¿El incesto tabú?

¿El incesto tabú?

Nos contaron que el incesto era tabú. Y muchas nos lo creímos. Pero no es cierto: lo que era -y aún es- tabú es contarlo y denunciarlo.

Sabemos que las agresiones sexuales en general han sido –y siguen siendo- ocultadas y negadas. Las incestuosas, mucho más, sin comparación. Y, por supuesto, son aún más graves porque siempre se cometen contra menores y la agresión va acompañada de abuso de autoridad y de confianza en grado superlativo.

Menores –a veces de 4 y 5 años e incluso de menos- asustados, aterrorizados, avergonzados (no saben ni de qué), menores que no tienen ni palabras para nombrar lo que viven, que prefieren cualquier horror antes que enfrentarse, mirarlo a la cara, acusar al responsable porque piensan, además, que no los creerán, que, al decirlo, perjudicarán a la familia, que serán rechazados por ella, que causarán dolor a todo el mundo…

En Francia acaba de publicarse un libro, La familia grande (se titula así, en español) escrito por Camille Kouchner, en el que desvela que su padrastro empezó a abusar de su hermano gemelo cuando éste tenía 13 o 14 años. Ahora que tienen 45, ella se ha sentido capaz de contarlo.

En Francia, el libro ha sido un bombazo. En solo cuatro días (se publicó el 7 de enero), se vendieron 225.000 ejemplares.

Nos contaron que el incesto era tabú. Y muchas nos lo creímos. Pero no es cierto: lo que era -y aún es- tabú es contarlo y denunciarlo.

En parte se explica porque, tanto por parte de madre, como de padre, como de padrastro, como de amigos de la familia y relaciones de todo tipo, Camille Kouchner pertenece a la “aristocracia de la República”. Y, en Francia, esa “aristocracia” es lo más de lo más. La otra solo es folclore residual y -al revés de lo que pasa aquí- no sirve ni para las revistas de cotilleo ni para programas de la tele. La auténtica aristocracia, la que de verdad goza de prestigio y poder en la vida tanto intelectual como política y social, es la primera. Familias cuyos miembros van “aux grandes écoles”, son brillantes, cultos, saben de todo lo que hay que saber (desde pintura hasta vinos), ocupan altas funciones en el estado, dirigen importantes fundaciones e instituciones, escriben libros, controlan editoriales, son, a su vez, profesores de universidad y de “grandes écoles”… La crème de la crème (la nata de la nata).

El padre de Camille es Bernard Kouchner, cofundador de Médicos sin fronteras y de Médicos del Mundo. Un señor que empezó militando en la Unión de estudiantes comunistas, luego, se pasó al Partido Socialista y fue Ministro de Salud y Acción Humanitaria con Mitterrand, luego parlamentario europeo y terminó siendo ministro con Sarkozy (bonita trayectoria ¿verdad?). Su madre nació en Vietnam (cuando era colonia francesa y se llamaba Indochina) donde su padre era gobernador. Fue ensayista, profesora de derecho, politóloga…

Cuando Camille tenía nueve años, su madre y su padre se divorciaron, en contra de la voluntad de este que se lo tomó muy mal, pese a que nunca estaba en casa. Como decía la madre: «No puede ocuparse de todos los niños del mundo y, además, de sus hijos”. Nota: De esos progresistas los había a montones en los años 70: todos haciendo la revolución –ni siquiera en el tercer mundo como Kouchner, más bien en el bar de la esquina-, pero, en casa, missings.

todos haciendo la revolución –ni siquiera en el tercer mundo como Kouchner, más bien en el bar de la esquina-, pero, en casa, missings

Llegó Oliver Duhamel, nuevo marido de su madre, con el que los niños congeniaron inmediatamente. Formaron una familia estupenda, rodeada de otras familias y personas igualmente estupendas, cultas, libres, burguesas, por encima del vulgo… Su casa de verano, junto al mar, se llenaba de filósofos, pensadores, escritores, editores, académicos, intelectuales… Todos exquisitos. “La familia grande” (así, en español) la llamaba el violador.

