Flora Tristán: una abolo

Flora Tristán: una abolo

 

Si Flora Tristán hubiera vivido en nuestro tiempo y hubiera acudido a manifestarse en Madrid el 8M por los derechos de las mujeres trabajadoras, las parias entre las parias, hubiera sido agredida, porque de seguro habría ido con el bloque abolicionista.

Y es que encontramos en Flora Tristán a una de las primeras «abolos», como han dado en llamarnos el lobby proxeneta y sus secuaces a quienes nos oponemos a la comercialización de la sexualidad de las mujeres más vulnerables. Indagando en su obra, Paseos por Londres, publicada por la autora en 1839, encontramos un capítulo destinado a las «Mujeres Públicas». En él, la escritora feminista francesa comparte los resultados de su investigación de la prostitución en la capital inglesa en un ejercicio vanguardista que podemos encuadrar como periodismo de investigación, aunque tal concepto no nacería hasta 1885, de la mano del periodista William Thomas Stead, quien investigó la prostitución infantil, también en Inglaterra. ¿Pudo este último inspirarse en la obra de Flora Tristán? No deberíamos descartarlo.

Para llevar a cabo su investigación, Flora Tristán viajó a Londres, recorrió las calles en las que se concentraban los prostíbulos, en un barrio al que se llegaba cruzando el puente de Waterloo, acompañada de dos amigos armados con bastones. Habitó los finishes, que hoy conocemos como bares de alterne, durante noches enteras, observando atentamente su funcionamiento, sus normas no escritas, la manera en la que progresaban las conductas de los hombres, desinhibidos por el alcohol, su trato degradante con las mujeres prostituidas… Tristán tampoco dejó de consultar las fuentes más rigurosas existentes en el momento con cifras aproximadas  a la cantidad de mujeres prostituidas en la ciudad (aún hoy no existen cifras exactas sobre las mujeres que se encuentran prostituidas).

La voz de Tristán está presente en todo momento a lo largo del capítulo, sin intentar pasar por falsa neutralidad. Al contrario, su compromiso con la igualdad y la justicia se imprimen en cada palabra, y ella nos lleva de la mano de tal manera que nos parece recorrer Londres junto a ella.

En la primera parte del capítulo, Tristán reflexiona sobre los elementos que originan y sostienen la prostitución como institución, así como de los efectos que esta tiene en la sociedad en su conjunto. La escritora no duda en señalar la «desigual repartición de los bienes de este mundo» como causa primera de la prostitución. Airadamente, Tristán increpa al poder patriarcal como causante de la prostitución de las mujeres con la fuerza de tres olas feministas:

Sí, si no se hubiese impuesto a la mujer la castidad por virtud sin que el hombre a ello fuese obligado, ella no sería rechazada de la sociedad por haber accedido a los sentimientos de su corazón, y la mujer seducida, engañada y abandonada no estaría reducida a prostituirse. Sí, si vos la admitieseis a recibir la misma educación, a ejercer los mismos empleos y profesiones que el hombre, ella no sería más frecuentemente que él propensa a la miseria. Si vos no la expusieseis a todos los abusos de la fuerza, por el despotismo del poder paterno y la indisolubilidad del matrimonio, ella no estaría jamás colocada en la alternativa de sufrir la opresión y la infamia.

Es fascinante cómo la escritora feminista aúna las luchas de las tres olas feministas en un solo párrafo. Por un lado, Tristán se hace eco de la reivindicación de derechos ciudadanos elementales, que permitiesen a las mujeres elegir su propio destino, propia de la primera ola. Por otro lado, aboga por los derechos laborales de las mujeres, para que no fueran más propensas a la miseria que ellos, lo cual entronca con una de las grandes luchas de la segunda ola. Finalmente, critica el doble estándar sexual, como también hicieron las feministas radicales en EEUU en la tercera ola.

Pero, además, Tristán liga el doble estándar sexual a la pervivencia de la prostitución de una manera que conviene analizar. En el Londres victoriano, la virginidad era el pasaje de las mujeres a una vida digna, que no podía ser otra que la vida de una esposa (mejor si era de clase alta). Si perdían ese pasaje, los destinos a los que podía acceder no resultaban nada alentadores, quedando condenadas a la pobreza y, muy probablemente, a la prostitución.

El camino que conduce a las mujeres pobres a la prostitución también es señalado por Tristán: «Y cuando es torturada por la miseria, cuando ve el goce de todos los bienes alrededor de los hombres, ¿el arte de gustar, en el cual ha sido educada no la conduce inevitablemente a la prostitución?». La socialización de las mujeres desde la infancia, que atrofia su independencia e iniciativa autónoma e hipertrofia su dependencia de otros y su búsqueda de agrado (sobre todo de agrado varonil) las empuja hacia la prostitución, es decir, a satisfacer los deseos masculinos para lograr el sustento.

