La plusvalía de la violación

 La plusvalía de la violación

Llevo tiempo diciendo que para entender ciertas cuestiones que nos atañen a las mujeres hay que invertir los indicadores y mirar hacia los deseos, las estrategias o los intereses masculinos siguiendo la senda de Beauvoir cuando afirmaba que “frecuentemente los problemas de las mujeres son problemas de los hombres. Y uno de los campos en que mejor se ejemplifica este principio es en la prostitución.

            Cuando defendemos la libertad de las mujeres para hacer con su cuerpo lo que les dé la gana en relación a la prostitución, en realidad lo que estamos defendiendo son los derechos que supuestamente tienen los hombres sobre el cuerpo de las mujeres previo pago. Reivindicamos su derecho a realizar las fantasías sexuales de su “imaginario atávico” para reafirmar su hombría en calidad de machos. Nada más primario y natural que el ejercicio de la sexualidad, pero nada más aberrante que pagar para poder humillar, poseer y correrse con el cuerpo de una mujer.

Como esta cruda realidad no se quiere admitir, llamamos a este comercio trabajo sexual y al pago correspondiente, retribución por un servicio. De este modo trasladamos el asunto al ámbito de la producción y al intercambio comercial, tratando así de ocultar la verdad que subyace. Claro que en este binomio sólo falta un pequeño detalle: la plusvalía. Y en ese pequeño detalle radica toda la abrumadora campaña del regulacionismo, porque quien se lleva aquí los beneficios es el proxeneta, quedando para la mujer su exiguo salario. Es un tema del que nunca se habla, sólo de trabajo y de servicio al cliente. Es decir, que semejante intercambio se naturaliza y por eso tiene que ser regulado, como cualquier intercambio comercial. Lo más perverso es que el proxenetismo está utilizando a cierto sector del feminismo como caballo de Troya para su negocio. Muchas creen que están luchando a favor de las mujeres prostituidas y, en realidad, lo están haciendo para los chulos y los puteros. Para que los primeros sigan amasando suculentos beneficios con la plusvalía de la violación, y los segundos se reafirmen en sus derechos sobre el cuerpo de las mujeres.

Suponiendo que la regulación de semejante comercio favoreciera a las mujeres del “oficio”, olvidamos, sin embargo, el efecto en los varones y en el resto de las mujeres. Por un lado, el ejercicio de la prostitución ratifica y radicaliza más y más el machismo en los varones, cada vez más machos, cada vez más prepotentes y cada vez más despreciativos y misóginos con las mujeres, cada vez más alienados en definitiva; pero, al mismo tiempo, los que frecuentan la prostitución terminan por aplicar ese mismo patrón al resto de las mujeres, como ellas mismas confiesan en algunos pueblos donde abundan esos “centros comerciales”, como en la carretera de la Junquera. Estamos potenciando toda una generación de tarados.

He observado cómo el sistema patriarcal se las ha arreglado para crear sus propios espacios de excepción a fin de poder expresar y vivir libremente ese “imaginario atávico y salvaje” en medio de sociedades aparentemente civilizadas sin que los sujetos pierdan su prestigio o su buen nombre. El más brutal de estos espacios es la guerra. Como bien afirma la especialista en la materia Barbara Ehrenreich. “Entre la guerra y las peleas ordinarias hay una diferencia enorme. La guerra no sólo se aparta de la normalidad; también invierte los términos de lo que es justo y normal; en la guerra se debe matar, se debe robar, se deben quemar ciudades y granjas e incluso se debe violar a las mujeres y a las niñas”. Es decir, que la guerra no es algo espontáneo o impulsivo, sino claramente programado, que parece que los varones han armado  a lo largo de la Historia como si fuera una necesidad intrínseca de la misma. Igual sucede con la prostitución. Es como un “espacio de excepción” que se reservan los hombres para realizar lo que no sería adecuado ni ético ni legal en la vida social cotidiana. Y al igual que en las guerras están justificadas aquellas terribles acciones, eximiendo de culpa a los actores por la obediencia debida, la defensa de la patria o cualquier otro invento, así, la prostitución es considerada como algo necesario y disculpable por las pulsiones sexuales acuciantes de los machos de la especie. Se puede matar en las guerras sin que eso rebaje la propia autoestima del sujeto; al igual que se puede violar en los prostíbulos y seguir siendo un juez respetable o un padre de familia modélico. Para eso se han inventado los “espacios de excepción”.

Circula por ahí el tópico de que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo y que, lógicamente, es algo que jamás se podrá abolir. Lo más antiguo son esos deseos de los hombres de relacionarse con las mujeres desde una posición de dominio. Eso es lo más antiguo. Tal vez se sientan tan inferiores que disfruten pudiendo humillarlas. Eso es lo más antiguo desde que existe el patriarcado. No digamos estupideces a estas alturas.

Acabo de leer un artículo sobre la economía liberal escrito por Miguel A. García Vega y no puedo por menos que citar el último párrafo del mismo por su pertinencia en este tema. Hablando de que lo más necesario en este momento sería una “economía del afecto”, especifica: “Un sistema que entienda que tal vez el único oficio real que existe, desde que el hombre aprendió a sentir, es cuidar de sus seres queridos”. Ese fue sin duda el oficio más antiguo del mundo para nosotras, las mujeres. Y no la prostitución.

Decir que el abolicionismo es una corriente pacata, estrecha y negadora del sexo como liberación gozosa del cuerpo sería como afirmar que los abolicionistas del siglo XVIII y XIX en Estados Unidos eran unos puritanos que privaban a la población negra de su modo de vida, en lugar de poner el foco en la necesidad de mano de obra esclava para la industria algodonera del Sur. ¿Nos parecería humano y lógico haber regulado la esclavitud en lugar de haberla abolido? Eso de que muchos trabajos son también un modo de esclavitud no justifica que metamos en nómina a estas esclavas del sexo en pleno siglo XXI en función de los supuestos derechos de los machos. Por mucho que quiera argumentar en contra el lobby proxeneta, el abolicionismo tendrá que triunfar en una sociedad que evoluciona. De lo contrario, elijamos la barbarie.

 

 

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