El imperativo de la belleza: una coerción social que daña a las mujeres

El imperativo de la belleza: una coerción social que daña a las mujeres

 

El imperativo de la belleza es una de las formas mediante las cuales se nos oprime a las mujeres en el seno de las sociedades patriarcales. Este imperativo es una de las herramientas a través de la cual se ejerce un control directo y profundo sobre nosotras: el control sobre nuestros propios cuerpos.
Es importante en este punto tener en cuenta lo siguiente: nuestro cuerpo no es algo ajeno a nosotras. No es algo que poseamos como se posee un bien material, sino que nuestro cuerpo somos nosotras mismas. Esto es: somos, también y no solo, nuestro cuerpo. Es por eso que controlar y dominar el cuerpo de las mujeres significa controlar y subyugar a las mujeres mismas. Este dominio corporal sobre nosotras ha ocurrido y ocurre por vía del control histórico —ejercido por parte de los hombres— de nuestra sexualidad, capacidad reproductiva, libertad de movimiento, etc., así como de nuestra apariencia, bajo la premisa de la belleza. Este último punto es el que desarrollaré en este artículo.

En el contexto actual, a la muy extendida visión deshumanizante y cosificadora del cuerpo como algo externo, algo que se tiene, que se posee — y que, por tanto es posible mercantilizar sin remordimiento ético alguno—, se suma la falacia del vivir o del nacer en un cuerpo equivocado. En este artículo, me centraré en el mensaje concreto que inocula en las mujeres la firme creencia de que vivimos en un cuerpo equivocado, de que somos un cuerpo equivocado —y por ello, tal y como razoné anteriormente, la firme convicción de que nosotras mismas somos erróneas—. Esta idea del supuesto cuerpo equivocado se nos inculca en referencia a la morfología de nuestro cuerpo de mujer; respecto a sus funciones específicas, sus formas, su volumen y todo aquello que a su apariencia se refiera.

NO NACEMOS ODIANDO NUESTRO CUERPO… ENTONCES ¿DÓNDE LO APRENDEMOS?
Desde nuestro nacimiento, son múltiples las imposiciones sobre nuestra apariencia, gestualidad, modo de movernos en el espacio, entre otras. Estas imposiciones no tienen la finalidad de fomentar nuestra libertad, nuestra autonomía o nuestra autoestima, sino todo lo contrario. Forman parte del género femenino, impuesto sobre el sexo mujer; son un “deber ser” constante que cercena en nosotras el ser que somos y la posibilidad de una trayectoria vital libre y acorde con nuestro bienestar. Tal y como sostiene Naomi Wolf sobre el mito de la belleza, en su obra homónima, esta supuesta belleza «está siempre prescribiendo comportamiento y no apariencia».

De hecho, si analizamos en profundidad la idea de que el cuerpo propio no debería ser como es, la pregunta inmediata e ineludible es ¿comparado con qué cuerpo, con qué estándar? Ahondando en la respuesta, pronto nos daremos cuenta de que es un canon inalcanzable e irreal £­establecido por hombres en detrimento de las mujeres£­, en el que se nos ha condicionado a ver belleza y perfección, desde la perspectiva patriarcal y en el contexto de dicho sistema.
Otra perversidad, al hilo de este asunto, es la fuerte unión que en esta sociedad sexista se establece entre la valía personal de las mujeres y su belleza —entendida en términos patriarcales, como se explicó anteriormente—. Esta asociación, a parte de ser de una superficialidad insoportable, es extremadamente nociva para nuestra autoestima como mujeres, lo cual afecta a su vez a nuestra realización personal. Como afirma Gloria Steinem, en su libro Revolución desde dentro. Un libro sobre la autoestima: «la autoestima no lo es todo, es solo que no hay nada sin ella».

BELLEZA… ¿A QUÉ PRECIO?
En la mayoría de ocasiones, tratar de alcanzar este ideal implica sufrimiento físico y psicológico: pasar hambre en el caso de las dietas; dolor y deformación de pies junto con el acortamiento del tendón de Aquiles y debilitamiento del suelo pélvico en el caso de los tacones; no ser capaces de mostrar nuestra cara al natural sin sentir vergüenza en el caso del uso de maquillaje, etc. Esto es una pequeña muestra de la virulencia de la socialización en el género femenino y de nuestra asimilación profunda y forzosa del mismo. Es esta inoculación del género la que explica lo que, en una sociedad sana para las mujeres, resultaría inexplicable: que nos preocupe más satisfacer que estar satisfechas, agradar que ser agradadas, complacer que ser complacidas, amar que amarnos, ser deseadas que desear, todo aun a nuestra costa y con la obligación social de mantener la sonrisa ante cualquier agravio. Se nos presenta como natural y deseable aquello que de natural y deseable nada tiene.

