El abolicionismo y los partidos

El abolicionismo y los partidos

Yo no creo que actualmente los partidos sean la vanguardia de la sociedad (me refiero a partidos de izquierdas en sentido amplio, pues los de derechas ya sabemos que, lejos de ser vanguardia, son una rémora, un freno, un anclaje brutal con el pasado. Un horror).

Tampoco ningún partido de izquierdas se dedica en cuerpo y alma a agitar ideológicamente. Se centran, más bien, en las tareas de gestión a nivel local o parlamentario (tareas que pueden hacer más o menos bien y más o menos de acuerdo con nuestros intereses, claro). A veces, incluso olvidando la realidad, se sumen en penosas agarradas internas o en lamentables intentos de atacarse unos partidos a otros. Lo cual no significa que en esos partidos no haya militantes que trabajen por cambiar la ideología dominante, por extender ideas y propuestas progresistas.

Yo no soy anti partidos. Pienso que, mientras no inventemos nada mejor, los partidos son necesarios. El feminismo necesita a los partidos de izquierdas y los partidos de izquierdas nos necesitan a nosotras. Cierto que también, a veces, pueden entorpecemos (y nosotras a ellos) pero no comparto para nada esa consideración tan extendida de que los partidos sean nuestros principales enemigos.

Pero, no, no son la avanzadilla ideológica y mucho menos del feminismo. Basta con mirar quién lidera y basta con echar una ojeada a sus acciones para darse cuenta de que “lo de las mujeres”, en el fondo, les importa poco. Aunque han mejorado, cierto, (han mejorado con respecto a hace 20 o 50 años). Y lo han hecho porque el avance feminista (incluyendo el de las propias militantes de esos partidos) les ha obligado.

Con respecto a la prostitución, lamentablemente, aún no lo hemos conseguido. Y no porque “estén esperando a que el feminismo se aclare”. El feminismo siempre ha rechazado la prostitución. Lo cual no significa que no haya alguna persona que se declare feminista y, al tiempo, considere aceptable que, en determinadas condiciones, los hombres tengan derecho a penetrar, tocar, manosear, humillar a una mujer a cambio de 20€. Aunque, por supuesto, sigue siendo incomprensible cómo pueden justificar que el robo de algo comercializable por unos euros merezca 15 años de cárcel…

Pero, más allá de que unos lleven el abolicionismo en su programa y otros no, la ley no saldrá adelante hasta que el feminismo haya conseguido un cambio social significativo.

Hay quien dice: “El matrimonio igualitario se consiguió sin mayoría”. Cierto, pero los votantes de izquierdas sí eran mayoritariamente favorables y la población en general (no hablo de los irreductibles retrógrados) no sentía una hostilidad radical. Por el contrario, puteros son el 30% de la población masculina (incluidos los que votan izquierda). Y, aunque las feministas sabemos que trata y prostitución son binomio indisoluble, muchísimas personas siguen tragando el fantasioso cuento de “mujeres traficadas. no, pero las que quieran…”.

También hay quien dice que el voto para las mujeres se consiguió sin mayoría social. Cierto. Si pensamos en cómo era la España de los años treinta y los brutales sometimientos que sufrían las mujeres, podríamos deducir que, caso de haberse votado, el resultado habría sido negativo. Pero había mayoría parlamentaria (dudosa, pero posible, como se demostró). ¿La hay para una ley abolicionista? Pues no.

Ya sé que todas estas consideraciones no impiden que muchas de nosotras estén muy, muy enfadadas y sientan la tentación de condenar globalmente y sin paliativos el pacto de los partidos de izquierdas.

Yo creo que no debemos olvidar que el feminismo tiene multitud de frentes abiertos: mejorar la ley integral contra la violencia hacia las mujeres, mejorar la ley del aborto, promover la coeducación y la educación sexual y afectiva, proteger a las mujeres en situación de marginalidad, promover medidas eficaces que faciliten el acceso a la maternidad para aquellas que lo deseen, ayudar a las mujeres en familia monoparental, impedir que los trabajos mayoritariamente desempeñados las mujeres sean los peor pagados, etc. etc.

¿Significa esto que las feministas debemos renunciar a nuestra meta abolicionista? No, por supuesto. Hemos de seguir avanzando, argumentando, difundiendo nuestras propuestas, explicando incansablemente que igualdad y prostitución son radical y esencialmente incompatibles, etc.

De cara a los partidos, en lo inmediato, además de criticar su cobardía patriarcal, hemos de “tomarles la palabra”: ¿no dicen que la trata les parece un horror y el proxenetismo un crimen? Pues exijamos que, con la mayor celeridad posible, o sea, ya, con máxima urgencia, presenten una ley que castigue duramente trata y proxenetismo. Una ley clara, contundente y eficaz, no un hazmerreir como tenemos ahora. Una ley que, desde el día siguiente de su promulgación, cierre prostíbulos y puticlubs y lleve a la cárcel a todo aquel que directa o indirectamente se lucre con la prostitución de otra persona.

Cierto, esa ley no acabaría con la prostitución, pero la debilitaría, dificultaría el tráfico y explotación de mujeres y pondría de manifiesto hasta qué punto trata y prostitución están hermanadas.

Y ¿qué partidos, si se consideran mínimamente progresistas, iban a tener el valor de oponerse en el parlamento a una ley así? Me gustaría verlo.

 

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