Se trata de un análisis brillante que comienza a perfilar lo que actualmente se conoce como patriarcado del consentimiento, término acuñado por la filósofa feminista Ana de Miguel. En la prostitución también opera el patriarcado del consentimiento, en el sentido de que la sociedad patriarcal educa a las niñas desde pequeñas para gustar, para satisfacer a los varones, como explica Tristán, por lo que, en una sociedad capitalista desigual, las mujeres se verán empujadas a hacer de este mandato social una manera de sobrevivir. Solo desde el desconocimiento o desde la maldad se puede llamar a esto «libertad de decisión».

Aún más, Tristán plantea que, mientras las mujeres no puedan obtener el goce de los bienes sino por la influencia que ejerzan en los varones, la prostitución solo podrá crecer.

Al extrapolar esta afirmación a nuestras sociedades formalmente igualitarias en las que, sin embargo, la prostitución no deja de crecer, se nos aparece claramente la conexión entre prostitución y trata: las mujeres de estas sociedades formalmente igualitarias encuentran más facilidades para acceder al goce de bienes sin tener que satisfacer sexualmente a los varones, pero los varones no han renunciado a su «derecho de pernada democrático», como lo llama Ana de Miguel, por lo que se exporta a mujeres de países empobrecidos que siguen estando en la situación de las mujeres sobre las que escribió Tristán en el siglo XIX.

En la segunda parte del capítulo, Tristán nos conduce por las calles del barrio de Waterloo-road, introduciéndonos en la vida cotidiana de las mujeres prostituidas, que permanecían junto a sus prostituidores (descritos por la autora como hombres jóvenes, guapos y fuertes, pero de aire común y grosero) en los prostíbulos hasta las ocho de la noche, momento en que se dirigían en bandas al West-end de la ciudad para captar «clientes» a la salida de los teatros y otros espacios de ocio. Era tras captar a su «cliente» cuando se dirigían a los finishes, descritos por Tristán como «innobles cabarets o vastas y suntuosas tabernas a donde se van para terminar la noche«.

Si Flora Tristán hubiera vivido en nuestro tiempo y hubiera acudido a manifestarse en Madrid el 8M por los derechos de las mujeres trabajadoras, las parias entre las parias, hubiera sido agredida, porque de seguro habría ido con el bloque abolicionista.

Como buena investigadora motivada por su afán de conocer de primera mano la realidad, Tristán pasó una noche en uno de estos finishes, acompañada por los mismos amigos que la secundaron por las calles de Waterloo-road. En primer lugar, la investigadora resalta la clandestinidad de estos lugares, que vistos desde afuera parecen una casa más.

Tristán encierra en pocas palabras la esencia de estos establecimientos: “¡Los finishes son los templos que el materialismo inglés eleva a sus dioses! Los domésticos que les sirven están elegantemente vestidos, los industriales propietarios del establecimiento saludan humildemente a los convidados que vienen a cambiar su oro por la orgía”.

Como vemos, entonces como ahora, todo un entramado comercial se sostiene sobre la prostitución de mujeres, por lo que no es de extrañar la fuerza del lobby para validar su existencia alterando el orden simbólico.

La escritora observa la transformación de «nobles señores ingleses» bajo los efectos del alcohol, y critica el trato que dispensaban a las mujeres y la terrible manera de dilapidar la fortuna que habían obtenido mediante el trabajo del proletariado. Las anotaciones de la autora merecen ser reproducidas tal cual:

En los finishes hay toda clase de entretenimientos. Uno de los más gustados es el de emborrachar a una mujer hasta que caiga muerta de ebriedad; entonces se le hace probar vinagre en el cual mostaza y pimienta han sido arrojados; este brebaje le da casi siempre horribles convulsiones y los sobresaltos y las contorsiones de esta desgraciada provocan las risas y divierten infinitamente a la honorable sociedad. Una diversión también muy apreciada en esas elegantes reuniones, es la de arrojar sobre las muchachas que yacen muertas de ebriedad sobre el piso un vaso de no importa qué.

No es para nada casual que humillar a las mujeres fuera la práctica estrella en la prostitución del siglo XIX, ni que lo siga siendo ahora, tanto en la prostitución de calle como en la filmada (pornografía). Al fin y al cabo, el putero está accediendo a la dominación de una mujer que no lo desea, pero tiene que ejecutar aquellas prácticas que él reclame si quiere el dinero que él tiene y del que ella carece. La misoginia que los hombres reprimen porque la sociedad o la legislación los rechazaría es proyectada con total impunidad sobre las mujeres prostituidas.

