Ni trans ni cis feminismo

Ni trans ni cis feminismo

Si hay algo que ha caracterizado siempre a la genealogía feminista, es la capacidad de anteponerse a todos los ataques que pretenden dañar el movimiento mediante el uso de la razón y la crítica argumentada.

A raíz de la aprobación del anteproyecto de ley trans presentado recientemente en el consejo de ministros y la consiguiente puesta en marcha del proceso legislativo, las mujeres han recibido una declaración directa de intenciones lesivas con sus derechos por parte tanto de los grupos políticos que la han admitido a trámite, así como de ese mass media que, durante largos meses, se ha dedicado sin descanso a crear y hacer llegar a la población un mensaje sesgado, sentimentalista, basado en infantilismos y que cuenta con nulo respaldo de la comunidad científica, en definitiva, un mensaje acorde con la ideología que promueve dicha ley, para el que en aras de conseguir su máximo calado, han osado revestir de conceptos tan universales y genéricos como son la identidad, la libertad y el progresismo.  Sobra decir que, a diferencia de otros tiempos, en los que el debate entre varias posturas enfrentadas se entendía desde una concepción nutritiva a nivel intelectual para el consumidor, a día de hoy, las posturas que no concuerdan con el mensaje generalizado son tachadas de odio y, por ende, no cuentan con más altavoz que el de intentar hacer algo de eco desde los pocos medios independientes que se atreven a publicar las proclamas del feminismo. Es inevitable recordar, a raíz de esto, una frase de 1984 que dice: “La ignorancia es la fuerza”. Y en efecto, es sobre esa ignorancia perpetrada por los medios y aceptada a ciegas por parte de la ciudadanía, que se asienta la defensa acérrima de tan variopinta propuesta de ley.

Es preciso, antes de profundizar, esclarecer qué se encuentra en la superficie.

El citado documento tiene como nombre “Anteproyecto de Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI”, pero, ¿a qué se refieren con “trans”?

Probablemente cualquier persona no docta en tan específico tema pensará erróneamente en las personas transexuales, sin embargo, basta con hacer un conteo de la selección de palabras sobre el propio borrador para darnos cuenta que, así como “trans” es mencionado nada menos que 64 veces, las referencias específicas a términos como “transexuales” aparecen siete veces “transexualidad “dos y “transexual” directamente no aparece. Entonces, ¿qué es lo trans si no se refiere en concreto a la comunidad transexual? Pues es, nada menos, que la identidad de género. Ese inmenso paraguas creado con todos los colores del pantone que siempre abierto bajo el que todo se cobija y todo vale.

Recordemos que el concepto de identidad, tan presente en la actualidad, no es algo nuevo y exclusivo de nuestra historia reciente, ya que desde la antigüedad ha sido objeto de estudio. Por ejemplo, para Parménides el “ser” debía ser entendido desde un punto de vista racional, rechazando completamente las disputas basadas en los sentidos. Con Sócrates la identidad de los seres humanos, entendida como el conocimiento de uno mismo y su areté se hallaban en la sabiduría, en la capacidad de distinguir entre el bien y el mal.  Descartes en su conciencia del “yo” apuntaba con el dualismo a la necesidad de separar el cuerpo de la mente. Para Hume la identidad consistía en un haz de percepciones que conformaban al individuo. Sartre, sin embargo, creía que la identidad era creada según el modo concreto de vivir. Fue Freud el primero en ligar el concepto de identidad al sexo con el desarrollo del Ello, en donde afirmaba que los seres humanos estaban conformados por un equilibrio inestable que comprende los recovecos del inconsciente, entendiendo así el ello como el placer sexual y la satisfacción de los deseos. Es en la filosofía post estructuralista de los años 60-70 donde encontramos una predisposición clara y directa por rechazar lo material, estableciendo un cuerpo teórico que justificara la lucha, no por los derechos en sí, sino por convertir los deseos propios en derechos. Ya en los años 90, aparecería Judith Butler, filósofa encargada de recoger lo sembrado antes por Freud y Foucault, entre otros, para acabar conformando su obra en la que nos hablaría tanto de la “performatividad” del género y de las disidencias sexuales, como del desligamiento del concepto de sexo, ya no entendido como causa inherente de opresión desde el nacimiento, sino que pasaría a ser un constructo social, alzándose así como referente indiscutible de la llamada Teoría Queer.