El violador: seductor, bien relacionado, simpático, profesor de universidad, también de la crème (mirad en wikipedia si tenéis curiosidad) empieza a violar al hermano de Camille cuando ellos tenían 13 o 14 años y él 39 o 40.

El chico se lo cuenta a su hermana (son gemelos y están muy unidos):

«Está mal, ¿no crees? Pero, bueno, como es él, no puede ser malo. Me está enseñando ¿no? Y, bueno, nosotros no somos una familia típica ¿no? somos una familia desinhibida”. Intenta explicarlo, entenderlo, minimizar su angustia. Camille le dice que deben decírselo a la madre. Y el hermano responde: «No, guarda el secreto. Se lo prometí, así es que tú prométemelo a mí. Si hablas, me muero. Me da demasiada vergüenza”.

En el libro, Camille cuenta el trauma que supuso que eso ocurriera: un padrastro que los quería tanto y al que ellos tanto querían…

Muchos años más tarde, en el 2007, se lo confiesan a su madre que, por aquel entonces, estaba muy deteriorada y alcoholizada. Y la madre reacciona contra ellos: “¿Ahora lo contáis? ¿Por qué no lo dijisteis entonces? ¿a cuento de qué ahora? ¿Qué pretendéis?” El violador alega que fueron relaciones consentidas e incluso que el chico lo provocaba…

Se lo cuentan a su tía, una actriz muy conocida en Francia y muy unida a su madre. Es la única que reacciona positivamente y los apoya. Exige a su hermana que deje al pedófilo violador y, como esta no quiere, rompe las relaciones con ella para siempre.

Se lo cuentan al padre, a Kouchner, que dice: “Voy a ir a partirle la cara” (no me digáis que no es típico…). El hijo le ruega que no lo haga, Kouchner calla cuando lo que debería haber hecho es denunciarlo en comisaría. Y, con otro tipo de delito, seguro que hubiera reaccionado así, pero, en estos asuntos pasan del “voy a romperle la cara” a “¡¿ah?! ¿No quieres? Pues nada”. Aún no comprenden que lo personal es político. Tampoco terminan de tomarse en serio que violar, y más a un menor, y más cuando el menor es de tu familia, constituye un delito muy, muy grave que de ninguna manera puede pasarse por alto. Yo, a este, lo empuraba por encubridor.

Según parece, toda esa gente que la familia frecuentaba, exquisitamente culta, divina, intelectual, progresista estaba al corriente… Y todos callados como muertos.

Ahora Camille ha hablado, animada por el libro El consentimiento de Vanessa Springora.

Dice: “Tardé mucho en darme cuenta de que yo también era una víctima. Viví prisionera de su perversidad. Solo hay un culpable, él. Mis hermanos y hermanas, mis primos, mi madre, mi tía, todos han sido sus víctimas. El incesto hunde a toda la familia».

Según parece, toda esa gente que la familia frecuentaba, exquisitamente culta, divina, intelectual, progresista estaba al corriente… Y todos callados como muertos.

Cuando a mediados de diciembre, la prensa empezó a hablar de la publicación de este libro, una militante feminista escribió un twist: «Yo tenía 5 años. Una noche, el hermano de mi madre, destruyó mi candor y ensombreció el curso de mi vida. En un segundo, tuve cien años».

Inmediatamente empezaron a llegar otros twists: contaban del hermano, del padre, del tío, del primo, del amigo de la familia… 80.000 en dos días.

Se calcula que una criatura de cada diez ha sufrido un incesto. 77 % de las víctimas son niñas, el resto, niños. 75 % tenían menos de 10 años. Los autores son hombres en un 95 % de los casos.

Termino como empecé: qué ingenuidad la mía –la nuestra- de pensar que eso de que “el incesto fuera tabú” significaba que era una prohibición fuertemente interiorizada y que, por lo tanto, solo ocurría en escasísimos casos.

Pues no. Resulta que no, que como dije al principio, el tabú no es hacerlo sino hacerlo público.

Ahora parece que, por fin, se les da credibilidad a las víctimas.

 

 

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