Sobre la industria de los cuerpos, el proxenetismo y los lobbies de la prostitución y la pornografía (II)

Sobre la industria de los cuerpos, el proxenetismo y los lobbies de la prostitución y la pornografía (II)

Qué es un lobby y cómo funciona

Recordemos cuál es el significado en castellano de la palabra  lobby:

“Grupo de personas influyentes, organizado para presionar en favor de determinados intereses’,… R.A.E., o

“Grupo de presión formado por personas con capacidad para presionar sobre un gobierno o una empresa, especialmente en lo relativo a las decisiones políticas y económicas.”, según el buscador Google

 

O también, de acuerdo con  la definición de  Wikipedia:

..,2 un colectivo con intereses comunes que realiza acciones dirigidas a influir ante la Administración Pública para promover decisiones favorables a los intereses de ese sector concreto de la sociedad”

 

Dedico algunas líneas a estas definiciones, para dar tiempo a deducir, que si afirmábamos que la institución de la prostitución se ha convertido en una gran industria de los cuerpos de mujeres y jóvenes, que mueve anualmente  miles de millones en todo el mundo,  resulta evidente  que no solo los lobbies existen, sino que están operando, como poderosos grupos de presión, en todos los ámbitos sociales.

Para que un negocio transnacional, como el actual,  se considere  lícito, y sus inversores, mafias, intermediarios, madamas y proxenetas, se transformen en honestos y respetables empresarios o agentes sociales  reconocidos, los grupos de interés de esta industria deben  actúan como lobbies o grupos de presión e influencia.

Sus actividades y estrategias pasan por la  comunicación, el establecimiento de contactos a todos los niveles, regalos y donativos, creación de sociedades o fundaciones, organizaciones no gubernamentales  interpuestas, o de ayuda a las mujeres prostituidas, y que pueden recibir subvenciones,  asociaciones filantrópicas que, a su vez subvencionan, organizan o financian supuestas investigaciones, estudios y congresos, o promueven incluso cursos para aprender a prostituirse,  pero pasa también, por la infiltración de sus propios agentes en los  movimientos sociales y partidos.  Su meta es que esta industria sea  reconocida como perteneciente a  un sector empresarial legal y legítimo.  Para ello, sus acciones han de mantenerse  en el tiempo y utilizar diversificadas vías de actuación y muchos recursos.

La  presión de los lobbies se centra directamente  en colocarse en las agendas políticas y económicas,  en los programas de  partidos y políticos que dictan o promueven leyes, pero también actúan incidiendo en los diversos medios de comunicación, universidades, y creadores de opinión pública.

La finalidad es hacernos creer que la optimización de su propio beneficio proxeneta, contribuye muy positivamente no solo en las vidas y el futuro de las mujeres y niñas, sino en bien común de  toda la sociedad.

En nuestra deficiente democracia, la opacidad con la que actúan, la falta de transparencia política y la corrupción estructural que la caracteriza, permiten que estos lobbies funcionen con  total libertad en sus prácticas mafiosas, sobre  políticos y medios, pero también formando parte directamente del propio colectivo en el que se introducen e influyen.

 

Pornografía

Esta industria de los cuerpos,  destinada a  satisfacer la demanda de la sexualidad masculina hegemónica, se acompaña de otro gran negocio hermano, la pornografía,  que  funciona en paralelo y que incide en el efecto  propagandístico y promocional del producto a la venta.

Se trata de un mercado supuestamente para adultos pero que incluye  la promoción y  la instrucción  de   niños y niñas en el tipo de sexualidad que se comercializa.  Algunos estudios señalan que los menores pueden acceden  a la visualización por internet o a través del móvil, de películas con contenidos de violencia sexual explícita  ejercida sobre  las mujeres, desde los  8 años de edad.

La pornografía resulta así un  catálogo visual  para la venta posterior de los productos, ya sea para los adultos o para los menores, convertidos éstos en futuros clientes puteros,  pero a la misma vez,  adiestra  a las mujeres y niñas  en la visualización de lo que la industria del porno llama sexualidad y que se basa en la sumisión y la presentación de la violencia como placer, ejercida por un hombre o varios, sobre el cuerpo cosificado, sometido o torturado de las mujeres.  En la pornografía actual se aboga  de manera inequívoca, por mostrar el mayor poder masculino, fálico y viril, dentro de la más rancia tradición  machista, violenta y patriarcal.

La industria del porno, siempre en constante evolución,  construye e incentiva de esta manera, la compra-venta del sexo de pago destinado a las generaciones futuras, aleccionadas  previamente  para ello a través de las imágenes disponibles y al alcance de todos.

Con sus costosas campañas de márquetin y sus estrategias empresariales, influyen en lo que la sociedad  va a aceptar  como normal o incluso empoderante para la mujer moderna o posmoderna y liberada.

