Big Little Lies de vuelta y media: el privilegio

Big Little Lies de vuelta y media: el privilegio

 

Big Little Lies tiene la palabra “privilegio” escrita en la frente. Desde lo absolutamente pijas que son, con unos casoplones que dan hasta miedo, porque toda mi casa es su salón, hasta el esplendor de su blanquitud y heteronormatividad en su más alto nivel. Todo es muy políticamente correcto, muy blanco, muy hetero, muy clasista, muy repipi, muy rosita, muy Disney American dream for dummies.

Yo vi la primera temporada con muchísimo recelo y distancia porque no paraban de criticarse unas a otras, con un gossip continuo y mala leche, reforzando aún más el estereotipo de mujer que habla a espaldas de las demás y no tiene apego por nadie más que por sí misma. Y, al final, me pareció entenderlo todo y ver un rayito del luz cuando descubrieron la sororidad. Un pequeño triunfo que podía justificar todo el critiqueo. Tenía sentido como camino para aprender una lección, para descubrir a la feminista que hay en ti, pero no. En lugar de unirse como mujeres ante la violencia sistémica y el poder masculino, se han unido para guardar un secreto. Se han unido a pesar de sus diferencias para apoyarse y protegerse (que es un gran avance), para crear una red de apoyo, pero al final resulta que no han descubierto la sororidad; han descubierto que un trauma compartido y un secreto son más fuertes que sus antiguas disputas. No deciden apoyarse como mujeres contra el sistema, deciden unirse como amigas contra un hombre. Nunca profundizan, no han visto el patrón, no buscan la raíz del problema. Se quedan en la superficie encerrada de sus casas con vistas al mar, sus fiestas de colegio y su círculo selecto de amigas con café y tacones. Se quedan en la superficie de un secreto que las intoxica y las subraya como lo que son: superficiales.

Me parece interesante en esta segunda temporada el papel de Celeste (Nicole Kidman), que sigue drogada con su marido pinchado en vena, donde el amor romántico y el “quiero recordar lo bueno” le dilatan las pupilas. Me parece importantísimo representar cómo funciona una relación tóxica y de maltrato, sus síntomas y lo que nos hace sentir y hacer. Es fundamental para reconocer patrones, para reflejar las contradicciones que todas tenemos y con las que intentamos lidiar, pero yo sigo esperando y pienso: “¿Cuándo llega el feminismo?”. Parecía que el argumento feminista sin empoderamiento había terminado. Que una cosa es una cosa y otra es estar cegada como Celeste, que sigue justificándolo y le dice a los niños: “Vuestro padre era una persona maravillosa”. Mira, no. Vuestro padre era un cabronazo. Vuestro padre era Darth Vader. Que no los quieras traumatizar, vale, pero hay justificación que valga. Van a ser Luke y Leia.

Y luego llegamos al capítulo 6 que muy acertadamente se titula “La mala madre”, porque se ha cuestionado la capacidad de Celeste para ejercer como madre durante casi toda la temporada. Vemos cómo se la cuestiona mientras intenta superar la muerte de su maltratador y pareja, se pone en tela de juicio sus procesos y su sanación, además de cada decisión que toma. Lo presenciamos con rabia porque, como espectadores, hemos sido testigos de su sufrimiento y de las mentiras que intentan adjudicarle en el juicio, afirmando que también era partícipe de la violencia que su marido ejercía sobre ella. Sin embargo, en el último capítulo, Mary Louise (Meryl Streep), que es la primera en acusarla de su mala maternidad, es a su vez tachada con el mismo título. Y aquí me detengo. La serie nos ha llevado a juicio para demostrar que Celeste no es mala madre, pero nos encontramos con que se acusa a otra mujer de serlo. Se la culpa por maltratar psicológicamente a su hijo, por machacarlo y culparlo y no puedo dejar de pensar en cuántas veces se busca la justificación afirmando que maltratadores o asesinos están enfermos, pero como suele decirse: “No, no están enfermos, son hijos sanos del patriarcado”. Culpar por completo a la madre por los crímenes del hijo me parece otra de las cagadas de la serie. Que Mary Louise no es ninguna santa lo sabemos todas, pero de ahí a acusarla de ser la causante de la violencia de su hijo hay un paso ideológico bastante grande. Al menos en la ficción, en esta ficción. Resulta la excusa perfecta para el niño maltratado que, por culpa de su madre, haya crecido para ser un violador. Obviar que ese niño se ha criado en una sociedad patriarcal que trata a la mujer como objeto de consumo me parece, como mínimo, ingenuo. No me gusta el cariz que toma el final al enfrentar de nuevo a mujeres entre sí, al volver a sacar a la luz esa rivalidad tan antisorora. Por supuesto puede darse el caso de que una madre maltrate a su hijo, eso no lo pongo en duda, porque las mujeres no somos ningunas santas, pero que justamente en esta temporada sobre la culpabilización se acabe culpando de nuevo a una mujer me parece absurdo, contradictorio y no muy bien pensado.

