Desmontando el discurso del “trabajo sexual” (primera parte)

Desmontando el discurso del “trabajo sexual” (primera parte)

El lobby proxeneta ha realizado importantes esfuerzos, tanto económicos como publicitarios, para lograr la aceptación social de su negocio criminal. Lo sorprendente es que muchas personas autodenominadas “feministas” han aceptado tesis favorables a la legalización de la prostitución. Los argumentos pseudofeministas tienen tanto predicamento que se ha impuesto la absurda idea de que el feminismo se encuentra dividido acerca de si la prostitución es compatible con la libertad de las mujeres. Dicha confusión es insidiosa, pues la abolición de la prostitución ha sido un objetivo feminista desde el sufragismo.

Los argumentos pseudofeministas han sido acogidos con especial calidez en los departamentos de las universidades al albur de las llamadas “teorías posmodernas” que, pese a no tener nada de feministas, han parasitado los “estudios de género”. Como explica Rosa Cobo, la universidad (especialmente en las últimas dos décadas) funciona como una instancia más del poder dominante. Se impone silenciosamente la idea de que los conceptos no deben desafiar a las lógicas dominantes, sino someterse a ellas. En dos artículos vamos a analizar 16 argumentos muy populares que emplea el pseudofeminismo para blanquear el negocio de la explotación sexual:

1. El uso de neolenguaje:

Uno de los elementos distintivos del pseudofeminismo es la utilización de eufemismos. Así, en lugar de hablar de prostitución hablan de “trabajo sexual”. Este nombre sugiere que la prostitución debería ser vista como un trabajo más. A los hombres que compran mujeres no les llaman “puteros” o “prostituidores” sino “clientes”, lo que normaliza sus prácticas como si se tratase de una forma cualquiera de consumo. Incluso hay quien denomina a los proxenetas que regentan espacios y obtienen ganancias como “proveedores de servicios” o “empresarios del sexo”. Otro término de moda es “asistencia sexual”, que alude de forma eufemística a la prostitución para personas con discapacidad. Algunas manifestaciones de esta neolengua son especialmente flagrantes: hay quien se refiere a la trata como “migración laboral”. Como explica Sheila Jeffreys, “el lenguaje es importante. El uso del vocabulario comercial en relación con la prostitución eclipsa el carácter dañino de esta práctica y facilita el desarrollo mercantil de la industria global”. Frente al neolenguaje, el feminismo apuesta por utilizar términos que no enmascaren la realidad.

2. La diferencia entre “trabajo sexual libre” y “trata”:

Muchos trabajos pseudofeministas que hablan de la prostitución como “trabajo sexual” defienden que hay que diferenciar entre varias formas: adulta e infantil, trata y trabajo sexual, libre y forzada, legal e ilegal, prostitución de mujeres occidentales y no occidentales, prostitución y asistencia sexual.

Como explica Rosa Cobo, “un argumento recurrente que plantean los partidarios de la regulación es que en la industria del sexo encontramos a una minoría de mujeres esclavizadas por las redes de trata y a una mayoría que realiza libremente el trabajo sexual”. Sin embargo, sostener esto supone ocultar “las condiciones sociales y económicas que empujan a las mujeres prostituidas hacia la industria del sexo: la pobreza, la discriminación, la existencia de circuitos que facilitan el tránsito de mujeres para la prostitución, las redes de trata y un pasado o presente de violación y abusos sexuales son las causas que empujan a algunas mujeres a entrar en la prostitución”.

Las posiciones lobbistas admiten que existen problemas “excepcionales” como la trata, la coacción o la violencia; pero sostienen que tales problemas deberían tratarse como casos individuales, preservándose la industria de la prostitución en sí misma. Resulta obvio que la prostitución no encaja en el relato de la “prostitución igualitaria y libre”; la violencia no es algo excepcional sino un elemento estructural. Jeffreys lamenta que “desafortunadamente esta perspectiva (la del “trabajo sexual libre”) domina en las obras de numerosas investigadoras feministas”.

