Respuesta al artículo “el trabajo sexual es trabajo” de María José Clunes

Respuesta al artículo “el trabajo sexual es trabajo” de María José Clunes

 

Hace poco me encontré en una revista socialista, con un artículo titulado “el trabajo sexual es trabajo” donde la autora expone una serie de argumentos para defender la regularización laboral de la prostitución y cuestiona (e intenta ridiculizar y tergiversar) los postulados del feminismo abolicionista. A continuación, trataré de presentar las ideas de la autora y mi contraposición a cada una de ellas.

En primer lugar, es curioso que, al hablar de mujeres prostituidas, la autora acuse al feminismo abolicionista de “cosificarlas” y de abordar el asunto con una carga “moral”. Digo que es curioso porque en ningún momento a lo largo del texto habla de los proxenetas ni de los “clientes” ni mucho menos los acusa de cosificar o usar a las mujeres, esos términos los deja reservados para las feministas abolicionistas a las que además se refiere como “puritanas” y las coloca en el mismo espectro de los conservadores.

De hecho, en el texto es frecuente que presente a la prostitución como una actividad disidente y transgresora de la normativa hegemónica, que quebranta la “sacralidad de lo genital” y que se opone a la tradición conservadora. Frente a esto me pregunto: ¿Es en verdad la prostitución una “actividad” transgresora de la cultura hegemónica? ¿es real esa supuesta sacralidad de la genitalidad de la que habla? Al contrario de lo planteado por la autora, considero que la prostitución es una actividad bastante acorde con los valores morales del capitalismo y el patriarcado. Comprar y vender mujeres, usarlas por momentos y solo como proveedoras de placer, parece bastante conveniente a ideas sobre las que el patriarcado se ha sostenido por siglos: que las mujeres están para calmar los incontenibles instintos sexuales masculinos (sí, los mismos que los llevan a violar y acosar mujeres) y que básicamente se dividen en putas y santas, porque los hombres necesitan mujeres “buenas” en la casa y “malas” en la calle.

más del 70% de las mujeres prostituidas sufren depresión, lesiones vaginales, anales, golpes y todo tipo de maltratos, a la vez que el 90% hacen parte de redes de tráfico sexual y el 95% manifiesta hacerlo por necesidad extrema y no porque lo deseen

Pero volvamos a la parte de la “sacralidad genital” de la que habla la autora. Y es que, si bien la cultura patriarcal y la doctrina religiosa han impuesto a las mujeres un velo sobre su propio cuerpo, también es cierto que lo ha convertido en objeto esencial de sus ideas y acciones de regulación del comportamiento social. El cuerpo de las mujeres ha sido históricamente algo sobre lo que opinar, juzgar, tocar, acceder y controlar y eso lo convierte más allá de algo sagrado, en algo público. Pienso en la ablación genital practicada a millones de niñas en el mundo, pienso en los controles de virginidad que todavía se practican en muchos países, pienso en las violaciones correctivas, y todas ellas me hacen pensar en esos genitales femeninos lejos de la sacralidad, sometidos al agravio permanente y prohibidos para el placer.

Pero entonces, ¿cuándo una mujer es prostituida, está liberando sus genitales de esa opresión? Yo diría que no. Los está utilizando justamente para lo que el patriarcado dicta que sean usados: para complacer el deseo sexual masculino. No se necesita más que recordar que las mujeres prostituidas deben tener sexo a petición (y bajo pago) del “cliente” y acceder a las prácticas que él considere placenteras. ¿Cómo podríamos hablar de la prostitución como liberadora y al mismo tiempo señalar como misóginas las prácticas recurrentes en la pornografía y que son emuladas por los hombres en su cotidianidad?

Ahora bien, volvamos al tema de la “carga moral” de la que acusa al feminismo abolicionista para tratar de equipararlo con el sector conservador. Me causa cuidado que la autora hace un llamado en el texto a ampliar y diversificar la visión sobre la prostitución, pidiendo que se hile delgado y se posea una visión interseccional para identificar las múltiples identidades y opresiones que actúan sobre cada mujer. Esta es una de las banderas del feminismo liberal, que pide recurrentemente la atención a los matices existentes entre múltiples identidades y expresiones de género y orientaciones sexuales, pero que a la hora de encontrar diferencias entre las posturas conservadoras y las del feminismo radical abolicionista parece bastante obtuso. ¿En verdad no pueden ver que mientras nosotras señalamos que la prostitución representa la explotación de los cuerpos de las mujeres y su opresión y miseria y que debe abolirse protegiendo a las mujeres cómo víctimas y condenando a los proxenetas y “clientes”, los conservadores se escandalizan con la prostitución de forma hipócrita pues avalan y reproducen el modelo cultural sobre el que se mantiene?

