Las llamadas infancias trans: mismos estereotipos, nuevo empaque

Las llamadas infancias trans: mismos estereotipos, nuevo empaque

Según datos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en México entre 2012 y 2017, 21% de las víctimas de trata identificadas fueron mujeres menores de edad, segundo grupo en importancia después de las mujeres adultas, con 64%. En su informe “Los derechos de la infancia y la adolescencia en México”, de 2018, la UNICEF señala, entre otros problemas, que “de los casi 40 millones de niños, niñas y adolescentes que viven en México, más de la mitad se encuentran en situación de pobreza y 4 millones viven en pobreza extrema”. En octubre de 2019 Nadine Gasman, presidenta del Instituto Nacional de las Mujeres, anunció unas alarmantes cifras de embarazo infantil, en su mayoría resultado de violaciones cometidas principalmente en el seno familiar; los embarazos a temprana edad, como ella misma señaló en otra ocasión, “reducen las oportunidades de niñas y adolescentes y significan una ciudadanía que verá limitadas sus posibilidades de desarrollo”.

En ese contexto nacional, una diputada y un diputado del Congreso de la Ciudad de México, preocupados por el libre desarrollo de la personalidad de niñas y niños, y movidos por el interés superior de la niñez “en el sentido más amplio”, presentan una iniciativa de reformas a un cuerpo legal.

“¡Pero qué bien!”, pensará alguien preocupado por la desprotección en que viven las niñas en este país. ¿Serán unas medidas que sirvan para rescatar a niñas víctimas de la trata sexual y garantizarles atención física y psicológica? ¿Para atacar las violaciones que las niñas sufren en sus propias casas? ¿Propuestas concretas para evitar que se capte a niñas, niños y adolescentes para la pornografía y la explotación sexual a través de internet?

La respuesta es un anticlimático no; es algo un poco menos ambicioso: unas iniciativas con proyecto de decreto por las que se reforman y derogan diversas disposiciones del Código Civil y del Código de Procedimientos Civiles, ambos para el Distrito Federal, para que por un procedimiento administrativo se puedan hacer cambios en las actas de nacimiento, presentada por Temístocles Villanueva y Paula Soto, del partido Movimiento de Regeneración Nacional.

Pero… ¡¿eso hace falta?! Cuando un acta de nacimiento trae un dato equivocado, en las oficinas de Arcos de Belén se atiende el asunto. Es un trámite, ni más ni menos engorroso que el resto de los trámites. Me consta, pues en el acta de nacimiento de una de mis sobrinas su segundo apellido se consignó como Leucona, no Lecuona, pero ya se rectificó en una anotación al margen.

Lo que pasa es que en realidad no se busca corregir un dato equivocado en el acta de nacimiento: se trata de introducir un dato falso. La idea es que en las actas de algunas niñas o niños se pueda cambiar el dato del sexo. No porque sea un error de dedo de la secretaria del Registro Civil que deba rectificarse sino para que la casilla correspondiente a sexo recoja algo que estos diputados llaman identidad de género.

Detengámonos en este concepto.

La propuesta dice que “la identidad de género es la convicción personal e interna de cómo cada persona se percibe a sí misma, y está ligada a la posibilidad de todo ser humano a escoger libremente las opciones y circunstancias que le dan sentido a su existencia conforme a sus propias convicciones, y no está sujeta a los genitales de las personas. […] La asignación de género no representa lo mismo que la identidad, ya que ésta tendrá un carácter social, puesto que conforme normas socialmente aceptadas se les designa un género a una persona en razón de sus características biológicas, que trasciende a sus documentos oficiales de identidad”.

Esto no salió del ronco pecho de Villanueva o Soto: es una paráfrasis de los principios de Yogyakarta, que están un poquito mejor redactados y dicen así: “La identidad de género se refiere a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría suponer la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que sea libremente escogida) y otras expresiones de género, entre ellas la vestimenta, el modo de hablar y los modales” [mis cursivas].

Imposible que la sustitución de “sexo” por “identidad de género” y el inopinado arribo de los principios de Yogyakarta hasta los rincones más remotos no llamara la atención de feministas que saben que el sexo no se asigna y que el género no es identidad sino imposición social: que el género es, sobre todo para los niños, el instructivo de lo que se supone “propio de tu sexo”.

Pero los principios de Yogyakarta han sido adoptados en legislaciones de varias partes del mundo, a pesar de no ser vinculatorios y a pesar de correr en sentido contrario de disposiciones internacionales que sí lo son y que México está obligado a cumplir, como la Convención para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, la Convención de las Naciones Unidas Sobre Los Derechos del Niño o la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Convención de Belém do Pará).

