Los cuidados en el corazón de la pandemia

Los cuidados en el corazón de la pandemia

 

 

La pandemia ha puesto nuestras sociedades patas arriba. Quizás suena convencional. Seguro que lo habéis leído en trillones de artículos. Pero en el caso de las relaciones entre mujeres y hombres se ha evidenciado como nunca. Hoy quiero adentrarme en el espacio de las relaciones de poder, la división sexual del espacio y el sostenimiento de la vida en un sistema anómalo, como lo es el patriarcado.

La maestra Amorós señaló, hace ya décadas, la pertinencia de conceptualizar bien para politizar correctamente. Hace tiempo que desde el feminismo se viene señalando la persistencia de una brecha laboral que acrecienta la vulnerabilidad de la mitad de la humanidad. Las mujeres tienen mayores dificultades para acceder al mercado de trabajo y la maternidad, muy idealizada en el simbólico patriarcal, está perversamente castigada en la práctica. Éstas realizan, además, los empleos más precarios e invisibilizados, y más del 70% de trabajos a tiempo parcial los ocupan mujeres. Los cuidados, el sostenimiento de la vida y del sistema productor, continúan recayendo sobre los omoplatos de las mujeres, algo que ha evidenciado más que nunca está pandemia. La promoción laboral es una quimera y los techos ya no son de cristal, son de hormigón. Este escenario desemboca en una brecha salarial, es decir, una diferencia de ingresos entre mujeres y hombres, que en el caso de la población activa supera el 20%, pero que también se hace patente en las prestaciones sociales de carácter laboral y que, cuando hablamos de pensiones, alcanza un doloroso 40%. En este sentido, veníamos afirmando la importancia de recolocar la economía en una dimensión real, y esto pasaba necesariamente porque mujeres y hombres cobrasen lo mismo y cuidemos lo mismo. El escenario era, ya de por sí, complejo. La pandemia ha evidencia mucho más si cabe esta realidad.

En este artículo me quiero centrar en el aspecto de los cuidados, por dos razones fundamentales: porque es uno de los principales y grandes obstáculos que encuentran las mujeres para la consecución de la igualdad real, y por la importancia que tienen para el sostenimiento de la vida del conjunto de la sociedad, algo que durante esta pandemia se ha hecho patente como nunca.

Una de las primeras obras en las que hallamos un cuestionamiento sobre las relaciones de poder en el ámbito de los cuidados fue “La mística de la feminidad”, de Betty Friedan. Ella habló en su obra del “problema que no tenía nombre”, en referencia al malestar, incluso físico, que sufrían algunas mujeres, especialmente de clase social acomodada, en la América de los años 60 del siglo pasado, y cómo la imposibilidad de poder realizar sus proyectos vitales, por el peso que el “ángel del hogar” continuaba teniendo, especialmente tras la reacción patriarcal sufrida después de la Segunda Guerra Mundial, había ocasionado.

 

Desde la historiografía existe cierto consenso a la hora de afirmar que la década de los cincuenta fue la más conservadora, desde punto de vista de las relaciones de género, del siglo XX, entre otras cosas porque el período bélico había roto las lógicas patriarcales que sostenían un sistema basado en la división sexual del trabajo en torno a falacias biologicistas, y esto al patriarcado no le interesaba mantenerlo.

La maestra Amorós teorizó, al respecto, sobre el espacio de “los iguales y las idénticas”, haciendo referencia clara a las relaciones de género, es decir, a las relaciones de poder. En concreto, ella analizó quiénes ejercen de sujetos del contrato social y político, y concluyó que todo se reduce al reconocimiento del principio de individualidad. “Los iguales” se promocionan en un espacio que les reconoce como sujetos del contrato social y político, se relacionan de manera horizontal, poseen reconocimiento social y ocupan la esfera pública. En contraposición, y siguiendo la estela teórica de “L’autre” de Beauvoir, se encontrarían “las idénticas”, que ocupan el espacio privado, donde no sólo no existe reconocimiento de individualidad sino que al no haber discernimiento entre individuas, éstas no sólo no están reconocidas en el contrato social y político, sino que en última instancia, afirma, son concebidas como “intercambiables”, negándoseles, así mismo, el reconocimiento social, e infravalorando el invisibilizando la necesaria contribución de los cuidados, del sistema reproductor, sin el cual el sistema productor, y la vida misma, no serían posibles ni viables.

En este contexto en el que nos encontramos se torna imprescindible abordar el sistema de cuidados, y reitero, abordar este aspecto fundamental para la vida desde un punto de vista sistémico. Es fundamental hacer un análisis riguroso, que parta de estudios serios y del conocimiento que el feminismo atesora desde hace décadas. En muchos aspectos, el planeta ha llegado al límite, y uno de ellos es, sin duda, el que concierte al sostenimiento mismo de la vida. Es el momento de abordar, como una cuestión de Estado, de sociedad en su conjunto, la reorganización de las relaciones en el marco de los espacios público-privados, que, aunque de manera más difusa, todavía mantienen ecos de lógicas patriarcales. Es necesario que el abordaje sea integral y que se comiencen a incorporar debates, como el de los usos del tiempo, al cual, también el feminismo puede aportar claves interesantes. En definitiva, quizás nos hallemos en el momento más pertinente, pero sobre todo más necesario, para abordar la propia configuración de nuestras sociedades, con sus recovecos y sombras, y el papel que mujeres y hombres desempeñamos en ella, para comprender por qué el sistema está agotado y la salida que demos a esta crisis tiene que ser feminista, para que las principales paganas de la misma no vuelvan a ser las mujeres.

 

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