Palabras y silencios

Palabras y silencios

En el diario El País, de 16 de febrero, ha sido publicado un artículo de Irene Montero que la expone innecesariamente en su calidad de ministra. Lo titula Alianza feminista, pero esa alianza brilla por su ausencia al aparecer, pues en casi cada uno de sus párrafos aparece la palabra “diversidad” cuando no las siglas LGTBI.  Hoy, que todas sabemos que la palabra diversidad ha sustituido a las de mujeres y feministas, esa proliferación del término la escora claramente a desvelar cuál va a ser la orientación de su política.

la palabra diversidad ha sustituido a las de mujeres y feministas, esa proliferación del término la escora claramente a desvelar cuál va a ser la orientación de su política.

El feminismo actual, o de la cuarta ola, ha puesto de manifiesto que aquello del género sirvió también para no hablar de mujeres ni de feminismo y que ya, afortunadamente, va quedando como una reliquia del pasado. Con esta cuarta ola han caído muchos eufemismos, y uno de ellos es el de género.

Ahora nos queda tumbar otro: el de diversidad, una bella palabra en sí que se está utilizando como bandera para potenciar el movimiento LGTBI y, sobre todo, el fenómeno trans. Ni contra el primero ni contra el segundo tiene el feminismo la menor inquina, pero lo que nos negamos muchas es a que sean considerados por sí mismos como parte del feminismo. Ser gay, lesbiana, queer o trans no te hacen feminista per se. Es más, con frecuencia existen intereses encontrados.

Sin embargo, en el feminismo jamás se han hecho distinciones entre heterosexuales y lesbianas, porque el patriarcado nos ha oprimido a todas por una u otra causa y, sobre todo, por ser mujeres. También hemos apoyado aquellos movimientos en el sentido de lo que suponen de libertad para elegir un modo de vida o de orientar la propia sexualidad, pero no somos lo mismo, aunque Podemos cometiera el error de ponerlos bajo la misma rúbrica. Sí, cayó en el error patriarcalista de creer que las mujeres sólo podíamos ser consideradas en función de aspectos sexuales, de ahí lo de “Feminismos y LGTBI”. Sin embargo, una cosa es el sexo y otra la sexualidad. Los confundieron. Y persisten en el error.

En un artículo reciente de una persona que había transitado a mujer, se lamentaba la autora amargamente de que la simpatía y la ternura que despertaba anteriormente una persona trans, el movimiento transactivista lo estaba convirtiendo en rechazo, ya que quieren imponer su lenguaje y sus definiciones, o incluso sus insultos, como los de TERF (feministas tránsfobas) o cisgénero para señalar a esas idiotas que nos identificamos con nuestro propio sexo.

quieren imponer su lenguaje y sus definiciones, o incluso sus insultos,

Lo que manifiesta Debbie Hayton en su artículo es que lo único que quiere es vivir tranquila como profesora con su nueva identidad, y que las actuales definiciones hacen más daño que otra cosa, citando a George Orwell cuando afirma que “si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje puede, a su vez, corromper el pensamiento”, lo que en “román paladino” significa que tenemos una empanada mental importante con lo “no binario” y tonterías semejantes, que quieren superar la biología con la performatividad de las palabras, que es lo que siempre ha hecho Judit Butler. Pocas la leen, porque no la entienden, pero muchas la siguen pues creen que lo queer es algo muy moderno, cuando ya queda también un poco pasado. Si no somos ni hombres ni mujeres ¿qué sentido tiene el feminismo? Lo que pasa es que hay muchas formas de ser mujer y de ser varón. Muchas formas por descubrir sin tener, tal vez, que pasar por la autonegación del sí-mismo.

Una mujer que no está de acuerdo con su género puede ser, simplemente, una feminista, pero no por ello quiere dejar de ser mujer, todo lo contrario, sino construir su personalidad y su vida fuera de los mandatos patriarcales. Dentro de poco, otro día del orgullo va a tener que celebrar el orgullo de ser mujer. Y toda esta confusión lo único que está alentando es el enfrentamiento de las trans con las feministas, así como de las regulacionistas con las abolicionistas de la prostitución. Más aún, el invento reciente de las “racializadas” posiciona a muchas mujeres inmigrantes contra las feministas blancas, de clase media e ilustradas como si fueran enemigas. Entiendo que sus dardos se disparen contra una sociedad racista o contra la Ley de Inmigración, en lo que seremos sus cómplices, pero, extrañamente, lo hacen contra las feministas. Parece como si se quisiera fracturar el feminismo por tres ejes. Se acusa a ciertas feministas de esencialistas porque no meten en el mismo pack a todos los sujetos subversivos. Y lo que pasa es que al carro de este feminismo de masas todos quieren subirse, porque cuando éramos cuatro gatas ni nos miraban los unos ni las otras. De hecho, los y las trans tienen su día propio, el 19 de febrero, pero ahora quieren protagonizar el 8 de marzo como sujeto político del feminismo. Por favor, no empujen.

Debido a todo esto, no entiendo que la señora ministra tome partido tan claramente bajo palabras tan monas como diversidad, aunque me extrañan, más aún, sus silencios. Ni una mención acerca de las mujeres solas con hijos, las viudas con una pensión de miseria, las paradas mayores de cincuenta, que no hay quién las contrate; las estudiantes becarias explotadas por sus propias universidades, las secuestradas por la trata, las inmigrantes rechazadas por el sistema, las trabajadoras que sufren la brecha salarial, las mujeres rurales olvidadas en su soledad, las cuidadoras de todas las desgracias y carencias familiares. Podría seguir. ¿Qué significa para ella poner la vida en el centro? ¿Qué vida? ¿La buena vida o la vida buena? Son conceptos bien distintos.

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