BILHA y las otras esclavas reproductivas sin nombre

BILHA y las otras esclavas reproductivas sin nombre

La historia de la Humanidad es la historia de la esclavitud de las mujeres, es la historia de la opresión por razón de nuestro sexo, es la historia del Patriarcado. Un mundo de hombres, con reglas y roles productivos y sexuales establecidos por ellos y en beneficio de ellos.

Una de las funciones esenciales de las mujeres en esta realidad de y para varones es la de proveer de cazadores, pescadores, recolectores y nuevas cuidadoras y reproductoras. Con la llegada de la revolución industrial las mujeres se convierten en un eslabón básico de la cadena productiva, por ser mano de obra más barata y seguir proveyendo al mercado de más obreras y obreros, imprescindibles para mantener el sistema.

Quizás la primera referencia a la explotación reproductiva de mujeres sea en la Biblia, en el Antiguo Testamento, en el Génesis.

Labán entregó como esposas a su tío Jacob a sus hijas Lea y Raquel. A Lea le regaló su esclava Zilpa como criada y a Raquel su esclava Bilha. Lea tuvo dos hijos de Jacob. Por el contrario, Raquel no conseguía quedarse embarazada y le dijo a su marido Jacob: «Dame hijos, o si no, me muero». A lo que éste le contestó: «¿Soy yo acaso Dios, que te impidió el fruto de tu vientre?».  Contestándole Raquel: «He aquí mi esclava Bilha; acuéstate con ella, y dará a luz sobre mis rodillas».

También en el Génesis se relata la infertilidad de Saray, esposa de Abraham.  Al no poder proporcionarle descendencia, ésta le indica a su marido: “El Señor me ha hecho estéril. Por lo tanto, ve y acuéstate con mi esclava Agar. Tal vez por medio de ella podré tener hijo”.

A mediados del siglo XVIII A.C., en la antigua Mesopotamia, en el Código Hammurabi, se establece que la mujer que no sea capaz de darle descendencia a su marido tendrá que proporcionarle a éste una esclava para poder concebir. A su vez, el marido no podría buscar otra concubina hasta que esta primera esclava no diese a luz un varón. Estas mujeres no podrían ser vendidas “por plata”, siempre y cuando hubiesen cumplido con “su función” social de proporcionar descendencia al hombre.

Remontándonos a épocas históricas más recientes, encontramos el caso de las esclavas negras que proporcionaban descendencia a sus “amos”. Estas niñas y niños eran criados como legítimos herederos de “sus propietarios” o no, en función del color de su piel.

En esta recopilación histórica, merece mención especial el caso de los “bebés robados durante el franquismo” en España. 30.000 niñas y niños que fueron arrebatados a sus madres durante la Guerra Civil y la posguerra y entregados a familias simpatizantes del régimen. Esta cifra se refiere a casos de bebés, a los que robaron su identidad y derecho a conocer sus orígenes, hasta 1952. Este atentado a los Derechos Humanos se perpetuó en España, hasta bien entrada la década de los 90. Convirtiéndose en un lucrativo negocio para clínicas y demás intermediarios, con la colaboración inestimable de miembros de la Iglesia Católica. Aproximadamente, se estima que, desde los 50 hasta los 90, 300.000 niñas y niños fueron objeto de comercio. Y las mujeres a las que se engañó indicándoles que sus bebés habían fallecido, no disponían ni de medios económicos ni de apoyo institucional para encontrarlos, si en algún momento eran conscientes de la farsa de la que eran víctimas.

El primer caso de explotación reproductiva con inseminación artificial está documentado en el año 1976. Noel Keane, un abogado de Michigan, fue el creador de Surrogate Family Service Inc. El objeto de esta empresa era proporcionar mujeres fértiles a las parejas con problemas para procrear y la realización de todos los trámites burocráticos para inscribir como hijas o hijos suyos, los bebés fruto de esta transacción económica.

En 1984, también en EEUU, se produce el primer caso acreditado en el que la madre gestante no comparte carga genética con el bebé. Los embriones provenían de una mujer sin útero, que fueron transferidos al de una amiga.

Una madre por contrato, en el año 1986, se arrepiente de la cesión de sus derechos filiales y se niega a entregar al bebé a los compradores. Se trata del famoso caso “Baby M”. Tras un largo y complejo proceso judicial con múltiples apelaciones por ambas partes, se otorgó la custodia al varón y un régimen de visitas a la madre biológica.

En un caso similar, la Corte francesa declara ilícitos los contratos de “maternidad subrogada” en el año 1991.

En la actualidad, nos encontramos fundamentalmente con tres sistemas legales para regular esta práctica:

  • Prohibición total de la misma: Éste es el caso de España, Alemania, Austria, Francia, Italia, Suecia o Suiza. En nuestro país, la ley 14/2006 Sobre Técnicas de Reproducción Asistida declara nulos de pleno derecho los contratos de gestación en los que se renuncie a la filiación materna, medie remuneración económica o no.

A pesar de esta prohibición, en el año 2010, la Dirección General de Registros y Notariado emite una resolución por la que se facilita la inscripción de bebés nacidos en terceros países por esta práctica, siempre y cuando medie sentencia o resolución acreditativa de la filiación del menor, en el país de origen.

  • Legalidad de la misma, sólo bajo determinados supuestos y en su modalidad altruista. Éste es el caso en el que se encuentran Reino Unido o Canadá.
  • Legalidad de la misma, tanto en su modalidad altruista como comercial. Éste es el supuesto en el que se encuentran países como Rusia, Ucrania, Georgia o algunos estados de los EEUU.

 

La realidad actual pone de manifiesto que es imprescindible una prohibición global de esta práctica y una mayor implicación por parte de los organismos nacionales y supranacionales en la defensa de los DDHH de mujeres y bebés. Si ponemos el punto de análisis dentro de nuestras fronteras, es imprescindible la anulación de la resolución del 2010, que permite la inscripción en nuestros Registros Civiles de bebés nacidos en otros países. Carece de lógica jurídica y moral que no se permita la explotación reproductiva en nuestro Estado, pero se incentive la compra en terceros países al darles la posibilidad de “legalizar” la situación del bebé fruto de un delito de tráfico de seres humanos.

La realidad actual pone de manifiesto que es imprescindible una prohibición global de esta práctica y una mayor implicación por parte de los organismos nacionales y supranacionales

La situación de crisis sanitaria mundial, por el Covid, provocará una crisis económica cuyos efectos aún no podemos diagnosticar. Pero, como feministas, lo que sí podemos aventurar sin miedo a equivocarnos es que las mujeres la padeceremos en su versión más agravada. Si se siguen permitiendo estas prácticas de explotación reproductiva, habrá muchas mujeres que tengan como “único patrimonio” su propio ser, su propio cuerpo y sus hijas e hijos. Por supuesto, existen y existirán quienes busquen y obtengan “su beneficio” de esta necesidad. Nos dicen que nos encaminamos a una nueva realidad, ésta no puede construirse, como hasta ahora, sobre la explotación y la esclavitud de las mujeres, sobre la violencia contra nuestros cuerpos. Las que no tienen nombre, las que nunca hablan ni pueden hacerlo, las que son madres para cumplir el “deseo egocéntrico” de perpetuar unos genes… no pueden ser de nuevo las Bilhas de nuestro tiempo.

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