3. El discurso de los derechos laborales para las “trabajadoras sexuales:”

Tal vez el punto de vista del sexo como trabajo ha seducido entre las filas de la izquierda porque siempre han tenido más facilitad para pensar en los derechos de la clase trabajadora que para pensar en los derechos humanos de las mujeres y en la violencia contra las mismas. Pero desde una posición feminista no se puede hablar de derechos laborales si antes no hablamos de derechos humanos básicos como la integridad física, la seguridad, la igualdad de oportunidades y la vida libre de violencia sexual.

Realmente, la teoría del “trabajo sexual” no es compatible con una lectura de clases sociales. De hecho, lo que ha conducido a este posicionamiento de la izquierda “posmoderna” no ha sido el marco teórico materialista/socialista sino la distorsión del mismo provocada por la asunción de las “políticas de la identidad”. Como señala Carole Pateman, cuando las feministas postsocialistas adoptan el enfoque del “trabajo sexual” terminan haciendo caso omiso del contexto y siendo mucho más positivas de lo que lo serían con respecto a cualquier otra “forma de trabajo”, en las cuales sí advierten las relaciones de subordinación y dominio.

4. Afirmar que el problema principal es el estigma:

Quienes defienden los “derechos para las trabajadoras del sexo” dedican mucho menos tiempo a hablar de medidas de seguridad e higiene en el trabajo que a teorizar sobre el problema de la estigma. Esto tiene sentido, pues como explica Pilar Aguilar, las medidas de seguridad laboral serían difícilmente aplicables: ¿las trabajadoras usarían guantes, traje especial y mascarilla, al igual que en otras profesiones que trabajan con fluidos corporales?, ¿la inspección de trabajo podría supervisar las medidas de seguridad durante el “servicio”?, ¿con qué patronal se negociarían dichas medidas? (hemos de tener en cuenta que gran parte de la industria está bajo el control de mafias y redes de tráfico de personas, drogas y armas). Pero estos problemas realmente no preocupan a los supuestos “sindicatos de trabajadoras sexuales” porque sus reivindicaciones nunca y en ningún país del mundo han sido de tipo sindical. Hablan de hacer controles de enfermedades de transmisión sexual a las mujeres prostituidas pero no a los puteros, lo que no deja de ser una forma de atraer a la clientela ofreciendo seguridad.

Es sorprendente que muchas investigadoras sobre la prostitución pongan todo el énfasis en el “estigma”. El concepto de “estigma”, como explica Jeffreys, se usa para sugerir que los daños que causa la prostitución no provienen de la practica de la actividad en sí, sino del estigma que sufren las mujeres prostituidas. Quienes defienden el trabajo sexual alegan que si toda la sociedad acepta la prostitución y el estigma desaparece, los problemas de la prostitución desaparecerán también y la prostitución se convertirá en un trabajo como cualquier otro. Pero la realidad es que hay problemas mucho mayores que el estigma (y los riesgos de embarazo o de contraer enfermedades como el VIH no son los únicos). Las mujeres prostituidas explican que el problema principal es la violencia que proviene de los propios clientes (que a menudo son sucios, abusivos, borrachos y explotadores). Los prostíbulos son lugares horribles y las mujeres tienen que estar todo el tiempo intentando que el “cliente” no haga cosas que ellas no quieren hacer mientras a la vez tratan de satisfacerlo. Casi todas las mujeres prostituidas consideran que no hay nada bueno en la prostitución. Las mujeres prostituidas están extremadamente preocupadas por su seguridad. Si un cliente no logra tener una erección, puede pegarte. Pero las regulacionistas solo hablan del estigma. Como explica Jeffreys, hay que hacer muchas piruetas mentales para atribuir todos los daños al estigma.

Y aquí no estamos negando la importancia del estigma. Las mujeres prostituidas sufren daños derivados del modo en que la sociedad, la policía y el sistema las trata, y porque no pueden volver con sus familias ni explicarles lo que les ha ocurrido. Las mujeres sienten que tienen una marca que las señala como indignas e infrahumanas. Pero los problemas de las mujeres prostituidas no desaparecerían si el estigma se terminase.

