Invisibilidad doméstica

Invisibilidad doméstica

Históricamente el papel de la mujer ha sido doméstico, nos ha costado muchos años conseguir salir de los hogares y empezar a ocupar nuestro lugar en la esfera pública, y aunque es cierto que aún nos queda mucho camino por andar, no podemos dejar de mirar hacia atrás e intentar comprender, analizar y sobretodo cambiar, nuestro papel en esta sociedad.

El papel doméstico desempeñado por las mujeres a lo largo de la historia ha servido para hacernos invisibles y para aniquilar una fuerza tan poderosa como la que produce la emancipación de la mujer. El capitalismo y el patriarcado necesitan del trabajo doméstico y de cuidados para seguir existiendo, como ponen de manifiesto pensadoras de la Economía Feminista como Antonella Pichhio o Amaia P. Orozco, que defienden la idea de que el capitalismo por sí solo no puede reproducir la fuerza de trabajo que necesita para su subsistencia y necesita de los hogares y del trabajo que allí se realiza para conseguirlo.

La relegación al trabajo doméstico invisibiliza a la persona que lo realiza y la aísla del entorno. Las mujeres que viven encerradas en sus hogares no suelen participar en la sociedad ni agruparse para reivindicar sus derechos. Su nivel de participación social es ínfimo en la mayoría de los casos, no pertenecen a asociaciones, ni a colectivos y tampoco tienen relaciones sociales significativas, al margen de las familiares.

El hecho es que para las mujeres es “bueno” el trabajo doméstico, es más, es el lugar que tenemos asignado en el mundo, por lo que no se concibe que los hogares no sean sitios seguros para las mujeres, pero en la mayoría de ocasiones así es. La presunción general de que la familia protege del mundo exterior es totalmente falsa, de hecho, una mujer se encuentra más protegida en el mundo público del trabajo que en el mundo privado del hogar.

Los problemas a los que se enfrenta un ama de casa son físicos, psicológicos y sociales.

En la esfera física pondremos tan solo dos ejemplos, de los muchos que existen, de la desprotección a la que se ven sometidas estas mujeres. El levantamiento de pesos y la exposición a sustancias químicas y tóxicas, que en ocasiones pueden derivar en bronquitis o cáncer nasofaríngeo. En el ámbito del trabajo asalariado, estas mujeres estarían protegidas, ya que existen regulaciones específicas sobre seguridad laboral, y aunque no entraremos a analizar aquí su cumplimiento o no, ofrecen algún tipo de protección a las personas que realizan determinados trabajos.

En la esfera psicológica, al margen del aislamiento que produce dedicarse a las tareas domésticas, tenemos conocimiento de una mayor tasa de depresión y ansiedad en las mujeres que se dedican a los cuidados no asalariados. No tener horarios, sentirse en la obligación de cuidar a todos los miembros de la familia y que no exista el mismo sentimiento hacia ellas y su necesidad de ser cuidadas, el poco valor que se da a su trabajo, no solo económicamente hablando, sino el poco prestigio familiar y social que comporta, e incluso el consumo de sustancias, como el tabaco, el alcohol o los psicofármacos, son importantes factores de riesgo para la salud mental de este colectivo.

Y por último, y como mencionamos al principio, los problemas sociales que acarrea, son entre otros, un alto aislamiento y una baja participación social, que las invisibiliza.

Cuando además existe violencia dentro de los hogares, todos estos factores de riesgo aumentan exponencialmente. El Banco Mundial estima que al menos la violación y la violencia doméstica juntas, son responsables de alrededor del 19% del peso del malestar en las mujeres entre 15 y 44 años en los países desarrollados y del 5% en los países en vías de desarrollo, donde el peso de las enfermedades es mucho mayor. Necesitamos saber más sobre los efectos de la violencia en la salud de las mujeres, ya que al margen de las secuelas físicas que son fácilmente identificables a simple vista, los datos nos apuntan a una mayor prevalencia de depresión, abusos de sustancias y tasas de suicidio más altas.

Hace falta mucha investigación que analice el hogar como un lugar de trabajo para las mujeres, con todos los factores de riesgo que comporta y evaluar así la totalidad de sus efectos para la salud.

Nuestro objetivo no debe resumirse en hacer de los hogares un lugar más seguro para las mujeres, sino luchar por una implicación igualitaria por parte de los hombres, que todo el peso del cuidado del hogar y de los demás miembros de la familia no recaiga solo en nosotras. Empezar a poner en valor este tipo de trabajo y por supuesto profesionalizar ciertos cuidados, todo ello puede ayudar a favorecer nuestra emancipación y una mayor participación social que nos ayude a reivindicar nuestros derechos como ciudadanas.

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