El tabú menstrual, aún está presente.

El tabú menstrual, aún está presente.

Todavía la menstruación se padece, angustia y a veces trauma. Desde que inicia, es un acontecimiento importantísimo en la vida de las niñas vivido como castigo. El estigma social hacia un cuerpo que sangra impacta y condiciona en cómo las mujeres viven este proceso natural. Las vivencias subjetivas, muchas veces inconscientes, en relación a lo femenino, la maternidad y el sexo, influyen en el ciclo. De las nuevas generaciones, hay quienes gracias a madres que sufrieron aun mayor desinformación, recibieron un esclarecimiento aunque limitado sólo a la concepción. Como describió Marie Langer, psicoanalista pionera en el estudio de la mujer, la reacción positiva frente a la menstruación sería un indicio positivo y de aceptación de su sexo, debería festejarse.

Muchas son las mujeres que reaccionan negativamente al ciclo menstrual. Sienten vergüenza por sangrar, rechazo a los cambios hormonales, emocionales y físicos. Incluso ganas de arrancarse las ovarios frente a espasmos dolorosos u odiarse por tener cambios hormonales. Hasta el siglo XX y aún todavía, parte de la sociedad cree que la sangre menstrual tiene toxinas y contamina. Si bien hoy se cuestiona, aún se vive desvalorizado. Como describe Simone de Beauvoir en el Segundo Sexo, “Esa sangre encarna la esencia de la feminidad, por eso su flujo pone en peligro a la mujer misma cuyo maná se materializó de ese modo”.

La medicalización de la vida sexual de las mujeres comienza con la menarca. Se supone que la mujer necesita una regulación de su ciclo, para estar en la norma. Se universaliza el cuerpo y se borra la particularidad. Se lo controla. Es habitual tomar analgésicos que callan el dolor del cuerpo y anticonceptivos que bloquean el sangrado. Ciertamente a veces es inevitable, el punto es que está normalizado. Las ideas preconcebidas influyen y repercuten tanto en la vivencia de menstruar, como en la salud y enfermedad. Se patologiza el proceso natural y espontáneo del cuerpo.
Tasia Aránguez Sánchez, en su libro ¿Por qué la endometriosis concierne al feminismo? describe cómo recién a mediados del siglo XX comenzaron los estudios del ciclo, mientras que las investigaciones sobre los trastornos menstruales tuvieron fuerza en los años ochenta. Todavía no hay protocolos ni prevención para enfermedades como la endometriosis. Explica cómo mujeres que padecen esta enfermedad, son despreciadas por el sistema de salud, tildadas de exageradas. Siendo entonces una práctica que se basa en el estereotipo de que la mujer es débil, y por lo tanto debe aguantar el dolor. Las enfermedades con alta prevalencia femenina, son las que reciben escasa atención.

Se utilizan productos de supuesta higiene que perjudican el cuerpo. Toallas femeninas con sintéticos, tampones no certificados, ropa interior química y plástica con tinta, jabones perfumados. No hay una regulación rigurosa acerca de los tóxicos que contienen. Pocas asociaciones de mujeres han investigado al respecto, encontrando químicos que afectan directamente el sistema endócrino.

Una encuesta epidemiológica realizada en 10 países de Latinoamérica por el Grupo MASIM (Médicos Unidos por la Salud Integral de la Mujer), reveló que el 40% de las pacientes encuestadas tenían vaginosis bacteriana, asociada a los hábitos higiénicos y prácticas sexuales. Descubrieron factores de riesgo como el uso del tampón y usar lubricantes durante el coito.
Se ha estudiado que la utilización prolongada de tampones puede provocar un shock tóxico. Una enfermedad poco estudiada, que se llevó la vida de Maëlle, una adolescente de 19 años en Bélgica. En consecuencia, crearon la fundación Don’t shock me, con la intención de concientizar acerca del peligro de usar tampones. En muchos países no se explica en el envase del producto, los riesgos y los químicos que contiene. Es un derecho saber qué metemos en nuestra vagina, y dejar de obedecer a un estereotipo de cumplimiento y obediencia.
El sistema de consumo patriarcal abusa de la inseguridad y vergüenza de la mujer. Las burlas, amenazas y “consejos paternales” en las consultas ginecológicas suceden.

En Amazonas, las chicas de la tribu Ticusa son silenciadas cuando menstrúan, en una cabaña oscura, se les arranca el cabello y son sometidas a flagelos severos. Hoy todavía en algunos países como Nepal, se practica el aislamiento de la niña que empieza a menstruar.