No hay que confundir el rechazo a las mujeres prostituidas con el rechazo a la prostitución (una actividad que causa daño a las mujeres y vulnera nuestros derechos). Rechazar la prostitución no es “putofobia”. Las personas que defienden la prostitución como trabajo sustituyen un debate materialista por uno identitario (políticas de la identidad). El discurso del “trabajo sexual” minimiza la violencia y pone en primer plano un problema de estatus que se solucionaría con una actitud personal de orgullo y con un cambio de la percepción social sobre la prostitución. Por tanto, en la práctica quienes hablan de derechos de las trabajadoras sexuales realmente sostienen un discurso de “orgullo de puta” mucho más que de derechos laborales.

5. El argumento de que hay que escuchar a las “trabajadoras sexuales”:

Todas conocemos grupos de “trabajadoras del sexo” que aseguran que la prostitución es una experiencia positiva, una elección personal y que debería ser legalizada. Cuando se invoca la experiencia personal muchas mujeres se ponen de parte de dichas “trabajadoras sexuales” o, cuanto menos, optan por callarse para respetar a “la voz de la experiencia”. Sin embargo, también hay grupos de mujeres sobrevivientes del sistema prostitucional que rechazan la idea de que la prostitución sea una elección libre y que reclaman la abolición de la misma.

Pese a la coexistencia de ambas voces, el sector “regulacionista” ha logrado dibujar la imagen de que las abolicionistas son señoras “burguesas” que se niegan a escuchar a las “trabajadoras sexuales”, e incluso que son “putófobas” a causa de su puritanismo. Las voceras del trabajo sexual poseen mayor visibilidad gracias a las millonarias subvenciones que se han proporcionado durante décadas a los lobbys del “trabajo sexual” en todo el mundo. Tampoco hay que descartar la importancia del respaldo discreto de todos los hombres que forman la base de clientes, e incluso en algunos casos la aquiescencia de funcionarios públicos favorecidos con prebendas y redes de corrupción en las que la administración pública está directamente implicada en el negocio.

Rosa Cobo invita a cuestionarse críticamente la idea de que las opiniones de las mujeres prostituidas o las de los consumidores deben determinar la evaluación ética de la prostitución. Hay que analizar el contexto en el que surgen las voces, porque una cosa es escuchar y otra es estar de acuerdo con lo que se afirma. No podemos ignorar que la prostitución es una institución inseparable del dominio patriarcal de los hombres sobre las mujeres, la falta de recursos, la feminización de la pobreza, la inmigración y las redes mafiosas. En tal contexto resulta totalmente iluso creer en la libertad de elección.

6. El mito de la puta empoderada:

Quienes defienden el “trabajo sexual” dicen situarse en la izquierda, pero sus posiciones tienen un trasfondo y un lenguaje propio del neoliberalismo. Para el discurso del “trabajo sexual” las mujeres prostituidas son emprendedoras que tienen un negocio, pagan una tarifa al dueño del bar y asumen riesgos. Los riesgos son tremendos: no solo está el riesgo de que no se les pague, sino que hay otros como el de sufrir violencia e incluso de ser asesinadas, de tener problemas de salud como el VIH o que los consumidores se quiten el preservativo a mitad del acto. Pero esos riesgos son vistos como responsabilidad de las mujeres y parte del negocio. Para la posición del “trabajo sexual” las mujeres son como leonas en busca de su mejor presa y, aunque los puteros piensan que tienen el poder, realmente son ellas las que lo tienen (esto significa ser una “puta empoderada”).

Aunque lo usual es que los partidarios del “trabajo sexual” exceptúen la trata y la prostitución de países empobrecidos, cada vez se leen más artículos en los que se aplica el lenguaje de la “libre elección” a estas circunstancias. Un ejemplo real que expone Jeffreys es el de un estudio académico de 2006 que asegura que las prostitutas de Calcuta o México que tienen sexo sin preservativo pueden ganar un 80% más de lo que ganarían usándolo y entonces, según ese cínico estudio, las “trabajadoras” estarían decidiendo racionalmente entre dos opciones: usar preservativo y tener un sueldo que apenas les permite llegar a fin de mes, o no usarlo y enviar a sus hijos a las mejores escuelas. Por tanto estas mujeres en realidad serían “empresarias exitosas” que toman sus propias decisiones libres y racionales. Debería ser obvio lo que explica Jeffreys: nadie debería considerar que es una “elección libre” aquella que consiste en elegir entre la posibilidad de morir por VIH/Sida o de alimentar a los niños y llevarlos a la escuela. El enfoque del “trabajo sexual” puede ser individualista hasta extremos sorprendentes.

