Mujeres, salud mental y violencia. Toquemos ese incómodo tema

Mujeres, salud mental y violencia. Toquemos ese incómodo tema

Como ya comenté con anterioridad en un artículo publicado en este mismo portal, llamado “Para ellas: pastillas”, la OMS considera que ser mujer es un factor de riesgo a la hora de padecer un problema de salud mental. Al mismo tiempo, también considera la violencia como un factor de riesgo importantísimo para la salud mental de las mujeres. Entonces, si tenemos claras estas dos premisas, ¿por qué las mujeres que sufren algún problema de salud mental y al mismo tiempo violencia machista no son tratadas, en la mayoría de los casos, por la red de recursos que atiende esta problemática? Voy aún más allá, ¿por qué sus relatos siempre son cuestionados y se las juzga bajo el prisma, y el estigma, de “que está loca”? ¿Por qué cuando una mujer en descompensación o brote, producido por un episodio (o muchos) de violencia machista, acude a pedir ayuda, no es atendida en recursos que atienden este tipo de problemáticas? ¿Por qué son derivadas a recursos donde otra vez están expuestas a agresiones o violencias?

Comencemos desde el principio. Como ya he comentado, la violencia es un importantísimo factor de riesgo para la salud mental. Si esto es así, como profesionales, cada vez que nos llegan casos de mujeres con problemas, episódicos o crónicos, de salud mental, deberíamos ponernos en guardia y abrir más los ojos. En la mayoría de ocasiones esto no es así y es muy difícil que sean las y los profesionales quienes detecten esta violencia en la práctica diaria del trabajo.

Como también comenté en el artículo antes mencionado un 80% de las mujeres con problemas de salud mental ha sufrido violencia machista y un 42% no son capaces de identificarla, lo que da mayor importancia a que seamos las propias profesionales las que identifiquemos esta violencia y comencemos a trabajar para erradicarla. Pero la realidad es otra, la realidad es que sus relatos son constantemente cuestionados, se les impide denunciar abusos y agresiones, no son creídas desde los recursos que atienden problemáticas de salud mental y rechazadas por los de violencia machista. Invisibilizamos el malestar con psicofármacos, que en muchas ocasiones es un factor de riesgo que se suma a sus delicadas situaciones y que les lleva a tener un fácil acceso a este tipo de sustancias, si la situación les lleva a decidir quitarse la vida.

Un dato escalofriante es el bajo número de mujeres que son atendidas por especialistas cuando manifiestan malestar emocional. A ellas se les atienes, en la mayoría de los casos, desde Centros de Atención Primaria, si es que puede llamarse “atender” a medicalizar con pastillas, sin intentar ver que hay más allá. Esta falta de acceso a recursos especializados es una barrera para acceder a la red de servicios de salud mental, ya que en muchas ocasiones las visitas al psiquiatra son condicionantes para tener acceso, o son desde estos centros desde donde se realizan las derivaciones, y ellas no llegan. Esto es así porque tendemos a infantilizar y a invisibilizar el malestar emocional que pueden sufrir las mujeres, no teniendo la misma sensibilidad que en el caso de un hombre que muestra malestar emocional, a la hora de derivar a un especialista. Si esto pasa con la patología mental, ¿qué no sucederá cuando además hay violencia machista? Nos lo podemos imaginar.

El hecho, la realidad, es que estas mujeres se encuentran indefensas. Son silenciadas y cuestionadas cuando por fin deciden dar el paso. Decisión que no es fácil en ningún caso, pero más aún cuando hablamos de ellas, que además de enfrentarse a la violencia y todos los problemas asociados que conlleva, se enfrentan al autoestigma , muy común en las patologías mentales, a la falta de autoestima y un autoconcepto muy deficitario. Si ellas no son capaces de reconocerlo o de dar el paso, y si cuando lo intentan les ponemos trabas o las cuestionamos, se quedan solas ante el agresor.

Si reconocemos que en muchos casos pueda existir patología dual, que una persona puede enfrentarse a más de una dolencia o enfermedad a la vez, y que existen recursos específicos para que sean atendidas. ¿Por qué no sucede lo mismo en el caso de las mujeres que sufren violencia machista y una patología mental? ¿O violencia machista y un problema de adicción? Deberíamos poner nuestro foco y nuestro empeño para tratar de que estas mujeres sean atendidas sin excluir ninguno de los dos factores que les lleva a pedir ayuda. Deberíamos crear recursos específicos que atiendan a este perfil de mujeres, con profesionales formadas en ambos campos, ya que sino se encuentran solas ante un abismo del que es difícil salir sin ayuda.

En mi experiencia profesional me he encontrado infinidad de ocasiones en las que ha existido un trato discriminatorio hacia las mujeres, una dificultad de acceso a recursos, o incluso una difícil adhesión a los mismos debido a que su configuración está hecha siguiendo un patrón de necesidades masculino. Situaciones tan barrocas como no encontrar un centro de rehabilitación que aceptase a una mujer por estar embarazada ( sin hablar de los pocos recursos de este tipo que existen destinados específicamente a mujeres, y si tenemos en cuenta las experiencias de agresiones y violencias que han vivido durante sus años de consumidoras, nos daremos cuenta de la falta que hacen) o personas con problemas de salud mental a las que no se les cree e incluso no se les permite denunciar una agresión. Estos casos existen, están ahí y pasan cada día. Les pasa a mujeres con poca voz, pero aquí deberíamos estar nosotras para ayudarles a alzarla y a reivindicar sus derechos como mujeres.

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