginas y/o abiertamente de derechas.

Creo, en definitiva, que las feministas debemos centrarnos en los objetivos que nos unen, sin enconarnos -como sí ocurrió en los 80- en torno a la “doble militancia” u otros asuntos que no son cruciales para nuestros objetivos (como sí lo son, por el contrario, los vientres de alquiler o la sacralización del género, por ejemplo).

Por contra, me repelen quienes, durante años, se consideraron feministas y defensoras de nuestra agenda (equilibrio en las tareas de cuidado, igualdad salarial y dignificación de los trabajos “femeninos”, sexualidad como placer compartido, presencia paritaria de las mujeres, lucha enconada contra la violencia machista, etc.) pero ahora no se oponen a la agenda trans, esa que, sin embargo, devora, descuartiza y desactiva la nuestra; callan ante los feroces ataques que sufrimos, ante la insoportable “frivolización” de lo que en esta sociedad patriarcal significa ser hombre o mujer, ante la priorización neoliberal de los deseos y sentimientos individuales y el abandono de la lucha colectiva basada en datos objetivos, etc. etc.

En privado aseguran que se debería contar con diagnósticos profesionales y que hormonar y operar a menores es grave. Admiten que, en los centros educativos, la coeducación ha quedado engullida por las prédicas trans, desaprueban la multas y sanciones que la ley nos impondrá a las “disidentes” … Sí, eso dicen en “petit comité”, pero, en público, callan. Unas, por cobardes (¿temen sentirse minoría, parecer poco modernas-guays, sufrir la agresividad y el acoso del transactivismo?), otras, por no perder “el puesto” o por “precavidas” (esperan a ver quién “gana” y, por lo tanto, esperan a ver a quien deben acariciarle el lomo) y algunas alegando que esta batalla “las desvía” de los importantes trabajos que se traen entre manos, etc. etc.

Todas estas sí me repelen, sí. Y lo digo con todo el dolor de mi corazón, pero lo digo.

 

 

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