J.K. Rowling y la Inquisición Anticientífica

J.K. Rowling y la Inquisición Anticientífica

 

¿Quién podía imaginar el revuelo que iba causar que una mujer influyente afirmara un hecho biológico que no ha sido refutado por la ciencia y señalara la relevancia del sexo al moldear la vida de cada una de las mujeres?

Las feministas radicales de todas partes del mundo aplaudimos la valentía de J. K. Rowling y el que haya pensado en las mujeres, cuando fácilmente pudo haberse quedado callada. A pesar de que sus millones le garantizan más oportunidades que a la mayoría de nosotras, en vez de elegir la calma que da mantenerse al margen, decidió meterse en el ojo del huracán y pidió, entre otras cosas, que escucharan lo que tienen que decir las lesbianas sobre el tema.

Viendo como se ha desarrollado este escándalo en todas partes del mundo, es evidente que en esta última ola del movimiento global a favor de los derechos de las mujeres, lo feminista es cuestionar las preocupaciones de una mujer víctima del género sobre si es prudente permitir la entrada de hombres que se autoproclaman mujeres en los centros de acogida, pasando por alto que un medio sensacionalista le diera cobertura al maltratador de Rowling y con eso regalarles, a todos los que la amenazan, la satisfacción de ver a un hombre que sí pudo golpearla. La ruta progresista no se centra en proteger los espacios para mujeres y procurar el bienestar emocional de las mujeres perjudicadas por la relación de poder entre los sexos en las esferas privadas; más bien les exigen a esas mujeres víctimas de la violencia machista que sean menos egoístas, que superen sus traumas con los hombres y sean tolerantes con estas personas con pene que desean ingresar allí por medio de imposiciones.

Leí a una actriz de televisión llamada Jameela Jamil diciendo que deshumanizar y otredadizar a las mujeres trans contribuye a las experiencias traumáticas y violentas que reciben. ¿Cómo se supone que quedan deshumanizados algunos individuos del sexo masculino cuando se les reconoce por el nombre común con el que se clasifican para distinguirlos de las personas del sexo femenino, que tienen el nombre común de mujeres, y también para diferenciarlos de los machos de otras especies?

¿Será que Jameela, y demás personas que piensan como ella, buscan reescribir la historia misma? No existen registros de sociedades humanas en donde las mujeres releguen a los hombres a la otredad. Es todo lo contrario: son los hombres quienes siguen constituyéndose a sí mismos con la universalidad humana y delegan en nosotras la otredad. Cosificadas. Deshumanizadas. Está claro que en el imaginario que sustenta, se sustituye a las mujeres por los varones trans para tergiversar nuestra historia y posicionarnos como mujeres opresoras. Jamil no se da cuenta de que, al accionar de esta manera, deja fuera de su mira a los verdaderos perpetradores de la violencia tanto contra las mujeres como de las mismísimas personas trans. Esto es cinismo patriarcal puro: pasar desapercibido cuando se es un maltratador es una estrategia del poder y por acá ni cerquita lo ven.

Vamos, que al final se escriben muchísimos caracteres en Twitter y publicaciones en Facebook para echarles la culpa a las mujeres de lo que les hacen los puteros, los proxenetas, los homófobos, las parejas sexuales, la depresión y otras condiciones mentales relacionadas con la disforia de género. También estamos siendo saturadas de personas famosas en las redes sociales que nos exigen que aceptemos, bajo amenazas de violencia, que los deseos de unos cuantos varones respecto a su supuesta ‘identidad de género’ es más válido que la realidad material de las mujeres y niñas alrededor del mundo.

Desafortunadamente, aquella actriz famosa no es la única con esa opinión. Existe un círculo progresista que considera que centrar a las mujeres y señalar la jerarquía sexual es una discriminación con discurso de odio. Nos tachan de discriminatorias mientras argumentan, e intentan imponer dentro de políticas públicas, que lo justo es hacer abstracciones teóricas respecto a la condición de las mujeres para separarnos de nuestra existencia concreta, deshacer los términos que nos nombran y significan, darle poca importancia a la jerarquía sexual e impugnar los conocimientos científicos que prueban nuestra materialidad. ¡Tremendo!

