El género contra las mujeres

El género contra las mujeres

 

Esta es una copia del discurso que Raquel Rosario Sánchez pronunció durante el Congreso II Marcha Abolicionista el 20 de septiembre del 2020 organizado por el colectivo apartidista de mujeres de todo el Estado español Mujeres por la Abolición. Raquel es una escritora, activista e investigadora de la República Dominicana. Su trabajo se especializa en erradicar la violencia machista contra niñas y mujeres. Actualmente es doctoranda del Centro de Investigación de Género y Violencia en la Universidad de Bristol.

 

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Buenas tardes a las personas que nos están siguiendo en España. Buenos días y buenas noches a las personas que se nos unen desde otros países hermanos. Antes de empezar, quiero agradecer a Mujeres por la Abolición, por invitarme a participar en este II Congreso de la Marcha Abolicionista. Esta organización se define como un colectivo apartidista de mujeres de todo el Estado español, interesado en abolir los sistemas se subyugación ejecutados por el patriarcado. Estos sistemas incluyen la prostitución, la pornografía, la explotación reproductiva y el género.

Hoy estamos aquí para hablar sobre la abolición del género. Y yo quiero tomarme este momento inicial para expresar mi reconocimiento a Mujeres por la Abolición, por atreverse a dar este paso e incluirlo en su agendar político.

Desde mi perspectiva, a todas y cada una de nosotras nos interesaría probablemente hablar sobre muchas otras cosas, otras temáticas que componen el norte de nuestra labor. Por ejemplo, en mi caso, mi investigación académica se enfoca en los hombres prostituidores (los que pagan por acceso sexual en la industrial prostitutional).

Otras mujeres que dedican su vida al activismo feminista, preferirían enfocarse en combatir la violencia machista, la brecha salarial tanto en el sector público como privado, la ablación, que lejos de ser erradicada, continúa mermando la vida de demasiadas niñas y adolescentes, la representación de las mujeres en las investigaciones científicas, el incremento de los abortos selectivos de fetos hembras, y toda una enormidad de problemáticas que requieren de nuestra atención.

Estamos aquí clausurando un congreso internacional, hablando sobre el género. ¿Por qué? Porque tal como el género se impone sobre los seres humanos de ambos sexos en la sociedad, con estereotipos separatistas entre machos y hembras, así mismo la universalización del género ha venido a imponerse dentro del movimiento feminista.

Sí o sí, y hasta cierto punto con nuestras mismas construcciones teóricas, como corresponsables. Teorías que intentan convertir el género en una identidad, han tergiversado hasta un punto tal, que hoy el género, se ha volcado en contra las mujeres y niñas alrededor del mundo.

Más que asignar culpabilidades, el momento llama a la reflexión. ¿Qué hemos ganado por medio de la universalización del género, sobre la base de la invisibilización del sexo?

¿Qué hemos perdido? ¿Qué podemos recuperar?

Y ya que estamos metidas en el lio hasta lo hondo, y que, afortunadamente, a base de un inmenso esfuerzo hemos conseguido poner en la palestra pública de muchos de nuestros países un tema que quería colarse desapercibido e imponerse autocráticamente, ¿cuál será nuestro norte?

¿Cómo pretendemos abolir el género, cuando, gracias a los esfuerzos del mismo movimiento de liberación de las mujeres, este concepto se ha convertido en la palabrita mágica utilizada para promover la perspectiva feminista en todos los ámbitos del Estado?