Nos ha impresionado otro aspecto de la prostitución que prevalece a través del tiempo: lo que la activista superviviente de trata y prostitución Amelia Tiganus llama «el tiempo de vida útil de una prostituta». Tanto en el siglo XIX como en el XXI este es de aproximadamente tres años. Citando a Tristán: «Lo quiera o no, la prostituta está obligada a beber alcohol. ¡Qué temperamento podría resistir los continuos excesos! Así tres o cuatro años es el período de existencia de la mitad de las prostitutas de Londres«.

En ambos casos, las mujeres prostituidas están expuestas a drogas para sobrellevar su situación, a enfermedades, tanto de transmisión sexual como de otros tipos, así como a la violencia de los puteros y proxenetas. Actualmente, a los tres años una mujer prostituida está ya demasiado quemada, y si no ha sido asesinada antes, la dejan ir para reemplazarla por la imparable llegada de mujeres de países empobrecidos, convertidas en mercancía.

En la tercera parte del artículo, Tristán se acerca a las fuentes más rigurosas de que se disponía en aquel momento para conocer una aproximación al número de mujeres prostituidas en Londres, su expectativa de vida, el número de defunciones totales al año y las estratagemas de las redes de trata. Para ello recurre al estudio del doctor Michael Ryan, Prostitución en Londres, que reúne los informes de la Sociedad por la Supresión del Vicio, los de la Policía Metropolitana y los de la Sociedad de Londres para Prevenir la Prostitución de la Infancia. Los datos que cita finalmente Tristán son demoledores: «existe en Londres de 80 a 100,000 mujeres públicas, cuya mitad -otros afirman que las dos terceras partes- están por debajo de los veinte años«.

 

Con respecto a la mortalidad de las mujeres prostituidas, los datos recopilados en el informe elaborado por Ryan no son menos duros:

 

Clarke, el último Chamberlain de la ciudad de Londres, evalúa en cuatro años la vida de la prostituta, otros la evalúan en siete años, mientras que la sociedad «para prevenir la prostitución de la juventud» estima que en Londres la mortalidad anual de las mujeres públicas es de ocho mil.

En un intento de aproximarse a las dimensiones de las redes de trata, Tristán vuelve a referenciar los datos del estudio Prostitución en Londres:

Ryan evalúa que en Londres hay cinco mil individuos, hombres o mujeres empleados en proveer de mujeres a las casas de perversión, y cuatrocientos o quinientos que él designa bajo el nombre de «trapanners» ocupados en tender redes a las muchachas de diez a doce años para atraerlas de «grado» o por «fuerza» a estas espantosas cavernas. El evalúa que 400,000 personas están implicadas, directa o indirectamente, en la prostitución, y que 8,000,000 de libras esterlinas (400,000.000 de francos) son anualmente gastados en Londres en este vicio.

Pero la investigadora no se limita a referir datos numéricos, y se interesa por las estrategias que adoptan los y las trapanners para captar y retener niñas y jóvenes para la prostitución.

A la hora de captar víctimas las estrategias eran tan variadas como los espacios en los que hacerlo. Entre estos espacios Tristán incluye espacios de comercio y ocio, como arrabales, bazares, parques y teatros, pero también casas de trabajo y establecimientos penitenciarios, donde las jóvenes más precarias quedan expuestas a sus redes.

Tristán muestra las argucias de proxenetas dedicados, asimismo, a los mercados de esclavos del West End, quienes a menudo son enviados a diversas ciudades y aldeas del continente europeo (Holanda, Bélgica, Francia e Italia) para captar chicas jóvenes mediante el engaño a sus familias, que creen estar ocupándolas en un trabajo digno, como bordadoras, modistas, lenceras, músicas, damas de compañía o domésticas. A veces llegan hasta a dar adelantos a los padres, y cuando se han procurado un cierto número de muchachas, regresan a Londres. En palabras de la autora:

Una suma de dinero es dejada a los padres, como garantía para la ejecución del compromiso. Algunas veces está aún estipulado que una parte determinada de los salarios de sus hijas les será enviada todos los trimestres. (…) Y mientras ellas se quedan en el establecimiento que les ha hecho venir, la parte de los salarios prometida es exactamente enviada a los padres, que sin sospechar reciben así los socorros de la prostitución de sus hijas. Cuando ellas dejan la casa, se escribe cartas a sus padres para informarles que sus hijas han dejado su oficio. En consecuencia, las remesas de dinero cesan, pero no se olvidan de decirles que están muy contentas de haber encontrado otra posición no menos respetable para sus hijas y que están muy bien.

 

Otra estrategia de captación consistía en enviar chicas de dieciocho años a recorrer las calles, tanto de día como de noche, para atraer a otras de su edad o más jóvenes a los proxenetas, lo cual lograban ofreciéndoles que las acompañen a dar un paseo, a visitar a un familiar enfermo, al teatro… o incluso un empleo decente. Tristán, citando a Talbot, añade que muchas chicas son sustraídas por este método incluso en los colegios, a la vista de un profesorado que no sospecha de los alcances de las redes de los proxenetas.

