¿Qué propone la extrema derecha ante la cultura de la violencia contra las mujeres?

¿Qué propone la extrema derecha ante la cultura de la violencia contra las mujeres?

 

El 25 de noviembre se conmemora la lucha primordial de las mujeres, su derecho a una vida libre de violencia como seres humanos. La violencia es la primera práctica que sufren y el primer mensaje que reciben las niñas y las mujeres en múltiples y variadas formas para producir y reproducir su subordinación en todas las sociedades conocidas. Desde el feticidio selectivo y el infanticidio femenino directo o indirecto causantes de que falten más de 200 millones de mujeres en el mundo según las últimas estimaciones, hasta las leyes, las religiones, los relatos, las representaciones y las prácticas culturales perjudiciales que plagan el mundo bajo distintas formas. Se trata, efectivamente, de La guerra más larga de la historia (4000 años de violencia contra las mujeres), como han titulado Lola Venegas, Isabel Reverte y Margó Venegas su minuciosa reconstrucción y análisis de los horrores.

La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física y/o sexual de pareja o violencia sexual por terceros en algún momento de su vida. La Organización de las Naciones Unidas califica de pandemia toda esta violencia contra las mujeres y las niñas en su informe de 2018 sobre asesinatos de género (gender-related killing). Porque claro que existe la ideología de género, como la llama la extrema derecha para atacarnos. Sí, es la que sitúa a los hombres por encima de las mujeres y sus ideólogos no hacen más que reforzar. La que les educa a ellos en la idea de que les pertenecemos y a nosotras nos reduce a cuerpos como objetos sexuales y máquinas reproductivas; la que aniquila y mutila cuerpos de mujeres en Ciudad Juárez en los que escriben sus señales los señores de la guerra del narco, y nos revelan Rita Segato y Marcela Lagarde; en definitiva, la que nos mata por las razones que la extrema derecha niega, para que quede y nos quede claro qué lugar ocupamos. Por eso la Ley integral de 2004 y el Pacto de Estado de 2017 se llaman “contra la violencia de género”.

En los últimos años las manifestaciones del 8M han sido masivas, con mujeres de todas las edades unidas por el hartazgo de tantas generaciones ante los derechos cuestionados y los cambios culturales que se resisten. Hemos acuñado hashtags para gritar que #Nosqueremosvivas y que #Niunamenos, indignadas al constatar la persistencia del machismo que impregna las instituciones que deberían protegernos en uno de los lugares del mundo más seguros e igualitarios para nosotras. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en los nuevos disfraces que más temprano que tarde va a adoptar la extrema derecha, el lobo más peligroso de todas las manadas, descartando los viejos camisones de la abuelita.

¿Seguiremos identificando tan bien al lobo cuando deje de reivindicar el valor emancipador de la costura para las chicas y se invente nuevos trucos, en lugar de negar la violencia contra las mujeres por el hecho de serlo, como hace ahora? Hace tiempo que los lobos están perfeccionando sus disfraces. Algunos lobos y algunas lobas -de las que jamás amamantarían a Rómulo y Remo ni cuidarían de Mowgli, esos extranjeros de otra especie- ya se presentan como adalides de la modernidad sin arcaísmos rancios. Modernidad neoliberal, entiéndase, redefiniendo los derechos como los deseos con dinero y reapropiándose de lo común, que es su verdadera agenda. Y son astutos, para comernos mejor, hace tiempo que empezaron a triturarnos con la inestimable ayuda de la fragmentación posmoderna y sus políticas de identidad contra el feminismo y las mujeres como sujeto político.

Por ahora, ante todas las estrategias para disolver la resistencia ante los avances del capitalismo neoliberal en su mercantilización de la vida -que las feministas fueron pioneras en identificar como la misma lucha de los esclavos y los obreros- una parte importante del movimiento feminista se refuerza en lugar de debilitarse y la intuición de las mujeres parece resistir. En España, el voto por sexo a la extrema derecha arroja unos porcentajes diferenciales meridianos. Solo una mujer por cada tres hombres les ha votado en las dos últimas elecciones generales, siendo la brecha especialmente destacable entre mujeres y hombres menores de 30 años: el voto a la extrema derecha obtuvo sus mejores resultados entre los chicos, rozando el 20%, pero entre las chicas no llegó al 7%. Parece que no nos seducen tanto los cantos de sirena integristas y patrióticos ni sus muros artificiales para enfrentar y dividir en su guerra contra la igualdad.

Pero no ocurre lo mismo en toda Europa. En un reciente reportaje para The Guardian, Angelique Chrisafis, Kate Connolly y Angela Giuffrida analizaban la preocupante reducción de la brecha de género en el voto a la extrema derecha (radical right gender gap) con diferencias nacionales que remiten a una mayor o menor presencia de aquellos disfraces modernizados. En algunos países, la extrema derecha se presenta con un discurso populista anti-elitista dirigiéndose a las mujeres de clase obrera -hastiadas de tirar del carro, de sufrir múltiples discriminaciones y de ser representadas mediante parodias clasistas- apelando a su resentimiento con un discurso seductor que les devuelve una imagen de dignidad tan atractiva y potente como falsa, reforzada con el repertorio habitual procedente de su discurso anti-inmigración. El caso de Marine Le Pen es paradigmático, incluso ha ganado un premio como mejor amiga de las personas LGTBI. En su discurso no hay espacio para tradiciones obsoletas ni alardes testosterónicos de otros tiempos en los escenarios, presentándose como divorciada y madre soltera, minimizando la posición anti-abortista de su partido, y construyéndose una imagen de mujer fuerte que “lucha por preservar los derechos que ha costado tanto conseguir”, contra el avance de ideas retrógradas que no duda en atribuir a la presencia de la inmigración.

