Feminismo y transfobia: una polémica falsa e interesada

Feminismo y transfobia: una polémica falsa e interesada

Desde hace algún tiempo, muchas feministas sufrimos la acusación de ser tránsfobas. Esto es, de odiar o discriminar a las mujeres transexuales por el hecho de ser transexuales. A menudo, se nos insulta con el acrónimo TERF (Trans-Exclusionary Radical Feminist –feminista radical que discrimina a las transexuales). Muchas feministas de más que reconocida trayectoria como Lidia Falcón o las ponentes de la Escuela de Pensamiento Feminista Rosario Acuña han sido denunciadas por delitos de odio contra el colectivo transexual simplemente por vindicar sus posiciones feministas. Otras reciben insultos y amenazas graves por defenderlas mediante artículos y en las redes sociales.

Estos insultos y acusaciones son proferidos desde colectivos queer o transactivistas que no concuerdan en absoluto con los objetivos del feminismo. Al contrario, luchan decididamente contra ellos. Este ataque al feminismo  era minoritario; hasta hace apenas dos o tres años no tenía la menor relevancia política ni había saltado a la agenda mediática, pero cada vez está más presente. Por mucho que este debate se esté extendiendo, observo que la complejidad de los conceptos en torno a los que gira la polémica hace que a menudo muchas personas se posicionen sin tener un conocimiento profundo al respecto. Desde el sector queer, se lanzan pseudo-argumentos que exigen una aceptación inmediata en tanto que apelan a las emociones: quien no acepte su postura es fascista, ultra-religioso, ultra-conservador, homófobo y tránsfobo. Por ello, muchas personas de buena voluntad han entendido que, en tanto que ellas no se reconocen en posturas reaccionarias, deben posicionarse del lado queer, del lado de los colectivos que vindican el género como identidad.

Es a estas personas de buena voluntad a quienes dedico este artículo. Ya he expresado en otros artículos que he publicado mis temores a ser tomada, junto a otras compañeras feministas, por reaccionarias cuando, obviamente, no lo somos.  No me afecta ni un ápice recibir insultos de quienes versados suficientemente en este debate manipulan conscientemente la realidad. No me preocupa nada el ruido de las Redes. Pero sí me preocupa mucho que la brecha que están creando nos separe a personas que tenemos objetivos comunes y  buena voluntad. A eso no estoy dispuesta. Por eso quiero que este artículo sirva para tender ese puente tan necesario. Para ello aclaro que:

Primero, como cualquier feminista y como cualquier persona que respete los DDHH, condeno firme y rotundamente cualquier agresión física o verbal, cualquier acto denigrante, cualquier tipo de acoso o discriminación a las personas transexuales por el hecho de serlo. Lo condeno con tanta firmeza y repulsa como con absoluta franqueza y honestidad.

Segundo, defiendo que toda persona mayor de edad en pleno uso de sus facultades mentales debe tener derecho a cambiar de sexo cuando manifieste una convicción firme, informada, razonada e inequívoca al respecto; siempre que, cuando no hacerlo, le produzca un sufrimiento emocional que ni puede ni debe soportar ni es justo que lo haga.

Tercero, defiendo que dicho cambio de sexo se realice con plenas garantías médicas y jurídicas con el objetivo de proteger la integridad y la seguridad del individuo que se somete a él. Creo que todo el proceso de cambio de sexo debe ir acompañado de un seguimiento médico garantista. Si defiendo esto no es con un ánimo patologizante, sino porque lograr un proceso tan complejo a nivel médico exige absolutas garantías para que el cambio de sexo sea  seguro, tanto a nivel psicológico y hormonal como quirúrgico. Infravalorar, como hace la ley que se pretende impulsar desde el Ministerio de Igualdad, la necesidad de un seguimiento médico en la transición no beneficia al individuo que se somete al cambio de sexo sino que le impide un proceso informado y un tratamiento personalizado y correcto, lo que puede comprometer su salud y el éxito del proceso.

