La nueva ley de autoidentificación de género y la agenda para el borrado de los sexos

 

Me opongo a la “Ley Trans” porque introduce toda una nueva ontología tramposa de lo que somos como seres humanos. No es posible cambiar nuestro sexo, pero si es posible luchar contra el género, que es lo que sirve para jerarquizar los sexos. Esto es exactamente lo que el feminismo viene haciendo, pero la Ley Trans nos lo va aponer mucho más difícil.

La autoidentificación de género convierte de un plumazo la categoría mujer en algo subjetivo, contingente, fluido y banal; y eso significa desfondar el feminismo, privarle de su herramienta de trabajo. Es cierto que en un cierto modo también altera la categoría hombre, pero eso no afecta a la jerarquía, ya que el mundo ha sido construido por y para los hombres. El hombre sigue siendo el sujeto universal, y aunque las mujeres llevamos ya algo más de un siglo luchando por nuestros derechos y hayamos logrado algunos avances importantes, eso es poca cosa frente a unas estructuras materiales y simbólicas articuladas a lo largo de milenios, tan profundas y escurridizas, que ni nosotras mismas, las mujeres feministas, podemos siempre eludir.

La ideología de la identidad de género (un conglomerado de teoría cuir y transactivismo convertido en fundamentalismo de la inclusividad), al contrario del aura transgresora con que nos la venden es un “feminismo” conservador;  y a diferencia de los feminismos radicales, no se opone a los estereotipos, sino que se regodea en ellos. Se cambia lo superficial (pelos, genitales, “expresión de género”, etc.) para no cambiar las estructuras; se trata de una nueva edición de aquello de “cambiar todo para que no cambie nada”. Nada de lo realmente importante, de aquello de lo que el Poder se nutre: la jerarquía de los sexos. Unos sexos biológicos que van a seguir existiendo aunque desaparezcan de los textos legales y se silencien en los medios de comunicación. Porque el mundo patriarcal gira gracias a esa desigualdad básica.

Lo que está ocurriendo a nivel global con la ideología de identidad de género es sobrecogedor. La velocidad a la que avanza esta agenda y su eficacia para introducir sus demandas en las legislaciones de todo el mundo es pasmosa. Los Principios de Yogyakarta, repetidas veces invocados en el borrador para la Ley Trans española, son el Santo Grial de quienes defienden esta nueva configuración simbólica del sistema sexo-género. Los Principios de Yogyakarta son una petición de derechos redactada y firmada por un grupo de activistas que se reunieron en 2006 en Indonesia y cuyo texto no fue consensuado con ninguna otra organización. Los principios son las demandas de sus signatarios. Sin embargo, estos principios han logrado un estatus político tal que vienen usándose desde entonces como si fueran el fruto de un gran acuerdo social internacional y un texto vinculante.

La táctica discreta, incluso sigilosa, y técnicamente impecable de los lobbies que promueven la ideología de la identidad de género, y su modus operandi consistente en plantear todas sus demandas como cuestiones de derechos humanos acordes con la normativa internacional, nos hablan de una organización sofisticada y muy bien dotada. Tan organizada y bien dotada como el patriarcado mismo. Este lobby ha logrado recabar el apoyo y la legitimación de grandes instituciones del poder político internacional, como la ONU y la Unión Europea, y todo en menos de dos décadas, una hazaña poco probable para un programa de verdadera revolución feminista.

Si bien alguna de las demandas expresadas en los Principios de Yogyakarta puede tener validez como genuina reclamación de derechos humanos, lo cierto es que muy rápidamente la lucha en favor de las personas trans se convirtió en la herramienta ideal para combatir una visión feminista del mundo, para impedir que las mujeres podamos analizar, denunciar y combatir la opresión patriarcal. No podemos saber si esa voluntad estaba ahí desde el principio o no, pero una vez detectada la oportunidad, la máquina tergiversadora no paró. La historia ya nos ha mostrado antes la extraordinaria astucia adaptativa del patriarcado: como un virus, detecta rápidamente el mejor modo de mutar para reproducirse, proliferar y malograr el empoderamiento de las mujeres.

Uno de los primeros países en introducir la ideología de identidad de género en su legislación, muy poco después del pronunciamiento de los Principios de Yogyakarta fue Nepal, un país donde a día de hoy es práctica habitual vender niñas a redes de prostitución. También Ecuador y Bolivia introdujeron en 2009 cambios constitucionales basados en la nueva ideología. Países “revolucionarios”, hay quien dirá. Quizá, pero desde luego no en lo relativo a la transformación de la situación de las mujeres en sus países. Hoy en Bolivia un varón con barba y pene puede autoidentificarse como mujer, ir a una ventanilla y cambiar su sexo legal; pero las mujeres no tienen derecho al aborto y la violencia machista sigue campando a sus anchas; estos asuntos que afectan a las mujeres biológicas no han recibido la atención necesaria por parte de los gobiernos, y sin embargo, la agenda de la identidad de género ha sido todo un éxito, hasta el punto de que la ONU Mujeres de Bolivia, convocó a una “mujer trans”, es decir, a un hombre que exige a la sociedad ser identificado como mujer, para hablar en los medios de comunicación sobre la salud de las mujeres bolivianas.

