El Ministerio de Cultura no debe ofender a la Historia de las mujeres y sus luchas.

El pasado domingo 28 de junio la cuenta oficial de Twitter de la subdirección general de los archivos estatales, dependiente del Ministerio de Cultura y Deporte, publicaba un Tweet (posteriormente eliminado) en el que se informaba erróneamente de que Elena de Céspedes, cirujana española del siglo XVI nacida en Granada fue transexual.

La obsesión por lo políticamente correcto , al hilo de las presiones insufribles e intolerables de determinados colectivos, llevan a reescribir la Historia. Que cuatro estrafalarios pretendan en las redes sociales apropiarse de la genealogia feminista, y de la Historia del sufrimiento de las mujeres en general y las lesbianas en particular , as algo que tenemos que sufrir  en ese mundo de misoginia indocumentada. Que lo haga un organismo oficial parece mas preocupante.

La historia esta plagada de mujeres que se hicieron pasar por hombres por supervivencia o por que se negaron a aceptar los roles de género establecidos en sus sociedad. Mujeres que solo podían participar de la vida publica, para garantizarse su supervivencia, aparentando un aspecto que no las delatara en el espacio publico vetado para ellas.

Desde la escritora francesa baronesa Dudevant, que adopta el nombre de Georges Sand ,  la periodista Dorothy, que con 19 años, se hizo pasar por Denis Smith para participar en la Primera Guerra Mundial , Margaret Ann Bulkley wue adopto la identidad de James Barry con el objetivo de estudiar medicina en la Universidad de Edinburgo. Son cientos las que nuestra genealogía ha descubierto para poner de manifiesto como se ha excluido a las mujeres del espacio publico. Cualquier intento de apropiación y revisionismo de la Historia de las mujeres y sus luchas, para alimentar las falacias y delirios de un activismo que para imponer su voluntad, siempre termoina borrando a las mujeres, es inaceptable.
Las instituciones publicas no pueden dejarse arrastrar por lo acientifico, y la banalidad de las modas. Atentar contra la Historia de las mujeres, borrar sus luchas, ocultar o tergiversar sus historias, sus exclusiones, sus acciones de supervivencia es un atentado a la verdad, un intento de ocultar historias de vida que se enfrentaron al ostracismo social. Las miles de mujeres que recurrieron a camuflar su sexo para evitar el ostracismo social y tener oportunidades  no están en las filas de la transexualidad. Pretender ese revisionismo, borra a las valientes que no se rindieron ante un machismo insoportable que las hubiese sepultado. Muchas lesbianas también se vieron obligadas a esas teatralizaciones para poder vivir sus  pasiones amorosas.

El Ministerio de Cultura no debería usar el en vano el nombre de Elena de Céspedes.  Ofenden a la Historia de las mujeres y sus luchas.

Elena de Céspedes nació en 1545 en Granada. Descendiente de musulmanes, se sabe que fue esclava debido a la marca de hierro candente que podía verse en su piel. A los 16 años fue obligada a casarse con un hombre que, embarazada, la abandonó pocos meses después, teniendo que servir durante todo el embarazo a una familia rica de Sevilla. Tres años después, abandonó a su hija y la casa en la que había estado “sirviendo”. Dejó Sevilla para vivir en Madrid y Toledo. Harta de miserias e imposiciones patriarcales, decidió comenzar una nueva vida, pero, para poder hacerlo, le fue necesario hacerse pasar por un hombre. Por ello, comenzó a vestirse con prendas tradicionalmente masculinas y adoptó un nuevo nombre: Eleno de Céspedes. Gracias a su estrategia, consiguió desempeñar diversos empleos, llegando a ser soldado y sastre.

Terminada la guerra y asentada en Madrid, pudo estudiar medicina y convertirse en cirujana en 1581. Su eficacia profesional le permitió ejercer la medicina durante años en distintos pueblos y ciudades. Trabajando en Ciempozuelos, cayó enferma y una familia se hizo cargo de ella. Así conoció a María del Caño, hija mayor del matrimonio que la acogió durante su convalecencia. Ambas se enamoraron y, Elena, valiéndose de la identidad de hombre que había adoptado, logró que la familia de María la aceptara como “esposo” para su hija. Ambas, felices por la pericia de su estrategia viajaron a Madrid donde intentaron obtener licencia para contraer matrimonio. Su apariencia “no suficientemente varonil” hizo dudar al vicario y exigió que sus genitales fueran examinados. Parece claro que valiéndose de su pericia como cirujana, ella misma intentó disimular su vagina y simular un pene que disipara las sospechas del vicario.

