El libro de Pauline Harmenge que cuestiona las actitudes contemporáneas hacia el feminismo

El libro de Pauline Harmenge que cuestiona las actitudes contemporáneas hacia el feminismo

PAULINE HARMANGE

Las mujeres, especialmente las feministas, han sido acusadas durante mucho tiempo de odiar a los hombres. El instinto, claro, les pide negarlo a toda costa; al fin y al cabo, muchas mujeres fueron condenadas a la hoguera por menos.

Pero ¿y si desconfiar de los hombres, que no nos gusten —y sí, tal vez incluso odiarlos—, es, en realidad, una buena respuesta frente al machismo? ¿Y si esta respuesta ofrece una salida a la opresión y se convierte en una forma de resistencia? ¿Y si incluso allana el camino hacia el bienestar, la solidaridad y la sororidad?

En este ensayo tan iconoclasta y provocador como urgente y riguroso, Pauline Harmange cuestiona las actitudes contemporáneas hacia el feminismo y se impone como portavoz de un grito de guerra para que las mujeres encuentren un amor más valioso entre ellas y para ellas.

 

Prólogo

«Acusar de misandria es un mecanismo de silenciamiento, una forma de acallar la ira, en ocasiones violenta pero siempre legítima, de las oprimidas hacia sus opresores. Ofenderse por la misandria, hacer de ella una forma más de sexismo e igualmente condenable (como si el sexismo se condenara), es barrer bajo la alfombra con toda inquina los mecanismos que convierten la opresión sexista en un fenómeno sistémico perpetuado por la historia, la cultura y las autoridades. Es constatar que una mujer que odia a los hombres es igual de peligrosa que un hombre que odia a las mujeres, y que no tiene motivos para sentir lo que siente, ya sea hostilidad, desconfianza o desprecio.»

  • 14-15

 

1. Misandria, sustantivo femenino

«[H]ablaré, pues, de la misandria como un sentimiento negativo hacia el género masculino en su conjunto; un sentimiento que puede abarcar desde la simple desconfianza hasta la hostilidad y que generalmente se manifiesta en forma de impaciencia ante los hombres y de rechazo a su presencia en los círculos femeninos.»

  1. 23

«[S]omos muchas las que pensamos que los hombres no pueden ser feministas, que no se van a apropiar de un término acuñado por las oprimidas. Porque es de lo más habitual que los hombres que dicen ser feministas y lo gritan a los cuatro vientos no hayan “deconstruido” sus privilegios tanto como pretenden aparentar y se aprovechen de ellos alegremente para pisotear a las mujeres de su entorno o para abusar de ellas.»

  1. 26

 

«[A] los hombres les pedimos que se queden en su sitio; no, de hecho, les exigimos que aprendan a ocupar menos espacio. Aquí no tienen el papel protagonista, y deberán acostumbrarse a ello.

Si establezco con frecuencia el paralelismo entre misandria y feminismo es porque me han hecho falta muchos años de feminismo para ver crecer en mí esta hostilidad hacia los hombres, para asumirla y dejar de fingir, incluso delante de los hombres de mi entorno. La práctica regular del feminismo es la que permite, en mi opinión, desarrollar la seguridad y la confianza necesarias para alcanzar este punto.»

  1. 28
  2. 2. Emparejada con un hombre

«Un día, mientras hablaba con unas amigas sobre la extraña costumbre de los hombres de creerse amantes excepcionales sin preguntarse siquiera por la satisfacción de sus parejas, solté un men are trash que colmó el vaso. Una de mis contertulias me dijo algo así como: “Mira, ya vale de tonterías. Para ti es muy fácil decirlo, ¿qué pasa, que tu novio es perfecto, o qué? Para el carro”. En ese momento, no supe qué contestar; mi hipocresía se había puesto en evidencia.»

  1. 33

«Cuando conocí al hombre que luego se convertiría en mi marido, aún no había cumplido los diecisiete y no se me había ocurrido jamás odiar a los hombres. Eran una pieza esencial del concepto que tenía de mi propia persona. Su opinión era la única que importaba.»

  1. 34

«No es por echar piedras en mi propio tejado, pero tengo que ser sincera: no, mi marido no es perfecto. No me viola y tampoco me pega, friega los platos, pasa la aspiradora y me trata con el respeto que merezco. ¿Es eso ser perfecto? ¿O se trata de lo mínimo? ¿Tan bajas son nuestras expectativas que los hombres pueden salir así de bien parados con tan poca cosa?

Entendámonos: yo tampoco soy perfecta, nadie lo es. Pero me parece que es poco frecuente que los esfuerzos que hacen las mujeres por ser más agradables a ojos de su cónyuge sean recíprocos.»