A la hora de retener a las captadas en los prostíbulos, Tristán da cuenta de una práctica consistente en despojar a las jóvenes de su ropa y cambiársela por «trajes rutilantes que han formado el vestuario de las mujeres ricas y que los ropavejeros proporcionan«. Si las jóvenes intentasen escapar o quedarse más dinero del convenido con el proxeneta, las personas encargadas de vigilarlas día y noche las atraparían y las llevarían de vuelta al prostíbulo, donde se las desnudaría y se las dejaría así durante todo el día, sin poder comer y sufriendo la humillación y el frío. Llegada la noche, relata Tristán, las mujeres podrían volver a vestirse y se las mandaría a «hacer la calle». Si no llevasen suficientes hombres al prostíbulo, serían severamente castigadas.

Esta práctica nos recuerda a la que se mantiene actualmente en los prostíbulos, donde se cobra a las mujeres a precios desorbitantes la estancia que ocupa, los preservativos que usa, la comida que come, la ropa, el servicio de lavandería, el de peluquería… toda una serie de gastos que no hacen más que aumentar una deuda con los proxenetas (al hablar de proxenetas no referimos a todas aquellas personas que obtienen dinero de la prostitución ajena, con lo que incluimos a quienes regentan prostíbulos donde las mujeres trabajan «voluntariamente», entre otras). De esta manera, los proxenetas se aseguran la sujeción de las mujeres y que permanezcan en situación de prostitución.

Luchar contra las redes de trata era muy difícil en aquellos momentos, pues las penas de cárcel eran irrisorias, y los legisladores hacían la vista gorda. No debe extrañarnos, dada la ingente cantidad de dinero que movía este negocio criminal en Londres (8.000.000 de libras esterlinas anuales aproximadamente, como vimos), y dada la multiplicidad de los agentes beneficiados económicamente (rentantes de los prostíbulos y habitaciones, finishes, Gin-palaces…).

Aún hoy la situación se mantiene muy parecida: los proxenetas se aprovechan de la laxitud del Estado, que prefiere mirar para otro lado y dejar vacíos legales. Además, múltiples agentes se lucran con la prostitución, que mueve millones de euros al día. En este sentido, el Estado, como denuncia Amelia Tiganus, también es proxeneta.

 

Por último, Tristán da cuenta de las instituciones que existían en aquellos momentos para ayudar a las mujeres prostituidas a dejar atrás la prostitución y acceder a un trabajo digno. ¡Solo cinco instituciones, con capacidad para ayudar a quinientas mujeres! Se lamentaba la feminista, consciente de lo insuficiente del esfuerzo y de todas las mujeres que quedaban fuera, sin posibilidad de ayuda. De todas las instituciones, comenta, solo una se centraba en la prevención de la prostitución desde la niñez, y, por cuenta de una legislación laxa, solo podía suponer una débil limitación del crimen.

 

Por ello, para la escritora francesa no habría solución posible hasta que las leyes fueran contundentes contra los proxenetas, ya que en aquellos momentos existían penas más duras para las mujeres que se atrevieran a vender fruta a pie de calle, sin licencia, que, para los proxenetas, que eran recibidos en la cárcel por amistades y que salían muy rápidamente de ella, y eso si llegaban a entrar.

Pero en este capítulo, Tristán no solo aboga por el establecimiento de leyes más duras contra el proxenetismo, sino que, como buena socialista, predica sobre la importancia de superar la desigualdad social que condena a la clase trabajadora a una vida miserable, y, como buena feminista, ataca el doble estándar sexual que penaliza la sexualidad de las mujeres, pero no la de los hombres, así como la prohibición del acceso a igual formación y empleo para mujeres y hombres. Además, Tristán hila tan fino que ya apunta a la ley del agrado que, unida a la dependencia material de las mujeres respecto a los hombres, empuja a las más empobrecidas hacia la prostitución.

Concluyendo, si a todo lo anterior le añadimos que la pensadora francesa jamás acusa ni pretende reprimir a las mujeres prostituidas, sino a sus prostituidores y al sistema prostitucional en su conjunto, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Flora Tristán, una de las pioneras feministas y socialistas, cuyos escritos inspiraron a figuras destacadas del feminismo y formaron parte de la biblioteca personal de Marx, fue una «abolo». Probablemente, por tanto, hoy aguantaría el ataque violento de los infiltrados que pretenden destruir el feminismo desde dentro, así como el silencio cómplice de un Ministerio de Igualdad que prefiere homenajear a proxenetas como Carmen de Mairena y correr un tupido velo sobre la memoria de nuestras auténticas referentes.

 

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