La Constitución y la ley de autodeterminación del sexo

La Constitución y la ley de autodeterminación del sexo

 

Javier Pérez Royo, a petición del Mar Cambrollé se dispone a trabajar en una fundamentación jurídica de la “Ley Trans”, y en este artículo explica su opinión y las bases “filosóficas” de su posición.

Perez Royo cree que la proposición de ley de autodeterminación del sexo es “impecable desde un punto de vista constitucional y políticamente muy oportuna”, y no me cabe duda de que la fundamentación jurídica que redacte será también impecable. Pero el problema de la defensa de esta ley es uno de base, y atañe a los fundamentos biológicos, sociales, morales y simbólicos de nuestra condición humana.

Supongo que es normal que un catedrático de Derecho Constitucional hable de la Constitución como de un texto sagrado escrito por los dioses. Su naturalización de esta norma legal llega hasta el punto de hablar de ella como si tuviera vida animada e inteligente: «la Constitución es más lista que el constituyente».

Quienes no somos juristas y observamos el modo en que las sociedades han construido sus instituciones, sabemos que los textos legales, además de ser productos humanos siempre (aún hoy en día) han servido para legitimar sistemas de dominación, y muy en particular la jerarquía entre los sexos y la dominación patriarcal. La escritura alfabética nace en Mesopotamia para inventariar la recaudación de impuestos; y es entonces cuando aparecen los primeros textos legales, creados para gestionar los patrimonios (incluidas esclavas), y para sacralizar los patrilinajes, es decir, el poder de los varones sobre sus mujeres y sus hijos. La ley romana, que ha servido de inspiración a todo el Derecho de las sociedades occidentales fue un patriarcado perfecto, y hoy existen muchos países con Constituciones aprobadas, acatadas por sus ciudadanos y hasta respetadas por muchos, que permiten que un varón abuse y maltrate a mujeres, que prohíben y penalizan el aborto, y que toleran la impunidad de los crímenes cometidos contra las mujeres.

Pérez Royo es un creyente de la Modernidad. Establece un antes y un después, un Rubicon de la Igualdad/ Desigualdad en la Modernidad iniciada por Hobbes y Newton, y que cristaliza en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano al establecer que “todos los individuos son «iguales» en cuanto «ciudadanos»”.  Las feministas llevamos dos siglos denunciando la “ficción” moderna de igualdad, una Igualdad concebida de manera que instituye un ciudadano varón unívoco e invisibiliza a las mujeres, relegando a los márgenes todas las cuestiones que a ellas les afectan. Es obvio que a él esta cuestión le importa un bledo.

Pérez Royo parece dar por bueno ese sujeto universal ficticio a pesar de que, además de moderno, es también un gran constructivista, y es perfectamente consciente de las ficciones sobre las que se han construido nuestras instituciones: “Nuestra vida descansa en «ficciones», en entes de razón inventados por nosotros mismos para hacer posible la convivencia”, y “La POLÍTICA y el DERECHO no son más que el «sistema de ficciones» que en cada momento histórico los seres humanos han inventado para explicar y, a través de la explicación, justificar la organización de la convivencia”. Suscribo del todo estas afirmaciones, pero no su satisfacción con la ficción actual. Pérez Royo entiende la democracia como la difusión e intensificación de la Igualdad como “ficción explicadora y justificadora de la convivencia humana”, sin embargo, no parece estar interesado en conocer cómo esa ficción se ha construido ni los sesgos y mentiras que contiene. Es más, en vez de admitir que la más flagrante falacia sobre la que esa ficción de Igualdad se sostiene es la muy real y empírica desigualdad entre los sexos, nos acusa a quienes la señalamos de ejercer “resistencias al reconocimiento de diferencias individuales”.

Además de modernidad y constructivismo, Pérez Royo echa mano de una dicotomía muy antigua para justificar la necesidad de una ley de autodeterminación del sexo: la del reino animal, ámbito del caos (ni desigualdad ni igualdad, solo existe la diferencia) y de la ausencia de libertad (la diferencia entre la abeja reina y las obreras no necesita ser «gestionada»), como contrapunto, como “otro constitutivo” del ámbito humano de lo superior – no-animal, que se rige por la luz del Derecho y es capaz de “fabular” artefactos culturales. Recordemos que en estas dicotomías simplificadoras pero profundamente enraizadas en nuestras culturas, la mujer está siempre del lado de la naturaleza, de lo animal. La “Ley Trans” así se presenta como una afirmación de nuestra no animalidad, de nuestra esencia cultural pura que nos diferencia de los animales y nos caracteriza como humanos……..una representación típica de la más clásica y sexista visión patriarcal.