Hace casi dos décadas, en su libro Género, Patriarcado, Violencia, la socióloga y catedrática brasileña Heleieth Saffioti teorizó sobre cómo el género se construye sobre las condiciones materiales que diferencian a los hombres y a las mujeres. Saffioti operaba dentro del marxismo, y hoy es considerada una de las más importantes teóricas del feminismo dialéctico. Escribió:

“El género es la división creada para determinar qué miembros son de una casta u otra, los privilegiados y humanos, y los deshumanizados y violados, apropiados. El género no es identidad. No existe una “mujer” trascendental, el patriarcado es un régimen de esclavitud, y determina que las personas esclavizadas y subordinadas lleguen a creer que nacieron y morirán “siendo esclavas”. Si alguien se identifica con «ser mujer» como algo inherente, se está identificando con un «ser esclava», la feminidad. Y eso fue impuesto por el opresor. Nos organizamos como mujer para superar esta opresión. Las mujeres son nuestra conciencia de clase política. Agradezco a todo aquel que entienda esto y no quiera robarnos nuestros medios de lucha ni desmantelar nuestros espacios de autoorganización para derrocar este sistema.

Ser mujer significa ser miembro de una clase, de una casta, “llevar la estrella de David”. No es sensación, ni sentimiento, ni actuación, ni decisión. Es apartheid. Es ser parte de esas personas que, como dije, han sido catalogadas como violadas, y se mantienen en esa clase por este medio, de violación y por la fuerza, por el terror, para que no se levanten. Identificarse con una clase sería decir que proletariado y pobreza es una actuación y una identificación y algo para celebrar. No. El feminismo está aquí porque hay que destruir las clases sexuales”.

Como si fuese una profeta, escribiendo hace casi dos décadas, Saffioti parece que percibía desde ya lo que se avecinada contra nosotras. Los criterios contra los que denostaba, no solo fueron convertidos en populares teorías dentro del Norte Global, sino que han sido infiltradas dentro de legislaciones alrededor del mundo.

Si hace dos décadas esta teórica feminista vanguardista criticaba que se entendiera ser mujer como un sentimiento, una actuación y una decisión personal, hoy nos enfrentamos a las repercusiones de proyectos legislativos que expresan:

 

“Identidad de género: Alude al género con el que una persona se identifica, es decir, si se percibe a sí misma como hombre o mujer. Es la vivencia individual o interna del género, tal como cada persona se siente, la cual podría o no corresponder con el sexo asignado en el momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo que podría involucrar la modificación de la apariencia o función corporal, a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole (siempre que la misma sea libremente escogida), así como otras expresiones del género, incluyendo la vestimenta, la forma de hablar y los modales. La identidad de género es reconocida también por las palabras que le rodean”.

¿Qué modales tienen los hombres que no tienen las mujeres? ¿Qué modales son exclusivos de las mujeres que no los tienen los hombres? ¿Qué forma de hablar tienen las mujeres que no puedan tener los hombres?

Quizá uno de los problemas principales de estas conceptualizaciones es su universalización. Como veremos más adelante, no existen puntos medios. Nuestro sexo es biológico, inmutable y su análisis detallado es primordial para temas extremadamente delicados como la medicina.

Atravesamos una pandemia letal que discrimina por sexo. Hoy sabemos que, luego de universalizar el cuerpo masculino como estándar médico, anualmente la ciencia descubre sintomatologías y efectos farmacéuticos que afectan los seres humanos de manera diferenciada por sexo.

Ignorar la biología femenina en la medicina es un asunto de vida o muerte, así que esta segregación no es trivial. Eliminar las líneas que delimitan a la mujer como sujeto político, también desdibuja los derechos y espacios que dependen de esa diferenciación, como los deportes femeninos, la segregación de recintos penitenciarios y las cuotas femeninas.

Pero bajo el arrase legislativo de las teorías que intentan convertir el género en una identidad personal, esta realidad biológica se revierte, al considerar que el sexo, es una variable asignada medalaganariamente, asumiendo, si un número muy reducido de personas afirma tener una ‘identidad de género’, entonces todas y todos también podemos tenerla.