Siguiendo sus intereses comerciales, recurrirán al discurso falaz, de lo que ideológicamente han decidido catalogar y vender como   “libertad sexual, para así justificar y banalizar  la explotación y la violencia ejercida sobre los cuerpos de las mujeres,

Prostitución.

En este mercado, la  obtención de suficientes mujeres y jóvenes   debe estar asegurada y en continua rotación, pues el producto a la venta tiene que ser renovado constantemente.  Sin embargo, al no resultar fácil conseguir suficiente materia  prima a nivel local, las  prácticas de captación incluyen  el tráfico y la trata de mujeres, para lo cual construyen grandes estructuras mafiosas transnacionales.

La trata con fines de explotación sexual, es por tanto,  una parte esencial del negocio. Aun siendo oficialmente ilegal en muchos países, es bien tolerada o no suficientemente combatida, con la coordinación, los medios e instrumentos adecuados, dada las grandes dimensiones, redes  y dispositivos a los que deben enfrentarse, los países aislados.

Los lobbies persiguen como objetivo, que los Estados y las Administraciones, legalicen la industria para que, a los inversores,  mafias y proxenetas,  les  resulte más fácil y menos arriesgado,  la obtención y explotación del producto y  de la materia prima que precisan.

 

Proxenetismo

Lucrarse económicamente de la prostitución o bien  obtener beneficios económicos de ella, se considera todavía proxenetismo. En su definición legal, el proxeneta, según el artículo 187.1, del Código Penal, es:

“… quien se lucre explotando la prostitución de otra persona, aún con el consentimiento de la misma. En dicha conducta: la víctima se encuentre en una situación de vulnerabilidad personal o económica, y además se le imponen para su ejercicio condiciones gravosas, desproporcionadas o abusivas.”

En el caso del estado español,  algunos artículos del código penal han sido recientemente modificados para permitir  la falsa  situación en que se encuentran muchas de las mujeres explotadas, en burdeles, pisos, hoteles, casas de masajes o bares de carretera, por proxenetas y mafias que se benefician de la prostitución y la explotación, pero que actúan protegidos por la legislación actual.

Ese reciente cambio en las leyes, promocionado por los lobbies y resultado de  influencias y las presumibles o presuntas  connivencias policiales y políticas, más de una vez demostradas,  sugieren el preguntarse cómo ha sido posible un cambio legislativo tan sustancial que permite la aparición de locales y puti-clubs en todas nuestras  ciudades, pueblos  y carreteras, convirtiendo al estado español, en  uno de los mayores burdeles de Europa,  líder en este mercado de inversores, compra-venta y consumo de prostitución y destino de turismo sexual a nivel mundial.

 

¿Lobby pro-prostitución o  lobby proxeneta?

Los lobbies y grupos de presión  promotores de este gran negocio actúan conjunta o paralelamente pero no siempre están compuestos por los mismos agentes, ni utilizan las mismas tácticas o estrategias, aunque tengan y persigan los mismos objetivos.

Ante todo debería quedar diametralmente claro, que el  principal lobby pro-prostitución lo constituyen los puteros.  Estos consumidores machistas son los responsables de mantener la demanda, salvaguardando al mismo tiempo el derecho de acceso a cuerpos de mujeres, jóvenes o menores, variados, exóticos, accesibles en el lugar de residencia o en cualquier parte del mundo, y a bajo precio, sin importarles o prestar atención a la procedencia o las condiciones del producto que consumen.

Aunque en algunos países los hombres puteros organizan sociedades y lobbies ante la amenaza de ver mermados sus privilegios,  se comunican a través de chats y páginas de internet, o escriben manifiestos,  también se pueden defender a  través de partidos políticos y creando opinión social favorable a defender este ancestral privilegio.

En lo cotidiano, algunos hombres pueden formar también grupos de amiguetes o comandos llamados “manadas”, que frecuentan los burdeles o  los polígonos, para, previo pago, violar comunitariamente, pueden hacerlo también  en la calle, o intrafamiliarmente.

En realidad, su actividad se limita a defender derechos  que la sociedad  ya les ha  concedido previamente  por el simple hecho de nacer hombres, aunque para ejercerlos, deban aplicar  más o menos violencia,  ante la indiferencia  de otros hombres, leyes y legisladores.

Los hombres son los grandes agentes protegidos de este negocio que mantienen con la  ayuda de otros hombres,  inversores, propietarios de la industria, intermediarios, políticos, o proxenetas,   también de las instituciones o de otros hombres en general, aunque éstos últimos se declaren no  puteros.

La defensa de los privilegios patriarcales del colectivo o simplemente la no denuncia y la connivencia machista,  hacen posibles la prostitución, el tráfico y la trata de mujeres y jóvenes para la  industria de esta explotación del cuerpo femenino o feminizado.

