Cuando el sexismo se convierte en progresía

Cuando el sexismo se convierte en progresía

 

Hace una semana se celebró en Gijón la Escuela Feminista Rosario de Acuña de este año. Se trata de un espacio de pensamiento feminista, dirigido por la filósofa Amelia Valcárcel, que en cada edición aborda un tema diferente. Este año fue turno de afrontar las relaciones de la agenda “queer” con la agenda feminista y una servidora tuvo la posibilidad de participar como ponente.

Estas jornadas nos han valido una buena ristra de insultos, difamaciones, acusaciones de odio y transfobia. Insultos que bien podrían confundirse con los que misóginos proferían a las feministas allá por el siglo XIX llamándolas “hombres” por su apariencia no típicamente femenina. Calificativos de «viejas», “señoras amargadas del siglo pasado…”; hemos soportado vdeos y artículos descontextualizados y/o manipulados y un sinfín de descalificaciones por el estilo más. No vamos a decir que desde el feminismo no estemos acostumbradas a este tipo de insultos patéticos, pero sorprenden mucho más cuando los utilizan personas que se alzan como adalides de la justicia social.

Sonroja observar el uso partidista y convenido que se ha hecho de este tema por parte de partidos políticos que se dicen a sí mismos feministas. Encontramos críticas también de Ciudadanos, un partido que se atreve a pactar con la ultraderecha y que todavía saca pecho para hablar de “Transfobia” y arrojarlo contra feministas. Estoy segura de que sus ataques no están en buena parte motivados por el que algunas de las ponentes fueran las principales voces en contra de su agenda pro alquiler de vientre.

Por su parte la FELGTB se ha pronunciado condenando las jornadas por su “transfobia”. Lamento profundamente que no se den tanta prisa para condenar el uso de su colectivo por parte de empresas y partidos políticos para hacer campaña a favor de la explotación reproductiva y el comercio de menores que supone el alquiler de vientre. La seguimos esperando.

Las feministas que intervinieron en la Rosario de Acuña no son personas peligrosas ni con una agenda política de odio. Por el contrario, son personas que llevan toda su vida luchando a favor de los derechos humanos y en especial de los de mujeres y niñas. Mujeres que se han partido la cara también por los derechos LGTB. Este historial debería servir para que, por lo menos, se escuchara el problema que están intentando poner de relieve en vez de acribillarlas públicamente por expresar opiniones discordantes con una ideología política. Parecería que el feminismo gusta en la medida que sirve de trampolín para agendas propias, pero no cuando las mujeres se reclaman así mismas como sujetos políticos.  Las jornadas están en la red y pueden ser vistas por todo aquel o aquella que desee acceder de forma veraz y formarse su propia convicción sobre el discurso sostenido.

 

Pero mi finalidad con este artículo no es dar pábulo a acusaciones e insultos propios de sectas religiosas que no admiten nada fuera de un dogma y cuñados de bar misóginos.  Lo que voy a hacer es tratar de explicar cuál es el problema existente que dio lugar a las mencionadas jornadas.

Es curioso ver cómo, tanto desde la ultraderecha como desde áreas pro queer de la izquierda, se arroja la acusación de odio ya sea contra los hombres o contra el colectivo trans para silenciar reivindicaciones feministas. No, el problema con la teoría queer y con los hombres no es de odio. Es en ambos casos un problema de género.

Este concepto es el punto clave para entender tanto la base de las políticas feministas como las del queer. El problema es que son teorías políticas que interpretan de formas totalmente opuestas lo que es.

El feminismo es un movimiento político que persigue la igualdad entre hombres y mujeres en la sociedad concibiendo el género como un instrumento de análisis que sirve para comprender cómo opera la desigualdad sexual. Es decir, supondría toda la construcción social que se da alrededor del sexo y que sirve para crear una sociedad en la que los hombres oprimen a las mujeres. El género (feminidad y masculinidad) es el medio de opresión de las mujeres que tiene su origen en la diferencia sexual. El feminismo siempre ha perseguido un mundo en el que la diferencia sexual no suponga una diferencia política, en la que ser mujer y hombre no suponga nada más allá de lo estrictamente fisiológico.  Nuestra sociedad está construida sobre el sexo, no es ciega a él. Así, por ejemplo, tenemos todas las cuestiones relativas a la división sexual del trabajo, el aborto, la violencia obstétrica, el tabú de la regla… y todas aquellas cuestiones de ámbito social que atraviesan los cuerpos de las mujeres. Las mujeres no queremos ser “un sexo”, lo que queremos es que nuestro sexo no suponga una diferencia política, una desventaja respecto de los seres humanos del sexo opuesto. Pero esto no se consigue ignorando cómo opera el género en relación con el sexo de los individuos, se consigue señalándolo y actuando para desactivarlo a través de políticas materiales que eliminen estas diferencias políticas.