En la adolescencia, todos los cambios que se producen en el cuerpo de los hombres son socialmente alabados y bienvenidos: el aumento de estatura y de masa muscular, el crecimiento de la barba, la voz que se torna más grave £­tono percibido como más serio y autoritario a causa del patriarcado£­, la potencia sexual, etc. Son estos atributos viriles los que convierten a los hombres finalmente en lo que el patriarcado considera, errónea pero interesadamente, la medida de lo humano.

Por el contrario, los cambios que se producen en el cuerpo de las mujeres durante la adolescencia son percibidos como desagradables, vergonzosos o como un nuevo reclamo para indeseados comentarios y acosos sexuales por parte de varones. Se nos inculca desde bien pequeñas el mensaje de que una gran parte de lo que en nuestro cuerpo hay de natural y sano es errado, feo e incluso repulsivo: los pelos, las formas y tamaños de nuestra fisionomía, la menstruación, el rostro, las canas, las arrugas, etc. Se nos inculca el mensaje de que todo debe alterarse para ser lo que esta sociedad considera bello en las mujeres, que coincide en gran medida con todo aquello que se aleje de lo que es el varón. Es decir, todos los cambios que se producen naturalmente en el cuerpo de los hombres, los hacen “más hombres” a ojos de las sociedad, que evalúa su cuerpo como perfecto tal y como es. Por el contrario, todos los cambios que se producen naturalmente en el cuerpo de las mujeres nos hacen “menos mujeres” a ojos de la sociedad, imperfectas, defectuosas y necesitadas de arreglos.

Para solucionar todos estos “problemas” innatos que la sociedad ve en nosotras, se nos ofrecen múltiples “soluciones” £­es aquí uno de los aspectos en los que la alianza patriarcado-capitalismo es perfectamente percibible en toda su perfidia£­. Estas “soluciones” consisten en ocultar cómo somos para fingir aquello que no somos: tacones para aparentar más altura; maquillaje para ocultar nuestro verdadero rostro; fajas y sujetadores que esconden nuestras verdaderas formas; depilación para fingir que no tenemos pelo; tintes para encubrir que tenemos canas; además de ropa a través de la cual los hombres nos sexualizan y que es la que se nos vende como disponible en la mayoría de tiendas. Desafiar y no seguir estos mandatos tiene un alto coste para nosotras: el repudio, la minusvaloración, el desprecio.

Con este panorama, no es de extrañar que las mujeres tengamos un problema generalizado con nuestra autoestima. Esta sociedad patriarcal no nos ama ni nos cuida. A continuación, presentaré algunos datos y estadísticas para que lectoras y lectores dispongan de ejemplos más gráficos sobre algunos de los efectos que este bullying social tiene en las mujeres.

DATOS Y ESTADÍSTICAS
Según las últimas estadísticas disponibles de ISAPS (International Society of Aesthetic Plastic Surgery), del 2018, el número de mujeres que se someten a procedimientos quirúrgicos y no quirúrgicos es del 87,4%, lo que representa 20.330.465 intervenciones, frente al 12,6% de hombres, es decir, 2.935.909. Si observamos estos datos y la diferencia cuantitativa tan significativa en el sexo de quienes deciden someterse a estas intervenciones, es fácilmente deducible que estos imperativos estéticos dirigidos hacia las mujeres afectan a su decisión de alterar su físico en pro del ideal patriarcal.

Entre las mujeres, la operación más popular es el aumento de pecho, con 1.841.098 operaciones anuales. Las estadísticas de la ASAPS (American Society for Aesthetic Plastic Surgery) reflejan lo siguiente, a este respecto. Entre el 2010 y el 2019 el beneficio económico anual producido por la realización de operaciones de aumento de pecho es de 1,1 billones de dólares, por lo que se entiende que el factor económico es un factor importante en la situación que aquí se denuncia. Las más jóvenes no están exentas de esta violencia ejercida sobre nuestros cuerpos, lo cual es aun más preocupante si cabe. En 2019, según estadísticas también de la ASAPS, se realizaron 3.329 operaciones de aumento de pecho a menores de edad (17 años o menos).

