Prostitución de lujo: ¿por cuánto dinero una violación se convierte en glamour?

Prostitución de lujo: ¿por cuánto dinero una violación se convierte en glamour?

“Mujeres sobradamente preparadas, con un inmejorable físico que optan por prostituirse por dinero y lo ganan a destajo”, “¿qué tendrá de lujo la prostitución? La pasta”, “Su negocio se basa en la discreción, en poder ir a una fiesta con mucho glamour del brazo de un millonetis y parecer un ligue en vez de una prostituta”, son algunas de las frases que se pueden encontrar en discusiones en foros en internet sobre la prostitución de lujo. Hombres de diferentes edades y procedencias discuten sobre la libertad de las mujeres.

Cabe destacar esta frase: “Si la ejerce con libertad no tenemos por qué quemarla en la plaza, o eso hacia la Inquisición, cada uno con su coño hace lo que quiere”, porque llegando al final, utiliza el masculino para hablar de genitales femeninos. Así, con una pequeña traición de su subconsciente, expone la realidad: que son los hombres los que deciden qué ocurre con las mujeres y sus cuerpos.

Existen tres tipos de legislaciones sobre la prostitución, que abordan la misma problemática desde diferentes perspectivas: la abolicionista penaliza al putero y al proxeneta, que son quienes crean la demanda y quienes fuerzan que haya oferta, respectivamente; entendiendo a la mujer como una víctima de la transacción comercial que hacen estos, mediante su explotación sexual. Y la regulacionista, sin embargo, se enfoca en equiparar la explotación de las mujeres a un trabajo, gracias a la “compensación” económica que reciben de sus violadores, los puteros. La prohibicionista se centra en penar a la mujer, lo que ha demostrado ser lo menos efectivo y lo que causa mayor vulnerabilidad de estas. En este artículo nos centramos en el abolicionismo y en el regulacionismo por ser los más extendidos.

En 1998 se aprobó la ley sueca abolicionista. Su éxito ha sido tan rotundo que muchos países la han imitado y se estudia el modelo sueco para ver las verdaderas raíces de la prostitución. Por el contrario, cuatro años más tarde, en 2002, Alemania planteó el modelo regulacionista, aumentando con él, durante todos estos años, el estigma de la prostitución, la trata, la prostitución de menores e incrementando la violencia hacia las mujeres mediante la cultura de la compra de sus cuerpos.

Gracias a la creación y puesta en marcha de estos dos modelos hace 23 y 19 años respectivamente, además de a los estudios hechos en ambos territorios para poder ir evaluando el resultado, se tienen pruebas más que de sobra para que las feministas exijamos leyes abolicionistas en todos los países.

En cualquier debate sobre la prostitución, todos estos datos hacen que cualquiera pueda convencer a quienes buscan lo mejor para las mujeres, y no para el capital y el Patriarcado, de que el abolicionismo es la solución. Sin embargo, hay un argumento que siempre se esgrime por quienes no quieren convencerse de la realidad objetiva de la prostitución. Ese argumento es el de la prostitución de lujo: “Vale que el 98% de personas prostituidas sean mujeres, vale que la inmensa mayoría sean muy pobres e inmigrantes, consumidoras de grandes cantidades de drogas para poder sobrevivir a ese infierno… pero… ¿y las de lujo qué? Esas lo hacen porque cobran una barbaridad, esas no están explotadas”.

Es curioso que siempre se resalte a un grupo tan minoritario para intentar sentar las bases de toda la prostitución.

Nuevamente se cambia el foco de quienes crean el problema a quienes sufren el problema. En lugar de centrarnos en por qué el poder adquisitivo a los hombres les permite comprar mujeres a diario, nos focalizamos en cuál es la cantidad que le pagan a la mujer por violarla. Y esto suscita la duda de por cuánto dinero una violación se convierte en glamour. ¿Hay una cantidad concreta de dinero que, si se supera, deja de implicar explotación sexual?