Por medio de mi activismo en este tema he conocido cientos de mujeres, también activistas dentro del movimiento feminista, y nadie nunca ha negado el derecho que tiene una persona a concebirse a sí mismo o a sí misma según su personalidad, gustos y expresión. Lo que sí se entienden son las repercusiones, particularmente a nivel práctico, que tienen estas definiciones personales sobre los derechos obtenidos por las mujeres. Si una persona alega ser demigénero, de género múltiple, o lunagénero (que su género solo sale en la noche), ¿podría esa persona entrar y salir de recintos penitenciarios para mujeres como y cuando le plazca? ¿Y que significa que, esencialmente los hombres, puedan contar con esa fluidez respecto a los derechos de esas reclusas?

Este mismo análisis aplica para los deportes segregados por sexo, para las casas de acogida, las cuotas femeninas y demás espacios y garantías que se rigen sobre la base de que:

1ro.  Existe una desigualdad estructural contra las mujeres

2do. Es necesario promover acciones positivas para remediarla.

Saffioti critica cómo la universalización del género se debe, en parte, a que este es más fácil de digerir, entiéndase neutralizar, que otra palabra cuyo significado original es similar, pero que cae como una piedra: el patriarcado.

No obstante, su propio análisis, Heleieth Saffioti fundó un Núcleo de Estudios de Género, Clase y Etnia, dentro de la Universidad Federal de Rio de Janeiro, es decir, un Centro de Estudios de Género.

Alternativamente, quizás pudo fundar un Núcleo de Estudio de Sexo, Clase y Etnia. Pero esta teórica brasileña probablemente se enfrentó  a lo mismo que se han enfrentado todas y cada una de las académicas,  que han querido centrar la investigación sobre las condiciones de las mujeres y niñas dentro de las academias y se han encontrado con que: se veta llamarle abiertamente ‘Estudios de la Violencia contra las Mujeres’, se veta llamarle ‘Estudios sobre el Patriarcado’… y se permite, a regañadientes todo lo que pueda ser neutralizado bajo el conglomerado de ‘género’.

Esa nomenclatura de ‘Estudios de la Mujer’ dentro de la academia duró apenas unos cuantos nanosegundos. Casi inmediatamente debió ampliarse para incluir al otro sexo, convirtiéndose inicialmente en ‘Estudios de la Mujer y Género’, ‘Estudios de la Mujer, Género y Sexualidad’, eventualmente ‘Estudios de Género y Sexualidad’ o ‘Estudios de Géneros (plural) y Feminismos (plural).

¿Se imagina por ahí alguna escuela donde se impartan clases sobre “los capitalismos”, incluyendo ramas que argumenten que el capitalismo beneficia a la clase obrera? Si bien es cierto que estudiar la masculinidad y las diversidades sexuales es importante para la convivencia pluralista, ¿por qué todo debe entrar dentro de las responsabilidades de las mujeres?

Como siempre, las mujeres tenemos que cargar con la responsabilidad histórica de deconstruirnos a nosotras mismas y encima de eso hacerle el trabajo de deconstrucción a los otros también.

¿Por qué todos los demás movimientos políticos tienen derecho a ser sujetos políticos definidos y norte estratégicos claramente delineados, y nosotras no?

Actualmente, dentro de esta vertiente feminista en la que militamos, muchas de las más ardientes críticas del género, nos situamos dentro de algunas de las academias que ofertan en su currículo los estudios de género y violencia.

Y eso somos dichosas al poder tener acceso a una plaza. Por cada una de nosotras que, luego de entender la maquinaria de los derechos basados en el sexo y el conflicto que crean las teorías que intentan convertir el género en una identidad personal, nos atrevemos a desafiarla públicamente, hay muchas más que fueron vetadas antes de ingresar, o a punto de concluir sus estudios.

Y es que esa depuración ideológica de los Estudios de Género, ha sido abordada tanto de manera sistémica como estratégica. Porque sucede que, paralelamente a la introducción de los Estudios de la Mujer en las academias del Norte Global, se esparcía como pólvora la semilla de un marco teórico que poco a poco infiltró el movimiento feminista, hasta amenazar con neutralizarlo.