Por consiguiente, los datos indican que, a medida que pasan los años, las imposiciones estéticas (que, como decía Wolf, son siempre imposiciones de comportamiento) se van recrudeciendo y van incrementando sus injustas exigencias. La American Society of Plastic Surgeons (ASPS), recoge en sus estadísticas que las operaciones de aumento de pecho han aumentado un 48% desde el año 2000 hasta el 2018, y las de levantamiento de pecho un 108%. Lejos de ser cada vez más libres, las mujeres nos vemos cada vez más atrapadas en esta jaula de las apariencias que nos es impuesta por la fuerza.

Otra de las operaciones estéticas que ha multiplicado enormemente su número en los últimos años es la labioplastia, que consiste en cortar una parte de los labios internos de la vulva, con la finalidad de que sean más pequeños que los labios externos y que no sobresalgan, además de que sean simétricos £­es decir, hacer que sean tal y como no son naturalemente la mayoría de vulvas de las mujeres£­.Tal y como declara la ASAPS en su informe anual de 2017, en el periodo de cinco años desde 2012 hasta 2017, el número de labioplastias realizadas aumentó en un 217,3%, siendo así la cirugía que mayor aumento cuantitativo experimentó en estos años. Antes del 2012, las labioplastias no aparecen en las estadísticas, por lo que se deduce que eran una práctica marginal o inexistente.

Tal y como sucede con las operaciones de aumento de pecho, las menores no quedan exentas de estas presiones estéticas. En 2017 se practicaron 469 labioplastias a mujeres menores de 18 años (un 4,3% del total); en 2018, las intervenciones a mujeres menores de 17 años supusieron un 3,8% del total, con 491 intervenciones. Debido a su edad, estas jóvenes estaban todavía en su etapa madurativa a nivel físico y mental, por lo que es una irresponsabilidad y una violencia ejercida por la sociedad machista el estar perpetuando cánones de belleza, en gran medida provenientes de la pornografía, cada vez más restrictivos e irreales, que empujan a las jóvenes a rechazar su propio cuerpo, es decir, a rechazarse a sí mismas, así como a querer modificarse de manera tan extrema y desde edades tan tempranas.
De este modo, se sigue perpetuando la dañina creencia de que nuestro cuerpo de mujer es erróneo -y que, por tanto, nosotras mismas somos erróneas-. Una prueba de la misoginia de esta cuestión es que se acepta alegremente por parte de cirujanos plásticos y muchas personas que las mujeres se realicen este tipo de operaciones, pero la situación contraria sería impensable. Es decir, es prácticamente inimaginable la idea de un hombre sometiéndose a una intervención quirúrgica de sus genitales solo por motivos estéticos, para hacerlos más pequeños o más sutiles.

Los intereses económicos, tal y como afirmé con anterioridad, son partidarios e impulsores de todo esto. En el periodo de 2013 a 2018, las ganancias anuales de la industria plástica con este procedimiento de labioplastia se han triplicado: el beneficio fue de 38 millones de dolares en 2019, frente a los 11,5 millones de dolares de beneficio en 2013.

VISTA LA SITUACIÓN, ¿QUÉ PODEMOS HACER LAS MUJERES?
Es importante saber que nada de esto es nuestra culpa. Somos seres sociales y, como personas que somos, nos es muy importante para nuestro bienestar físico y mental ser aceptadas y queridas, tenidas en cuenta, reconocidas, vistas y cuidadas. El problema está cuando el precio que el patriarcado nos hace pagar por recibir aquello que tanto ansiamos es el odio hacia nosotras mismas y hacia nuestro cuerpo, la negación del yo, la cosificación. Repito que nada de esto es nuestra culpa.

No obstante, gracias al feminismo y a mujeres feministas, amigas, que nos acompañen en el camino y a las que acompañemos, es posible, poco a poco, tomar conciencia de lo que nos ocurre y de por qué nos ocurre, para más tarde hacernos responsables de ello y hacer lo que esté en nuestra mano para no seguir el juego a aquello que nos daña. No es un camino fácil. Requiere mucha reflexión, mucha valentía y mucho cuestionamiento, que es importante realizar con paciencia y compasión por una misma, entendiendo que es un proceso que nos acompañará toda la vida, que la lucha es colectiva y que la victoria y la liberación también serán colectivas, para todas las mujeres.

Parece una tarea abrumadora al principio y quizá os preguntéis ¿por dónde empezar? Propongo el siguiente inicio; repetir y tratar de integrar una afirmación breve pero compleja: hoy mi cuerpo es. Hoy mi cuerpo es. Así, sin adjetivo. Sin juzgar, sin valorar, sin escudriñar, sin reparar, sin excusar. Tratando de crear con esta afirmación un espacio para, simplemente, permitirnos por un instante existir en paz.

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