Neolengua contra las mujeres

¿Qué es una mujer? ¿En qué consiste ser mujer? Siguen frescas las respuestas a esas preguntas de Perogrullo en la mente de todas nosotras por parte de la máxima autoridad del gobierno cuya misión es luchar por esa igualdad real que se resiste a pesar de las leyes que la reconocen.
“Lo que no se nombra no existe” fue un lema esencial adoptado por las feministas de los 70. Pero este es otro momento y hace falta señalar que, además, aquello que no define ninguna realidad o idea, tampoco existe. Es un significante vacío, una “secuencia de sonidos”. Ya decía Laclau que era muy importante para la política. En efecto, para la política del borrado. Ahí, en la política contra el feminismo y las mujeres, se han enredado varias veces sus fieles seguidores, entendemos que de forma involuntaria. Por eso mismo, no es una metáfora decir que se borra a las mujeres cuando ser mujer puede ser cualquier cosa, incluso ser representada por las herramientas de su opresión, mientras a las mujeres se nos acusa de apropiarnos de algo fluido e intangible al auto-nombrarnos como tales, como si usurpáramos un sentimiento que puede pertenecer a cualquiera.

La neolengua que se está imponiendo revela la agenda más antigua del patriarcado. Negar nuestra humanidad, la de las hembras, cuando dicen que “un hombre ha dado a luz” o que tal producto es para “personas menstruantes”. Así nos desposeen de nuestros cuerpos, fragmentando funciones y capacidades cuando se substituye la referencia a las mujeres por expresiones como “vientres de alquiler” o “maternidad subrogada”.
Esto hace tiempo que empezó, cuando se instaló esa práctica supuestamente progresista y crítica con el masculino genérico que pretende representar a la humanidad, mediante la cual los hombres se apropiaron de las voces de las mujeres utilizando el femenino como universal, como si nos dieran la voz mientras nos ocultan y permanecemos invisibles. Así, dicen, «han sido detenidas 4 compañeras» si bien, a menudo y no por casualidad, ninguno de los detenidos era una mujer. «NOSOTRAS”, rezaba un cartel detrás tres líderes masculinos en abrazo fraternal. En algunos lugares, la política posmoderna ya ha empezado a armar a su policía del pensamiento. Algunos países escandinavos, por ejemplo, disponen de figuras no docentes en los institutos entre cuyas misiones se encuentra la vigilancia del nuevo uso de pronombres neutros, reciclados entre los disponibles en cada lengua o inventados por la neolengua (del estilo elles y todes), por parte del profesorado en las interacciones con el alumnado.

existimos tanto que somos más de la mitad de la humanidad, aunque falten 200 millones de mujeres en el mundo como consecuencia de la violencia que sufrimos incluso antes del nacimiento.

Resulta inquietante contemplar estas propuestas a la luz de la práctica de borrado extremo de las mujeres en el Afganistán gobernado por integristas. En perfecta consonancia con el mensaje físico del burka, el nombre de la madre no aparece en la partida de nacimiento (algo que parece que se intentó modificar hace un año) y, en las tumbas, las mujeres no figuran con nombre e identidad propia sino como hijas, esposas o madres de hombres. En el pasado medieval europeo tampoco los pobres tenían algo más que nombre de pila y el de las mujeres ni siquiera se recogía en muchos documentos. Con el de sus señores y el de las tierras a las que les tenían atados bastaba.
Es la reacción ante las conquistas de mayor igualdad de la historia, aquellas que también disfrutaron durante un tiempo las afganas incluso bajo un régimen dictatorial, hasta que al amigo americano le pareció una idea genial armar a los muyahidines y todo lo que vino después. Si “mujer” puede ser cualquier cosa, se renuncia a conocer el alcance de la desigualdad, la discriminación y la violencia porque ningún dato será fiable. Y es la reacción ante la resistencia del feminismo a ser desarticulado como otros frentes de lucha colectiva centrados en la desigualdad material y jurídica y no en el postureo. Nombrarnos es una muestra de esa resistencia: no es la evolución, ni la historia, ni la cultura, ni la sociedad del hombre sino de la humanidad y nosotras, las mujeres, la representamos como ellos. Resulta insoportable tener que recordarlo en 2020.
Mujer significa hembra adulta de la especie humana. Nada más y nada menos. Y existimos tanto que somos más de la mitad de la humanidad, aunque falten 200 millones de mujeres en el mundo como consecuencia de la violencia que sufrimos incluso antes del nacimiento. Esa violencia que, en todas sus formas, nos distingue perfectamente con o sin nombre. Ante la violencia del lenguaje, las feministas abogamos por nombrar a las niñas y a las mujeres sin trampas que aludan a la economía verbal, desdoblando en las lenguas románicas donde se corra el riesgo de ocultar nuestra existencia social cuando no existan genéricos inclusivos. En las manifestaciones contra la brutalidad policial en los EEUU suele gritarse “Say their names!”. Nuestro nombre es Mujer. Todo lo demás es neolengua y ya sabemos para qué sirve.

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