Preguntas y respuestas sobre pornografía (Parte I )

Preguntas y respuestas sobre pornografía (Parte I )

 

En momentos en que el uso de la pornografía aumenta, como ha podido comprobarse durante esta pandemia que nos afecta, es cuando más debemos ahondar en lo que significa, en el daño que produce  y en los sistemas de blanqueo que se quieren divulgar. Para ello, hemos preparado, a modo de preguntas y respuestas, un trabajo que pretende ser didáctico a la vez que serio.

 ¿Opina que el porno “mainstream” está hecho para el disfrute de un público masculino? ¿Por qué?

La pornografía se edifica sobre una sexualidad basada en la dominación masculina, violenta y sádica con respecto a las mujeres. Los hombres, en la pornografía, y con ésta mediante, logran disfrutar de un placer basado en el sometimiento de las mujeres, en la vejación, en la violencia física y sexual.

La pornografía, además, no solamente se nutre de las relaciones de dominación-sumisión que se dan entre hombres y mujeres en la sociedad patriarcal, sino que resulta imprescindible, a día de hoy, para su propia construcción: los niños y adolescentes aprenden, mediante la pornografía, a violentar sexualmente a sus pares, mediante prácticas sexuales cada vez más crueles, a las que se acostumbran, normalizando así que la misoginia es inseparable, indisociable, de la sexualidad, y de cualquier otra relación que entablen con las mujeres.

Tal y como lo explica brillantemente Andrea Dworkin (en Pornography, Men Possessing Women), “En el sistema de dominio sexual masculino que se da en la pornografía, no hay salida, no hay redención. El sexo de las mujeres es apropiado; su cuerpo es poseído, utilizado y despreciado: esto es lo que hace la pornografía, lo que nos demuestra la pornografía. El poder de los hombres en la pornografía es el poder de los soberanos, crueles y arrogantes, que no dejan de apropiarse y conquistar, por el placer del poder, y el poder del placer.”

No hay que olvidar, por supuesto, el papel que juega la pornografía en la violencia sexual (porque el resultado de estas dinámicas de dominación-sometimiento, cargan con la secuela de la normalización de la violación). Lo explica así Gail Dines, socióloga y autora de Pornland: “La implicación de la pornografía en la violación es compleja. Claramente, no todos los hombres que hacen uso del porno violan, pero la pornografía crea lo que las feministas llamamos “cultura de la violación”, mediante la normalización, legitimación y justificación de la violencia contra las mujeres. En una imagen tras otra, el sexo violento y abusivo se presenta como algo sexy y profundamente satisfactorio para todas las partes. Estos mensajes de la pornografía socavan las normas sociales que definen la violencia contra las mujeres como algo inaceptable o anormal, normas que ya son constantemente atacadas en una sociedad dominada por los hombres.

En la mayor parte de estas imágenes, la mujer no tiene una integridad corporal, barreras o límites que deban ser respetados. En su conjunto, estas imágenes nos cuentan que la violación de estos límites sería, en realidad, lo que ella está buscando y a su vez disfruta. Este es uno de los muchos mitos de la violación (rape myths) que el porno divulga entre sus usuarios. Imbuidos en el porno hay otros numerosos mitos, todos ellos con intención de presentar la agresión sexual como un acto consentido, en vez de como un acto de violencia.”

  • Si el porno “mainstream” está hecho para un público masculino, ¿Qué opina de estas directoras que intentan hacer un porno “para mujeres”?

Los hombres, ante la cámara, y tras ella, cuando se masturban con este contenido, erotizan y disfrutan de una sexualidad basada en el desprecio y violencia contra las mujeres. Las mujeres, por otro lado, aprenden a erotizar y disfrutar de su propia sumisión.

Sexualizar la indefensión y normalizar estas relaciones de poder, incluso en algo tan íntimo como las relaciones sexuales, y hasta en el contexto de las relaciones de pareja, es la táctica perfecta del patriarcado para que las mujeres no solamente no reconozcamos la violencia que se ejerce sobre nosotras, sino que también lleguemos a normalizarla, a aceptarla.

En palabras de Sheila Jeffreys, “las niñas aprenden a amar y a tener sentimientos sexuales en una posición de inferioridad, y la erotización de su indefensión forma parte de la construcción de la feminidad”.

A su vez, la propia Jeffreys añade “La pornografía como propaganda, según el análisis feminista, representa a las mujeres como objetos que adoran ser abusadas”. Y es que la pornografía, se le ponga el apellido que se le ponga, nunca puede ser feminista, porque su función es inherentemente misógina, dañina para las mujeres.

En ningún momento se nos ocurriría hablar de “esclavitud feminista”, o “maltrato feminista”; ¿cómo podríamos, entonces, plantearnos una especie de “violencia sexual feminista” o “explotación sexual feminista”? Es inconcebible.

 

  • ¿Encuentra alguna diferencia entre lo que se llama el porno “mainstream” y el porno “feminista”, o cree que en el fondo son lo mismo?

Pretender que el abuso sexual de mujeres y niñas por dinero pueda ser feminista puede responder sólo a dos intenciones:

  1. No querer ver lo que realmente sucede en la pornografía: la prostitución grabada de mujeres y niñas, torturadas y vejadas, violadas reiteradamente y grabar este tormento para que los hombres puedan masturbarse con ello.
  2. Querer lucrarse de la explotación sexual de las mujeres: esto tiene un nombre: PROXENETISMO. Y debería penarse, de manera efectiva.

 

  • ¿La mercantilización del sexo puede ir de la mano de una sociedad feminista?