Fuera intentando simular un miembro masculino valiéndose de sus conocimientos o fuera intentando aportar una explicación creíble al aspecto femenino de sus genitales (circulan ambas versiones), lo cierto es que, al final, ambas mujeres consiguieron casarse y vivir de modo apacible su primer año de matrimonio, pero la presencia en la ciudad de antiguos soldados compañeros de Elena en la guerra empañó todas las estrategias empleadas y no tardaron en sembrar dudas sobre ella. Argumentando que nunca permitió que la vieran desnuda y que tampoco frecuentaba con ellos las mancebías, ponían en cuestión que fuera un hombre. Estas acusaciones, unidas a la lógica inconsistencia de sus mentiras para librarse de ser juzgada, le llevaron a la cárcel acusada de sodomía y bigamia, siendo obligada por la Inquisición a vestir como mujer y ser reconocida como tal.

En su complicado juicio, comparecieron diversos doctores. Las fuentes aportadas por el propio archivo contradicen lo que sostiene, precisamente, el archivo en su cuenta de Twitter. En dichos documentos, referenciados al final de este texto, figura como diferentes autoridades médicas y jurídicas demostraron que Elena no era un hombre como aparentaba, sino una mujer. Así,  “el doctor Villalta médico y el licenciado Vascones cirujano, e habiéndole visto e mirado, no tenía ni tiene señal ni miembro de varón, ni lo había tenido, sino solamente sexo de mujer y en su angostura…muestra ser esta mujer”.

En el mismo sentido, “el doctor Gutiérrez médico y el licenciado Vazquez curujano, han visto a la dicha y declararon que realmente no es, ni ha sido hombre sino mujer, a la qual vieron y constataron su vaso natural semejante al de otras mujeres, con todas las señales de mujer como son altura de cuerpo, pecho y rostro y habla, y de todo lo demás, de que se infiere ser mujer.”

Y respecto a los exámenes médicos realizados por matronas, se explica que “aparte de consignar detalles muy importantes sobre sus pechos y complexión, consiguieron incluso introducir parcialmente una candelilla por la vagina de Eleno, que como recordamos había sido obturada artificialmente por ésta.”

La conclusión de la Inquisición fue clara: “Eleno no logra convencer a nadie con su montaje y menos al tribunal. Para el fiscal comenzaba a estar claro lo que la cirujana pretendía, y sus preguntas van a ir ya decididamente a probar el delito de sodomía de la acusada y demostrar que en el coito con María del Caño, su esposa, hubo penetración, comportamiento exclusivamente masculino, y que a falta de miembro viril la acusada había hecho utilización de un instrumento que lo sustituía o simulaba. Según la ley, la pena capital en estos casos era mucho más merecida.”

Esto es, la inquisición tuvo claro que Elena era una mujer y que, además, había realizado prácticas sexuales con María, por lo que también la condenaron. Probablemente incapaces de imaginar otro tipo de relaciones íntimas entre mujeres, concluyeron que Elena habría sodomizado a María con un instrumento artificial, en ausencia de miembro viril. Por ello, fue condenada, de hecho, a 200 azotes y a 10 años de reclusión en un hospital. Su apasionada defensa de su propia inocencia y las dificultades en las que, pese a todo, logró poner al tribunal que la juzgaba dada su búsqueda inteligente de explicaciones lógicas y médicas la libraron de la hoguera.

Lo que tenemos, parece claro, es a una mujer independiente, conocedora de las miserias, abusos y violencias que se deparaba a su sexo y su firme empeño en zafarse de semejante yugo. Una mujer que pretende abandonar la posición de esclava que, por ser mujer y pobre le tenía destinado su mundo y que, además, es lesbiana. Una mujer que, una vez que consigue cierta independencia y éxito profesional conoce a María, de la que tenemos pocos datos salvo que corresponde el amor que enseguida despierta en Elena. Lo que también se conoce con cierta seguridad es que con el único hombre que Elena se relacionó sexualmente fue con el padre de su hijo, teniendo sin embargo, relaciones con otras mujeres antes que con María.