  1. 36

3. Misándricas histéricas y malfolladas

«[S]eguimos notando cierto malestar cuando decimos alto y fuerte, incluso entre nosotras, en un entorno feminista, que albergamos una hostilidad o recelo generalizado hacia los hombres.»

  1. 44

«[H]ay hombres que han aceptado escuchar por qué nuestras relaciones con ellos están sesgadas, por qué sus privilegios deben deconstruirse, y que no ponen el grito en el cielo cuando nos oyen decir que todos los hombres están podridos. Hay hombres que lo han entendido, que incluso están de acuerdo. Nuestros aliados son estos, no los que se abren paso a codazos para colocarse a la cabeza del feminismo y que no soportan que pongamos en evidencia sus comportamientos problemáticos.

A menudo confundimos la ira con la violencia, pero estas dos palabras no siempre van de la mano. La ira que nos provoca que nos traten como si fuésemos inferiores no puede compararse con la violencia de los hombres que nos humillan, nos violan y nos matan, y tampoco con la violencia de los que nos ignoran, nos dan la espalda y se ríen en nuestra cara. Es mucho lo que podemos ganar si nos salimos del limitado rol de mujeres dulces y pacíficas, casi pasivas, y exigimos a los hombres que sean mejores.»

  1. 45-46

 

4. Los hombres que no amaban a las mujeres

«[N]o se puede comparar la misandria con la misoginia, sencillamente porque la primera solo existe como respuesta a la segunda.»

  1. 52

«[L]a cuestión es que, sea cual sea el género y la edad de las víctimas de violencia sexista o sexual —es decir, ya sean hombres o mujeres, adultos o niños—, es indispensable insistir en que los autores de estos actos violentos son casi siempre hombres.»

  1. 54-55

«Mientras haya hombres misóginos […] y una sociedad que los acepta y los anima, habrá mujeres que, hartas, se negarán a pagar el precio de unas relaciones que resultan agotadoras y, en ocasiones, peligrosas.»

  1. 59

 

5. Que ruja la ira de las mujere

«Los modelos que nos inculcan son nocivos en los dos casos: ni la violencia que se estimula en los niños ni la pasividad que se impone a las niñas son reacciones oportunas, tanto para los unos como para las otras, ante una situación injusta o conflictiva.»

  1. 66

«[E]n lugar de interpretarlo como una tendencia biológica de las mujeres a buscarle tres pies al gato, deberíamos preguntarnos de dónde surgen dichos conflictos, a lo que podríamos responder que empiezan siendo intentos de resolver situaciones descompensadas. […] Culpar a las mujeres de generar discordia es injusto, además de ser abiertamente sexista.»

  1. 68

«La misandria nace de la ira y se alimenta de ella. Desde siempre, las feministas han vinculado la ira privada, que pertenece al ámbito doméstico, con la ira pública: “lo privado es político”. […] No obstante, durante mucho tiempo, la ira femenina no se ha podido expresar como ira feminista. Las emociones exaltadas no gustan a nadie, sobre todo cuando proceden de las mujeres, y por eso nos ha llevado mucho tiempo limpiar el nombre de la ira femenina. Pero ahora empieza a encontrar su lugar, a liberarse del tabú con el que ha cargado durante siglos. Ahora se escribe sobre ella. […] Y debemos atesorar este lugar y atizar las llamas de nuestra ira en nuestro fuero interno; una ira que reclama justicia, que exige compensación, que nos urge a que no sucumbamos a la resignación. Es nuestra ira la que responsabiliza a los hombres de sus actos y da impulso a todas nuestras revoluciones.»

  1. 70-71

6. Tan mediocre como un hombre

«[P]uede que no todos tengan malas intenciones, pero es difícil luchar contra esa idea que tan inculcada tenemos en nuestras mentes de que la opinión de los hombres, aunque sea del primero que pasa por la calle, es más importante que la nuestra. Incluso en las relaciones que consideramos igualitarias, somos muchas las que vigilamos cómo somos y cómo nos presentamos ante el mundo para gustar a los hombres de nuestro entorno.»

  1. 76

«[E]s para cabrearse, porque los hombres mediocres ocupan el lugar de personas más capacitadas con su bullshit y su ego desmedido. Si a nosotras se nos ha educado para que dudemos de nosotras mismas constantemente, los hombres han crecido con la seguridad de que generalmente lograrán hacer pasar gato por liebre o, al menos, disimular sus lagunas. Existe, por ejemplo, un estudio llevado a cabo por LinkedIn en el que vemos que, ante una oferta de trabajo, los hombres tendrán más tendencia a “tentar a la suerte y ‘ya veremos’”, mientras que las mujeres “solo se presentan si están seguras de ser aptas para el trabajo”.»