Ya explicaba Karla Mantilla, en su texto fundamental Que Coman Texto: la verdadera política del posmodernismo, que, al promover una visión subjetiva de las opresiones y abogar por el derrocamiento de los análisis sistémicos, al incorporar este pensamiento dentro de movimientos políticos, se desnaturaliza, vaciando la raíz sobre la cual se construyen. En el año 1999, Montilla escribió:

“El posmodernismo se hizo popular en la academia justo cuando las voces de las mujeres y minorías raciales empezaron a ganar una presencia significativa en las universidades. Tal parece que cuando grupos que no forman parte del estatus quo intentan afirmar y elaborar ideas, de repente la verdad se disuelve y se vuelve nada. Para mí esto es demasiada coincidencia.

Esta concomitancia se vuelve incluso más extraña cuando nos damos cuenta de que no es la primera vez que esto pasa. Justo después de la primera onda del feminismo (estadounidense), en los años 1922, cuando las mujeres habían alcanzado algunos avances, obtenido el derecho al voto y empezado a ganar acceso a la academia, otra teoría de tendencia nihilista causó furor en la academia: el relativismo. Repito, justo cuando las mujeres empezaban a ganar acceso, y a articular nuestros puntos de vista, de repente nada es válido y la objetividad desaparece, todo es relativo y lo sin sentido fue vanagloriado como teoría suprema.

Yo sugiero que el posmodernismo no es más que un nuevo relativismo y que las teorías relativistas surgen como una nueva línea de defensa cuando las estructuras de poder se ven amenazadas.”

Cada vez que usted vea una teoría supuestamente revolucionaria causando furor entre la estructura que esta teoría promete deconstruir, hay que sentarse derecho y prestar atención.

Ha sido precisamente por medio de la idea de que, al despolitizar la nomenclatura de las cosas, conseguiremos una transformación real de las estructuras de poder que ese concepto que, en su momento, teorizaron, cuidaron y esparcieron tantas mujeres alrededor del mundo, para poner nombre a lo que ellas interpretaban como las dinámicas desiguales entre hombres y mujeres, es decir, el género, en el día de hoy, ha sido completamente desnaturalizado y vaciado de su significado original.

Peor aún, muchas de esas mismas mujeres que tanto apoyaron la teorización del género cono una conceptualización feminista, hoy se despiertan en países cuyas legislaturas, o han aprobado de manera subrepticia que el género es una identidad personal electiva, o las quisieran aprobar.

Entonces: ¿qué es el género? En junio del 2019, la revista Cosmopolitan publica un artículo en el que nos informa qué es el género. Expresando:

“Este término tiene todo que ver con la identidad. Lejos de la concepción que tiene la sociedad, no consiste en pertenecer al género femenino o masculino según tengas vagina o pene. O incluso cómo te sientes. Va más allá. El género se trata de tu identidad y expresión personal. Cómo te sientes, cómo te ves y cómo te comportas, según los estándares sociales de rol masculino o femenino. Repito, no tiene nada que ver con el sexo que naces.

Ahora que ya conoces la diferencia con el término sexo, debes saber algunas de las clasificaciones más conocidas dentro de la identidad de género:

-Cisgénero: aquella persona que se identifica con el sexo que nació.

-Transgénero: aquella persona que NO se identifica con el sexo que nació.

-Género fluido: aquella persona que no tiene una identidad de género fija, sino que va fluyendo entre los estereotipos que marca la sociedad de mujer u hombre.

-Género no binario: aquella persona que no se identifica dentro del binarismo de género establecido por la sociedad, es decir el de hombre o mujer.

-Queer: aquella persona que no acepta las normas instauradas por la sociedad sobre el sexo y el género, por lo que no se encasillan en una identidad”.

Parece que el género solo es fascinante cuando deja de centrarse en las mujeres y niñas… Estas son las definiciones populares. ¡Las legislativas muchas veces son peores!  Yo tengo varias preguntas sobre esta nueva conceptualización del género.

¿Por qué ha de argumentarse que, contrario a que un número reducido de personas deseen, por vocación propia argumentar que para sí mismos el género es una identidad personal, por qué debe imponerse que todas las personas de la sociedad también tenemos una ‘identidad de género’?