Con las limitaciones de una encuesta basada en el voto declarado a pie de urna señaladas por la propia autora, Christèle Marchand-Lagier analiza en Travail, genre et societés los indicios de una posible brecha de generación y género (gender generation gap) a la vista del aumento de las mujeres jóvenes de sectores precarizados que votaron a Marine Le Pen frente a Macron en las últimas elecciones francesas de 2017: las mujeres menores de 30 años votaron a la candidata ultraderechista en menor medida que el grupo de mujeres de 30 y 59 años, pero lo hicieron más que los hombres de su mismo grupo de edad. En la segunda vuelta, el voto a la extrema derecha estuvo igualado por sexo y edad entre los jóvenes cuando tuvieron que elegir entre Macron y Le Pen, y solo disminuyó significativamente entre las mujeres del grupo de mayor edad. Pero es interesante observar otros detalles: mientras el voto a Le Pen de las mujeres jóvenes solteras es 15 puntos porcentuales inferior al de hombres jóvenes solteros, la proporción se invierte entre los jóvenes casados o en cohabitación: las mujeres jóvenes casadas o cohabitantes votaron a Le Pen 9 puntos porcentuales por encima los hombres en la misma situación. El voto a Le Pen también fue superior entre hombres y mujeres jóvenes que declararon no estar nada interesados en la política y tener el nivel de estudios más bajo, una tendencia que incluso fue ligeramente superior entre las mujeres.

La estrategia Le Pen es replicada por la extrema derecha escandinava, que también exhibe jóvenes mujeres como líderes. En cambio, en Alemania, en los casos de Alternatif für Deutschland (AfD), que alardea de nacionalismo rancio y sexismo rampante como Vox, y del abiertamente partido anti-inmigración PEGIDA (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), tanto el número de militantes como de votantes mujeres a estas opciones sigue siendo muy inferior al de los hombres. Sin embargo, las periodistas de The Guardian señalan que todas las mujeres de los partidos de extrema derecha coinciden en su rechazo al término feminismo además de atacar al feminismo como teoría política y como movimiento social. Como vemos también en España, la extrema derecha acusa al feminismo de tratar a las mujeres como víctimas y de promover una guerra contra los hombres para, así distorsionado, presentarlo como otro de los supuestos engaños de la izquierda a las mujeres.

Entonces, ¿qué propone la extrema derecha ante la cultura de la violencia contra las mujeres y ante violencia efectivamente ejercida y sufrida por tantas? Nada. En el primer caso, invocan una idea interesada de libertad siempre favorable a los hombres, minimizando los datos y mintiendo sistemáticamente sobre ellos. Por primera vez en quince años, las instituciones en las que tiene influencia, con el bochornoso caso de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid a la cabeza, se van a inhibir de realizar una declaración pública denunciando la violencia contra las mujeres. Y, en el segundo caso, su propuesta comporta aún más violencia, en una línea exclusivamente punitiva que pretende saciar el deseo de venganza por encima del derecho y del trabajo de reeducación a través del cumplimiento de las penas impuestas, reduciendo a cuestiones anecdóticas y a circunstancias individuales lo que es estructural. No proponen transformación alguna de la sociedad porque rechazan de plano la realidad de las desigualdades que sufrimos, sus causas y su función. No es de extrañar que estas posiciones penetren más allá de su parroquia más fiel entre los hombres jóvenes que se sienten agraviados y alcancen especialmente a muchos de aquellos que únicamente se pueden sentir privilegiados en el sistema de género. Ambas respuestas contribuyen a acentuar la vulnerabilidad de las mujeres.

A través de su sombra, el lobo parece inabarcable mientras estamos solas y atrapadas en la caverna. Así se sienten tantas mujeres agredidas, expuestas y cuestionadas. Pero al darnos la vuelta y salir, incluso en medio de la noche, podemos verle los ojos, las orejas y las garras sobresaliendo de su disfraz. Solo unidas podremos, además, despojarlo de su arrogancia, exhibir su verdadera faz y enfrentarnos a él. Flora Tristán nos regalaría su exordio hoy en día para adaptarlo a la lucha que conmemoramos el 25 de noviembre y nos diría: Mujeres del mundo, ¡uníos! Así que, compañeras, ¡unámonos contra el lobo!

 

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COMENTARIOS

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    Eva Paz 1 semana

    Vosotras habeis encumbrado un tipo de victima, y a las demas nos dicen que es acoso normsl aunque sean parientes, o si es una familia desestructurada los de familia de la policia dicen que pasan del asundo.

    Vendra otra derecha y encunbrara a otro tipo de victima jaja

    Porque vamos al grano, vosoras no sabeis hacer nada que no rebote, sin cambiar de principios.

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