Sexualidad patriarcal

Sexualidad patriarcal

La “sexualidad patriarcal” no es ni un tipo de sexo, ni un eufemismo para apelar a las violaciones. La “sexualidad patriarcal” es, de hecho, la sexualidad normativa a la que toda mujer y hombre están atados en la actualidad. Podríamos decir que, a día de hoy, la “sexualidad patriarcal” es simplemente la sexualidad.

Salvando las pocas excepciones que puedan existir, la sexualidad actual es, como decía, patriarcal. Veamos la definición del término, las causas, las consecuencias y la necesidad de la abolición de este tipo de sexualidad.
Podríamos definir “sexualidad patriarcal” como aquella relación sexual donde se reproducen los roles de género, las dinámicas duales y opuestas de poder (intrínsecas en el patriarcado) o se concede el pleno protagonismo al macho por encima de la hembra.
Es interesante profundizar en el último punto: “pleno protagonismo al macho por encima de la hembra”. Este protagonismo no tiene una única forma de visibilizarse. Puede darse de forma activa o de forma pasiva. La forma más obvia es, desde luego, la forma activa: el macho exige y da por supuesto un sexo falocéntrico, centrado en su propio placer y gozo, dejando de lado las necesidades físicas de la hembra. Por ejemplo, reduciendo el sexo a la penetración mecánica o terminándolo con el orgasmo masculino, sin sentir interés ni preocupación por el orgasmo femenino.

Pero la forma pasiva de expresar este protagonismo, aunque más sutil, es también existente, dominadora, opresiva y patriarcal. Podremos reconocer esta forma pasiva en la actitud del macho al ceder lo que cree que son sus espacios en el sexo, es decir, al ceder el protagonismo del placer. El hombre puede darle placer a la mujer, dejando el suyo de lado, y puede hacerlo desde una dominación pasiva, eso es el protagonismo pasivo del macho. Un ejemplo claro de esta pasividad dominante es la necesidad del macho de verbalizar esa sedición de espacios. En muchas ocasiones el macho busca el reconocimiento por su buena labor sexual al cederle protagonismo al placer de ella sobre el de él. Esto indica que, como decía, el macho considera propio ese espacio y ese protagonismo y, por ende, considera que merece un reconocimiento por ceder algo que es intrínsecamente suyo.

Las mujeres también realimentamos estas dinámicas de pasividad opresora del macho cuando valoramos que se nos ceda espacio en el sexo, dando por supuesto que esta sedición es excepcional. Es decir, que tenemos suerte de haber encontrado a un macho bondadoso que nos ceda parte de su espacio en el acto sexual.

Huelga decir que hay mujeres que no aplauden esta sedición, sino que más bien exigen su propio espacio en el sexo, no ya como un intercambio sexista de los roles donde la mujer pasaría a ser la opresora, sino como una comunión cooperativista en el sexo.
Otro ejemplo de esta pasividad dominadora es el mal llamado “porno feminista”. Este tipo de pornografía no es feminista, pero apela al uso del feminismo como un mero adjetivo para tratar de indicar el protagonismo de la mujer en la pornografía. Del protagonismo de la mujer y de su placer (pudiendo haber más matices, como la mayor trama que en el porno común, pero esos matices no vienen ahora al caso). ¿No es esto un ejemplo de como celebramos, alabamos y aplaudimos que se nos cedan unos espacios en el sexo que consideramos, de hecho, que se nos ceden porque no son nuestros?

El hombre no considera la pornografía comercial como “porno masculinista”, porque las mujeres no les estamos cediendo nada. Esos espacios ya son suyos.

Este es uno de los motivos por los que no me gusta el “porno feminista”: que el hombre tenga a bien cedernos algo que, en un principio, se nos usurpó, no es motivo para apelar a este acto como “feminista”, sino más bien “justo”.
En cuanto a la reproducción de los roles de género en la sexualidad –característica implícita en la “sexualidad patriarcal”-, no creo que ninguna mujer logre escapar plenamente de estos roles en una relación heterosexual. Quizás alguna feminista muy letrada y deconstruida, pero la excepción no hace la regla.

La educación de género es algo que se nos inculca desde nuestro nacimiento, por causa de nuestro sexo, y se nos inculca de tal forma que acaba abarcando toda nuestra vida, todos sus ámbitos, tanto privados como públicos. También la sexualidad. Y es curioso porque, en el caso de la sexualidad, se presenta una dicotomía donde parecer ser que la hembra pueda elegir un papel con libertad, pero es una elección trucada y nada libre. Primero, porque las opciones son limitadas; segundo, porque son opciones creadas por el patriarcado que se amoldan a la perfección a los roles de género.

La visión patriarcal de la mujer es binaria: la puta, la amante o la santa, la madre. Y este binarismo puede reflejarse en el sexo: la mujer activa como la puta, y la pasiva como la santa. Aclaro que ni toda mujer activa actúa bajo la idea de “puta” que tiene el patriarcado, ni tampoco la mujer pasiva como “santa”, pero animo a la auto-reflexión en nuestras dinámicas sexuales: preguntarnos si realmente nos gusta eso que hacemos, si realmente nace en nosotras.

La “puta” sería, así, la mujer activa, lo cual no quita que ponga el protagonismo del hombre por delante del suyo. Puede ser activa en el agradar, porque esa es la concepción patriarcal de la prostituta: una mujer que hace del placer del macho su oficio y devoción. Noción errónea, porque la realidad social es bien distinta, pero presupongo que entenderéis el matiz que quiero resaltar aquí.

La “santa”, por el contrario, es la mujer pasiva en la cama, la mujer que espera que el macho haga el trabajo, puesto que, una vez más, se pone el placer del macho en el centro del acto sexual.
De estos roles es de donde se deducen las dinámicas opuestas y duales que nombraba cuando he definido el concepto de “sexualidad patriarcal”. El hombre sigue siendo opresor en el sexo, y la mujer oprimida.
Así, creo que queda claramente expuesto que el falo es el centro de la sexualidad actual (salvando las distancias con las relaciones lésbicas, repito). Pero vamos un paso más allá: no solo es el falo el centro de la sexualidad, sino que, como hemos visto, las dinámicas sexuales son también patriarcales.

Las consecuencias de esto son obvias: la extirpación de la sexualidad libre y plena de la mujer en favor del dominio del hombre sobre su cuerpo, sus espacios, sus derechos y su sexualidad. El motivo por el que es necesario, y urgente, romper y abolir este tipo de sexualidad queda explicado en las mismas consecuencias y en el análisis feminista de las mismas: es necesaria la abolición de todo tipo de opresión sexista hacia la mujer.

El “cómo hacerlo” es gallina de otro corral. Esta abolición de la “sexualidad patriarcal” es previa, claro está, a la instauración de una sexualidad feminista y equitativa, cooperativa y no dual en términos de dominación-opresión. Y esta abolición se desprende de la misma abolición del patriarcado. Hasta que no dejen de educarnos en el género (a ellos como opresores y a nosotras como oprimidas voluntarias) es imposible pensar en una sexualidad exenta de dichos roles de poder.

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