El Instituto Nacional de las Mujeres de México, en su Glosario de Género, define el sexo como el “conjunto de diferencias biológicas, anatómicas y fisiológicas de los seres humanos que los definen como hombres o mujeres (varón o hembra). Esto incluye la diversidad evidente de sus órganos genitales externos e internos, las particularidades endocrinas que las sustentan y las diferencias relativas a la función de la procreación”.

Así es: para el Inmujeres, como para cualquier persona aún no abducida por el cuirismo, el sexo es evidente y salta a la vista. No se necesita un ente o persona asignadora: basta con ver a un bebé sin pañales. Este dato empírico es el que se consigna en las actas de nacimiento. ¿Por qué tendría que cambiar? ¿Es que ya no viene a cuento? ¿Está superado el sexismo? ¿Se abolió el género sin que nos diéramos cuenta?

Volvamos a la llamada Ley de Infancias Trans que se votará próximamente en la capital mexicana.

Se afirma en el texto que su propósito es el “reconocimiento de las infancias trans en la Ciudad de México” para “eliminar cualquier motivo de discriminación u obstáculo para que toda persona pueda ser reconocida en la sociedad de acuerdo a su autopercepción, en cualquier parte y en cualquier edad que lo desee” [mis cursivas].

¿Con esto pretenden que todos seamos reconocidos de acuerdo a nuestra autopercepción, sin traba alguna? Eso dice ahí, ¿no? O sea que si alguien autopercibe la fecha de su nacimiento en 1988 y no en 1973, ¿también se corrige su acta? ¿Si autopercibe que su madre no es la que ahí se consigna sino otra más de su agrado, ¿se cambia el nombre en el documento oficial así nomás?

Pues no, claro que no. Es falso que se pretenda que toda persona pueda ser reconocida en la sociedad de acuerdo a su autopercepción, para empezar porque ésta puede no corresponder con la realidad. Esto de la autopercepción sólo quieren que valga para el sexo y para ninguna otra característica. ¿Por qué? ¿Y por qué nos preocupa a las feministas?

Porque un gran logro del feminismo ha sido desmentir la idea de que nuestro sexo determina nuestra personalidad y que por nuestra biología las mujeres debemos actuar y ser de cierto modo. El género es la base de la opresión. Pero esta idea de género como identidad, de un plumazo convierte esos roles sexuales impuestos en parte indisociable de nosotros mismos. Y en vez de ser algo que combatir con educación y cambios sociales, se vuelve algo que celebrar.

Como señala la Campaña por los Derechos Humanos de las Mujeres, “la confusión entre sexo y ‘género’ ha contribuido a aumentar la aceptación de la idea de ‘identidades de género’ innatas y ha llevado a la promoción de un derecho de protección de estas ‘identidades’ que en última instancia lleva a la erosión de los logros alcanzados por las mujeres durante décadas. Los derechos de las mujeres, que han sido alcanzados sobre la base del sexo, ahora están siendo socavados por la introducción en los documentos internacionales de conceptos como ‘identidad de género’. [… Este concepto] convierte a los estereotipos socialmente construidos, que organizan y mantienen la desigualdad de las mujeres, en condiciones esenciales e innatas”.

Pero además, al eliminar “sexo” en documentos legislativos para sustituirlo con “identidad de género” se pasa de lo empírico a lo metafísico, de lo material a lo esotérico. Es pensamiento mágico puro y duro.

Esto de la niñez trans ¿no les recuerda la moda de los niños índigo? Eran, según nos decían, niños con unos poderes especiales, más sensibles que los demás y con mayor capacidad de empatía. Se les decía índigo porque de ese tono de azul era su aura. El aura de los niños índigo es tan etérea, tan especial y tan difícil de aterrizar como la inasible identidad de género de las infancias trans. Sólo que la moda de los niños índigo no era tan peligrosa ni omnipresente. A lo mejor cambiaban a los niños de escuela, pero nadie pretendía que por ellos se cambiaran las leyes de un país.

El Congreso de la Ciudad de México ha conocido básicamente dos posturas frente al tema de las llamadas infancias trans, cuando lo cierto es que aquí hay en juego al menos tres. Para simplificar las llamo:

 

  • La “provida”: es la de los grupos que en noviembre de 2019 hicieron una manifestación frente al Congreso y que tienen nombres como Ciudadana por la Vida y la Familia o Mexicanos al Grito de Vida;
  • La pro cerebros rosas y azules: la de quienes impulsan estas iniciativas en todo el mundo;
  • La pro libre desarrollo de la personalidad: la de las feministas que desde un principio hemos dicho “Aguas con esto: el género no es identidad, es opresión”.