Y es sobre este precepto que se articula el movimiento identitario, bajo el que encontramos la migración de ese concepto de identidad, que ya no se encuentra ni en la sabiduría ni en el cuerpo, sino que pasa a ser un producto del deseo. Lo que yo deseo ser es lo que configura mi identidad, por lo tanto, lo que deseo (y lo que consumo, ya que no se puede despreciar el efecto que tiene el mercado sobre nuestras vidas), es lo que soy.

La expansión de la teoría queer produjo el florecimiento de adeptos a un movimiento que acepta preceptos volubles tanto en la percepción de identidad propia de cada individuo como de su sexualidad, pues, si mi yo depende de mis deseos en un momento concreto, mi sexualidad igual, por ende, la existencia de la atracción fija basada en el sexo (heterosexual, bisexual, homosexual) muta para transformarse en atracción basada en gustos personales (sapiosexual, me atrae la inteligencia, skoliosexual, me atraen las personas no binarias, autosexual, solo me gusto yo etc) que no son fijos en el tiempo sino que pueden cambiar en base a la evolución de las preferencias personales. No es casual que la unión de los conceptos de identidad y sexualidad sean los sujetos principales del anteproyecto.

El género ha pasado de ser la construcción social o el cánon impuesto en base al sexo observado en el nacimiento a convertirse en una mera elección, una etiqueta de quita y pon a gusto del consumidor. Sus manifestaciones, antaño binarias (masculino y femenino), se amplían hasta el infinito para abarcar las infinitas posibilidades que nacen de los infinitos pareceres de cada ser humano. Cabe señalar que es cuanto menos hipócrita que un movimiento basado en la individualidad solo sea real y posible mediante la aceptación por parte de terceros del parecer propio, ya que un diverso solo existe cuando pertenece a un grupo determinado de diversos que lo validan, siendo el entorno en el que establece el que configura su identidad, conllevando así la desaparición de esa supuesta diversidad inicial.

Sin embargo, bajo esa misma premisa en principio liberadora es inevitable que no se produzca un repliegue identitario. Si cualquier hombre puede identificarse como mujer, el concepto “mujer”, hasta ahora aceptado a nivel jurídico y socio-político, queda diluido, por tanto, la opresión en base a nuestro sexo y el objetivo de la lucha feminista dejan de tener sentido a la hora de articular, por ejemplo, la agenda feminista.

Otra consecuencia de la aceptación de lo queer es la devaluación que sufre el concepto género en legislación, ya que ese sufijo enfocado anteriormente desde el feminismo y el reconocimiento de la opresión sexual, (violencia de género, perspectiva de género…) desaparece.

Otra consecuencia de la aceptación de lo queer es la devaluación que sufre el concepto género en legislación, ya que ese sufijo enfocado anteriormente desde el feminismo y el reconocimiento de la opresión sexual, (violencia de género, perspectiva de género…) desaparece. Con la aplicación de la ley trans y el respaldo a la autodeterminación del género, lo que se consigue es una plena descontextualización del concepto pues su entendimiento migra hacia esa amalgama de siglas cuyo valor viene dado por el contexto en el que se desee emplear. Al ser asociado el género tanto al sexo como a la identidad (véase la unión de lo queer con la lucha LGTB, convertida ahora en LGTBQIA+), su conceptualización se torna borrosa y, otra vez, al gusto del consumidor.