Tenemos, pues a dos mujeres perseguidas por ser mujeres y por ser lesbianas. En Elena de Céspedes sólo se puede observar una inteligencia sobresaliente y una incalculable fortaleza para asegurarse la propia libertad y la propia supervivencia para sobrevivir en un mundo hostil, en tanto que fundamentalista y misógino. Sus decisiones y su proyecto vital junto a María evidencia la valentía de ambas por intentar todo lo que tenían a su alcance, que no era mucho, para lograr permanecer unidas.

Las mujeres lesbianas se encuentran ávidas de una genealogía en la que buscarse y reconocerse en el pasado para poder construir un presente y un futuro digno, sin ser negadas ni invisibilizadas. A duras penas se han rescatado algunas decenas de biografías, habiendo sido condenadas la mayoría de lesbianas hasta fechas muy recientes, al absoluto castigo. Ahora, no lo hay peor ni más injusto que decretar su inexistencia.

Hoy no es la inquisición, ni el franquismo, ni tantos regímenes totalitarios como puedan recordarse en nuestro pasado remoto y reciente los que borran a estas mujeres de la historia. Asistimos, sin embargo, a un negacionismo deliberado de las mujeres fruto del generismo queer que borra el sexo como realidad material, con ello a todas las mujeres, independientemente de su opción sexual.

Borrar las biografías de  mujeres, lesbianas o no, que como Elena de céspedes, Concepción Arenal o Elisa y Marcela, han tenido que hacerse pasar por hombres por pura y necesaria supervivencia y convertirlas intencionada e insustentablemente en transexuales a pesar de que esa biografía deliberadamente revisada no se sostiene documental ni contextualmente hablando no contribuye, en absoluto a ninguna vindicación justa.  Ni mejora ni aumenta los derechos y libertades de las personas transexuales, quienes, por supuesto, tienen todo el derecho a construir su propia genealogía; pero, sin embargo, sí pone la enésima losa de silencio e invisibilización sobre mujeres que, como en este caso, por ser mujeres y por ser lesbianas, necesitaron recurrir a tantas estrategias como les fue posible en un mundo en el que nacer mujer (y, además, ser lesbianas) era peor que la más dura de todas las condenas.

 

Debería recordarse a Elena y a María y a Elisa y a Marcela y tantos miles de casos anónimos que por desgracia no conocemos, por su incalculable coraje para desarrollar el proyecto de vida que, por ser mujeres y por ser lesbianas se les negó y que, sin embargo, no impidió que hicieran lo posible y lo imposible por mantenerse unidas y salir adelante.

Las mujeres a lo largo de la historia se han vestido de hombres para cosas tan elementales como salir a la calle sin ser violadas (y no para “evitar ser seducidas por hombres” como también afirmaba otro tweet también eliminado de la misma cuenta), estudiar o camuflar una relación homosexual para evitar la pura y simple muerte. En Elena tenemos la simple necesidad de sobrevivir y de no renunciar a la persona con la que quiere compartir su vida. Una mujer lesbiana de gran inteligencia y valor.

Una biografía que sepultó la inquisición y que hoy tergiversa su versión queer amparada por las instituciones de un Estado que se dice democrático, igualitario y garante de los derechos de las mujeres lesbianas.

Pese a ello, nos vemos en la necesidad de exigir que su nombre  no se borre de la historia. Una institución dependiente del ministerio de cultura debe velar por la memoria histórica y por el rigor de la documentación de la que depende el conocimiento de la sociedad. No es admisible que desde las instituciones se aporte información que borra a las mujeres lesbianas y reescribe, para tergiversarlas deliberadamente según los actuales intereses del generismo queer, biografías que merecen ser conocidas sin un ápice de manipulación. Se llamaba Elena. Y era una mujer independiente y fuerte que sobrevivió gracias a su inteligencia que la convirtió, probablemente, en la primera cirujana de la historia.  Una mujer lesbiana que se enamoró de María. Y quiso convivir con ella. Y por eso la Inquisición la torturó y la recluyó. ¿Hay derecho a que unas instituciones que se dicen feminista vuelva a negarla y a manipular su biografía casi cinco siglos después?


(1)http://scielo.isciii.es/scielo.php?pid=S0004-06142007000800005&script=sci_arttext#f2

(2)https://tulaytula.com/elena-de-cespedes-y-maria-una-historia-de-amor-y-el-primer-matrimonio-lesbico-de-la-historia-y-en-toledo/

https://twitter.com/ArchivosEst/status/1277547093117358080

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