Tremendo que se opongan al conocimiento verificado y en su lugar postulen mentiras. Como médica, sé que para aplicar la ciencia hay que seleccionar los mejores argumentos científicos, y con eso me refiero a los que pueden evidenciarse. Sabemos con seguridad de que el sexo biológico es real, porque podemos observarlo y comprobarlo. ¿Pueden hacer lo mismo quienes argumentan a favor de la llamada ‘identidad de género’?

En este tramo de la historia, estas personas nos mencionan la palabra ‘intersexualidad’. Las diferencias en el desarrollo del sexo biológico, una condición que afecta a un porcentaje minúsculo de personas, no refutan la existencia del sexo biológico. Al contrario, a diferencia de la ‘identidad de género’, mediante la evaluación física y diferentes análisis se puede observar, porque su determinación es clínica y genética. Comprobable.

De su parte, la ‘identidad de género’ supuestamente responde a un sentimiento.

Cuando la comunidad científica a la cual pertenezco, injustamente, le atribuyó a un hombre el trabajo de la genetista estadounidense Nettie Stevens, tuvieron eventualmente que rectificar, porque al comparar las observaciones de ella versus las de aquel hombre, se demostró que la calidad de la investigación de ella fue más robusta, con una gran cantidad de información experimental, trabajada de manera pormenorizada y meticulosa.

Sus aportes a la ciencia han sido consolidados porque los hechos observacionales corroboran su hipótesis. En sus experimentos, la genetista Nettie Stevens observó y comparó las células somáticas en la mitosis de individuos hembras y machos del gusano de harina. Ella descubrió que las hembras tenían 10 pares de cromosomas iguales, mientras que los machos 8 emparejados iguales y un par asimétrico; descubrió también que esto es algo que sucedía en todos los machos y que las hembras no aportaban este cromosoma pequeño. Esto que acabo de describir es como se llegó a la conclusión de que ese era el factor determinante del sexo, a nivel cromosómico.

Antes del descubrimiento del cromosoma Y, ya existía un debate abierto sobre si el sexo biológico era determinado por factores ambientales, de herencia o exclusivamente por la madre. Las observaciones de Nettie Stevens cerraron ese debate, pero hoy grupos de presión política pretenden retroceder en el tiempo y detenerse en las especulaciones del siglo XIX para decir que el sexo está influido por factores socioculturales y auto percibidos.

En su afán, siguen reculando hasta el oscurantismo mismo cuando citan a la estadounidense Anne Fausto-Sterling, la inventora de aquellos cinco sexos, sin siquiera reconocer que las intenciones de la bióloga eran irónicas. Ella se burlaba del lenguaje médico que era despectivo con las personas con trastornos del desarrollo sexual en los noventa, y en una declaración divulgada por Twitter en febrero del 2020, ella misma se lavó las manos diciendo que ella no era responsable de que el profesorado dentro de las academias del Norte Global no les diese clases de figuras retóricas al estudiantado universitario, a los científicos y a los jueces que no detectaron la ironía de su planteamiento.

Los proponentes de políticas públicas de ‘identidad de género’ van más al fondo del oscurantismo cuando presionan para impedir que se realicen investigaciones científicas sobre las repercusiones que podría acarrear la terapia con bloqueadores de la pubertad y hormonas de sexo cruzadas en personas menores de edad. Y al impedir, también por medio de la intimidación y las amenazas, que se estudien los factores que llevaron a destransicionar a personas diagnosticadas con disforia de género, ya que no existe suficiente bibliografía al respecto.

¿A qué le temen? Lo lógico es que tanto sanitarios como usuarios de la sanidad consideren estas iniciativas investigativas un beneficio. Mientras más investigaciones, más evidencia y seguridad en el cuidado de las personas, como debe ser en la práctica médica ética, ¡mejor!

Los sectores progresistas que defienden el uso de bloqueadores de la pubertad en personas menores de edad, tres consultas (o menos) después del diagnóstico de disforia de género, están incentivando la experimentación humana con sujetos vulnerables. El personal de salud que trabaja con la niñez y adolescentes que presentan inconformidad con su sexo, lo hacen en la oscuridad, porque no existen pruebas científicas que avalen el uso de drogas fuertes en dosis industriales con niños y niñas físicamente sanos.