 

Esquemáticamente:

 

  • Los “provida” dicen: “Si eres niño te tienen que gustar las cosas de niño y si eres niña te tienen que gustar las cosas de niña”;
  • Los pro cerebros rosas y azules dicen: “Si te gustan las cosas de niño eres niño aunque tengas vulva, si te gustan las cosas de niña eres niña aunque tengas pene”;
  • Las pro libre desarrollo de la personalidad decimos: “No hay cosas de niña y cosas de niño; ni la ropa ni los juguetes ni el largo del pelo tienen sexo”.

Pero los pro cerebros rosas y azules, además de que pretenden que el público confunda la postura feminista con la “provida”, tienen sus departamentos de marketing y saben que se vería muy mal reconocer que su concepto de identidad de género no es sino un regreso a los estereotipos. Los estereotipos y roles sexuales son un producto al que a estas alturas, para venderlo bien entre ciertos sectores, hay que ponerle envoltura progresista. Por eso los pro cerebros rosas y azules dicen que quieren “infancias libres de roles y estereotipos de género”. Pero no nos quedemos con sus aseveraciones; mejor examinemos sus documentos.

En la página web de la Asociación por las Infancias Transgénero (una de las organizaciones de la sociedad civil que mandaron oficios con comentarios a la propuesta de Soto y Villanueva), la mejor respuesta a la pregunta “¿Cómo saber si un niño es trans?” nos la dan unos recursos pedagógicos originalmente publicados por Chrysallis, organización española aliada de ellos que también se dedica a promover la idea de que hay niños a los que “se les asignó un sexo equivocado al nacer” y son, como los índigo, diferentes, especiales.

Las cinco diademas de Matilda dice así:

“A veces, cuando está sola, Matilda se pone los zapatos de su mamá, se mira al espejo y sonríe.

Solo [su gatita de peluche] y ese trozo de cristal saben que ella es una niña. Matilda se enfada cuando su mamá le dice que es un niño, y le entristece que su padre siempre la regañe cuando ella por su cumpleaños una diadema pide que le regalen. […] A ella le gustaría que existiera una magia que a todos transformara haciéndoles ver la niña que hay en ella. En el cole ella fantasea y se deleita con el revuelo de las faldas de sus compañeras. […] Matilda está feliz. […] ¡La han visto! ¡Por fin se han dado cuenta de que ella es una niña! Y por su quinto cumpleaños le han regalado las cinco diademas que siempre le negaron. Han pasado algunos días y para Matilda todo ha cambiado. Sus compañeros de clase la llaman por su nombre, sus amigos del parque y toda su familia. Al colegio va con mochila purpurina y a clase de ballet con un tutú de fantasía. Por fin la dejan vestirse con la ropa que ella siempre quiso [mis cursivas]”.

Me pregunto qué tan halagado se sentiría Roald Dahl con este humilde homenaje a su inmortal Matilda.

Pero bueno, no sólo los niños con cerebro rosa: también las niñas con cerebro azul tienen su opúsculo. Se llama En la piel de Daniel.

“La señorita Simona está preocupada… ¿Es su aula una jaula? Su alumna más revoltosa, de una forma o de otra, la trae loca.

La que lleva la falda rota y no le gusta vestir de rosa.

La que en carnavales se viste de comanche o vaquero y en Navidad quiere ser bombero.

La que cuando quiere ir guapa se pone corbata. […]

La que salta de alegría cuando da una certera patada y todos los amigos celebran su gol.

La que bajo el cuello de su camisa esconde la trenza, y le dan pereza el tul y la seda.

Berta, la que a primera hora se quita la horquilla, quizás no sea una niña.

En casa, desde hace unos días papá y mamá ya lo han entendido, y han ido al cole a explicar lo que pasa.

–¡Berta es un niño! Parece que es un lío pero es muy sencillo. Lo dijo desde muy pequeño pero nosotros por no saber no lo supimos atender. Y ahora hemos comprendido lo que antes nunca vimos. ¡Es Daniel!”

 

Y ya con esto la señorita Simona se queda tranquila. Ahora todo encaja: la niña que mete goles ¡es un niño! ¿Cómo no se dio cuenta antes?

