Los psicópatas y sus madres

Los psicópatas y sus madres

El otro día, comenté en las redes sociales mi pasmo ante el ingente número de delincuentes sexuales que hay (me refiero a delincuentes ya condenados, sin contar los que, por diversas circunstancias, escapan a la ley). Aunque, la verdad ¿de qué me asombro si sé que, por término medio, en España se denuncian tres violaciones diarias?

Pero voy a esto: resulta que, ante mi comentario, un ser (¿cómo llamarlo, si no?) me interpela y  me “informa” de que casi todos los asesinos en serie lo son porque sus madres los maltrataron cuando eran pequeños.

Dejando de lado el hecho de que yo no hablaba de asesinos en serie, me surgen algunos comentarios:

1.¡Cuánto daño hace el novelerío (nunca mejor dicho) de la ficción audiovisual! Porque, comprenderéis que todo lo que ese ser “sabe” sobre asesinos en serie no lo “sabe” porque haya estudiado el tema -ni desde el punto de vista policial, ni judicial, ni psiquiátrico-. Ni mucho menos aún porque él conozca de cerca o de lejos a ningún asesino en serie… No. Ha visto ficciones (yanquis, para más señas) y cree que el mundo está lleno de psicópatas (fabricados, claro está, por sus respectivas mamás).

Este es un caso prototípico del fenómeno que Gerbner estudió y denominó “síndrome del mundo malvado”. A saber: las personas que empiezan a ver ficciones audiovisuales donde abundan violencias de todo tipo terminan (y en poco tiempo) juzgando su propio entorno como muy peligroso y amenazador. Objetivamente, y por supuesto, en su entorno no han aumentado los delitos, son los sujetos quienes han variado su percepción. O dicho de otra manera: no viven en un mundo más proceloso, ellos se han tragado el cuento[1].

Yo, cada vez que puedo, señalo la influencia que el relato audiovisual ejerce en nuestras vidas. Insisto, insisto, insisto pero sé que no siempre convenzo. Muchas personas, mientras me escuchan, piensan para sus adentros: “Eso les pasará a otros, a mí no. Yo sé lo que sé porque lo sé, no porque me lo cuente una película o una serie”. Cuando alguien cree eso, significa que, en efecto, está mentalmente muy desamparado ante los mensajes audiovisuales porque ni siquiera tiene la mosca detrás de la oreja… o sea no está protegido ni por una mínima dosis de recelo o sospecha.

2.Las feministas olvidamos algo muy básico que, sin embargo, cualquier misógino (incluso sin ser excesivamente misógino) tiene clarísimo: el origen de todo mal está en Eva. Por ella perdimos el paraíso. Y todas las mujeres hemos heredado tan infame condición. Cuando un varón comete un delito, en el origen del mal, hay una mujer. Seguro. Los franceses dicen: “Cherchez la femme”, “Busquen a la mujer”.

Así, un hombre, asesina a su pareja (a veces, aunque se intente, no se puede negar el asesinato). Lo inmediato es preguntarse “¿Qué le habrá hecho ella?”. Porque ellos matan porque son menos pérfidos y enrevesados, más espontáneos, más brutotes. Ellas no asesinan ni dan palizas pero su maldad es sibilina, cruel, encubierta… peor, en una palabra.

Ya os digo: muchos varones (e incluso algunas mujeres) lo tienen claro: si él la mata es porque no puede más. O sea: ¿a qué extremos de perfidia habrá llegado esa mujer para obligarlo a convertirse en asesino?[2]

Y otro tanto cabe preguntarse ante violaciones y demás delitos sexuales. ¿Las culpables? Las mujeres que van provocando y, al mismo tiempo, son unas estrechas (parece contradictorio, pero qué va, en la mente patriarcal cabe todo).

3.Sea como fuere, invariablemente, detrás de cualquier maldad masculina, hay una mujer ¿por qué? Pues porque fue una mujer la que crio y educó a ese hombre. Si un hombre se tira en el sofá a ver la tele mientras su mujer cocina, friega, atiende a los hijos y al anciano padre (de él) ¿quién es responsable? ¿Quién? Primero, la madre que lo malcrió, segundo, la esposa que lo consiente… ¿vais captando el razonamiento? Y en los casos graves –los asesinos en serie, por ejemplo- también la responsable es la madre que los traumatizó para siempre, condenándolos a matar mujeres una detrás de otra ¿os dais cuenta?

Quedan, sin embargo, varias incógnitas sin resolver:

  • ¿las malvadas madres solo son malvadas con los hijos, no con las hijas? Porque asesinas en serie no hay…

  • mientras las malvadas madres torturaban a sus hijos varones y los convertían en psicópatas ¿qué hacían los padres? ¿A ellos no se les piden cuentas?

Claro que estas incógnitas me las planteo yo porque soy una ignominiosa feminista, eso está claro.

Pues avisados quedáis: “¡Somos malas pero podemos ser peores!”

[1] Traté con más detenimiento este fenómeno (y otros ligados al poder del relato audiovisual) en La imagen te ciega. Manual básico de análisis audiovisual. Ed. La Moderna, 2019.

[2] Esto lo ejemplifica estupendamente el film Carmen de Vicente Aranda: nos muestra a un sufriente Don José implorando a Carmen: “Por ti me he convertido en un asesino. Te lo suplico: sálvame y sálvate conmigo”. Ella. como es un putón desmelenado e histérico, pues nada, sigue provocándolo hasta que el pobre se ve obligado a matarla…

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