Volvamos a las aulas sin azules y rosas

Volvamos a las aulas sin azules y rosas

 

 

A muy pocos días de comenzar el curso escolar me gustaría hacer una llamada de atención sobre la importancia de que el colectivo docente se forme en Coeducación para conseguir una educación realmente igualitaria. Como maestra de Infantil, sé que no todo está conseguido en la Escuela, que no es cierto que hayamos avanzado tanto en este tema, y que las trabas, prejuicios, y malentendidos a los que nos enfrentamos en la comunidad educativa son numerosos. Siempre apelo a mis años en el campo del Magisterio, que ya son muchos (y nunca suficientes porque el aprendizaje de una maestra no tiene fin). Y creo que no, que no es cierto que se esté trabajando desde dentro todo lo necesario en este campo.No tenemos una escuela que coeduque. Y creo que esto ocurre porque no tenemos una sociedad convencida de que esto sea necesario.

 

Quisiera compartir algunos de los signos alarmantes que me encuentro cada año en la Educación Infantil pública. Como no puedo abarcarlos todos, comentaré algunos de ellos y comenzaré, por ejemplo, con el más evidente: los colores. En mi caso, ante la ausencia de ropa uniformada, me topo ya desde el primer día con los sempiternos babis y ropas de color rosa y azul que las familias adquieren y que diferencian a los niños y niñas. Aunque trato de eliminarlos por todos los medios, el azul y el rosa predominan como algo natural incluso, para mi asombro, entre algunas familias que se consideran más progresistas. Cuando llegan los cumpleaños, volvemos a encontrarnos las invitaciones personales color rosa de princesas, para las niñas, y las de monstruos para los niños. De nuevo vuelvo a sorprenderme. Lo mismo ocurre con los cuentos, pegatinas, adornos, habitaciones de sus hogares etc. Casi todo, por no decir todo, está diferenciado. Asombroso…

 

Los juguetes: Cuando digo que aporten algún juguete, vuelvo a encontrarme con el mismo tema, juguetes que en su versión sexista del siglo XXI no difieren en sus características de los que podía usar yo, siendo niña de obligado babi rosa, hace más de treinta años.

 

Cada año, al comienzo del curso escolar, hablo a las familias sobre este tema: pido colaboración; trato de ser amable, ilustrativa, coherente con los problemas de la sociedad a la que nos enfrentamos. Y suelo tener, a priori, muy buena acogida. No recuerdo haber tenido nunca ninguna oposición manifiesta al exponer la necesidad de coeducar. Las familias se muestran igualmente amables, colaboradoras y dispuestas, pero en la práctica… esta actitud no se lleva al terreno real. Los comportamientos sexistas están tan, tan arraigados que realmente creo que no somos conscientes de su gravedad. Permanecen ocultos bajo una apariencia de normalidad y solamente los vemos, cuando se nos llama la atención sobre ello.

No somos conscientes de que el patriarcado nos ha incrustado esta capa de sexismo en nuestra epidermis familiar y es difícil eliminarla. No nos damos cuenta de que a pesar de tanta información se sigue tratando a los niños, en la vida cotidiana, de modo diferente a como se trata a las niñas. Muchas veces, y a pesar de todos los supuestos avances al respecto, sigo viendo «reyezuelos» disfrazados de azul, a los que se estimula a ser fuertes o valientes, y hasta maleducados, y «bellas» disfrazadas de rosa, a las que se anima a ser recatadas y ñoñas.

Algunas familias, sorprendentemente muy jóvenes, lo tienen integrado de modo tan «natural», que es algo indiscutible y no se cuestionan los detalles. Estos comportamientos son alarmantes porque la ropa, el lenguaje, los objetos, las formas, las conductas que expresamos, no son más que reflejos de todo lo que está ocurriendo en nuestras vidas. Así es que cuando veo a estos «reyezuelos» es cuando recuerdo la reflexión de Marcela Lagarde que está siempre en mi mente: «Actuamos con sexismo al subordinarnos de antemano a los hombres, cuando en lugar de apreciarlos o amarlos, los adoramos y, en lugar de admirarlos, los reverenciamos; cuando en vez de colaborar con ellos, les servimos. Somos sexistas cada vez que justificamos su dominio y les tememos como si fuesen seres extraordinarios o sobrenaturales, y cuando nos derrotamos o desvalorizamos frente a ellos»1 .Yo añadiría, somos sexistas cuando educamos a nuestros hijos e hijas de forma injusta y marcadamente desigual.