Pero entremos al tema de la “laboralización” o regulación laboral que defiende la autora. Según ella, el reconocimiento del “trabajo sexual” le permitiría a estas mujeres “reconciliarse con su propio oficio” (hablando de cargas morales) como si el mayor problema de la prostitución fuera el estigma que recae sobre ellas o lo “incómodas” que se puedan sentir con lo “mal visto de su oficio”.

La verdad es que las cifras demuestran que más del 70% de las mujeres prostituidas sufren depresión, lesiones vaginales, anales, golpes y todo tipo de maltratos, a la vez que el 90% hacen parte de redes de tráfico sexual y el 95% manifiesta hacerlo por necesidad extrema y no porque lo deseen[1]. Las mujeres prostituidas (muchas de ellas son en realidad niñas o adolescentes) están expuestas a contextos extremadamente violentos y experimentan niveles altísimos de ansiedad y angustia. Entonces, ¿lo que nos debe preocupar es en realidad que su “trabajo” sea bien visto y aceptado por la sociedad o que sea abolido de una vez por todas este horror por el que atraviesan millones de mujeres en el mundo?

Otro aspecto sobresaliente de la argumentación a favor de la regulación laboral, es que para la autora eso significaría un paso en su configuración como sujetos políticos, ya que para ella es un error ver a estas mujeres como víctimas pasivas y no como “agentes activos” en la “transacción sexo -dinero” de la que son parte. Y aquí me pregunto, ¿Por qué se asume que una mujer que se reconozca como víctima, no puede ser también una agente activa políticamente? Y aquí entra en juego esa falsa equivalencia entre víctima y pasividad. En realidad, el reconocimiento del carácter de víctima lo que implica es la identificación de un victimario (algo con lo que por supuesto la autora no está de acuerdo pero que evidencian las cifras) y, por lo tanto, la desvirtuación de ese supuesto carácter activo y autónomo de las mujeres en la “transacción comercial del trabajo sexual”.

¿Qué análisis le permite concluir que solo se necesita regularlo legalmente para que las mujeres se conviertan en empresarias empoderadas y desaparezcan los mecanismos y estructuras de dominación sobre los que se sostiene el patriarcado y el capitalismo?

Y es que el panorama caracterizado por el texto parece bastante distante de lo que reflejan las cifras y los estudios acerca de la realidad de las mujeres que padecen la prostitución. Lejos de tratarse de un ejercicio libre de alquiler temporal de cuerpos que las mujeres realizan desde su autonomía y plena conciencia, hablamos del sometimiento y explotación de esos cuerpos a cambio de dinero y bajo el patrocinio de toda la sociedad. La regulación de la prostitución en algunos países europeos demostró que en realidad la prostitución que se realizaba “por cuenta propia” era ínfima y que la mayoría de estas mujeres estaban sometidas a poderes que las superaban y oprimían. En últimas, la legalización lo que hizo fue convertir a los proxenetas (explotadores sexuales) en empresarios y a los violadores (que pagan por violar, pero violadores al fin y al cabo porque el acto sexual se realiza bajo el constreñimiento del dinero) en simples clientes.

Por otra parte, la autora explica que la situación de vulnerabilidad (entiéndase pobreza) no implica la ausencia de voluntad o consentimiento y que, por el contrario, las hace mas conscientes de los derechos vulnerados. Aquí pareciera decir que el feminismo abolicionista infantiliza a las mujeres pobres, viéndolas como incapaces de tomar decisiones por sí mismas, cuando en realidad, el feminismo lo que pretende es evidenciar las correlaciones de poder bajo las cuales las mujeres tomamos decisiones aparentemente autónomas bajo el patriarcado. No en vano la histórica consigna “lo personal es político”.

¿Bajo qué lógica se pretende que la regulación laboral de la prostitución traerá consigo lo que la autora denomina como un “trabajo sexual autónomo, cooperativo y sin intermediarios”? ¿Qué análisis le permite concluir que solo se necesita regularlo legalmente para que las mujeres se conviertan en empresarias empoderadas y desaparezcan los mecanismos y estructuras de dominación sobre los que se sostiene el patriarcado y el capitalismo? Finalmente, está claro que mientras en el mundo siga siendo posible alquilar mujeres, mientras sus cuerpos sigan siendo objetos de uso y transacción para el placer sexual y el provecho económico de los hombres, nos será muy difícil luchar contra los paradigmas estructurales del patriarcado. Ante todo esto, no puede dejar de sorprenderme el que sean algunas autodenominadas “feministas” las que estén detrás de limpiar la cara a esta forma de esclavitud moderna.


[1] www.mujeresparalasalud.org

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