Los niños y niñas mal llamados ‘trans’ y los agresores sexuales son los únicos individuos para los que, sin afección física ni patológica, pretende justificarse la administración de drogas del sexo opuesto: a los últimos, con la intención de condenarlos a una castración química.

La ‘medicina de género’ es una de las pocas ramas que realizan su práctica sin evidencias explícitas, porque carece de precedentes y la única bibliografía disponible es la referente a la pubertad precoz, la cual extrapolan a los casos de disforia de género. A su vez, esta práctica malsana se apoya en activistas que presionan e intimidan con el afán de frenar la pesquisa científica y censurar a profesionales de la salud, preocupados por la falta de información experimental, y por la salud mental, ósea y cerebral de la niñez que está siendo utilizada como conejillos de Indias para avanzar los intereses de personas adultas.

Existen estudios de mejor calidad que sugieren como mejor alternativa a la medicalización de niñez saludable, la llamada “espera vigilante”. Estos estudios demuestran que aproximadamente, el 80% de la niñez con esa agonía psíquica se recuperan de esta inquietud llegada la adolescencia.

¿Cómo estos sanitarios pueden tomar decisiones juiciosas sin contar con pruebas que confirmen la seguridad del tratamiento? ¿Se lo han preguntado quienes sostienen las pancartas que dicen “protejamos la infancia trans”? ¿De qué y quiénes la protegen? ¿De las madres, padres, feministas, personal de salud, la comunidad científica y de la ciudadanía de a pie que cuestionan la medicalización de por vida a niños y niñas sin patologías de base, y sin las suficientes pruebas científicas que justifiquen su hominización?

¿Qué tan racional es interpretar como discurso de odio la preocupación que familiares cercanos, activistas de los derechos humanos y personas comprometidas con la ciencia externan sobre el tema?

Validar la ‘identidad de género’ es un voto de fe, no una confirmación científica. ¿Cómo validar jurídicamente algo perjudicial para la salud (especialmente de la niñez) e injusto para las mujeres, porque las deja desprotegidas ante la ley y solapadas del sexismo?

El género no es una identidad, es jerarquía. El género nos señala el privilegio que representa para los hombres contar con la libertad transicionar a estereotipos femeninos, cuando sabemos bien que tanto en el pasado como en el presente las mujeres deben esconderse en un camuflaje masculino para poder siquiera acceder a las oportunidades que permiten su desarrollo individual, suplir necesidades básicas y obtener una valoración justa por sus habilidades y talentos, porque les son negados o dificultados por ley, tradición o prejuicio. Vean, si no, a las niñas Bacha posh en Afganistán y Pakistán, o en Inglaterra a la mismísima J. K. Rowling.

No me conformo con la construcción de las mujeres ajena al sexo. Bajo esta construcción patriarcal, de las mujeres ser consideradas una realidad material, pasamos a ser reducidas a una interpretación falsificada. El sexismo mismo deja de ser expuesto, puesto que ya no se puede hablar de una opresión que afecta directa y específicamente a nuestra clase sexual, porque esa realidad estará alejada en la representación que hacen los hombres de nosotras.

Las personas que dicen que las mujeres trans son mas mujeres que aquellas de sexo femenino ya no buscan a las mujeres en el pasado ni en los lugares remotos, porque lo creado por la mente y producido en los quirófanos se convirtió en la realidad para ellos. Las personas que dicen que los hombres también menstrúan, paren y tienen vagina están borrando a las mujeres de sus propias historias, luchas y negando sus vivencias inherentes a sus cuerpos, porque se mitifica una experiencia universal.

Cuando se incentiva el imaginario de que las opresiones de las mujeres afectan a los hombres de igual manera, se invisibilizan los rastros de la violencia machista y la jerarquía entre los sexos. ¿Quiénes serán el sujeto del feminismo si, según el neoliberalismo y el posmodernismo, las mujeres y los hombres nos encontramos en el mismo nivel de la pirámide? ¿Por qué lucharíamos?

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