Regalos de cumpleaños: No pocas veces he tenido que decir: «Disculpad, pero voy a mezclar los regalitos de cumpleaños. Es que se os ha olvidado y los habéis traído en dos versiones, una para niños y otra para niñas y en mi clase eso no se puede tolerar». En sus respuestas observo que ni siquiera se lo han planteado, y esto es preocupante.

¿Es posible que llevemos las mujeres tantos años de lucha en los que se han perdido y ganado infinidad de batallas para que una docente en pleno siglo XXI tenga que enfrentarse aún a estos comportamientos?

El tiempo de juego y los espacios : «Los niños no nos dejan jugar al futbol porque dicen que las niñas no saben», me cuentan con cara de fastidio los grupitos de niñas que osan inmiscuirse en el juego «masculino» que se desarrolla en el patio escolar. Me pregunto qué piensan, qué sienten cuando dicen y oyen esas respuestas que no se corresponden con lo que yo trabajo en el aula. ¿Dónde lo escuchan? ¿De dónde salen estos comportamientos en niños de tres, cuatro, cinco años? Afortunadamente, en este caso, el fútbol femenino va ganando terreno. Pero hasta hace muy poco, para los niños era un terreno exclusivo, porque no tenían referencias femeninas. Y niños y niñas siguen sin tener referencias femeninas en muchos otros campos. El rincón de la casita es también un lugar curioso. Que la casita sea un espacio coeducativo es uno de mis objetivos, pero alguna vez me he encontrado con esto: «Los niños han ocupado la casita y no nos dejan entrar». Cuando acudo al rincón de  la casita me encuentro, curiosamente, con un grupo de niños que cocina y otro grupo que, ante mi pregunta sobre qué están haciendo, responden: «Estamos en el sofá tomando algo». Yo pregunto: «¿Y por qué solo niños? ¿Y las niñas?». Entonces hacemos grupos mixtos, organizados, para rotar por los rincones, porque si no, la tendencia es a separarse en grupos excluyentes. Y no, esto no es lo «natural». No nos llevemos a engaño. Esta conducta está condicionada. Los niños y niñas juegan juntos de manera espontánea y solo comienzan a excluirse cuando reproducen lo que están viviendo e integrando como natural en la sociedad.

Tras mucho caminar, no todo es desalentador. Me consta que en las aulas de muchas compañeras y compañeros -no todas las que serían necesarias- se trabaja la coeducación como pilar fundamental. Es por eso que pronto, al final de la Educación Infantil, comenzamos a ver más llano el camino, se aclaran y se eliminan muchas actitudes sexistas, todo comienza a ser más coherente. Pero también es cuando llega el  momento de que se marchen a Primaria. Ahí surgen mis dudas. No por falta de confianza en el profesorado, que también existe en algunos casos, sino porque las materias curriculares son más rígidas y no contemplan la igualdad ni en sus libros de texto, ni en su espíritu. No, no en la medida necesaria. A veces, nada. La Coeducación en estas etapas tan importantes de la vida va depender del papel docente. Y de ahí la importancia de que recibamos una formación adecuada.

Toda mi reflexión ha comenzado con el comentario de una compañera de cursos más avanzados que me expresó hace días que quizás en los primeros años nos sea más fácil, pero que a ella le resulta incluso difícil pronunciar la palabra feminismo en el aula: «Los niños se enfadan y surgen muchas polémicas», me dijo. Es entonces cuando otra compañera, sabiamente, añadió: «Nos falta formación». Y yo, sinceramente, creo que sí. Nos falta.

Próximamente se celebrará en Madrid el II Congreso Internacional de Coeducación y Género 2019. Asistí el año pasado, junto a más de mil docentes, y fue enriquecedor. Animo al colectivo docente a acudir a este encuentro maravilloso que nos brinda la oportunidad de formarnos de la mano experta de grandes profesionales con extensa trayectoria en este campo. El año pasado también se cumplió otro sueño colectivo, el de que se constituyera, tras el congreso, un Claustro Virtual de Coeducación (CLAVICO) del cual formo parte, y una asociación que podéis encontrar en la red: (www.clavico.es). Me parece tan necesario… Creo que encuentros como este son absolutamente imprescindibles. Gracias al Claustro Virtual y a las personas organizadoras del Congreso por su labor formativa e informativa.Y gracias también por el estímulo y la esperanza.


1Marcela Lagarde y de los Ríos, El feminismo en mi vida. Hitos, claves y topías, Ciudad de México: Instituto de las Mujeres, 2012.

 

 

 

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