Cuarto, es cierto que no considero adecuado que menores de edad puedan someterse a un tratamiento hormonal ni quirúrgico de cambio de sexo, pero no porque encuentre inaceptable ser transexual sino porque no creo que ni en la infancia ni en la adolescencia se den las condiciones de madurez necesaria y suficiente para tomar una decisión tan importante. Son muchos los casos en los que se ha considerado a menores como posibles transexuales simplemente porque manifiestan comportamientos, intereses o aficiones tradicionalmente consideradas propias del otro sexo. Resulta inaceptable (y sexista) que en lugar de posibilitarles actuar y ser como quieran ser, jugar a lo que quieran y vestirse como quieran se les inculque que, para hacerlo, deben renunciar a su sexo.

Quinto, considero esencial distinguir transexualidad de transgenerismo. Mientras que la transexualidad precisa un cambio de sexo ineludible para el bienestar del individuo, el transgenerismo exige una asunción íntegra de postulados sexistas como vindicar el género como identidad. Será esto lo siguiente que analizaré.

Para hablar de la diferencia entre transexualidad y transgenerismo es necesario definir sexo y género. Y ver, posteriormente, cómo son conceptualizados por el generismo.

El Sexo es, según la RAE, “Condición orgánica, masculina o femenina, de los animales y las plantas.” De este modo, una especie que presenta dimorfismo sexual, como la humana, se dividirá en machos y hembras. Macho será el animal de sexo masculino, es decir, el que presente los caracteres sexuales primarios y secundarios masculinos y hembra será el animal de sexo femenino, es decir, el animal que presente los caracteres sexuales primarios y secundarios femenino. Por tanto, mujer es la hembra de la especie humana y, en consecuencia, la que presenta los caracteres sexuales primarios y secundarios femeninos y que hombre es el macho de la especie humana y, en consecuencia, el que presenta caracteres sexuales primarios y secundarios masculinos. ¿Es esto transfobia? No. Es constatar un dato empírico atestiguado por la Biología. ¿Coincido con Hazteoír en que los niños tienen pene y las niñas tienen vagina? Sí. ¿Eso me sitúa en una posición reaccionaria y repugnante como las que suelen defender? No, porque de la coincidencia en constatar un hecho empírico evidente y científicamente demostrado no se sigue coincidencia alguna en otros fines, creencias  u objetivos.

En resumen, la Biología como ciencia empírica y el feminismo como teoría coinciden en que la especia humana presenta un dimorfismo sexual que, en función de nuestro sexo, nos divide en hombres y mujeres. Este dimorfismo no es bueno ni malo: es un hecho, como también lo es que somos una especie vertebrada, bípeda e implume.

Sin embargo, la teoría queer no reconoce el sexo como dato biológico ni empírico, sino que lo considera un constructo social sin sustento biológico constatable y evidente. La teoría queer considera que la división de la especie humana en hombres y mujeres no responde a una realidad material y biológica evidente sino a una clasificación arbitraria y dogmática inventada por la ciencia médica que carece de cualquier sustento empírico o racional. En consecuencia, considerar que el sexo es espectral, en lugar de binario (macho y hembra) sí choca frontalmente con las vindicaciones transexuales porque si se deja de reconocer la existencia de dos sexos, las vindicaciones transexuales se vuelven inasumibles y carentes de sentido. Esa deslegitimación de sus objetivos la práctica el generismo y la teoría queer, no el feminismo.

El Género es, según la teoría feminista, el conjunto de  normas, estereotipos, prohibiciones y prescripciones que el patriarcado, en tanto que sistema de dominación que impone una radical jerarquía sexual que subyuga a las mujeres en tanto que hembras de la especie humana, dicta para cada sexo. El género es, pues, la manifestación evidente de la opresión patriarcal. El género es herramienta para reproducir los valores patriarcales. El género es la expresión de la dominación que sufrimos las mujeres por el hecho de ser mujeres viviendo bajo el yugo del patriarcado.

Sin embargo, para la teoría queer, el género es la identidad individual que un sujeto asume para sí en función de cómo desee expresar su masculinidad o feminidad o tantas identidades intermedias pueda idear y asumir voluntariamente y expresar mediante rasgos físicos, expresiones corporales y actitudes de comportamiento. Así, se establece una diferencia –falsa– entre cisgénero y transgénero. Cisgénero (sic.) sería la persona cuyo género concuerda con su sexo y transgénero aquella persona que se siente identificada con el género del otro sexo. Así, se convierte al género en un rasgo individual identitario que depende de la expresión estética subjetiva, despojándolo de su naturaleza estructural y de su condición de herramienta para el dominio patriarcal. Sin embargo, ninguna mujer es cisgénero porque eso implicaría asumir que hay mujeres que aceptan voluntariamente la estructura de dominación que oprime nuestro sexo.

