Sentido y sensibilidad en la ley «trans»

Sentido y sensibilidad en la ley «trans»

Este año el Día de la Mujer y  la Ciencia llega en un momento en que el feminismo crítico está defendiendo  la evidencia científica del sexo biológico frente a la fundamentación puramente emocional del proyecto de ley trans, y de toda la legislación similar que le precede relativa a la autodeterminación de género.

El objetivo de esta Ley, en vías de tramitación por el Ministerio de Igualdad; es permitir  el cambio del sexo  con el que ha nacido una persona,  a nivel registral, y a todos los efectos legales, sin exigir el cumplimiento de ningún requisito. La persona que cambie de sexo podrá modificar toda su documentación, incluida su partida de nacimiento, y pasará a existir como hombre o como mujer aunque su cuerpo no haya sufrido ningún cambio físico. Únicamente habrá pasado por un proceso administrativo sobre el papel que luego se aplicará hasta las últimas consecuencias de manera rigurosa. Un hombre con barba y alopecia comparte espacios por ejemplo con tus hijas preadolescentes porque lo políticamente correcto ahora es aceptarlo con normalidad. Esta es la primera vez en nuestra democracia en que la  ley no se está usando para  regular el funcionamiento de un aspecto de la  realidad, sino para imponer esa realidad en base a creencias propias. Algo que no debería permitirse y que excede con mucho la ideología inevitable de los Partidos.

Como justificación para actuar de este modo se apela a la solidaridad con las personas transgénero, pero en la práctica  nadie va a comprobar que sean ellas las que accedan al proceso. Realmente no hay un perfil de persona a la que vaya dirigido esto, se trata de cambiar para todo el mundo la concepción del sexo y convertirlo en  una categoría subjetiva, psicológica y fluida. Elegida libremente en base al deseo personal. Un plan sin fisuras  si no fuera porque el sexo no puede cambiar mágicamente pese al poder coercitivo de las leyes,  y porque las diferencias sexuales resulta que son la base sobre la que se ha discriminado a la mitad de la población. 

Aunque la crítica feminista no se ha hecho esperar no significa que la ley vaya a perjudicar únicamente a las mujeres o que nosotras salgamos peor paradas. El feminismo ha reaccionado con rapidez porque a corto plazo tras su entrada en vigor permitirá situaciones distópicas al negar las diferencias sexuales. Por ejemplo la competición de hombres autodeclarados «femeninos» contra mujeres deportistas. Pero más allá de ese primer impacto no podemos perder de vista que se trata únicamente de algunos de los  síntomas del problema de fondo. La ley está mal conceptualizada  en origen, con lo que perjudica al conjunto de la sociedad, a todas y a todos,  incluso a esas personas a las que dice proteger.

Sin razón y corazón  las leyes se convierten en un abuso. Legislar en contra del pensamiento racional es un crimen porque va contra la única herramienta que tenemos los seres humanos para garantizar nuestro bienestar y adaptarnos al mundo. Si nos quitas la inquietud por averiguar la verdad y la capacidad de distinguirla para comprender la realidad que nos rodea, no somos más que una especie de mono con piojos y pulgar oponible dándole vueltas a una pelotita  fluida de colorines. El método científico que  esta ley desprecia a favor del pensamiento afirmativo y neoliberal según el cuál,  «los límites a la realidad los ponen tus deseos»,  es el único patrimonio de la humanidad. Lo  único que  tenemos la gente atea  y abandonada a su suerte como yo; el único don de Dios irrefutable para los creyentes, es el proceso del pensamiento lógico. 

No solo estamos cruzando una línea roja, si vamos a usarla para saltar a la comba con ella sugiero que por lo menos lo decidamos conjuntamente y con los tiempos que necesita una sociedad democrática para estar informada, al fin y al cabo lo único  que pedimos el 15M fue el derecho a cometer nuestros propios errores, ya que las consecuencias negativas  siempre se socializan.

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