Fíjense cómo en este conjunto de definiciones no hay escapatoria. Es una visión que dice: “si yo tengo una identidad de género, entonces tú también tienes que tener una”.

¿Cuándo se debatió que todas las mujeres del mundo se sienten cómodas, o se identifican con las opresiones asignadas a su sexo? ¿Cuándo se consensuó que aquellas personas que no queremos aceptar normas instauradas por la sociedad sobre sexo y el género, tenemos que denominarnos queer?

Bajo esta visión del género, el no querer ser asignado con ninguna denominación, también representa en sí mismo “un género”.

Si el feminismo luchó para que las personas, incluyendo los hombres y niños, pudieran vivir vidas libres de estereotipos y de expectativas, como seres humanos sin imposiciones, hoy las nuevas conceptualizaciones de género nos dicen que el rechazar el género es un género. No existe escapatoria.

¿Por qué no pueden las personas simplemente ser seres humanos, incluso sin tener que denominarse a sí mismas feministas, para poder vivir en libertad, sin estereotipos ni preconcepciones de ningún tipo?

Lo que se presenta como un asunto de libertad personal, es en realidad un asunto de imposiciones antidemocráticas que se coloca como una chaqueta de fuerza… literalmente, como teorizaron inicialmente las feministas en relación a lo que es el género.

Mientras nuestro sexo es inmutable y tangible (es decir, nadie nace sin un sexo), las teorías que intentan convertir el género en una identidad, son constructos sociales que quizás aplican a un conjunto reducido de personas, pero que por medio a las políticas de identidad de género, están siendo sobrepuesta en todas las personas, incluso sin que éstas se den cuenta.

Por lo tanto, estamos ante un asunto clave de democracia.

Y en este punto voy a lanzar una reflexión un tanto controvertida, pero es algo en lo que me vengo debatiendo desde hace mucho tiempo. ¿Será que habremos cometido un error al nosotras mismas esparcir nuestras “perspectivas de género” sin tomar en cuenta que muchas personas en la sociedad, se rehúsan a creen en estos preceptos?

Me pregunto si al abanderarnos de nuestra “perspectiva de género”, impartiéndola en aulas de clase, oficinas públicas, medios de comunicación y en el ámbito del sector privado, hemos perdido la perspectiva de que muchas personas no creen en esas ideas y eso no necesariamente signifique que sean sexistas o machistas.

Los hombres no tienen por qué autodenominarse feministas para demostrar respeto y apoyo a las mujeres y niñas.

Nosotras hoy en día, aquí en este Congreso internacional, repudiamos el hecho de que se nos quiera imponer una supuesta ‘identidad de género’, cuando esto nunca ha sido consensuado ni debatido entre nosotras.

Rechazamos particularmente la idea de que, para respetar el derecho de las personas que se identifican como transgénero, a vidas libre de discriminación y de violencia, nosotras tengamos que declararnos cisgenero.

Cuestionamos acertadamente: ¿por qué tenemos nosotras que cambiar el lenguaje que nos nombra para respetar cómo otras personas deciden nombrarse?,

Pero, de igual manera, este punto de inflexión nos llama a ponderar si quizás dentro del movimiento feminista, hemos ido algo lejos al asumir que nuestra visión de la vida es la absoluta.

Hay muchas personas dentro de nuestros países que también respetan el derecho de las mujeres a vidas libre de violencia y de discriminación, pero que jamás se pondrán el t-shirt que diga ‘feminista’, y eso es enteramente válido.

Si bien rechazamos las doctrinas antidemocráticas que las políticas de ‘identidad de género’ pretenden imponer sobre nosotras, así también nosotras debemos hacer pausa y cuestionarnos si habremos cometido un error, al intentar adoctrinar y convencer a todo el mundo con nuestra “perspectiva de género”.

