Mary Walton Pionera medioambiental

Mary Walton Pionera medioambiental

La historia de Mary Walton es una de las recogidas en el libro DAMAS DE MANHATTAN, de inminente aparición, editado por Casiopea, que reúne más de 30 vidas de mujeres que forjaron la historia de la Gran Manzana.

Circula un dicho entre los neoyorquinos según el cual en su ciudad hay dos estaciones: invierno y construcción. Es cierto que en otras muchas ciudades se afirma lo mismo, pero en el caso de Nueva York resulta más verosímil. A título de ejemplo los neoyorquinos presentaron más de 446.000 quejas relacionadas con el ruido en 2017. Las protestas apuntaban a lugares con obras ruidosas, bocinas de automóviles y camiones, e incluso fiestas subidas de decibelios o simplemente música a gran volumen. Para los neoyorquinos despertarse cada día con los sonidos de los martillos neumáticos o las bocinas forma parte de la rutina diaria. A ello se suma la contaminación que padece la ciudad y que hace irrespirables algunas calles y avenidas. El Departamento de Protección Ambiental de la ciudad intenta atender las consultas y denuncias sobre las violaciones de ruido y de humos, pero su trabajo no debe resultar fácil en una ciudad superpoblada como esta.

Hace doscientos años las cosas, piensa uno, debían de ser muy diferentes en esta gran urbe. Sin embargo, las calles tampoco eran un remanso de paz ni el aire que se respiraba era tan puro como cabe imaginar. La revolución industrial con sus máquinas de vapor cambió radicalmente el horizonte urbano de las grandes ciudades. Los cielos de Manhattan se poblaron de un denso y oscuro humo que escapaba de las chimeneas de las industrias, el ferrocarril no mejoraba las cosas con el chirrido de las locomotoras, las empresas textiles, las destilerías y otras factorías contribuían al caos y a la contaminación acústica y ambiental que nunca abandonarían las calles de Manhattan. Y en esas estaba Mary Elizabeth Walton en 1881, devanándose los sesos para ver el modo de paliar el impacto del humo emitido por las chimeneas industriales. Finalmente, se le encendió una bombilla que cambiaría para siempre las cosas. Acababa de dar con el sistema de desvío de las emisiones a tanques de agua donde se reducirían drásticamente sus agentes contaminantes. Luego estas aguas serían arrojadas al alcantarillado para ser conducidas a lugares distantes y más apropiados.

Los cielos de Manhattan se poblaron de un denso y oscuro humo que escapaba de las chimeneas de las industrias, el ferrocarril no mejoraba las cosas con el chirrido de las locomotoras, las empresas textiles, las destilerías y otras factorías contribuían al caos y a la contaminación acústica y ambiental que nunca abandonarían las calles de Manhattan.

Que una mujer de cincuenta y dos años en plena era victoriana diera con una solución de ingeniería en un campo netamente masculino no debió de gustar a muchos, pero su idea fue muy bien acogida. Estaba claro que suponía una importante mejora medioambiental. Su invento fue patentado el 18 de noviembre de 1879, con el número 221.880.
Aún quedaba pendiente otra cuestión: La contaminación acústica. Y fue esta creativa mujer la que daría también con la solución.
A mediados de siglo XIX la era del ferrocarril, o Railway Age, vivía su apogeo. La tracción mecánica estaba revolucionando la forma de viajar, de moverse, de ir al trabajo. La máquina de vapor expandía su sonido de progreso por donde pasaba. Vagones y locomotoras desplazándose sobre los raíles cambiaban el paisaje, y cuanto mayor era la velocidad, mayor el ruido. En 1890 el Empire-State-Express rebasaba por primera vez en la historia los cien kilómetros por hora al cubrir la distancia entre Nueva York y Búfalo.

Los vagones de pasajeros se fueron dotando de iluminación eléctrica y los trenes elevados pasaron a ser el medio habitual para el transporte. Pero el ruido de los frenos y de las máquinas de vapor resultaba insufribles. Fueron fuente de jaquecas y hasta de crisis nerviosas entre muchos ciudadanos. A finales de siglo estos trenes se habían apropiado de Manhattan. A su paso era necesario gritar para comunicarse, el mobiliario urbano temblaba y durante la noche resultaba imposible conciliar el sueño. Fue una de aquellas insomnes noches que a Mary Elizabeth Walton, vecina de la Sixth Avenue Elevated —el segundo ferrocarril elevado en Manhattan que corría al sur de Central Park a lo largo de la 6.ª Avenida—, se le encendió otra bombilla. ¿Era posible amortiguar el sonido que producían las ruedas al pasar por las vías? Y así fue como, echando horas en el sótano de su casa con una maqueta, esta aficionada a la ingeniería dio con la solución: una mezcla de alquitrán, algodón y arena en las vías para absorber no solo las vibraciones sino también el atronador sonido. Mary patentó este segundo invento el 8 de febrero de 1881 con el número 327.422. Más tarde vendió los derechos al Ferrocarril Metropolitano de Nueva York por la jugosa suma diez mil dólares. El sistema pronto fue adoptado por otras compañías ferroviarias.

Mary Walton fue considerada una heroína en aquel entonces. Para nosotros es una pionera de la ecología. Como dijo el Woman’s Journal hace 100 años: «Los maquinistas e inventores más notables del siglo habían puesto atención al tema sin poder aportar una solución, cuando, he aquí, el cerebro de una mujer hizo el trabajo…». Manhattan fue más limpio y silencioso gracias a ella.

 

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