  1. 79

«En realidad, tener la seguridad de un hombre mediocre también significa ser más amables con nosotras mismas. Si tantos hombres son capaces de abrirse camino por el mundo sin acercarse ni de lejos a la perfección en ningún ámbito, tal vez vaya siendo hora de que nosotras también nos permitamos soltar lastre. […] Ha llegado el momento de dejar de sentirnos culpables por no llegar a ser como Wonder Woman además de unas santas, que es hora de que nos permitamos ser seres humanos con algunos defectos. Los raseros con los que se mide a los hombres son bajísimos, mientras que para las mujeres son demasiado altos.»

  1. 80

 

7. La trampa de la heterosexualidad

«Para las mujeres, tener pareja es una necesidad, porque a ojos del mundo, una mujer sola no tiene el mismo valor que una mujer que pertenece a un hombre. Nos imaginamos a las mujeres solteras y sin hijos como criaturas egoístas y amargadas, mientras que las que están casadas y son madres son totalmente libres de expresar su generosidad y dulzura naturales.»

  1. 87

«La heterosexualidad es una trampa. Es la trampa de creer que las relaciones íntimas son obligatorias por defecto y naturales en esencia sin preguntarse qué es lo que da sentido a una relación desde el punto de vista de las partes implicadas. Mantener una relación heterosexual monógama no es más natural que vestirse o ir en bici al trabajo cada mañana. Hace mucho que hicimos creer a las mujeres que su realización personal dependía de la intervención de un hombre, por mucho que este sea insensible, perezoso e insignificante en general: lo que sea, antes que estar sola.»

  1. 89-90

 

8. Hermanas

«[L]a sororidad es para mí una brújula, porque estoy rodeada de mujeres que irradian luz, talento, pasión y vida a raudales y que se merecen todo mi apoyo y cariño. Y yo decido darles esta energía relacional a ellas y a todas las mujeres, porque los hombres no me necesitan para sentirse validados, para que reafirme sus elecciones vitales, para sentirse seguros de su valor. Y porque en las relaciones entre mujeres existe una reciprocidad que suele darse por descontado.»

  1. 97-98

 

9. Oda a las reuniones de Tupperware, a las fiestas de pijamas y a los clubes de chicas

«[S]i el precio que deben pagar para entrar en su club de chicos es el desprecio a las mujeres y a las minorías, ¿por qué privarse? Total, a ellos no les pasará nada, o muy poco.

Al tiempo que nutren su endogamia masculina nociva y simplista, los hombres nos privan de nosotras mismas y de nuestras semejantes. Cuando se indignan por nuestras reuniones feministas no mixtas, lo que de verdad nos reprochan es que nos reunamos en un cuerpo político en el que no tienen ni voz ni voto. Pero lo que les molesta no es tanto que las mujeres nos reunamos, porque cuando se trata de grupos de costura, de asociaciones de madres o de reuniones de Tupperware, no pueden mostrar menos interés. Lo que no pueden soportar, lo que de verdad les mete miedo, es que nos organicemos, nos juntemos y formemos una masa política de la que surgen ideas y planes de acción. Y que a ellos no les demos la más mínima importancia.»

  1. 105-106

«¿Cómo ha llegado un manifiesto misándrico firmado por una joven desconocida a convertirse en el libro por el que todos se pelean?»

  ELLE

 «¿Es la misandria una apología al odio hacia los hombres o la señal de una posible igualdad entre hombres y mujeres?»

FRANCE CULTURE

  «Ha sido la estrella sorpresa del inicio de curso editorial. Tras ser víctima de un intento de censura, las ventas de Hombres, los odio de Pauline Harmange se dispararon. Desde que se agotó y luego reapareció el 2 de octubre, la prensa extranjera se ha hecho eco del debate de fondo: ¿se ayuda a la causa feminista apelando a la misandria?»

 COURRIER INTERNATIONAL

 «La lectura es rápida, eficiente y capaz de provocar discusión. Incluso si eso significa no estar de acuerdo.»

«Más allá de lo provocativo de su título, el ensayo de Pauline Harmange plantea con humor, claridad y vigor algunas preguntas muy necesarias sobre los debates que agitan hoy el ámbito feminista. La manera en que se construye la falta de confianza en sí mismas de las mujeres; las condiciones para una sororidad real; y el derecho a la ira, en el que la autora cree más que nunca después de los ataques recibidos.»

«Moi, les hommes, je les déteste es un alegre panfleto que se lee del tirón. El tono es acertado, las frases cinceladas y el argumentario, sólido. No hace falta un doctorado en lucha de sexos para comprender la lógica implacable que mueve a Pauline Harmange a asumir sin problema esa postura proselitista.»

 LIBÉRATION

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