Miranda Yardley, transexual crítico de esta moda, buscó los comunes denominadores y discursos en torno a los niños transgénero. En una serie de historias publicadas en la prensa inglesa sobre niños que se identifican como niñas, esas coincidencias eran patentes: preferencia por el rosa, el largo del pelo, princesas y vestidos, juguetes “de niña”.

Hagan este experimento: si le piden a un creyente en las infancias trans que les diga cómo se sabe que un niño es niña o viceversa, notarán que no podrá, nunca de los nuncas, señalar algo que no sea un estereotipo o una vaguedad esotérica. Porque ser mujer u hombre no es una sensación que sólo uno mismo autoperciba: es un dato objetivo que todos pueden corroborar con sus propios sentidos.

Los pro cerebros rosas y azules dicen que esta ley de infancias trans no propone ni hormonar ni operar a menores de edad. Aseguran rotundamente: “nunca se hormona ni se opera a la niñez”.

¿Nunca? Tendrían que informarse un poco más. Por algo en Dakota del Sur y otros estados de la Unión Americana se intentan pasar leyes que prohíban la prescripción de bloqueadores de la pubertad a menores de 16 años; por algo Keira Bell está demandando a la principal clínica de género en Inglaterra, la Tavistock, por el tratamiento de “reasignación de género” (o sea, bloqueadores de la pubertad, testosterona y doble mastectomía) a que la sometieron tras diagnosticarle disforia de género cuando era niña; por algo tantos empleados han renunciado en los últimos meses a esa misma clínica preocupadas por la ligereza con que se recetan bloqueadores de la pubertad a menores de edad y porque tratan a los niños como conejillos de Indias.

Los whistleblowers de la Tavistock también confirman algo de lo que nos advirtió la autora feminista Sheila Jeffreys hace algunos ayeres, cuando se refirió a esta moda de “transgenerar” niñas y niños a diestra y siniestra como “eugenesia gay”: en muchísimas ocasiones son los progenitores, no los menores, los verdaderos interesados en el tratamiento. Son padres y madres temerosos de que sus hijos que no se ajustan a estereotipos puedan ser lesbianas u homosexuales. Prefieren creer que su hijo nació en “el cuerpo equivocado” y ponerlo en el camino de la transición porque qué horror la homosexualidad. En la práctica, los tratamientos “de reasignación de género” son terapias de conversión.

Porque, por otro lado, los temores de estos padres no son infundados. Según muestran varios estudios, la no conformidad con estereotipos y roles sexuales en la niñez es un importante predictor de homosexualidad en el futuro. Sobra decir que el problema no es la posible homosexualidad futura: el problema es el rechazo de estos progenitores y de la sociedad.

Las feministas nos oponemos a esta iniciativa no porque no queramos lo mejor para estos niños sino porque tenemos serias dudas de que un nada inofensivo cambio en las actas de nacimiento en verdad sea lo mejor. Con estas reformas se evita que los niños con disforia de género encuentren la mejor vía para acabar con su malestar porque, ante problemas como el acoso escolar o las ideaciones suicidas, se propone como milagrosa solución unitalla introducir una mentira piadosa en un documento oficial. Además se les dan falsas expectativas: el sexo es el que es y no cambia ni por blandir una nueva acta de nacimiento como varita mágica ni por interrumpir el desarrollo de un púber y someterlo a uno de esos tratamientos mal llamados “de reasignación de género”.

Nosotras, las pro libre desarrollo de la personalidad, tenemos mucho en común con los congresistas de la CDMX. Nos interesa el bienestar de la infancia y nos interesa que niñas y niños crezcan en un mundo sin estereotipos sexuales, sin que su sexo sea limitante. Sin embargo, nos damos cuenta de que las leyes que introducen el equívoco concepto de identidad de género serían contraproducentes.

Sostengo que los diputados de la CDMX y otros legisladores que se han enfrentado a documentos que recogen los principios de Yogyakarta están incurriendo en lo que Cass Sunstein llama “cascadas”:

 

“movimientos sociales de gran escala en los que mucha gente termina creyendo algo, o haciendo algo, debido a las creencias o acciones de unos cuantos que hablaron en un principio. […] La participación en las cascadas se alimenta de las influencias sociales. […] El sistema de precedentes legales también produce cascadas, cuando las decisiones tempranas hacen que tribunales posteriores lleguen a cierto resultado, y a larga la mayoría de los tribunales, si no es que todos, se alinean, no por sus opiniones independientes, sino por una decisión de seguir las decisiones aparentemente informadas de otros. El simple nivel de acuerdo será engañoso si la mayoría de los tribunales han sido influidos, incluso de manera decisiva, por sus predecesores, sobre todo en las áreas altamente técnicas” [Cass R. Sunstein, Conformidad. El poder de las influencias sociales sobre nuestras decisiones, Grano de Sal, en prensa].