Según dice Lisa Thompson, “el “sexo por dinero” es, por naturaleza, un acto de coerción. Si tienes que pagar a alguien, eso significa que (esa persona) no quiere tener sexo contigo.”

En el momento en que la sexualidad está sujeta a condiciones de compra-venta, dejamos de enmarcar la sexualidad en el deseo, y entramos en el juego patriarcal del consentimiento. Y el consentimiento es una trampa fatal para las mujeres. Ya lo dice Catherine MacKinnon: “La regla legal del consentimiento es tan perversa que la mujer puede estar muerta y haber consentido.”

Es por eso que las feministas abogamos, con contundencia, porque las relaciones sexuales se rijan, tanto desde el marco de la ley, como desde la perspectiva socioeducativa, por el deseo mutuo y el respecto, que den pie a unas prácticas sexuales consensuadas; NO “consentidas”, ni aceptadas, o toleradas, tampoco por dinero.

En palabras de Judith Bosch, “no me preguntes si consentí, pregúntame si deseaba”. Decir “él desea y ella consiente” forma parte de la estructura patriarcal de normalización de la violación, porque dibuja la sexualidad desde un prisma en que las mujeres debemos aceptar, tolerar, las relaciones sexuales iniciadas y dominadas por los hombres, que son los únicos que pueden desearlas, en este contexto.

Este marco del “consentimiento” no es más que una máscara para la coacción de las mujeres más vulnerables para las que, cuando no hay otra salida, su cuerpo, su sexualidad, se convierte en un bien explotable por terceros.

Esto resulta indefendible desde la perspectiva feminista. Las mujeres no somos objetos, no somos mercancía. Y, evidentemente, cualquier marco legislativo o industria que permita o, incluso, se beneficie de tal explotación sexual de las mujeres, no es más que otra expresión de la alianza entre patriarcado y capitalismo.

 

  • Si desde el feminismo se defiende la libertad de la mujer ¿no deberíamos apoyar a las mujeres si libremente deciden que quieren ser actrices porno?

Hay una frase de Ana de Miguel que ilustra perfectamente esta farsa de la supuesta “libre elección”: “Tomar el eslogan feminista de “Mi cuerpo es mío” para redefinirlo como “Tu cuerpo es tu mercancía” es la relación que quiere el neoliberalismo: todo es mercado, y el único límite es el consentimiento individual”.

De nuevo, tenemos que hablar del consentimiento, y plantearnos si, realmente, el consentimiento de las mujeres, en el patriarcado, es libre.

Cuando las mujeres, sistemáticamente, nos vemos abocadas a una situación de inferioridad, tanto económica como social, hasta el punto de normalizar la violencia en todos sus ámbitos, no podemos hablar de “libre elección”.

En un mundo en el que las mujeres no solo naturalizan la opresión, sino que llegan a sexualizarla, el abuso de poder y el aprovechamiento de la vulnerabilidad de las mujeres se convierten en “libre elección” para el discurso proxeneta.

 

  • Si tuviera las condiciones laborales adecuadas, ¿podría la pornografía llegar a ser como cualquier otro trabajo?

La prostitución, y su análogo grabado, la pornografía, no son trabajos. Llamarlas “trabajo sexual” supone blanquear, a través del lenguaje, la violencia sexual y la grave vulneración de los DDHH que se dan en las mismas.

https://contrainformacion.es/el-regimen-juridico-de-la-prostitucion-en-espana-y-la-imperiosa-necesidad-de-una-legislacion-abolicionista/

 

Asimismo, las consecuencias que acarrean la prostitución y la pornografía para las mujeres, en cualquier aspecto de su vida, pero en particular para su salud, son inaceptables.

Las mujeres que se ven sometidas a estas formas de violencia sexual padecen secuelas físicas (desgarros vaginales, anales, lesiones provocadas por actos sexuales violentos), psicológicas (disociación para poder tolerar las violaciones, trastornos afectivos, altas tasas de consumo de alcohol y drogas…), y una gran patología derivada de las relaciones sexuales que llevan a cabo, muchas veces sin métodos de barrera que las protejan de diversas ITS.

https://contrainformacion.es/repercusion-en-la-salud-de-la-prostitucion-las-huellas-de-la-esclavitud-en-las-mujeres/

(Entendemos que las consecuencias para la salud, como las consecuencias sociales – merma de los derechos y libertades de las mujeres- que se dan en pornografía son las mismas que en prostitución, porque el acto de compra-venta de personas, la violencia que esto, en sí mismo, supone y los riesgos a los que se somete a estas mujeres son los mismos).

La industria de la pornografía, que es la misma que la de la prostitución, no utiliza recursos para proteger a las mujeres, sino que pretende garantizar el buen estado de su “producto”, durante el tiempo que le sea útil. Y si estas mujeres enfermaran (VIH+, VPH,…), se aprovecharía, a su vez, de esta situación para pagarles menos, y grabar escenas con otros seropositivos… Así funciona el proxenetismo tras las cámaras.

Las medidas de reducción de daños (uso y reparto de preservativos, serologías para ITS y revisiones ginecológicas reiteradas) que lleva a cabo la propia industria, a su vez, consiguen aislar a las mujeres aún más. Les hacen sus propios tests, les atienden “profesionales” designados por los propios proxenetas… Si les preocupara su salud, acudirían a los Servicios Públicos; pero eso supondría que profesionales con cualificación y medios para detectar violencia machista podrían intentar ayudarlas a salir de la industria, y eso no les interesa.

 

 

 

 

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