De una encuesta realizada a 2.000 mujeres en España, el 49% respondió haberse sentido violentada en una consulta ginecológica. El porcentaje restante afirma haber vivido situaciones desagradables e incómodas.

El tabú menstrual, que han estudiado tantos antropólogos como James Frazer, aún está presente. Hay mujeres que bajan la voz y dicen en secreto que están menstruando. Mujeres de sociedades occidentales, hasta no hace mucho enseñaban a no comer alimentos fríos, no bañarse o no hacer ejercicio al tener el período. En On female body experience, Iris Marion Young impulsa a las mujeres a empoderarse, salir de la opresión del “closet menstrual”. En dos sentidos, el de lidiar entre las propias necesidades y las instituciones (escuelas y trabajos). Otra, la experiencia de vivirse como desagradable. Porque, en sociedades donde se reclama el derecho y la igualdad social de la mujer y el hombre, la relación con la menstruación parece contradictoria. Hay reglas prácticas, no se habla con cualquiera, y cualquier signo de estar menstruando debe ser escondido.

Desde comunidades antiguas, las mujeres intentaban reunirse compartiendo el estado del ciclo menstrual. A veces, la luna respondía con sus características a gran parte de las preguntas que no tenían respuesta. Por ejemplo, las poblaciones Maori no distinguían entre el ciclo menstrual y el ciclo lunar. En muchas lenguas, las palabras para indicar la luna y la menstruación son las mismas o tienen la misma raíz. Comunidades nativas de América del Norte regaban su tierra con la menstruación considerando que la hacía más fértil. Hoy, algunas de estas prácticas han vuelto, como lo es el movimiento “red tent”, mujeres que se invitan a menstruar sincrónicamente. Paradójicamente, aquello que le dio sacralidad a la mujer, terminó por separarla de su fuerza.

Desde hace siglos, aquella mujer que menstruaba era aislada y demonizada, obligada a prácticas muchas veces dolorosas. S. Freud Interpretó el miedo del hombre a la menstruación como el miedo al genital castrado y ensangrentado de la mujer. Mientras que M. Esther Harding considera algunos de estos tabúes como reacciones del hombre hacia sus propios instintos abrumadores, proyectados y percibidos como cualidades peligrosas de la mujer, porque en su relación con ella su propio instinto se sollevava. Semejantes prácticas merecen un análisis aún más amplio. Se encuentran ejemplos en comunidades de todos los continentes. Solo por mencionar algunos, para los esquimales, durante la menstruación la mujer era considerada peligrosamente contagiosa. Era aislada en cabañas especiales, con restricciones en la comida y en los utensilios que podía tocar Los macusi de Guyana, marcaban a la mujer menstruando como impura, niñas y mujeres no podían trabajar. En Amazonas, las chicas de la tribu Ticusa son silenciadas cuando menstrúan, en una cabaña oscura, se les arranca el cabello y son sometidas a flagelos severos. Hoy todavía en algunos países como Nepal, se practica el aislamiento de la niña que empieza a menstruar.

para los esquimales, durante la menstruación la mujer era considerada peligrosamente contagiosa. Era aislada en cabañas especiales, con restricciones en la comida y en los utensilios que podía tocar

Muchas ideas siguen vigentes, construidas en base a supersticiones y un pensamiento racional, masculino y mecanicista. El cuerpo de la mujer aun pesa con siglos de traumas y dolores. Es un dolor que necesita historia, escenas, causas.
El derecho sobre su cuerpo, es también un derecho a la información y a la intimidad. Es inevitable hoy, cuestionar cualquier sentido que haya sido puesto y se ponga sobre este cuerpo que sangra. Es mucho más que entender, es tomar conciencia de la salud sexual y reproductiva dándole subjetividad. Volver a cuestionar toda actitud, pensamiento y emoción que penalice la naturaleza femenina del cuerpo. Cada mujer debe repensar y desmitificar la menstruación.
Necesitamos trascender la visión de un cuerpo femenino patológico y recuperar una menstruación más natural y menos normal-izadora. Devolverle su verdadera naturaleza, sólo dará más libertad.


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“En lugar de referir a la forma única del gran Poder todas las violencias infinitesimales que se ejercen sobre el sexo […] se trata de inmergir la abundosa producción de discursos sobre el sexo en el campo de las relaciones de poder múltiples y móviles” (Foucault 1991, 58).

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