Cuestión de pelotas.

Cuestión de pelotas.

Que el orden patriarcal no requiere justificación alguna porque se nos impone como natural, de tan interiorizado que está tanto en hombres como en mujeres, es una realidad incuestionable. A nosotras, las mujeres, nos cuesta a menudo identificar sus efectos discriminatorios, la injusticia ancestral en la que se fundamenta: la división en dos géneros de la humanidad y el dominio del llamado masculino sobre el femenino.

Dice Rita Segato que el problema de la mujer ha sido siempre convertido en un ghueto teórico –son cosas de ellas, afirma el pensamiento hegemónico para desvincularse de él –, y afirma que habría que incluirlo en el problema global del poder. Pensar el patriarcado es para Segato pensar las estructuras de poder, no es, por tanto, cosa de mujeres, sino que se trata de analizar la mirada masculina, única y hegemónica, con la que nos fuerzan a interpretar el mundo. Precisamente una de las estrategias de esa mirada es orillar todo lo que se oponga a ella, nombrar y separar, cosificar para despreciar después lo que no defienda sus postulados.

Hoy vamos a hablar de fútbol porque todavía nos llegan los ecos de la muerte de Maradona, ese jugador elevado a los altares mayoritariamente por los hombres.

Guardémonos de los peligros de este deporte agónico, advertía repetidas veces Rafael Sánchez Ferlosio, quien denunciaba su uso político como engrudo de los nacionalismos y de esa españolez que tanto detestaba:

“La cultura en general y especializadamente la cultura de estadio ha sido siempre, de manera congénita, un instrumento de des-subjetivación política y de control social”, afirmaba en uno de sus artículos. (https://elpais.com/diario/2010/08/07/opinion/1281132013_850215.html)

Su diferenciación entre “interés público”, esto es de algo, de índole objetiva; e “interés del público”, esto es, el interés por algo, “como deseo de enterarse de ello”, de carácter subjetivo, sería hoy un verdadero tema de “interés público” si nuestra adelgazada moralidad nos permitiera adentrarnos en él. Los medios, advertía entonces, han sustituido el interés público al que se debían, por el interés del público, que los pervierte.

Convertir un interés privado, como lo es el deporte agonista, competitivo (opuesto al deporte como ejercicio lúdico), en interés de Estado, ha sido una de las formas de la propaganda fascista, que convierte la mentalidad competitiva, tan cara al neoliberalismo, en pedagogía social; pero, como afirma Ferlosio, también los regímenes de izquierdas han explotado las “virtudes” del deporte; y cita a Leon Bloy para aseverar que el deporte es el medio más seguro para producir una generación de cretinos dañinos.

Pero hoy la omnipresencia del fútbol en nuestra realidad cotidiana no se justifica tampoco porque siga siendo “interés del público”, al menos del público femenino, pues si buscan en la red observarán que, según una encuesta publicada por Eco.diario en enero de 2009:

“Las mujeres representan el 38% de los aficionados al fútbol de todo el mundo. Este es uno de los resultados del estudio «La mujer en el Mundo del Fútbol» realizado por SPORT+MARKT entre más de 20.000 encuestados en 21 países”.

En nuestro país, el porcentaje de mujeres aficionadas baja al 20%, una cifra que ha crecido en los últimos años porque la progresiva masculinización de las mujeres, esto es, la adopción de ritos y conductas tradicionalmente masculinas  (despedidas de solteras, con presencia de boys, uso de la violencia entre adolescentes, consumo de alcohol y tabaco, visionado de pornografía, adopción de actitudes en las relaciones afectivas atribuidas convencionalmente a los hombres, entre muchos otros) está creciendo también de forma considerable, dado que, erróneamente, algunas mujeres entienden la igualdad como asumir hábitos masculinos, en una hiperadaptación al género dominante, el que tiene más poder en nuestra sociedad y, por tanto, más posibilidades de triunfar. El triunfo, no lo olvidemos, es el ideal más alto que nos propone el sistema neoliberal que nos gobierna, y triunfo y felicidad son sinónimos en el capitalismo financiarizado de la modernidad tardía.

Sin embargo, aún con este crecimiento, solo el 38% de mujeres, frente al 62% de los hombres, son aficionadas a un deporte que, no obstante lo anterior, condiciona nuestra vida en muchos aspectos. Nos referimos, por supuesto solo al fútbol masculino, y hay que subrayar este masculino, pues es el que se impone en las programaciones de todos los medios de información, desplazando no solo a otros deportes, sino también al fútbol femenino, que sigue estando marginado e infrarepresentado.

Nos encontramos así frente a un síntoma muy manifiesto de esa mirada patriarcal hegemónica que impone su visión del mundo, porque, no se lo van a creer, pero según 20minutos, cuando dejamos a un lado a los aficionados y nos atenemos a la población general: “solo un tercio de la población española tiene mucho o bastante interés por el fútbol en general (36,1%). Y, como consecuencia, este deporte atrae poco o nada al 62,4% de los españoles, un porcentaje muy alto si analizamos la repercusión que tiene en la sociedad”.

¿Por qué, entonces, la liga de fútbol, por no decir los mundiales, invade nuestras pantallas, emisoras de radio, periódicos, y el resto de los mass media, reproduciendo también su hegemonía en las escuelas? ¿Por qué revistas del corazón y la llamada telebasura se empeñan en cotillear sobre las vidas (y las muertes) de los futbolistas? Digámoslo abiertamente: porque el fútbol masculino, más que cualquier otro deporte, reproduce los valores patriarcales que con él se perpetúan: la homoafectividad entre los hombres (que se besan, abrazan, lloran, desplegando una emotividad que fuera de la cancha sería calificada de blandengue, como diría el ínclito El Fary); una virilidad excluyente (solo juegan varones, y hasta hace bien poco los árbitros eran exclusivamente hombres); una violencia fanática (es el espectáculo deportivo que más episodios violentos genera entre sus hinchas); una primacía de los impulsos más primitivos sobre la razón, ya que el fútbol fomenta la vuelta al hombre medieval: el soldado que no piensa sino que admira, se identifica y actúa.

En los últimos años algunos intelectuales han mostrado abiertamente su adhesión a un deporte llamémosle imperialista, pues ha colonizado la representación de nuestro mundo como si se tratase de un rito sagrado, ha elevado los honorarios de los jugadores a cifras claramente desproporcionadas, mueve una economía hiper-millonaria y elimina del espacio público otros muchos deportes, a menudo más bellos de practicar y de observar. Pero para otros, como Borges, el fútbol no era más que “’una cosa estúpida de ingleses: un deporte estéticamente feo, once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”, afirmaba.

Es hora de cuestionar esta hegemonía viril del balón que, en sentido estricto, solo atrae al 36, 1% de la población, es urgente disminuir su presencia en nuestras vidas ampliando el espacio público a otros deportes, incluidas, por supuesto, las competiciones femeninas. Es hora de interrogar, en suma, esta representación de un mundo machista y patriarcal que se nos impone por interés e inercia, y que no responde ya a los gustos de la mayoría de la población.

Y puestos a interrogar, preguntémonos por qué la cultura del entretenimiento ha sustituido casi por completo a aquella otra que nos enseñaba a pensar, desaparecida de nuestra esfera pública.

Volviendo al maestro Ferlosio, copio un chiste de Chumy que cierra, como también lo hace aquí, uno de sus artículos:

“ – Y el pueblo, ¿Qué dice últimamente?

  • Sigue diciendo lo de siempre: ¡GOOOOOL!”

De esa unanimidad se trata, ¿no creen?

 

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