La velocidad con la que esta ideología ha penetrado en los gobiernos locales, en los países en desarrollo y en algunos países lejanos a los centros neurálgicos de la política internacional es algo que merece reflexión. En Sudamérica la agenda se ha introducido de la mano de las nuevas izquierdas. Un modo rápido de presentarse como rabiosamente “feministas” sin necesidad de plantear cambios reales en las estructuras de dominación patriarcal, tan queridas por los machos alfa de izquierdas como de derechas.

Oímos a feministas de Australia y de Nueva Zelanda, de Argentina y de Chile, de Canadá y de Islandia, de Brasil y de Grecia, todos ellos países que han introducido en los últimos años la autoidentificación de género, repetir un mismo relato: De un día para otro, la ley estaba ahí……apenas hubo cobertura mediática y menos aún debate social……nadie sabe cómo sucedió. Las mujeres ahora deben afrontar sus efectos perversos: El deporte femenino ya no está reservado a las mujeres. No hay manera de preservar la intimidad mujeres y niñas, y depredadores sexuales aprovechan la autoidentificación para introducirse en espacios de mujeres. En Canadá, Brasil  y en otros países hay hombres condenados por delitos de violación, abuso, y otros que están usando la autoidentificación de género como herramienta legal para ser internados en cárceles de mujeres…..

Pero además, la aprobación de leyes de autoidentificación de género es parte de una agenda más ambiciosa. Su objetivo es ir gradualmente introduciendo las normas de un mundo nuevo en el que el sexo como dato administrativo-legal habrá desaparecido; se pretende que el sexo biológico sea una información personal y confidencial  -como la religión o la raza—,  un dato protegido por leyes de privacidad y no fácilmente revelado. Así, será imposible saber qué persona asesinó a qué otra persona, qué personas agreden; no podremos saber qué personas son más o menos pobres, a qué personas se les retiran custodias, o qué personas acceden a posiciones de poder. El análisis feminista de la realidad habrá sido detenido.

El caso de Argentina, primer país del mundo en introducir una ley de la autoidentificación de género sin restricciones en 2012, puede servirnos para hacernos una idea de hacia dónde nos dirigimos con la aprobación de esta ley. El 4º gobierno del kirchnerismo, se dispone a desplegar una nueva fase de la agenda de la identidad de género, cuyo objetivo es borrar a las mujeres y a las madres de los textos legales y sustituirlas por “personas menstruantes”, “cuerpos gestantes”, “personas amamantantes” o “personas con vulva”. Como nos explica María Binetti, la violencia específica contra las mujeres se combate con un “Plan nacional para prevenir la violencia por motivos de género contra las personas diversas”; programas oficiales como AcompañarIgualar (contra la violencia y para la igualdad en el empleo) están destinados a: “mujeres, gays, bisexuales, transexuales, intersexuales, y otras autopercepciones diversas” (las mujeres ya no son una de las dos formas de lo humano, sino un colectivo diverso más). La resolución 34 de la Inspección General de Justicia establece que la paridad entre hombres y mujeres a partir de ahora será “paridad entre personas de género masculino y personas de género femenino”. Y desde este año el Estado argentino dejará de apoyar económicamente el Encuentro Nacional de Mujeres, para financiar, sin embargo, un encuentro de Mujeres y Diversidad. Todo esto se produce en un contexto sociopolítico en el que la ley del aborto no llegó a aprobarse, las cifras de pobreza y de feminicidios no descienden, y la maternidad subrogada es una práctica tolerada (ni prohibida, ni regulada) y en aumento, que desde octubre del 2017 permite inscribir a los bebés como hijos de los padres de intención en la ciudad de Buenos Aires.

La ley trans española, irónicamente propuesta por un Ministerio de Igualdad que se supone defiende los intereses de las mujeres, es el paso que la agenda global tiene previsto que demos ahora en España, y su tramitación en plena crisis del Covid, dificulta que podamos lograr la retirada de la ley tal y como en Inglaterra lo han conseguido gracias al activismo de las mujeres.

Las feministas estamos a favor de que se redacten leyes razonables para proteger la dignidad de los transexuales. Pero los derechos de los “trans” tal y como han sido enunciados en los principios de Yogyakarta, y en la propuesta de Ley española, con la exigencia de autoidentificación de género y validando el concepto fantasmático de “transgénero” constituyen una herramienta de manipulación política formidable, un ariete ideológico capaz de dañar el feminismo. La ideología de la identidad de género introduce una reconfiguración general de los criterios sobre los que basar derechos y políticas; las políticas de Igualdad hasta ahora aspiraban a corregir la desigualdad entre los dos sexos. Con la agenda de la identidad de género esto será historia muy pronto.

Quizá dentro de algunas décadas los científicos sociales estudiarán cómo fue posible que en las primeras décadas del siglo XXI se llegara a institucionalizar la idea de que los hombres podían convertirse en mujeres, las mujeres en hombres, y que los hombres podían estar “embarazados”;  y que alguien pudiera ser condenada por oponerse a tales ideas, tal y como siglos antes Galileo fue condenado por sostener que la tierra giraba en torno al sol.

 

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