¿Conciliación? Y una m*****

¿Conciliación? Y una m*****

En los años 60, tan solo tenían un empleo remunerado 2 de cada 10 mujeres. Hoy en día, lo hacen aproximadamente 6 de cada 10. Esta incorporación de la mujer al trabajo asalariado, no se produjo a la par que unas políticas de conciliación real que hiciesen posible que se diese en una igualdad de condiciones. Poniendo todo el peso de los derechos, y por ello de los deberes, en las mujeres.
La realidad es que nosotras dedicamos una media de 3 horas más al día en las tareas reproductivas no remuneradas. El trabajo reproductivo lo podemos definir a grandes rasgos como aquellas tareas invisibles, que se llevan a cabo en la esfera privada y a nivel socio comunitario para el cuidado y la reproducción de la vida humana, es el encargado de preservar los niveles de bienestar. Según un análisis del periódico El País, con fecha de 2018, las mujeres dedican 26,5 horas a la semana a este tipo de tareas, frente a los hombres que destinan 14, y estos datos se mantienen aunque las mujeres trabajen a jornada completa (25,2 horas por 13,9) o a media jornada (29,6 horas por 13,9). Como podemos observar, la implicación de los hombres en las tareas reproductivas no tiene ninguna relación con el tipo de jornada laboral que desempeñe su compañera, ya que su número de horas no varía, mientras que la de las mujeres sí se ve afectada por el número de horas que le dedican al trabajo asalariado.

Pero para poder entender el por qué de todo esto tenemos que mirar hacia atrás. Esto no responde a una ley innata y natural, sino que es un proceso histórico y de división sexual del trabajo con profundos intereses para el sostenimiento de la economía capitalista, que se basa en la lógica de acumulación de capital y el aumento, siempre aumento, de la riqueza y del PIB. Este proceso histórico ha otorgado más valor al trabajo productivo que al trabajo reproductivo, ligando estrechamente al concepto de trabajo, el empleo remunerado y excluyendo el resto de formas de trabajo de él. Poniendo la lógica de los mercados por encima de la lógica del bienestar humano.

Esto tampoco es algo casual, como defienden economistas de la corriente feminista, como Cristina Carrasco, la producción mercantil capitalista no podría funcionar pagando salarios de subsistencia real, y desplazar estos costes hacia la esfera doméstica le permite pagar una fuerza de trabajo muy por debajo de sus costes. Este desplazamiento ha llevado a que estas responsabilidades recaigan en manos de las mujeres. Amaia Pérez Orozco va más allá en su análisis y propone que mientras que las mujeres se crían para ser cuidadoras y madres en las esferas privadas-domésticas, los hombres se crían para ser los ganadores del pan y responsables del crecimiento económico en la esfera pública. Todo esto conlleva al empobrecimiento de las mujeres, que aunque no seamos tratadas como un colectivo con alto riesgo de pobreza, ya que los análisis económicos se realizan por hogares y no se contempla una distinción por sexo, lo somos, y así debería contemplarse para llevar a cabo políticas efectivas que ayuden a superar esta difícil brecha.

Este riesgo de pobreza no solo incluye a aquellas mujeres que dedican todo su tiempo al trabajo reproductivo no remunerado, sino que lo sufren incluso aquellas que compatibilizan un trabajo productivo y uno de cuidados. Las mujeres nos vemos obligadas, en la mayoría de los casos, a condicionar nuestra carrera profesional en pos de compatibilizar las tareas del hogar y de cuidados, por lo que la mayoría de trabajos precarios son asumidos por mujeres. Y no solo eso, sino que aunque realicemos el mismo trabajo, nuestro salario es inferior. Las mujeres tenemos que trabajar una media de 52 días más para percibir el mismo salario que un hombre. Por otro lado, si miramos a las remuneraciones más altas, las mujeres representan tan solo el 20%. Además, tenemos el doble de posibilidades de realizar trabajos parciales involuntarios, y una de cada dos lo hace para compatibilizarlo con las tareas de cuidados y reproductivas.

Todo ello nos coloca en una situación de extrema vulneración (no diremos vulnerabilidad porque no somos vulnerables, somos vulneradas y esto es un matiz muy importante a la hora de enfocar el problema), sobre todo cuando se viven situaciones de violencia, tanto física como institucional, como es el caso de las mujeres migradas en situación irregular.

Para acabar con todo esto, para lograr una conciliación real, poner fin al riesgo de pobreza y conseguir una sociedad más justa e igualitaria es necesario llevar a cabo políticas feministas que promuevan la corresponsabilidad en los cuidados, una ley de permisos de maternidad y paternidad iguales, obligatorios e intransferibles, universalizar la educación de 0 a 3 años y mejorar el sistema de servicios sociales y de atención a las personas dependientes. Todo ello debe ir acompañado de medidas que reduzcan la parcialidad y la temporalidad involuntaria y así acabar con la precariedad laboral. También es necesario trabajar para el empoderamiento y la implicación en las luchas sociales por parte de todas las mujeres, dándoles voz, escuchando sus vivencias y acompañando en el proceso de conquista de un cambio social. Juntas somos más fuertes.

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