No podéis suspender la verdad

No podéis suspender la verdad

 

Artículo de Meghan Murphy

 Traducido por Berta O. García @Omnia_Somnia

Quienes quieren anularme deberían admitir sin lugar a dudas que sus esfuerzos no han tenido éxito. Suspendieron mi cuenta en Twitter por hablar del impacto de la legislación de identidad de género sobre los derechos de las mujeres, pero no me han silenciado.

Mucho antes de comenzar con el tema trans, yo ya había caído en desgracia entre quienes reivindican el progreso como algo suyo, y fue debido a mi oposición al negocio del sexo. La Nueva Nueva Izquierda, para quien no lo sepa, cree que la mano invisible del mercado regulará el comercio sexual mundial, transformando misteriosamente una de las industrias más peligrosas y explotadoras del mundo en algo ético, a pesar de todas las pruebas que demuestran lo contrario. Herí su sensibilidad diciendo una y otra vez que la mayoría de las mujeres y las niñas no disfrutan atendiendo día tras día a docenas de hombres que no conocen de nada y entregando todas sus ganancias a una madame o a un proxeneta, y que la mayoría de las mujeres en situación de prostitución no son como su amiga Kayla, que vive en el loft de un millón de dólares de sus padres y comparte desnudos con sus matches de Tinder, pero sólo a cambio de una buena pasta.

Fue en gran parte debido a esta postura mía que un grupo de izquierdas de Toronto hizo campaña para que me despidieran de mi trabajo como editora en una pequeña «progressive web» canadiense y me echaran como colaboradora. Difundieron una petición presionando a mi jefe –que fue financiado principalmente por sindicatos– para que no diera altavoz a mis ideas. A mí, feminista socialista, porque mi visión sobre la liberación de las mujeres difería de la de Hugh Hefner [1].

Todavía hoy me dicen que soy responsable de la muerte de innumerables «trabajadoras sexuales» y de personas transidentificadas. Lo cual es extraño, porque nunca he matado a nadie. Pero qué divertido es no echar la culpa a los que perpetran la violencia o a quienes se benefician del sufrimiento ajeno, cuando se pueden unir contra mí, una escritora de clase trabajadora, sin poder institucional ni político ni financiero. Es asombrosamente paradójico que quienes afirman «luchar contra el poder» persigan a quien menos poder tiene y elijan a pensadoras independientes, en lugar de atacar a corporaciones o sistemas.

 

La suspensión de mi cuenta en Twitter se debió a que me referí a un hombre como «él», y aún no me la han devuelto. La suspensión se utiliza ahora como «prueba» de que la nueva caza de brujas nos la tenemos merecida. Silicon Valley ha dicho que soy culpable y tengo que serlo.

Todavía tengo que resolver el misterio de cómo es posible que un pequeño e irrelevante grupo de activistas tenga tal poder absoluto. La mayoría de la gente tenemos claro que un pervertido con trastorno de personalidad nunca tendría el poder necesario para convencer a los medios de comunicación de que empiecen a referirse a los penes como «femeninos». Nos equivocábamos.

No importa que la gran mayoría de la población coincida en que el sexo biológico existe. En cuestión de unos años, un pequeño grupo ha tomado el control no sólo de nuestras instituciones sino también de nuestras mentes. Las personas que conozco, que saben sin lugar a dudas cómo se hacen los bebés, se niegan a decir en público que sólo las mujeres pueden parir. Si discrepas, te «suspenderán», a no ser que te humilles, como vimos recientemente cuando el actor de Star Wars Mark Hamill se atrevió a poner «me gusta» en un tweet de J. K. Rowling, en el que decía que las mujeres no deberían ser despedidas por saber que el sexo biológico es real. El usuario de Twitter @artinventcr, con menos de 2.000 seguidores, cuestionó la transgresión de Hamill y el actor se disculpó alegando «ignorancia».

Si discrepas, te «suspenderán», a no ser que te humilles, como vimos recientemente cuando el actor de Star Wars Mark Hamill se atrevió a poner «me gusta» en un tweet de J. K. Rowling, en el que decía que las mujeres no deberían ser despedidas por saber que el sexo biológico es real.

Afortunadamente para mí, no me molestan las opiniones de los usuarios veinteañeros de redes sociales que creen que los adultos se arrastrarán a sus pies por hacer un listado de ciertas transgresiones. Hubiera sido tan ingeniosa como ellos si Twitter hubiera existido cuando era una joven sabelotodo, llena de ira y vodka mal dirigidos, así que tengo cosas mejores que hacer que prestar atención a un grupo de bebés enrabietados que piensan que un «¡Jódete y págame!» es un llamamiento a la acción política –aunque parece que estoy en minoría. Por más que me acosen, no me convencerán de que mienta para que algún imbécil que quiera normalizar sus fetiches legislando su derecho a acceder a los vestuarios de mujeres y niñas, consiga hacer «luz de gas» a todo el mundo.

La razón por la que aún no he sido «suspendida» por completo, para disgusto de quienes insisten en que soy una amenaza, es porque, en el fondo, todo el mundo sabe que tengo razón y que mi continua negativa a ser silenciada está justificada. Todo el mundo sabe que los hombres y las mujeres son reales, que es una locura obligar a las mujeres a competir contra los hombres en los deportes, que los hombres no pueden quedar embarazados, y que ninguna esteticista debería tener que depilarle el escroto a un hombre sólo porque haya puesto «she/her» en su bio de Twitter.

Grita todo lo que quieras, da puñetazos virtuales, escribe y tuitea tu tesis sobre «Gendered Hetero (doxx)y: How Queering Cisnormative Fashion Binaries Decolonizes Cisborders» [2]. Llegará un momento en que todo el mundo se cansará de mirar el pene flácido del emperador [3]. Cuando termine el alboroto, a todas esas personas sólo les quedará el pin de «pregúntame por mis pronombres» que nadie tiene el menor interés en preguntar.

 


[1] Fundador y redactor jefe de la revista Playboy

[2] Frase intraducible de manera coherente, extraída literalmente de algún discurso posmo por la autora. Viene a decir algo así como «Hetero(doxx)ia de género: o cómo queerificar la moda cisnormativa de les binaries descoloniza las fronteras cis». (N. de la T.)

[3] En alusión al cuento de Hans Christian Andersen El traje nuevo del emperador, también conocido como El rey desnudo.

https://spectator.us/cant-cancel-truth-canceled-meghan-murphy/

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