Nos están matando

Nos están matando

 

¡Duele!. Duele oir que la violencia machista no existe, que vienen a por nosotras, que nos van a quitar la tontería con una «guantá«, que cosamos botones o aprendamos si no sabemos y les dejemos a ellos, los hombres, colocar lo que hemos descolocado las mujeres, nosotras, las locas, las histéricas, estableciendo el orden de las cosas como ellos mandan, como les gusta. Y duele porque conocemos a diario los asesinatos de  mujeres a manos de hombres que son o fueron sus parejas, padres de sus hijos e hijas. Nos duele la ira y la rabia con la que se producen, la venganza que lleva implícita  su matanza, la osadía de asesinar delante de los hijos a sus madres sin reparos, sin remordimientos, dejándoles marcados para siempre. Son 1079 mujeres asesinadas por hombres según datos de Feminicidio.net, dato que no deberíamos poner a cero al comienzo de cada año porque las asesinadas no caducan.

Matan a una y nos matan a todas, gritamos desde el enfado, desde el ¡¡Basta ya!! colectivo. Violan a una y nos violan a todas, humillan a una y nos humillan a todas. Si ésto fuera cierto, si así se reflejase no sólo el 8 de Marzo y el 25 de Noviembre es muy posible que las cosas hubiesen cambiado hace tiempo. Pero nos hemos distraído pensando que todo estaba conseguido y mientras, ellos, los hombres, los que quieren disponer el orden de las cosas se estaban organizando. Y ahí les tenemos, ocupando espacios, escaños y arrasando con lo poco que habíamos conseguido, instalando nuevamente ese pensar rancio, trasnochado, insultante e inaceptable.

La lucha de las mujeres es diaria, directamente proporcional a los asesinatos, paralela a cada vez que el sistema judicial deja al descubierto sus limitaciones en materia de mujeres, de infancia, mientras seguimos coreando que falta formación. La formación efectivamente es importante como también lo es expedientar y separar de sus funciones a quienes muestran abiertamente opacidad por no decir oscurantismo. El sistema dispone de elementos suficientes como para impedir que se sigan vulnerando los derechos humanos, máxime cuando quienes los vulneran son quienes deberían respetarlos y hacerlos valer.

Sólo una asesinada es ya un fracaso, sólo un niño o niña arrancada de su madres es fracaso, sólo un hijo o hija asesinada a manos de su padre es un claro ejemplo de que el sistema falla, que no se está haciendo bien el trabajo y no se están invirtiendo los medios suficientes en la protección de los más vulnerables. Los niños y niñas asesinados, las mujeres asesinadas tienen familia, padres, madres, hermanos, amigas, compañeros de trabajo. A ellas les arrancan la vida pero detrás quedan muchos más asesinados que se convierten en invisibles tras el minuto de silencio, ese minuto que deberíamos plantearnos si sirve para algo, si ha movilizado conciencias o ha pasado a formar parte del horror.

Me duelen terriblemente esas familias que quedan marcadas para siempre, me duelen esas madres que se levantan cada mañana respirando un oxígeno que envenena más que alimenta sabiendo que no volverán jamás a ver a sus hijos e hijas que les mataron de forma cruel y despiada, con una virulencia inusitada. Esas mujeres, esas madres que se agotaron de pedir ayuda, que confiaron en quienes pensaron que no les iban a fallar y no consiguieron salvar lo más preciado, esa tremenda sensación de fracaso que sienten. Viven muriendo, la peor de las muertes, el peor castigo, estar muertas en vida.

Todavía hay quien se cuestiona si los hijos e hijas de las mujeres maltratadas son víctimas directas, incluso defienden que los maltratadores no tienen porqué ser malos padres y abogan porque se relacionen con ellos sin reparo. Utilizan para ello unos recursos innumerables con el único objetivo de demostrarnos al resto, que no sólo no compartimos sus argumentos sino que los condenamos, nuestra equivocación. Pero si uno de esos hijos o hijas son asesinados por sus padres varones comienza la búsqueda del fallo imputable a cualquiera menos a quien ordenó y falló  ese contacto, culpando como casi siempre y de casi todo a las madres, de forma que las madres son condenadas si impiden que se relacionen con padres violentos y también son culpables si les matan. Sea como fuere son las madres las que fallan aunque se hayan cansado de advertirlo, aunque incluso hayan ejercido la desobediencia civil por protegerles, son las que fallan.

Se siguen dictando sentencias absolutorias por impago de pensiones a hijos e hijas mayores de edad por no existir relación paternofilial alguna y, sin embargo, si los hijos son menores de edad y existe impago de alimentos no es óbice para impedir o suspender las visitas. Un sistema judicial machista y patriarcal basado sobre todas las cosas, sobre todos los derechos en defender y proteger cueste lo que cueste al pater familias. Se fallan custodias compartidas impuestas que incluso ninguna de las partes solicitan, se realizan informes y peritaciones psicosociales con el único objetivo de saber si la madre o los hijos e hijas mienten o han sido manipulados por ellas. Se desacreditan las denuncias interpuestas por violencia machista y se vician los elementos de prueba y testificales.

Se forma y capacita a los y las profesionales en (i)sap, inexistente síndrome de alienación parental, se financian congresos y cursos de entidades vinculadas al Opus con nombres amigables como coordinadores parentales, vinculación, parentalidad cooperativa, resolución de conflictos, todos estos términos con la única intención de enmascarar el fondo del asunto que no es otro que desacreditar a las mujeres, perpetuar que no son dignas de credibilidad alguna y evidentemente conseguir con ello la destrucción de cuantas pruebas, testimonios, informes e incluso lesiones físicas, psíquicas y abusos se presenten. Todo aquel profesional que sea capaz de llevar la terapia de la amenaza hasta el final es considerado en estos círculos experto y “gurú” de la materia. Se consideran dioses capaces de ver donde no se ve, de percibir lo que no es perceptible y de acabar con toda la maquinaria de que disponen las perversas mujeres que, dicho sea de paso, se acrecienta si son madres.

Quedan expuestos los diferentes métodos de violencia que se ejercen contra las mujeres, violencia física, psicológica, económica e institucional. Se enfrentan a todo ésto después de haber sido capaces de romper el silencio denunciando el maltrato a que son sometidas, tras ello y lejos de terminar su pesadilla son maltratadas por el sistema, revictimizadas y acusadas.

El feminismo es la lucha de todas las mujeres por conseguir los mismos derechos que los hombres, no es la lucha de una sola mujer ni de un sólo colectivo y tampoco es una lucha sólo de mujeres. El feminismo tiene y debe dar espacios a las víctimas, a sus familias, porque todas podemos serlo alguna vez y son ellas, somos todas quienes formamos el poder feminista. No hay casos más terribles que otros, no hay asesinatos más horribles que otros y no hay necesidad alguna de establecer categorías de víctimas. Todas y todos somos víctimas de un sistema que no protege, no acompaña y no sostiene a quienes lo necesitan, a unas mujeres y sus hijos e hijas que viven infiernos diariamente.

 

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