Vindicar el género como identidad supone banalizar la transexualidad y dilapidar el carácter emancipatorio del feminismo. Por eso no tiene ningún sustento racional querer considerar al feminismo tránsfobo por luchar contra el género. El colectivo transexual también es víctima del género que les encorseta. Es la opresión patriarcal la que oprime y discrimina a las mujeres en base a su sexo y la que sanciona a cualquier individuo por no cumplir los mandatos de género, incluidas las personas transexuales. En consecuencia, se acusa al feminismo de ejercer transfobia por afirmar evidencias. Pero:

No es transfobia querer erradicar el género y no admitirlo como identidad en cuanto que fundamentar identidades en estereotipos patriarcales no libera, sino que oprime. El objetivo del feminismo es abolir los géneros para evitar la jerarquía sexual. Abolir los géneros implica asegurar una libertad absoluta para que hombres y mujeres no se vean constreñidos por ningún estereotipo, mientras que hacer del género una identidad vindicable permite lo contrario.

No es transfobia reconocer la existencia inmutable del dimorfismo sexual de la especie. Decir una evidencia biológica no es ofensivo. Decir que la especia humana está compuesta por dos sexos no compromete la libertad de los transexuales e implica el mismo odio que decir que somos mamíferos vertebrados: ninguno.

No es transfobia establecer una diferencia entre género y sexo y querer abolir el primero. Esta distinción ha sido fundamental en teoría feminista porque ha permitido defender la igualdad entre los sexos y ha impugnado los estereotipos infundados e injustos que han recaído sobre los sexos, provocando una situación de jerarquía y dominación sobre las mujeres por el hecho de serlo. No es transfobia evidenciar el carácter sexista de los estereotipos de género y en consecuencia negarse a reconocer el género como identidad.

No es transfobia decir que la percepción individual del género es irrelevante en tanto que el género es una estructura de dominación patriarcal y que, por tanto, no depende de la voluntad ni de la percepción interna de un sujeto.

No es transfobia decir que ser mujer (u hombre) no depende de la voluntad del sujeto ni es un sentimiento sino una condición biológica. De hecho, aceptar que fuera un sentimiento no sólo compromete los objetivos igualitarios del feminismo sino que pone en tela de juicio a las propias transexuales, cuyas vindicaciones se volverían absurdas. Como declara Lucía Siading, mujer transexual:

“Las transexuales siempre hemos seguido un protocolo muy estricto, que es: me hago exámenes médicos y psicológicos, me hormono con estrógenos, me bloqueo la testosterona, me opero, recién después de esos más de dos años me saco el DNI de mujer. (…) Pero ahora resulta que la cosa se ha llenado de machoqueers autodenominados mujeres transgénero, y lo peor de todo es que las leyes están empezando a ir a su favor, porque sólo les bastará decir que son mujeres para figurar como tales en el DNI, sin haber pasado por todo este proceso mencionado.” (Lucía Siading Bisbal. “La derrota transexual.” Tribuna Feminista. 11/08/2019)

En consecuencia, cuestionar el transgenerismo, la teoría queer y el género como identidad es condición necesaria para NO cometer una injusticia contra las personas transexuales, en cuyo nombre se vindican leyes y actos misóginos que rechazan de modo explícito.

El feminismo debe seguir luchando para erradicar los géneros –el masculino, el femenino y tantas variantes intermedias como se quieran reconocer como identidad– y para emancipar al sexo femenino en tanto que las mujeres hemos sido y somos oprimidas en base a nuestro sexo. Por ello, el sexo no debe ser borrado ni substituido por el género. Ni el género, que es una estructura de dominación, puede ser asumido como identidad tal y como pretende la ley de autodeterminación de género impulsada por el Ministerio de Igualdad. Esa ley perjudica a las mujeres, en tanto que borra nuestra realidad material y biológica, y perjudica a las personas transexuales, pues si el sexo no se reconoce como dato empírico, también sus vindicaciones y derechos carecerán de estabilidad y reconocimiento. Y decirlo, no es transfobia; reconocer el género como identidad sí es reaccionario.

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