Mujer: religiones y espacios sagrados. Dolor y tradición

Mujer: religiones y espacios sagrados. Dolor y tradición

Hace unos días encontré un poema titulado Un cuerpo propio, de la narradora y poetisa Jamila Medina Rios, que me hizo reflexionar una vez más sobre las conquistas de las mujeres y cuánto camino nos falta por recorrer aún. He aquí un fragmento del poema:

“Desde 1963/ con la medalla del anticonceptivo

desde 1971/ cuando firmé con las 343 guarras

para sacar a la calle (con sus gafas de lujo)

mi abortico doméstico

yo me siento liberada/ yo me siento ciudadana

yo me paro de noche en las guaguas vacías

para darle el asiento al conductor.”

Evidentemente el poema hace referencia a la libertad de la mujer es de su cuerpo y es sin dudas un recuento de algunas de las múltiples batallas que ha vivido y enfrentado ésta en cualquier parte del mundo. Pero no es suficiente que alguien escriba versos o proteste en las calles a favor del sexo femenino si éste es excluido actualmente en varios países y en muchos espacios sociales como por ejemplo, la Iglesia.

El sociólogo de la religión y miembro del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Técnico de Brasil, José Carlos Pereira en su texto del 2006: La relación dialéctica de exclusión e inclusión de género en la Iglesia católica, se refiere a la expresión exclusión social “para identificar la discriminación y la estigmatización de género, grupos o individuos que no tienen o no tuvieron, o que perdieron o vienen perdiendo sistemáticamente sus derechos en los espacios de relaciones sociales con lo sagrado..”

Y más adelante especifica que dentro de esos grupos están las mujeres y que la desigualdad de género se manifiesta siempre en los procesos de exclusión.

José Carlos Pereira enfoca su análisis en Brasil, pero no es difícil comprender que el tema de la exclusión femenina en el espacio sagrado es un mal generalizado en muchos países. Durante siglos, escribe el sociólogo, la Iglesia separó lo que la sociedad separaba: hombres de un lado, mujeres del otro. Afirma también que la Iglesia católica siempre fue un espejo de todo lo que se vivía en sociedad y se dedicó a reproducir las diversas formas y estratificaciones sociales como sexo, raza y clase.

“La Iglesia católica nunca dio a las mujeres cargos de dirección o decisión. (….) Para la mayoría de las mujeres, la Iglesia ha atribuido apenas las funciones de reproducción del espacio privado del hogar: limpiar, adornar, cuidar, siempre a partir del arquetipo de la “gran madre”, representada en la figura de María, de donde, a partir de tal fundamentación, se hace muchas veces una interpretación que legitima su exclusión. (…). “La lectura teológica de María como mujer sumisa dio a las mujeres, en el imaginario colectivo católico, la figura del hogar y de la maternidad como atributos femeninos, delimitando sus espacios en La Iglesia a estas categorías.”

Por otra parte afirma el sociólogo, por prejuicio histórico y con fundamentalismo bíblico, a las mujeres se les impidió realizar funciones de manipulación de lo sagrado, bajo el argumento de ser impuras, según los preceptos religiosos. Argumenta que la imagen de la mujer como contaminadora de lo sagrado tiene como efecto social su exclusión de las esferas del poder religioso, sea cual sea su clase social o el color de su piel.

Al excluir a las mujeres de estos espacios se las señala como seres inferiores.

Algo fundamental que deja claro José Carlos Pereira es la diferencia entre Iglesia y Religión. Ya que si la Iglesia como institución, logra con estas prácticas la exclusión de algunas minorías, la religión (o las religiones) son un elemento de inclusión social.

De lo que no hay dudas es que si para los hombres los caminos están bien trazados y sin obstáculos, a las mujeres siempre les tocará el doble de esfuerzo para alcanzar posiciones o metas en cualquier sector de la sociedad.

Dejando a un lado todo lo explicado por el brasileño José Carlos Pereira, me permito una mirada a un artículo de la italiana Emma Bonino, miembro del Parlamento Italiano, donde afirma:

“Para hablar con toda franqueza, estoy siempre más convencida de que las religiones no son amigas de las mujeres. En la historia y en la práctica de las tres religiones monoteístas profesadas en el Mediterráneo, interpretadas y dirigidas sólo por hombres, hay una buena dosis de misoginia, donde reaccionarios y conservadores encuentran en ellas, en vez de obstáculos, un buen sostén.”

Emma se refiere a las mutilaciones genitales femeninas, justificadas todavía en algunos pueblos de Egipto bajo argumentos religiosos y que posiciona a la mujer en un nivel inferior y de sometimiento ante el hombre. Ella dice:

“La condición de la mujer y la lucha para la afirmación de los propios derechos encuentra su elemento común en el enemigo a afrontar: la tradición, que frecuentemente se acompaña de una interpretación equivocada de la religión.”

