El cuento de la manipulación femenina

El cuento de la manipulación femenina

 

Érase una vez unas mujeres malvadas que manipulaban a los hombres. Mujeres malignas que se llevaban a los hombres a su terreno y los manejaban a su antojo. Se jactaban y reían de ello porque, de esa forma, ellos probaban ser unos tontos estúpidos y ellas, más inteligentes y astutas. Desde Eva a la diosa Hera, pasando por la historia oficial contada, la mitología, la religión, los cuentos tradicionales siempre nos han enseñado que la mujer hace que el hombre haga cosas que no quiere; ya sea con nuestro cuerpo, nuestras palabras o nuestro ingenio. Les encandilamos, les confundimos. Somos seres malvados con mucha picardía.

Pero no es lo mismo manipular que convencer o saber tratar. Según la RAE (que no nos gusta, pero sigue siendo el medio lingüístico más valorado), “manipular” significa “intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información ,etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares”. En otras palabras, las mujeres engañamos para conseguir lo que queremos. Somos unas mentirosas. Tenemos una inteligencia perversa y cruel que usamos para utilizar al pobre ciudadano indefenso para, a saber: sacarle la cartera, un contrato matrimonial o, por lo visto, el alma.

Pagar al manipulador con su misma moneda es un buen movimiento táctico para llevarlo por el camino que quieres sin que te ataque, pero no es una buena estrategia feminista. No estamos jugando al ajedrez, estamos luchando por nuestros derechos. Decir que las mujeres manipulamos a los hombres se basa en la suposición de que somos malas y, valga la redundancia, manipuladoras. Jactarnos de que en realidad somos nosotras las que tenemos el poder mientras les hacemos creer a ellos que lo siguen teniendo no es feminista ni nos hace ningún favor. Muy al contrario, es totalmente contraproducente para el fin al que queremos llegar. Si, aunque engañados, ellos creen mantener el poder, ya sea en una relación sentimental, familiar, laboral o social, nunca llegarán a comprender que en una relación de cualquier tipo no hay poder que valga, ni el suyo ni el nuestro; en una relación lo único que debería valer y priorizar es la igualdad entre las partes. Si les engañamos con esa ilusión de poder, les estamos regalando la imagen del poder público mientras nosotras nos contentamos con las triquiñuelas del poder privado. Les estamos permitiendo que griten al mundo que tienen poder sobre nosotras. Les estamos facilitando que en la esfera pública se diga: “Controla a tu mujer” o “Se te está saliendo del trasto” o cualquier otro brillante eufemismo y, mientras, nosotras seguimos en el ámbito doméstico (como ellos quieren) dándoles las vueltas para hacer lo que nos dé la gana o lo que podamos o consigamos, según varíen nuestras habilidades de convicción o la comprensión de la respectiva pareja. Al seguirles la corriente, nosotras mismas nos encajonamos una vez más en lo invisible, en lo privado; nos devaluamos en lugar de luchar por lo que es nuestro y nos pertenece, por lo que creemos, por nuestra posición, en lugar de defender nuestro poder sobre nosotras mismas. Ya lo decía Gioconda Belli en El país de las mujeres: “El problema para mí no es lo que se piensa de las mujeres, sino lo que nosotras hemos aceptado pensar de nosotras mismas”.

No me refiero solo a simples conversaciones de tú quieres ir al cine y yo a la playa, me refiero a situaciones sociales, a toma de decisiones, a contextos que afecten a la vida de ambos como el muy frecuente “hacerle creer que la idea ha sido suya”. Una de las cosas más importantes que me ha enseñado el feminismo es la honestidad con los demás y conmigo misma. Ir siempre de frente es la mejor manera de ser tú misma. No quiero imaginar el desgaste y el estrés de hacerle ver a la otra persona que ha tenido una idea que en realidad no ha tenido para que esté de acuerdo en hacerlo. Qué jaleo. Y es que hasta que no seamos directas, ni la sociedad ni el macho medio entenderá siquiera dónde está el problema: que nosotras aceptamos las decisiones y voluntad de los demás mientras la sociedad no acepta las nuestras, que nuestra voz es válida y tenemos derecho a que nos escuchen y nos respeten.

Es cierto que hay situaciones y situaciones, hay callejones sin salida o lugares en los que la realidad de las mujeres es mucho más cruda que la que vivimos en Europa y la libertad para decidir y expresarse no es la misma. A veces se ven forzadas a buscar otras formas de vivir libremente. Esto se refleja muy bien en la película ¿Y ahora adónde vamos? de Nadine Labaki. La historia se centra alrededor de las mujeres de un pequeño pueblo del Líbano, que, cansadas de perder a personas queridas por culpa de la guerra, buscan continuamente formas y estratagemas alocadas de distraer a los hombres del pueblo para que olviden sus diferencias religiosas. Siempre en clave de humor (o podemos cortarnos las venitas), narra la desesperación por frenar la violencia. La creatividad ante un muro de hormigón. A situaciones desesperadas, medidas desesperadas.

Igual que el agua acaba saliendo por la grieta, el ansia de libertad se nos escapa por los poros. Pero no le bailemos el agua al patriarcado, hermanas. No podemos vanagloriarnos de algo que le viene bien al sistema y perpetúa la mentira y el estereotipo de mujer. Cuando necesitamos tirar de ingenio para sobrevivir, como en la peli de la directora libanesa, no lo hacemos por gusto, sino por no tener otra opción ni voz que valga, lo hacemos porque estamos atrapadas. La cosa no es decir que las mujeres somos manipuladoras, la cosa es ver cómo intentan tenernos bajo control. Eso no es maldad, es rebelión; pero debemos admitir que así no rompemos nuestras cadenas, solo tiramos de ellas mientras siguen ancladas a la pared.

Me pongo en la piel de mi generación anterior, de madres y abuelas, y es cierto que no siempre se puede evitar el conflicto porque la realidad es que las relaciones siguen sin ser igualitarias y la sociedad sigue siendo patriarcal (como mínimo), pero esa supuesta manipulación es la “solución” dentro del sistema. El feminismo lleva décadas reivindicándolo, di: “esto me gusta, esto no”. Alza la voz, grita, opina, afirma y reafirma si es necesario. Reivindicar nuestra libertad, nuestras ideas, nuestras decisiones y opiniones se convierte en una responsabilidad. Es nuestro deber no ocultar nuestros derechos tras la puerta de casa porque está claro que nadie más va a luchar por ellos. Y si no, hacedle caso a Simone de Beauvoir, que ya dijo eso de: “No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”.

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