La posición del “trabajo sexual” muestra mayor interés por criticar a las abolicionistas que en denunciar las opresivas condiciones de poder inherentes a la prostitución. Acusan a las partidarias de la abolición de la prostitución de victimizar las prostitutas por considerarlas “incapaces de tomar sus propias decisiones”. Jeffreys explica que esta visión que encontramos en el discurso “regulacionista” es propia de la ideología postmoderna y neoliberal que hay tras ella. No es casual que las mismas personas que defienden el “trabajo sexual” suelan pensar que ponerse un velo islámico es elegir un estilo de vida, que las mujeres afirman su auténtica personalidad mediante el maquillaje y la moda y que la sexualidad es un terreno regido por la libre expresión del deseo. Este “postfeminismo” considera que el feminismo consiste en sentir “orgullo puteril” y en hacer “lo que me sale del coño”. Ni rastro de un análisis estructural acerca de la opresión de las mujeres como clase sexual y tampoco hay rastro alguno de los hombres como clase opresora. La idea de la libre elección dista mucho de un análisis materialista basado en una categoría como sexo, clase o raza. El postfeminismo ya no ve a las mujeres como sujetos oprimidos y su única finalidad es celebrar la individualidad y la libre elección entre estilos de vida. Es una filosofía completamente despolitizada.

Como expone Rosa Cobo, lo que hace el enfoque del “trabajo sexual” (dominante en el ámbito universitario) es mostrar como libres y empoderadas a quienes son objeto de explotación sexual. El verdadero reconocimiento de la dignidad de las mujeres prostituidas consiste en mostrar las estructuras sociales y económicas en las que viven y que facilitan el crecimiento de dicho negocio. Dar reconocimiento a las mujeres prostituidas implica hacer justicia.

7. Defensores del “trabajo sexual” que dicen ser “anticapitalistas”:

Marx negó la validez de los contratos establecidos entre un burgués y un obrero, por basarse en la necesidad de una de las partes contratantes. Sin embargo como explica Rosa Cobo, en lo concerniente a la sexualidad de las mujeres, el neoliberalismo posterior a los años ochenta del siglo XX ha logrado inocular el liberalismo más radical a sectores de la izquierda que tienen incluso la poca vergüenza de autodenominarse “anticapitalistas”. La izquierda compra el discurso más liberal. Se apela a la libertad de las mujeres para justificar ideológicamente la prostitución o los vientres de alquiler.

Como explica Rosa Cobo, para el liberalismo la prostitución es un intercambio de servicios sexuales por dinero realizado voluntariamente. La prohibición legal de este intercambio es, además de inútil, un atentado a la libertad y una vulneración del derecho de las prostitutas a utilizar su cuerpo como quieran. En las teorías críticas, como el socialismo y el feminismo, se sostiene que no puede haber libertad contractual absoluta en sistemas fundados sobre dominaciones patriarcales, raciales o de clase. Tenemos que preguntarnos si puede haber una relación consentida por parte de quien tiene una posición social subordinada y se encuentra en la intersección de dos sistemas de dominio tan opresivos para las mujeres como el capitalismo y el patriarcado. Si no existen otras alternativas de vida digna no cabe hablar de libertad de elección.

La realidad que encubre esa ideología radical del contrato es la de una sociedad consumista y patriarcal en la que los hombres consumen cuerpos de mujeres en congresos, negocios, competiciones deportivas, despedidas de soltero, celebraciones de divorcio y en su tiempo libre. La prostitución es el colofón de un evento de hombres, el premio al estrés, al éxito o el caprichito de diversión. El mercado ha promovido la idea de que todos los deseos deben satisfacerse siempre que el dinero pueda comprarlos. Las mujeres prostituidas son reducidas a un objeto para el entretenimiento masculino. Se considera que no hay nada malo en la prostitución y la compra de sexo se presenta como un acto de consumo aséptico.

 

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