Yo sigo viendo un thriller más que otra cosa. Un cotilleo, un estereotipo femenino. Las protagonistas que han sufrido violencia, Celeste y Jane, se retratan como débiles, sensibles, traumatizadas; mientras que las que tienen más genio o seguridad en sí mismas, Renata y Madeline, manifiestan cualidades negativas: la primera por ser una pija extrema obsesionada con el dinero y el lujo, la segunda por ser infiel. Las cosas que le salen por esa boquita a Renata son para enmarcar, desde “No quiero no ser rica” hasta “Nos traicionan y nos quedamos. Nos mienten, nos engañan y nosotras… […] Nos quedamos, lo arreglamos, esa es la cuestión”. Se supone que Renata es el ejemplo de mujer empoderada hecha a sí misma, pero el ejemplo que predica no es muy empoderador. Un empoderamiento a la mitad, tampoco nos pasemos de transgresoras, que luego nos tachan de radicales, pero como dice Coral Herrera en La construcción sociocultural del amor romántico:

“En la cultura patriarcal se ha promovido el imperio femenino del aguante. Hemos de considerar autoabusos cuando las mujeres callan sus desacuerdos para no alterar la armonía familiar ‘por amor’, aguantan resignarse a ser marginadas de las decisiones económicas ‘por amor’, aguantan servirse los restos de una comida sabrosa ‘por amor’, aguantan acomodarse invariablemente a los programas de esparcimiento que organizan otros ‘por amor’, y se hacen cargo de las necesidades ajenas ‘por amor’”.

Toda la trama de Celeste y Renata podría estar muy bien si se hiciera de otra forma, el problema es que yo no veo bien la crítica, para mí el mensaje se diluye entre tanto chismoseo. Yo solo veo publicidad. Publicidad del feminismo liberal que está a la venta hoy en día. El de la mujer trabajadora, la mujer moderna del siglo XXI, la que externaliza los cuidados y el trabajo doméstico. Para mí ese es el secreto de su éxito, porque no hace más que publicitar el modelo de mujer que se cree correcto y al que se aspira hoy en día: la madre trabajadora que lucha con uñas y dientes por sus hijos y les organiza fiestas cuquis sin perder la feminidad o la figura (y si puede ser forrada, mejor). Me da la sensación de que sigue adentrándose en las zonas grises de la corrección política, de la justificación masculina, del #MeToo pero #NotAllMen. ¿Puede contarse una historia sobre el abuso y la violencia de género sin ser del todo consciente de las cadenas y sin que la echen a los lobos? Totalmente y así lo hace Big Little Lies, como también vimos en Por trece razones. Con el empoderamiento justo, sin rebelarnos mucho ante el poder (o rebelándonos un poquito solo), nos queda la mujer que la sociedad está dispuesta a aceptar, una que no se salga demasiado del trasto y que se ajuste a los valores mínimos. Pero también nos queda una historia vacía. Una historia que no cuestiona nada, simplemente cuenta; una historia que intenta poner de manifiesto un problema y se queda en una simple pregunta, en una duda. Big Little Lies es un “Soy feminista” en una camiseta de Zara. Y con esta reflexión, creo que queda todo claro.

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