Feminismo y transactivismo III

Feminismo y transactivismo III

Biológicamente somos machos o hembras. Como dije en otro artículo, por supuesto que se dan alteraciones genéticas de diverso tipo, pero tal realidad para nada cuestiona el hecho de que la especie humana sea genéticamente sexuada. Resultan, pues, un poco pueriles (cuando no cómicas) las “explicaciones” y relíos que montan algunas personas intentando “naturalizar” (es decir, justificar en la naturaleza) la existencia de transexuales.

Ahora bien, los humanos no somos solo biología. Ni mucho menos. El ser humano es cultura.

Nada de lo que esencialmente nos define como especie, nada de lo que nos ocurre puede explicarse apelando exclusivamente a la biología. Ni siquiera las enfermedades. Porque, sí, podemos sufrir patologías de diverso tipo (sin mencionar las inducidas por nuestros comportamientos, tales como el alcoholismo) pero, inmediatamente, ponemos en marcha todo un conjunto de procedimientos culturales (estructuras, instalaciones, medicación, artilugios variados, cuidados familiares y profesionales, etc.).

Y cierto, los humanos, por naturaleza, no volamos, pero hemos inventado aviones, helicópteros, globos, parapentes, alas delta… Y, por supuesto y, sobre todo, podemos volar con la imaginación.

Las leyes (escritas o no), las costumbres, la forma de ser y de estar en el mundo, la manera de relacionarnos con los otros humanos, de pensarnos y proyectarnos nosotras mismas (personas)… son cultura.

Todo, absolutamente todo, desde lo más transcendente a lo más nimio.

¿Significa eso que todos los elementos de nuestra cultura son equivalentes y tienen el mismo peso tanto individual como socialmente? Claro que no. La estructura patriarcal -esa que, partiendo de nuestro sexo, nos convierte en mujeres u hombres- es fundamental y básica desde hace miles de años y, aunque debilitada en algunos aspectos y sociedades, sigue conformando, formateando y jerarquizando a todos los seres humanos.

Por eso dijo Simone de Beauvoir “No se nace mujer, se llega a serlo”.

“Ser mujer” se connota de diversas formas, según las épocas y otras variables. Cambian las vestimentas, los adornos, las modas… Cambian las leyes, los rituales, las barreras, pero permanece la mayor: somos “las otras” del hombre. Él sigue considerándose (y educándonos para que lo consideremos) el ser central, el que encarna los humano, el eje desde el que todo se interpreta, en función del cual todo se ordena. Ellos son la transcendencia y nosotras la inmanencia. Y esto, hasta Mónica Oltra, Consejera de Igualdad y Políticas inclusivas (¡ay, madre!) de la Generalitat Valenciana lo proclamó en una entrevista…

O sea, hoy por hoy, ser mujer u hombre es el constructo cultural más poderoso, el que construye de manera más profunda a cada humano.

De lo expuesto, saco dos conclusiones (que no le van a gustar a mucha gente):

  1. No se cambia de género como de camisa, como de país, como de color del pelo o como de trabajo.
  2. Pero tampoco se puede definir lo que es “ser mujer” aferrándose exclusivamente a la biología y convirtiendo la diferencia sexuada en mantra.

Estos dos puntos no son mutuamente excluyentes.

Yo doy por supuesto que la disforia de género existe. No voy a entrar, sin embargo, en más precisiones porque A) me faltan conocimientos (y no me voy a poner a adquirirlos, pues de mi lista de aprendizajes pendientes, considero prioritarios otros temas). B) no me parece que la disforia de género sea la clave que explique los embates contra el feminismo por parte del transactivismo, teoría queer y demás “variantes” habidas y por haber.

O, dicho de otra manera: no considero que los ataques que hoy sufrimos residan en reconocer o rechazar la existencia de la disforia de género.

No creo, por ejemplo, que los problemas a los que nos enfrentamos consistan en elucidar si Bibiana Fernández es mujer.

Pienso que centrarse en lo biológico es entrar al trapo. Es caer en discusiones bizantinas que nos llevan a lugares absurdos tales como afirmar que el feminismo tiene que asumir como propios los problemas que pueda vivir Paul Preciado.

Al hacer del tema biológico el alfa y la omega, mordemos el anzuelo y nos enredarnos en casuísticas inabarcables y un tanto absurdas… Por ejemplo: tradicionalmente –antes de que existieran análisis genéticos, y seguro que en los lugares donde aún no se hacen, pervive la misma práctica-  cuando un bebé, al nacer, no presentaba dimorfismo sexual claro, es decir, cuando sus órganos genitales externos no podían “leerse” como palmariamente masculinos, se le adjudicaba el género mujer. Todo lo que no fuera indudablemente “varonil”, se ponía en “mujeres”, sencillamente porque, como ser mujer se consideraba -y considera- ser “menos”, ese saco recogía “los desechos” (guardando todas las proporciones, es el mismo tic mental que junta los aseos de señoras con los de minusválidos de ambos sexos). Al margen, pues, de la genética, culturalmente a esas personas se les asignó y asigna nuestro género. Y nosotras ¿en qué género las colocamos?

Pero, sobre todo ¿es esa la cuestión? ¿la clave para defender los objetivos feministas pasa por aferrarse a la biología? ¿Es la elucidación del sexo la varita mágica?

En los próximos artículos trataré de los problemas reales que, desde mi punto de vista, subyacen detrás de las propuestas postmodernasguaystransqueer.

Y, en consecuencia, en qué puntos pienso yo que el feminismo debe concentrar su lucha.

 

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