Entonces a los diputados les llega un documento que habla de “identidad de género”, saben que ese concepto se ha usado ya en otras leyes y en otros países y les parece que es un concepto difícil que no entienden del todo (cosa normal ante vaguedades como las que cité arriba) pero que los expertos ya lo entendieron y ellos han de saber y por eso está ahí.

Una razón por la que la gente prefiere irse con lo que dicen los demás es porque les concede mayor autoridad en el tema, a veces justificadamente pero a veces no. Otra es porque teme hablar: no quiere llevar la contraria porque sabe que si plantea una objeción la van a tildar de, por ejemplo, tránsfoba. No sé si les suene…

Lo bueno es que una sola persona, una sola disidente que se atreva a opinar distinto o a expresar dudas, tiene la capacidad de detener una cascada y por lo tanto de aumentar las probabilidades de que se llegue colectivamente a una mejor decisión, mejor informada.

Reformas como la que votará el Congreso de la Ciudad de México no sólo no ayudan a los niños que no se ajustan a los estereotipos que los pro cerebros rosas y azules quisieran convertir en identidad, sino que afectan a toda la infancia en virtud del valor expresivo de la ley: “las circunstancias en las que una simple declaración, hecha por la ley, tiene probabilidades de afectar la conducta de la gente” [ibid.]. La iniciativa en comento le dice a la población que si anhelas cinco diademas, como Matilda, eres niña aunque tengas pene, y que si en carnavales te vistes de comanche o vaquero y en Navidad quieres ser bombero eres niño, así tengas vulva, como Daniel, antes Berta.

Tendría que ser obvio que esto no fomenta el libre desarrollo de la personalidad sino que sigue encajonando a niñas y niños en los mismos estereotipos limitantes de siempre, por mucho que los meta en la caja correspondiente al otro sexo. ¿Qué de liberador tiene eso? Casi siempre el mejor tratamiento para esos niños y niñas sanos que se resisten a la categorización y la manera más efectiva de permitir el libre desarrollo y descubrimiento de su personalidad es dejarlos ser. No pararse de pestañas como el papá de Matilda y esperar mil años a regalarle su diadema; no ser tan cerrados como la señorita Simona, a la que tan estrambótica le parece una niña traviesa. De los menores con disforia de género, la mayoría terminan siendo adultos que no están peleados con su cuerpo ni con su sexo. En cambio, cuando se les pone en el caminito de la transición, la gran mayoría terminan pasando de la transición social a la médica.

¿Qué propongo a legisladores?

  • Leer (y, si lo desean, firmar) la Declaración de los Derechos de la Mujer Basados en el Sexo de la Campaña por los Derechos Humanos de las Mujeres;
  • Volver a hablar de sexo y olvidarse de la identidad de género; esto es un sinsentido y no sirve de nada. Se lo ejemplifico: la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en su Diagnóstico sobre la situación de la trata de personas 2019, sostiene: “Si se desagrega esta información por sexo, mujeres y niñas representan el 95% de las víctimas de delitos en materia de trata de personas en el ámbito sexual”. De identidad de género no se dice nada en todo el documento. ¿Será porque violadores y proxenetas, para detectar a sus víctimas, no necesitan preguntarles si se identifican con su “sexo asignado al nacer” ni pedirles copia certificada de su acta de nacimiento?;
  • Aprovechando que al parecer en esto estamos de acuerdo con quienes impulsan las iniciativas comentadas y ellos también se oponen a que se hormone a la niñez y nada más lejos de sus intenciones: prohibir que se receten bloqueadores de la pubertad y se realicen cirugías estéticas para la “reasignación de género” a menores de edad, ni siquiera mediante “consentimiento informado”. Un menor no puede consentir a un tratamiento que a la larga lo puede dejar estéril e impedirle tener orgasmos. Por lo antes expuesto, esto debe calificar como terapia de conversión.
  • Y por último pero no al último, darse cuenta de que si no se detiene la cascada social y legislativa que está sustituyendo “sexo” con “identidad de género” será aún más difícil atacar los embarazos de niñas por violación, la trata de niñas para fines de explotación sexual y esos problemas tanto más serios que una niñez que se quiere liberar de los estereotipos que la constriñen.

 

 

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