En efecto, en nombre de la tradición mueren en la India cientos de niñas y mujeres cada día, cada hora. Existen testimonios publicados en Internet donde se afirma que si una mujer está embarazada, los médicos no pueden informar el sexo del bebé y una vez que los padres lo saben, en caso de que el resultado sea “mujer” la futura madre deberá abortar. Se habla también de padres que han envenenado, por su condición femenina, a pequeñas recién nacidas, e incluso se afirma que en algunos pueblos no se encuentra ni siquiera una niña.

El Hinduismo, la tercera mayor religión del mundo, permite tales prácticas de exterminio y discriminación contra el género femenino. Sin embargo la religión hindú, según datos publicados en Internet, permite, de forma contradictoria, que se realicen rituales en honor de mujeres y al mismo tiempo se le niegan la mayoría de sus derechos. Anunciar a un padre el nacimiento de una niña es sinónimo de agonía y vergüenza.

En algunas partes de África, como Benin, se mezcla nel cristianismo y el vodú. Existe la Celeste Iglesia de Cristo, fundada desde 1947 por Samuel Bilew José Oshoffa. En esta iglesia se excluyen las creencias en supersticiones o creencias animistas de las religiones tradicionales africanas. Hombres y mujeres permanecen separados mientras están en la iglesia. Cuando las mujeres menstrúan o han dado a luz son consideradas impuras y no pueden asistir a la iglesia ni a eventos de carácter religioso durante siete días. Tampoco pueden cocinar, ni los demás se pueden sentar a su lado. Es por ello que la Iglesia Celeste permite la poligamia a los sacerdotes, para que cuando una de sus esposas esté menstruando, la otra se encargue de preparar alimentos y atenderlo.

En Ghana existe una aldea llamada Kukoe. Allí son acogidas las mujeres acusadas de brujería. Sus familias las llevan a ese lugar porque no las quieren. Allí son “bañadas” con un agua que también deben tomar y que no dejará en ellas rastros de brujería. La aldea tiene un rey que amablemente las recibe y permite que se les construya sus casas de tierra donde pueden vivir tranquilas y en comunidad. Estas mujeres tienen también a una Jefa de las brujas.

Sobre esto apareció publicado el 12 de febrero de 2016 en elpais.com un artículo que comenzaba así:

“DESTERRADAS POR BRUJAS. En Ghana, alrededor de 3.000 mujeres viven aisladas en campamentos tras ser acusadas de brujería.”

El texto habla de una localidad llamada Yendi, pero en sentido general asegura:

“La acusación de ser una bruja en países como Ghana o Burkina Faso representa el exilio o la muerte.”

Se explica que las mujeres pierden todos sus derechos y “dejan de ser ciudadanas para ser sombras.”

Estos son solo algunos ejemplos de cuánto le falta a la mujer para ganar un lugar serio en el ámbito eclesiástico y religioso. No es solamente la Tradición la que juega su papel en estos casos, esparciéndose como un manto destructor sobre el género femenino. Tienen su parte en esta historia la Ignorancia, el Odio, el Miedo a la Libertad del Otro (en este caso, de la Otra), la Intolerancia, el Machismo. Lo demuestran los ejemplos citados. Miles de mujeres son excluidas y señaladas como brujas porque el resto de los habitantes de una comunidad no tienen cómo explicarse que ocurran algunas cosas. Una de esas mujeres, de la aldea de Kukoe, explica en un documental que trata el tema de las religiones africanas, que tenía doce hijos y diez de ellos murieron. La acusaron de ser ella la causante de esas muertes y fueron sus dos hijos, los que quedaron vivos, los que la llevaron a esa aldea y la dejaron allí para siempre.

Volviendo a las palabras de José Carlos Pereira:

Quien no tiene religión o pertenezca a una de minorías, es visto como un elemento extraño.

Y en otro momento de su texto escribe:

Por más que obtenemos avances científicos, todavía es tabú no pertenecer a ningún grupo religioso.”

Es como entrar a un universo de paradojas, donde todo es incierto y no será convertido en oro si es tocado por La Mujer. El camino es largo pero no debemos ni podemos dejar ahora de insistir, de tocar puertas una y otra vez; de escribir poemas y realizar marchas;  de alzar la voz. No podemos dejar de parir hijos e ideas valiosas; no podemos dejar de decir nuestras oraciones y rezos en español, inglés, en yoruba, en guaraní, en náhuatl o mapudungun. No podemos permitir que nos violen la fe, que nos la golpeen o la anulen. Las mujeres seguimos luchando y Dios es testigo. No importa que a Él quieran guardarlo en la Iglesia. Si algo hemos aprendido las mujeres es que Dios es para todos y no serán las altas paredes catedralicias las que nos impidan tenerlo cerca.

 

 

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