Tendemos a pensar que la libertad es poder hacer lo que nos dé la gana, sin embargo, es preciso tener en cuenta que de determinados actos devienen consecuencias que afrontar. Otra de esas consecuencias es el menosprecio de todo el trabajo llevado a cabo por la revolución sexual, que se enfocó, entre otros aspectos, en decirles a las mujeres que no sólo que eran dueñas de su sexualidad y de su cuerpo sino de su decisión acerca del tipo de relaciones sexuales que querían tener.

Siendo lo queer un enfoque centrado en la satisfacción de los deseos individuales sujetos a la aprobación de terceros, en el ámbito sexual, la negativa a mantener relaciones sexuales con un diverso supone una “no aceptación, no validación” de ese diverso, entendido por los devotos queer como una discriminación, ya que, por encima del consentimiento sexual, sitúan los deseos personales. Y es que este aspecto es en sí espinoso, pues precisamente para reconducir el debate sobre la importancia de ese consentimiento, se emplean argumentos basados en la coacción, la manipulación y la invisibilización, dirigidos en su amplia mayoría hacia las mujeres.  Afirmar, por ejemplo, la existencia de “penes femeninos” situados en el cuerpo de hombres que se identifican como lesbianas, y que pretenden tener relaciones sexuales con las mismas, es pura homofobia. No hace mucho tiempo que las personas homosexuales eran sometidas a terapias de conversión por entender su orientación sexual como un error que se podía modificar y reconducir hacia la única opción aceptada, la heterosexualidad. A día de hoy, la homosexualidad aparentemente aceptada, se intenta modificar y reconducir hacia todas las opciones situadas bajo el paraguas. La misma homofobia que antes se manifestaba bajo la represión ahora lo hace desde una falsa progresión.

Situar “lo trans” desde el feminismo deviene en un oxímoron.

Situar “lo trans” desde el feminismo deviene en un oxímoron. Al proporcionar una amplia gama de opciones relacionadas con el individualismo, se omite el realizar un análisis de los motivos que nos llevan a las mujeres, como colectivo conformado por más de la mitad de la población mundial, a padecer la opresión, tampoco se profundiza en los mecanismos de perpetuación que se lleva a cabo por la misma y no adjunta en absoluto herramientas centradas en la emancipación de las mujeres. Un anteproyecto de ley que además viene reforzado por ideales patriarcales, jamás podrá ser englobado dentro del feminismo, y es que otra de las ideas propias bajo las que se asienta la ley trans, es la existencia de cuerpos equivocados, y si hay un colectivo que sepa sobre eso, somos las mujeres. A lo largo de la historia se nos han impuesto diferentes cánones de belleza que nos indican cómo debían/deben ser nuestros cuerpos para hacerlos encajar en el gusto de los hombres. Primero gordas, luego delgadas, sin vello, pechos grandes, labios carnosos, pelo largo, piel perfecta…y es sobre ese mismo cánon que miles de mujeres se han sometido a incontables tratamientos estéticos, dietas y cirugías para modificar sus cuerpos “equivocados” en el intento de hacerlos “correctos” y aceptables para la mirada del hombre, desarrollando por el camino incontables enfermedades. No es casualidad que, en el transgenerismo, la estética adoptada por varones que performan el género femenino provenga de una hipersexualización (adoptando pechos grandes, altas dosis de maquillaje, tacones, ropa ajustada, manierismos exacerbados entendidos como “femeninos” etc.) mientras que del lado masculino (mujeres biológicas) se abandonan esos mandatos encorsetados previos del género que se entendían acordes al sexo biológico.

¿Es ésta entonces la nueva libertad? Se me hace complicado no volver a recordar la obra de Orwell, 1984, donde escribe “La libertad es la esclavitud”.

Antes de que la teoría feminista iniciase su camino de la mano de Poullain de la Barre, allá por el siglo XVII, era difícil saber dónde se encontraban esas mujeres que mostraban su rechazo ante las imposiciones patriarcales. La única manera de obtener una idea aproximada era observando los despuntes de misoginia que los eruditos coetáneos a aquellas mujeres, reflejaban en sus obras. Quien no importa, quien es invisible, no genera rechazo. Si ese rechazo hacia las mujeres está documentado es precisamente porque ante esa rebeldía contestataria se producían respuestas patriarcales.

