Ese fuerte sentimiento que hace milagros

Ese fuerte sentimiento que hace milagros

         

Acabo de leer un largo diálogo o controversia en un chat feminista en el que una “mujer trans” trata de explicar qué es ser mujer a unas pobres ignorantes nacidas con vulva a quienes se les asignó el sexo “mujer” al nacer y viven tan conformes y tan contentas con ello, así, sin más. Bueno, por lo visto, además de vulva tienen genética XX, ovarios, útero, gónadas femeninas y no sé cuantas cosas más, pero de las que no se ven. Dejémoslo en vulva. Sin embargo, estas ignorantes forman parte de un grupo mucho mayor, que comprende también a las mujeres nacidas con pene y otras varias cosas, pero dejémoslo en pene. ¿Cuál era, pues, la diferencia, en definitiva, entre unas y otras? Porque, por lo visto, todas son mujeres. Yo devoraba el razonamiento esperando alguna revelación que me hiciera caer del caballo de mi ignorancia. Era como un partido de ping pong, en el que a veces se caía la pelota al suelo y otras silbaba ante tus narices con una velocidad de vértigo que tenías que volver a leer para entender. Así dale y dale, sobre múltiples objeciones que la “mujer trans” intentaba aclarar a un pequeño grupo de ignorantes de la vulva. Creo que la mayoría eran madres, pero no entendían nada de lo que significa ser mujer.

Después de repasar los principales argumentos, que tenían mucho de réplica al sentido común con el que hemos funcionado hasta ahora para las cosas corrientes de la vida, al fin comprendí lo que significa ser una mujer con pene. Si no lo tienes, eres una irrelevante conformista, pero si lo tienes es que un fuerte, muy fuerte, sentimiento desde siempre te está diciendo en tu interior más insondable que tú eres una mujer. Y, realmente, ese fortísimo sentimiento te hace ser una mujer sin que ninguna pueda replicarte sin ser llevada a la hoguera de la transfobia. Esa es otra, pero bueno.

Esa profunda convicción, ese sentimiento indeleble, es la señal divina de que eres una mujer que, por extraños vericuetos, has venido a caer, no ya en un cuerpo equivocado, sino en un cuerpo de mujer con pene. Voilà: lo entendí. Sí, claro, porque lo del cuerpo equivocado era reconocer que un cuerpo con pene es un cuerpo de hombre, y, desde luego, que no es así. Un cuerpo con pene puede ser un cuerpo de hombre o un cuerpo de mujer según tú te sientas. Por supuesto, esto es mucho más fácil de entender. Supongo que un cuerpo con vulva puede ser también un cuerpo de hombre con vulva, pero de eso no se habla, porque lo importante es lo del pene, como siempre.

Me resulta todo tan misterioso como determinados dogmas religiosos, que para creerlos tenías que cerrar muy fuerte los ojos y decir a pies juntillas lo de que Dios era tres personas distintas, y ya. Si tú te lo creías es que era así, pero los ojos cerrados muy fuerte para que funcionara. O cuando comulgabas, que tenías que creer que te habías tragado a Dios. Y volvíamos al banco y cerrábamos de nuevo muy fuerte los ojos apretados entre las manos hasta que nos lo creíamos. Y ¡oh, milagro! Funcionaba. Sí, claro, es muy fácil. Si aprietas muy fuerte los ojos, para no ver lo de afuera, y te repites muy muy hondo que eres una mujer, aunque tengas pene, es que eres una mujer. Y se acabó. Se opera el milagro. Y los milagros existen. Y si no, que se lo pregunten a las Naciones Unidas, que ya tiene reconocidas no sé cuantas maneras de ser hombre, de ser mujer, de ser nada, de ser las dos cosas, de ser otra cosa diferente, de no ser, de ser lo contrario, de ser lo de más allá, de ser dálmata o caniche. Sólo nos falta dar con el sexo de los ángeles para terminar el catálogo. Es como la multiplicación de los panes y los peces. ¡Qué increíble para dar de comer de la nada a cinco mil personas!

La “mujer trans” repartía doctrina a diestra y siniestra, a palazo limpio, mientras las pobres “cis” se quedaban boquiabiertas y asentían: “Sí, sí, eres una mujer”. Y algunas hasta decían que no sabían lo que eran, aunque hubieran parido. La evidencia palidece ante el milagro. Ese milagro de convertirse en mujer por un fuerte sentimiento sin cirugías, sin cambio genético, sin útero, sin vagina o sin ovarios es algo extraordinario. ¿No sería mucho más fácil admitir que hay muchísimas formas de ser mujer y muchísimas formas de ser hombre sin más? No haría falta retorcer las cosas como para llegar a “los misterios de la fe” y caer postradas de hinojos ante el nuevo ser que aparece como un milagro de la naturaleza, es decir, contra ella. Pero bueno, como ya se encargó Judith Butler de decir que la naturaleza no existe, que todo es cultura, pues solucionado. ¿Cómo vamos a creer en algo tan vulgar como la naturaleza que nos parió, estando el género, que es como el bautizo a una nueva fe? ¡Aleluya!

La gente sería mucho más feliz con una libertad plena para ser, para existir según sus gustos, tendencias o identificaciones varias sin que los demás se inmutaran por ello. Sería cuestión de normalizar lo que significa ser persona como superación de ser hombres o de ser mujeres, pero sin dejar de serlo. Claro que, mientras estén detrás suculentos negocios farmacéuticos y el oscuro proyecto del transhumanismo, seguiremos viviendo en “la corte de los milagros”, pero no ya en el sentido de Don Ramón María del Valle-Inclán. Lo echo de menos en este momento y su dominio del esperpento.

 

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