El regreso de Laura

El regreso de Laura

Y de repente, ella, la mujer, Laura, está en una encrucijada. Está donde no quiere estar. Está donde una serie de circunstancias, acontecimientos, decisiones, la han puesto. Donde ella misma se ha puesto. Pero ella, ya digo, no quiere estar ahí. De hecho, nunca quiso estar ahí, y sin embargo, la vida, con sus amarres y sus disparates, con sus ilusiones y sus equivocaciones, con sus fallos y sus deslumbramientos, la ha arrastrado a ese lugar equivocado (para ella, para su modo de pensar). Y entonces, desde ahí, desde donde no quiere estar, recuerda todo lo vivido anteriormente. Y lo hace aun sabiendo que esos recuerdos van a doler: nunca es fácil contemplar tantas imágenes propias en los espejos.

Imágenes propias que, dicho sea de paso, arrastran inevitablemente a quienes la rodean. Pero también sabe que haciéndolo, recordando, hallará las fuerzas necesarias para romper con ese lugar donde no quiere estar. Los seres humanos estamos llenos de contradicciones. Eso ella, Laura, ya lo sabe. Y no le importa asomarse al precipicio para contarnos su experiencia, sus experiencias. Todo eso -circunstancias, acontecimientos, decisiones…- que la llevó hasta ese lugar donde no quiere estar y del que -queda claro desde el principio- planea huir. Lo malo no es equivocarse, lo malo es no rectificar a tiempo. Y ella, Laura, lo hace, se equivoca (según su manera de pensar y posicionarse en el mundo) y rectifica. Mujer sabia, por tanto. Y valiente. De eso tampoco cabe duda alguna.

‘A mí no me iba a pasar’ es una autobiografía, sí. Pero también podría ser una novela. De hecho, puede leerse como una novela. Laura es Laura, pero podría ser Lucía, Inés, Carmen, Ana, Marta o Irene (¡tantas mujeres pueden hallarse ahora mismo en su situación!), qué sé yo. La historia de una mujer de decide parar, que reflexiona, que no quiere continuar por ese camino. La historia de una mujer que quiere tener su propio cuarto (Virginia Woolf sigue siendo una constante: el poder de los clásicos, de las clásicas; y la siempre medio olvidada Rosa Chacel, también: léanla, reedítenla…), que quiere escribir, que quiere ser madre, pero que eso, ser madre, no anule todo lo demás. Eso ella, Laura, lo tiene claro. Y rompe con esas cadenas que la situaron donde no quería estar. Como puede que estén haciendo ahora Lucía, Inés, Carmen, Ana, Marta o Irene. Mujeres que -la vida es muy caprichosa y está llena de trampas- están donde no quieren estar. Como ella misma, Laura, en aquellos años.

Autobiografía, sí (género que Laura Freixas ya cultivó brillantemente en ‘Adolescencia en Barcelona hacia 1970’: uno de sus mejores libros, al que ahora, sin lugar a dudas, hay que sumar este que nos ocupa). O autobiografía que puede leerse como una novela. Texto literario, en suma, de gran calidad. Texto literario que se lee de un tirón y al que luego se regresa para analizar la dureza de algunos pasajes, lo complicado que es vivir y tratar de llevar a cabo tus planteamientos vitales, tu compromiso con la sociedad y con tu propio concepto de las cosas. No, no es tarea sencilla.

Laura, que es Laura, pero que también podría ser Lucía, Inés, Carmen, Ana, Marta, Irene… O Nora, atrapada en aquella casa de muñecas, cuya estrechez, lamentablemente, aún perdura en muchos casos en estos tiempos convulsos, extraños, inquietantes, imprevisibles. Tiempos -¡cuidado!- de descarado retroceso.

 

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