Hoy en día nos encontramos en un contexto alejado de esa invisibilidad plena, pero que inexorablemente contiene ciertas similitudes. A pesar de que nuestra presencia es cada vez mayor, también es mayor el contraataque recibido ante nuestra “rebeldía”. Y es que cuando el feminismo de un país, compuesto entre otras muchas, por mujeres formadas al más alto nivel académico, expertas en Derecho, en Psicología, en Filosofía, en Magisterio etc. se pone en pie y sale a las calles para hacer constar con motivos argumentados el rechazo hacia una ley, la respuesta obtenida tanto en medios de comunicación masiva como en política, ha consistido o bien en silenciarnos, difamarnos o en directamente, no atender a razones. Díganme si no este comportamiento otra respuesta patriarcal.

En estos tiempos de posmodernidad, del todo vale y de la importancia en exclusiva del yo y mis deseos, un movimiento colectivo y global como es el feminista se ha topado en este país con un chiste de mal gusto al ser representado por un Ministerio al servicio del capital que defiende cualquier interés, por muy antagónico que sea con la agenda feminista, menos el de las mujeres.

Sin embargo, déjenme decirles que la esperanza jamás se debe perder, ya que, así como esa representación kafkiana actual que tenemos las mujeres en el gobierno acabará desapareciendo, arroyada por sus propias traiciones, el movimiento feminista, por muy complicados que se pongan los tiempos, perdurará, pues si hay un aspecto que define el carácter de nuestras filas es la presencia de mujeres valientes dispuestas a cambiar el mundo.

 

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COMENTARIOS

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    Osvaldo Buscaya 3 meses

    Es Delito de Lesa Humanidad el abuso sobre la niñez, la trata, el proxenetismo y sus consecuencias, como toda violencia de género.
    “Las fuertes resistencias contra lo femenino no serían de índole intelectual, sino que proceden de fuentes afectivas; la irresoluble perversión no sublimada y ambigüedad sexual del varón que posee la decisión final en éste esquema, donde lo masculino sigue siendo la ley”. Osvaldo Buscaya
    a) {Al ser asociado el género tanto al sexo como a la identidad (véase la unión de lo queer con la lucha LGTB, convertida ahora en LGTBQIA+), su conceptualización se torna borrosa y, otra vez, al gusto del consumidor.}
    En el discurso hipócrita del ecuménico perverso transexual patriarcado en realidad vemos la exposición de su perversión para la comunidad, jugando al profeta ecuménico. Por lo demás como asombrarse de esas reacciones, donde el feminismo denuncia los resortes agresivos escondidos en todas las actividades tendientes a la “igualdad”. Puede verse en el más azaroso incidente, con la mujer donde basta para provocar la intención agresiva, que reactualiza su irresoluble perversión y ambigüedad sexual, una estructura particularmente destinada a camuflar, a desplazar, a negar y o amortiguar la intención agresiva sobre lo femenino.
    El sentido y la verdad del feminismo (la mujer) es la derrota del varón; perverso irresoluble y ambiguo sexual
    “El feminismo es única y absolutamente la mujer”
    Un travesti o un trans; no es una mujer
    El discurso de la acción femeninológica, de mi ciencia de lo femenino (Femeninologia), expone al varón frente a aquello que ha silenciado en el pasado; el fundamento agresivo que encubre con su hipócrita moral y ética patriarcal, que se demuestran insostenibles en el presente.
    Osvaldo Buscaya
    Psicoanalítico (Freud)
    Femeninologia *Ciencia de lo femenino
    Aspectos esenciales e inéditos del Siglo XXI
    Buenos Aires
    Argentina
    7/7/2021

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