Esto es justo lo que se pierde con la teoría queer, que concibe el género como una identidad personal al margen completamente del sexo al que niega cualquier relevancia en la vida de las mujeres. Según la propia proposición de ley de Podemos sobre la materia el género sería “una categoría humana que puede estar en constante evolución y como tal tiene que ser percibida como una experiencia vital, un recorrido diverso en tiempos y forma”. Esto es, parte de la personalidad de la persona, una identidad personal. El problema es que al convertirlo en parte de la personalidad se equipara a su derecho fundamental al libre desarrollo de la personalidad en vez de independizarla junto al hecho de ser hombre y mujer del género, que es lo que intenta el feminismo.  Así apoyan el concepto de identidad de género que se define como: “La vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente incluyendo la vivencia personal del cuerpo y otras expresiones de género como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.”

La teoría queer elimina la crítica al género como un sistema de opresión, de desigualdad, jerárquico y lo blinda como derecho humano. Desde este punto de vista no es difícil entender por qué las acusaciones de odio a la Escuela Rosario de Acuña cuando se critica el género, porque criticarlo supondría criticar a las personas.  Pero esta no es una perspectiva feminista.

Continuando con esta perspectiva, se diferencia entre personas “Cis” y “Trans”, según la misma proposición de ley se definen como:

“Realidad Transgénero: Término global que define a personas cuya identidad de género, expresión de género o conducta no se ajusta a aquella socialmente asociada con el género que se les asignó al nacer. 

Personas cisexuales: Aquellas que se identifican con el género que les fue asignado al nacer”.

Un movimiento como el feminista que entiende que el género es una herramienta de opresión que se aplica para someter o privilegiar a las personas por su sexo no puede apoyar estas teorías. No se puede sostener que no hay cosas de hombres y de mujeres al mismo tiempo que estamos reconociendo por ley que ser mujer es identificarse con lo femenino. Supone esencializar el género y negar el carácter político que el sexo tiene en la vida de los hombres y mujeres, sobre todo de éstas últimas. Apoyar estas teorías supone reforzar el estereotipo de mujeres rosas y hombres azules. Es irónico criticar a Hazte Oír por su autobús cuando al mismo tiempo se intenta sostener por ley que “las niñas llevan falda y los niños pantalones”.

El género no es una construcción neutral, no asigna roles porque sí. No se pueden entender éstos sin su finalidad política que es la perpetuación de la desigualdad sexual. Lo contrario es blanquear el patriarcado. La libertad de ser de las personas no debería pasar por la negación de la realidad sexual de las mujeres.  Y cuando hablo de esta relevancia sexual no me refiero a ninguna esencia determinista, sino a entender cómo opera la desigualdad sexual para acabar con ella.

Esta ley pretende ignorar completamente la relevancia política del sexo sobre la cual se han construido normas como la propia ley 1/2004 de protección integral contra la violencia de género permitiendo que cuestiones que tienen que ser aplicadas por el sexo de la persona se apliquen por la propia palabra del sujeto sin requerir, ni si quiera, una constancia registral con lo que esto supone para la seguridad jurídica y, en especial, para la de las mujeres.

Nosotras no nos oponemos a la libertad de ser de nadie. Tampoco negamos la sangrante discriminación que viven las personas trans. Por el contrario, luchamos por una sociedad en la que cada persona, hombre o mujer, sea libremente sin que su sexo le limite ni le suponga ninguna violencia. Pero para ello hace falta abolir la estructura de poder jerárquica que es el género y no esencializarlo negando la realidad de las mujeres convirtiéndolas en aquello que las subyuga estructuralmente.

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