No cabe duda de que los humanos no tenemos más remedio que “gestionar nuestras diferencias”. Y hasta hace muy poco, el modo de hacerlo era sencillo: una clara, abierta y desacomplejada jerarquización de la diferencia básica en los seres humanos: sumisión de las mujeres y dominación de los hombres. A lo largo de los siglos, la cultura y las leyes se han encargado de que esta “gestión” se realice de manera eficaz, y de que se naturalizara tanto como fuera posible. Es por eso que, a pesar de lo mucho avanzado en igualdad formal, esta “gestión” jerarquizada de la diferencia sigue estando vigente, y las mujeres seguimos padeciendo discriminación, pobreza, violencia, abuso y desprotección jurídica. Este es el motivo por el que, como comenta Pérez Royo, algunos problemas se resuelven con la aprobación de una ley, y sin embargo otros, como la violencia de género, no.

El derecho a “ser diferente” individualmente –algo que nada tiene que ver con el sexo registral– está ya protegido en nuestra leyes. Y hacer de la categoría administrativa “sexo” papel mojado es un ataque a las luchas de las mujeres. No hay ningún misterio en el hecho de que leyes hechas desde visiones androcéntricas del mundo contengan dentro de su redacción el germen necesario para derivar nuevos mecanismos de invisibilización y dominación de las mujeres. Es lógico y “natural”. El patriarcado se reproduce a si mismo. Es por eso que disponemos de ese “principio de Igualdad” que Pérez Royo nos dice está en la Constitución “para garantizar el ejercicio del derecho a la diferencia individual”. Y esto nos trae a otro punto en el que sí suscribo las palabras de Pérez Royo: dice que el principio de Igualdad es una «técnica para la gestión de las diferencias personales”. Efectivamente, en las últimas tres décadas el principio de Igualdad se ha manipulado hasta convertirse en la más refinada técnica para la gestión (patriarcal) de la diferencia sexual. Blandiendo los estandartes de la diversidad, la inclusividad y las identidades (todos ellos conceptos confusos), y mediante la banalización de la diferencia sexual biológica se ha logrado poner a punto una herramienta (el principio de Igualdad) que sirve tanto para borrar a las mujeres y a las madres de los textos legales y administrativos, como para reforzar la potestad de los padres sobre sus hijos (custodias, feminización de la pobreza, etc.).

Es curioso que a la hora de tener en cuenta la diferencia, no sea la diferencia básica y fundacional de nuestra especie la que en opinión de Pérez Royo merece una especial protección política y jurídica, sino las diferencias individuales diversas y variadas, por más que éstas puedan ser subjetivas, temporales y no categorizables. Parece creer que la diferencia entre un hombre (varón humano) y una mujer (hembra humana) es de un rango igual o inferior al existente entre alguien que se siente mujer en un momento dado, hombre en otro,  y no binario en un tercer momento.

Pérez Royo hace continuos paralelismos entre la “Ley Trans” y la Ley del matrimonio gay. Yo, como Nancy Fraser hubiera preferido una ley que debilite la institución del matrimonio y no una que la refuerce, pero a diferencia de lo que ahora se plantea, la ley del matrimonio gay no afectaba ni para bien ni para mal a la condición social general de las mujeres como mitad de la humanidad que somos.

No cabe duda de que en las sociedades complejas necesitamos leyes, constituciones e instituciones para organizar nuestra vida en común, pero finalmente lo que hacen los juristas es siempre interpretar; por eso, si aspiramos a un mundo más justo será necesario ser muy conscientes de hacia dónde, por tradición y por hegemonía, se tuercen las leyes y disciplinar su androcentrismo “genético”.

Hasta que los juristas y los políticos de todos los colores no comprendan que el ciudadano/ sujeto universal es una ilusión, hasta que no entiendan que la humanidad es binaria, compuesta por una mitad de mujeres y una mitad de hombres, con diferentes condicionamientos y experiencias no estaremos en posición de poder abordar una verdadera igualdad. Hasta que todas las constituciones del mundo no recojan esta realidad empírica básica de la diferencia sexual, así como la prohibición de jerarquizarla, las constituciones tendrán siempre un sesgo patriarcal.

 

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