En el artículo de El Español <<Sandra, prostituta de lujo, sigue trabajando pero selecciona más: “Pido un mínimo de 1.000 euros»>> escrito en el principio del confinamiento (abril 2020), explica como esta mujer elige a sus propios “clientes” pero tiene que trabajar además en un “local de prostitución” en el que, según el artículo “cuenta que estaba dada de alta en la Seguridad Social como camarera o como empleada de sala, no sabe muy bien”. Además, el artículo nos relata: “el jefe de Sandra la incluyó en un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE). Ahora intenta traer a casa algún dinero añadido a la prestación que ha de recibir. Y si tiene que saltarse el confinamiento, se lo salta”.

Y no para ahí, sobre saltarse el confinamiento nos explica la forma en la que lo hace y “[…] Sandra, esta noche, no volverá al hogar con sus niñas y su madre, que se ha quedado a cargo de las nietas. Sandra tiene que trabajar. No le importa que España viva confinada desde hace ya casi mes y medio. Es una prostituta de lujo.”

Este artículo nos vende una imagen de una mujer “empoderada” que gana muchísimo dinero (curioso que en el artículo siempre nos plantea las supuestas cifras justo después de explicarnos lo precaria de su situación). No hay que poner mucha atención para llegar al enigma de cómo una mujer que gana tanto dinero no es rica, necesita estar “pluriempleada”, tiene a su madre de niñera en casa, no sabe cómo está contratada y relata que, lo que le gusta es que en las orgías en las que le pagan por participar, haya droga. Dado que es “de lujo” una espera que su poder adquisitivo fuese altísimo. ¿Sus hijas irán a la misma escuela a la que van los hijos de todos esos “altos ejecutivos, abogados, médicos, empleados de banca, futbolistas…”?

Esa historia relatada así es solo una de miles, las frases que enseñábamos al principio de este artículo son solo de un foro de miles. Pero el debate y el intento de “limpiar” el nombre de la prostitución siempre es el mismo.

De lo que no habla el artículo es de cómo de endeudada está esta mujer o cuánto dinero tiene que gastarse para poder seguir manteniendo ese “status de lujo”. Los vestidos, el maquillaje, bolsos, la peluquería, la ropa interior, e incluso el coche que puede llevar una mujer prostituida “de lujo” es tremendamente caro, y debe salir de su bolsillo.

Lo único diferente del resto de la prostitución es “el envoltorio

Lo único que es “de lujo” en este tipo de prostitución es lo que exigen los “clientes”. Hombres con muchísimo poder adquisitivo necesitan el clasismo de no comprar en los mismos sitios que la gente con menor poder adquisitivo, no usar los mismos coches, no comer en los mismos restaurantes y, como no podía ser menos, no violar a las mismas mujeres.

Hombres con dinero exigen que la explotación sexual por la que pagan tenga un “nivel”, una “clase”, y por eso no le valen las mujeres drogadas y violadas por al menos 15 hombres cada noche de cualquier club de carretera. Ellos quieren mujeres que, como decía un comentario del principio, “no parezcan prostitutas”.

Y no lo parecerán, pero Sandra, al igual que todas esas mujeres de la “prostitución de lujo” no son ricas, no van a comer a los restaurantes en los que comen sus “clientes”, no viven en casas como las suyas. No se libran de poder contagiarse del COVID o de cualquier ETS.

Como ya es un clásico en el regulacionismo, se pone el foco sobre el lugar equivocado, sobre la víctima, para que solo se nos subraye que “gana mucho dinero, a destajo”. Sin embargo, como abolicionistas, debemos fijarnos en eso de lo que nos quieren distraer: quiénes son los puteros “de lujo” y qué quieren.

Lo único diferente del resto de la prostitución es “el envoltorio”: la ropa de lujo y aspecto de alto poder adquisitivo. Sin embargo, dentro de ese “envoltorio”, son las mismas mujeres explotadas sexualmente por el patriarcado.

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