Y aquí hablamos sobre la democracia. ¿Cómo sabemos que este tema particular es importante? Por la virulencia con la que se intenta suprimir su debate a nivel mundial.

Ayer durante una sesión de la Declaración sobre los Derechos Basados en el Sexo, mujeres de Bolivia, de la República Checa, de Finlandia, de Nigeria y de las Bahamas, conversaron sobre cómo las políticas de ‘identidad de género’ están siendo impuestas en sus respectivos países, sin debate público, democrático y plural.

Inclusive en los países donde los derechos de las mujeres se basan en su sexo, como Inglaterra y España, debatir este tema es prácticamente imposible y riesgoso.

¿Dónde se ha visto que para debatir una política pública hay que mantener en secreto el lugar de las reuniones? ¿Qué tipo de democracia es aquella en la que las mujeres que quieran hablar públicamente sobre un tema tan fundamental, sobre cual se cimenta la base de su opresión, deban tomar medidas precautorias, contratar seguridad privada y alertar también a la policía?

Algo que nunca olvidaré es cómo en la República Dominicana, donde no existe derecho al aborto en lo absoluto, las mujeres que quieren reunirse a debatir y tertuliar sobre el asunto, lo pueden hacer libremente, en pleno ejercicio de sus derechos políticos.

Aquí en Inglaterra, desde que se anunció que yo participaría en reuniones de Woman’s Place UK en enero del 2018, los transactivistas me han perseguido en todos y cada uno de los eventos en los que yo participo, vociferando todo tipo de improperios, intentando detonar bombas de humo y adentrándose en nuestras salas de conferencias a la fuerza.

En varias ocasiones, cuando la Policía se digna en ayudarnos, han tenido que sacar a la fuerza a esos mismos transactivistas que protestan mis reuniones feministas para internarlos inmediatamente en centros psiquiátricos.

Eso no es ni normal, ni lógico, ni es característico de sistemas democráticos que valoran la libertad.

Ese nivel de irracionalidad bajo ningún precepto debe normalizarse en la esfera pública. Podemos ser insistentes y reiterativas repitiendo una y otra vez nuestras argumentaciones, pero este tipo de reacciones violentas, inquisidoras y agresivas ante nuestros planteamientos, no pueden tolerarse jamás como comportamientos válidos y normales.

El propósito de todas estas reuniones que hemos sostenido aquí en el Reino Unido es debatir las implicaciones de unas propuestas de reforma a políticas públicas de género. Tolerancia es que todas las ideas se aborden dentro del respeto, valorando la pluralidad de opiniones. Lo que atraviesan las mujeres que defienden sus derechos en base al sexo, no es ni tolerante, ni respetuoso ni pluralista, y mucho menos admisible dentro de un ordenamiento democrático.

El mensaje ha llegado claro y fuerte: por medio de los intentos de convertir el género en una identidad personal se ha abierto una caja de pandora que legitima todos los abusos y vejaciones contra las mujeres, … siempre y cuando se pueda tachar a esa mujer como transfoba.

Una política que no admite debate es una política muerta. Una política muerta no puede jamás convertirse en la base de ningún movimiento social con aspiraciones al futuro.

El propósito de las políticas que intentan convertir el género en una identidad personal, es eliminar a las mujeres como sujeto político, y a su vez, los derechos que se basan en esa diferenciación. Si todo el mundo puede ser considerado ‘mujer’, basándonos en los sentimientos personales de esa persona, entonces la mujer no es nada.

Otra pregunta importante, es que si el género es como una persona se siente y está basado en sus gustos personales, entonces ¿qué lo diferencia de la personalidad?

El pasado mes de septiembre se publicó en los Estados Unidos el libro titulado El ABC de la Igualdad, diseñado para infantes menores de cinco años. El libro representa un alfabeto progresista, en donde les enseñan conceptos de justicia social como ‘P de Privilegio’ y ‘C de clase social’. La G representa la palabra ‘género’ y lo define como: “una categoría que describe el sentimiento interno de que somos hembra, varón, ambos, ninguno y una combinación de todo”.

