No nos perdamos en bizantinismos

No nos perdamos en bizantinismos

 

Antes de entrar en materia, recuerdo lo que ya he expuesto en varios artículos y que comparto con muchas feministas:
1. El género es una construcción patriarcal impositiva y binaria que, además, asigna al femenino el lugar de la sumisión, definiéndolo en función del masculino y a su servicio.

Los géneros son, pues, corsés rígidos, pero no igualmente opresivos ni brutales para los hombres y para las mujeres.
El feminismo lleva siglos luchando contra la dominación de las mujeres. Es decir, siglos combatiendo el género. Si hoy, en ciertas partes del mundo, ser mujer ya no conlleva muchas de las penalidades y barbaries que conllevaba hace un siglo, eso se debe al movimiento feminista. Al movimiento feminista, repito.
2. El sexo no es una construcción. Es naturaleza. Lo que no se contrapone con que haya una infinita gama de variantes corporales. Así, en lo relativo a las características sexuales externas, encontramos mujeres con mamas grandes o pequeñas; hombres con barba cerrada o barbilampiños; mujeres con una extraordinaria fuerza física y hombres carentes de ella, etc. Que seamos sexuados tampoco excluye que haya casos de hermafroditismo, por ejemplo.
Pero, no, el sexo no es una construcción cultural. Son culturales las formas de vivirlo y percibirlo, el rechazo a la ambigüedad.

Los géneros son, pues, corsés rígidos, pero no igualmente opresivos ni brutales para los hombres y para las mujeres.

Hay quienes, para rebatir la afirmación de que somos binariamente sexuados (salvo raras excepciones) apelan a John Money que fue quien estipuló que el sexo de una persona es el resultado de la combinación de cinco componentes biológicos: el sexo genético, el hormonal, el gonadal y la morfología de los órganos reproductivos internos y de los externos. Vale y ¿qué conclusión sacan? ¿que biológicamente no existen mujeres y hombres? Entonces, como ese combinado de cinco componentes (sexo genético, hormonal, gonadal y la morfología de los órganos reproductivos internos y de los externos) también se da en los demás animales sexuados ¿tampoco hay perros y perras, caballos y yeguas? O ¿quieren decirnos que cualquier recién nacido -aunque presente órganos genitales masculinos o femeninos muy definidos- debe ser sometido a una batería de análisis antes de determinar si es niño o niña? Y, pregunto ¿en qué combinación de los “5 elementos” se establece la línea divisoria? Y por lo mismo ¿antes de saber si tenemos una cabra o un chivo, un toro o una vaca, debemos hacerle el análisis de los cinco componentes?

Si quienes no admiten el binarismo sexual en humanos (hasta el punto que la sola palabra “binarismo” les parece ofensiva) lo aceptan en los animales que les rodean alegando que los humanos somos distintos, les preguntamos ¿en qué? Y la respuesta es: en la cultura, es decir, en el género.

Es evidente que hay un conflicto entre quienes sostienen lo mismo que yo y quienes opinan que tanto género como sexo son culturales, que el primero no se nos impone en función del sexo y que, además, son elegibles (esquematizo, ya lo sé, porque además, las combinatorias pueden ser variadas, pero es por abreviar).
¿En qué puntos debemos las feministas centrar el debate y la reivindicación? En la legislación.
O sea, y por resumir ¿qué nos importa que haya seres que lucen barba y, al tiempo, se dicen mujeres? ¿qué nos importa que se reclamen, el lunes, mujer; el martes, bigénero; el miércoles, hombre y el jueves cualquier cosa que les pase por la cabeza? Nada. No nos importa, nos pueden divertir o, si somos psi, nos pueden interesar profesionalmente, pero ya.
No nos importa mientras no nos impongan su ley. O, dicho de otra manera: ¿qué importa y mucho? que sus dislates no perjudiquen a las mujeres. Es decir, que no haya cobertura legal para que sus desvaríos nos borren. En esta reivindicación debe centrarse la lucha feminista.

No queremos negar la existencia de las personas transgénero. Pero nos oponemos a que baste con autodeclararse trans para que esa declaración tenga poder legal.
No nos oponemos a que las personas de cualquier tipo y condición sean respetadas. Nos oponemos, por ejemplo, a que personas que son genéticamente varones compitan como mujeres en eventos deportivos.

Nos oponemos a que todas las personas trans (y me refiero a aquellas cuya disforia ha sido debidamente certificada por médicos y psicólogos) sean consideradas, sin más requisitos, como necesitadas de ayudas estatales.
Y así sucesivamente… Por resumir, no creo que debamos perder tiempo y energías dilucidando si, por ejemplo, Paul B. Preciado es hombre o mujer. Hay quien piensa que, puesto que genéticamente es mujer, por mucho que se hormone, seguirá siendo mujer. Pero yo digo ¿qué más nos da? Preciado se declara hombre (ignoro si legalmente lo es). Si algún día se embarazara y pariera, debería tener derecho a acogerse a las mismas normativas que las demás. Lo que no debe tener es derecho a que legislativamente se admita que “los hombres también paren”.
O sea, repito: la ley, la ley es lo que importa y la ley no puede aceptar que las mujeres seamos diluidas en un magma informe. La ley no debe aceptar que nuestros derechos se menoscaben ni que cualquiera pueda definir por nosotras lo que es ser mujer.

Mientras que el patriarcado exista, existirán las mujeres. Mientras que el patriarcado exista, las mujeres reivindicarán sus derechos y lucharán contra su opresión.
¿Vamos a perder nuestro tiempo en debates embrollados y secundarios? Eso es lo que quieren, que nos enredemos ahí. Es una maniobra perfectamente calculada y alentada por el poder patriarcal. Pero nosotras a lo nuestro: a no permitir que la ley nos disuelva o nos robe derechos.

Y, apostillo: deberíamos reclamar un ministerio solo para las mujeres. Porque tenerlo no es un detalle sin importancia.

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