Carta a una joven feminista

Carta a una joven feminista

 

Querida compañera:

Me imagino que en estos momentos estarás muy confusa y te estarás preguntando por qué la defensa de los derechos de las mujeres, sin atacar los de nadie, se considera discurso de odio. También puede que te hayas dado cuenta de que el feminismo radical y el transfeminismo son inconciliables, y que te estés preguntando cómo hacer y qué pensar para ser lo más “inclusiva” posible y no hacerle daño a nadie.

Te propongo unas respuestas:

  • Entre las causas que he apoyado está la lucha del pueblo palestino. Esto me ha llevado a ver cómo el estado y el pueblo de Israel instrumentalizan el genocidio de la segunda guerra mundial para hacerles a otros lo mismo que sufrieron ellos. Pues ahora está sucediendo lo mismo: algunas personas están utilizando la discriminación que sufren de manera instrumental para atacar a otros, o mejor dicho, otras: las mujeres, especialmente las feministas y las lesbianas, pero no solo. Todas las mujeres. La diferencia está en que la izquierda apoya a l@s activistas pro-Palestina, pero a las mujeres y a las feministas no. Estamos solas, como siempre.
  • El feminismo radical y el transfeminismo no son conciliables. No se puede creer a la vez que el sexo es un dato biológico, observable con certeza en la gran mayoría de los casos, y la base de la construcción opresiva y jerárquica que es el género, y una construcción social, algo “asignado” arbitrariamente y no necesariamente coincidente con una esencia sexuada, misteriosa e inmutable llamada “género”. Además, el cuerpo es nuestra raíz en la realidad y no un obstáculo a la expresión más auténtica de nuestro ser, ni un conjunto de piezas que se pueden modificar o eliminar sin consecuencias. Esta visión del cuerpo no es nada más que la última versión del pensamiento, típicamente masculino, que opone cuerpo y alma, y también sirve para enriquecer la industria millonaria del cambio de sexo. Solo el desprecio por el cuerpo justifica que el transfeminismo apoye la explotación sexual de las mujeres y de las propias personas trans, la reproductiva de las mujeres, y la experimentación de fármacos que convierten a niñ@s y adolescentes en conejillos de India en las garras de los nuevos Mengele. Si a veces te ha parecido que la transexualidad infantil es una violación de los derechos de la infancia, tienes toda la razón.

Tampoco se puede creer a la vez que ser mujer u hombre es un sentimiento, o una mascarada, y que las mujeres y los hombres son, además de cuerpos sexuados (y no “genitales”, como dicen los activistas trans: los cuerpos son sexuados por completo) dos historias, dos culturas, dos patrimonios inconscientes colectivos. La huida del cuerpo obliga a vivir en una esquizofrenia que produce los monstruos del transactivismo actual. Sería una incoherencia más negar la existencia de cerebros femeninos y masculinos y a la vez aceptar que hay personas “nacidas en el cuerpo equivocado”. Las disforias de sexo y de género son formas de alienación de un@ mism@ que pueden desaparecer (la disforia de género infantil, en efecto, desaparece con la pubertad en el 80% de los casos), no pruebas de la existencia de un alma sexuada acabada en un cuerpo del sexo opuesto. Esto no significa tratar de locas a las personas trans, sino entender que si alguien cree pertenecer al sexo opuesto hay que respetarle, pero no se está obligad@s a tomarle al pie de la letra. También hay que distinguir entre quienes sufren disforia de sexo o género y quienes se declaran mujeres trans por otras razones que no tienen que ver con el sufrimiento. Estos son hombres y representan un peligro para nosotras. En todo caso, cualquiera que sea la causa de su transición, ellos tampoco pueden escapar de la necesidad de aceptar su sexo y la socialización que han recibido por él. Todas y todos somos antes de todo mujeres u hombres, y mujeres y hombres que viven en una sociedad patriarcal, y tenemos el deber de asumirlo para terminar con el patriarcado. Lo demás es queer: un carnaval libertario en apariencia, una nueva dictadura patriarcal en la realidad.

Y no, no se puede “incluir” a todo el mundo. Hay que tomar partido, de un lado o del otro. Espero que tomes el del feminismo radical, porque el otro no es de las mujeres. En este caso, ¡bienvenida al club de las «TERFs»!

 

 

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