El libro, dirigido a niños y niñas que todavía están en kindergarten, ilustra la palabra T con la definición de ‘transgénero’, y dice que: “A veces el sexo que asigna el doctor al nacer no concuerda con el sentir de cada persona. Un bebé ‘varón’ puede ser asignado a la categoría de ‘niño’, pero internamente puede sentirse ‘hembra’ o quizás puede sentir que no tiene asignación alguna. ¡Tú decides lo que quieres ser!”, concluye.

¿Cómo combatimos los estereotipos sexistas de que los niños no pueden usar rosado si le enseñamos a los niños que usar rosado quiere decir que son niñas? ¿Cómo combatimos los estereotipos sexistas que imponen sobre la niñez si les enseñamos que su personalidad (que le guste jugar con carritos o a la cocinita), está directamente ligada a qué son como seres humanos?

Al teorizar que los estereotipos de género son dañinos, nuestro propósito era desmontarlos. Hoy en día, al teorizar que todo el mundo (incluyendo la niñez), tiene una identidad de género, estamos reforzando que el amor al rosado y al azul vive dentro de cada niño y niña, como si fuese su alma.

¿En qué se diferencia la identidad de género de los estereotipos de género?          ¿Y en qué cabeza cabe que podemos desmontar los estereotipos de género, mientras reforzamos la identidad de género?

Como explicó ayer la académica Gail Dines, despolitizar el feminismo e individualizar análisis estructurales, representan un problema para el feminismo, por el simple hecho de que el movimiento es primeramente político, y segundo, porque su propósito es desmantelar inequidades estructurales.

Por medio de las teorías que intentan convertir el género en identidad, estamos observando en tiempo real todas las pesadillas que en algún momento pudo concebir el movimiento feminista, ejecutadas contra mujeres de menos recursos y menor poder de decisión, pero siendo justificados mediante el concepto que el feminismo creó.

El género, o su conceptualización como identidad, es la herramienta con la que se aterroriza a mujeres víctimas de violencia dentro de los refugios exclusivos para mujeres. El género, o su conceptualización como personalidad, es la herramienta con la que niñas, adolescentes y mujeres que quieren competir en deportes, deben ahogar su frustración, ante la injusticia de verse obligadas a competir con varones que biológicamente tienen ventajas que ellas jamás tendrán.

El género, o su conceptualización como identidad, es la herramienta que permite que, en el día de hoy, la gran mayoría de los Centro de Estudios de Género, se hayan convertido en maquinarias para producir consultoras y asesoras, cuya misión es promover como liberador y empoderador, lo que una vez se concibió como opresor.

El género, o su conceptualización como identidad, es la herramienta con la que se justifica que crímenes, muchas veces violentos y cometidos contra mujeres en precariedad, sean adjudicados a las mujeres, tergiversando las estadísticas de violencia en la sociedad.

El género, por medio de su conceptualización como identidad, es la herramienta con la que se justifica que niñas y adolescentes que repudian su cuerpo, como muchas de nosotras en algún momento lo hicimos, lleguen a las salas de las clínicas de género buscando remedios rápidos, ante una realidad, que es enteramente estructural: la opresión patriarcal.

El género, o su conceptualización como identidad, es la herramienta que se ha utilizado para legitimar la violencia contra las mujeres en la política, la burla de personas que nunca apoyaron mucho los derechos de la mujer, pero que necesitaban una excusa para acusarlas como repudiables TERF o transfoba.

Ya la misma Celia Amorós explicó que todo movimiento tiene marcha atrás. Que hay que ser cuidadosas, tenaces, tener capacidad de acción y de convicción.

Nada de esto sorprende. Las teorías que intentan convertir el género en identidad personal son pura y llanamente el género en acción. La pregunta es, ¿cómo nosotras contraatacaremos un concepto ideado por el propio feminismo que sido tergiversado para revertirse contra las mujeres y niñas alrededor del mundo?

¡Muchas gracias!

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