 

Pueden asimismo constituirse en lobby, en representación de todas, una ínfima minoría de mujeres, que también pertenecen a la industria, En la I jornada sobre “Trabajo Sexual, derechos laborales y sindicación”, del pasado 8 de Junio en Barcelona, fueron aproximadamente unas 40  mujeres las reunidas, llegadas  de todo el Estado, y convocadas para reivindicar ser reconocidas como trabajadoras por cuenta ajena. Estas pequeño número de mujeres de la industria,  crean supuestos sindicatos, algunos gestionados por hombres,  o se introducen en otros ya existentes, más o menos combativos, interponiendo demandas laborales con la finalidad de que se les reconozca la categoría de trabajadoras sexuales o trabajadoras por cuenta ajena. En esta primera jornada, obtuvieron el apoyo del Ayuntamiento, partidos políticos de la izquierda y la derecha neoliberal, juristas,  y otras organizaciones de profesionales, cuya principal actividad declarada y, por la que reciben subvenciones,  es ayudar a las mujeres en situación de prostitución.

Los objetivos de reconocimiento laboral, de ésta y otras jornadas que se celebran en otras muchas ciudades o incluso en la universidad,   coinciden de nuevo en los mismos objetivos de los proxenetas que las explotan y con la supuesta función de los sindicatos.

Reconocer la prostitución como trabajo, tendría como uno de sus objetivos obtener y negociar un buen convenio colectivo con el sector empresarial  ya legalizado.  El beneficio obtenido de la explotación sexual dejaría de ser considerado un delito penal de proxenetismo, para convertirse en una actividad laboral cualquiera y automáticamente  transformaría a los proxenetas en aguerridos emprendedores y empresarios.

Un ejemplo de esto último, lo encontramos en  Alemania que ha legalizado la industria de la prostitución. Lo propietarios de prostíbulos y burdeles, pueden ofrecen por 50 euros de tarifa plana, el uso de todas las putas que se puedan consumir al primer envite,  con salchicha incluida.   Pueden bajar los precios y subirlos, como hace legítimamente cualquier empresario con los productos que vende. Esos productos continúan siendo, además de las salchichas, bebidas y otras sustancias,  el propio cuerpo de la mujer y sus orificios, sometidos a la ley de la oferta y la demanda.

El lobby pro-legalización lo constituyen, además de los proxenetas en sus múltiples modalidades,  una ínfima minoría de mujeres  empleadas en la industria que ven en esta subordinación a la sexualidad machista,  un negocio perfectamente lícito. Para proclamarlo,  aparecen frecuentemente en los medios de comunicación y en los espacios feministas,  presionan y alientan abiertamente a  los partidos políticos para  que sea reconocido el “trabajo sexual” y abogan socialmente para que la prostitución sea considerada un empleo normalizado para las mujeres.

Estos lobbies, el de las “trabajadoras “de la industria y el de los proxenetas, persiguen pues los mismos fines, con diferentes métodos, medios y consecuencias.

 

Otro lobby o grupo de presión lo constituyen los movimientos de mujeres neoliberales, que dicen ser feministas  pro-derechos y  los partidos políticos y sindicatos pro-regulación de la prostitución.

Algunos de los que se autodefinen como de izquierdas,  deben construir un relato social cambiando el lenguaje, y creando un argumentario más acorde con la ideología y los intereses que dicen representan.

Los derechos que manifiestan defender,  son denominados genéricamente   “pro-derechos”. Sin embargo, no se refieren a los derechos humanos negados previamente a las mujeres que han llegado a la prostitución  como consecuencia de su condición de mujer y  de la desigualdad estructural y de poder que eso supone. Tampoco reivindican otras alternativas que no impliquen recurrir a la prostitución como recurso de sobrevivencia para las mujeres empobrecidas;  ni se ocupan preventivamente de evitar la violencia,  las situaciones de maltrato y de abuso machista  que llevan a muchas mujeres al prostíbulo, a la calle, o al depósito de cadáveres. No. No se refieren a esos derechos fundamentales vulnerados. Ni a combatir la  violencia ejercida sobre sus cuerpos. Se refieren, una vez más,  a los derechos laborales, coincidiendo con la minoría de mujeres de la industria, inversores  y  proxenetas.

Un cambio trascendente en el lenguaje lo constituye  hacer  desaparecer, por arte de magia, la palabra prostitución y sustituir por la de “trabajo sexual”. En el imaginario que nos proponen, eliminan sigilosamente también, al patriarcado, como generador de la desigualdad estructural y de poder de los hombres sobre las mujeres. Consecuentemente, también deben  invisibilizar al putero violento y machista que se transforma y adquiere de golpe  y por obra y gracia  del arte lingüístico posmoderno,  la honorable categoría social de “cliente”.

Paradoxalmente, esos lobbies pro-derechos,  defienden legalizar la explotación de los cuerpos de las mujeres por terceros, es decir, legalizar el proxenetismo, coincidiendo con los intereses de los anteriores lobbies, y considerando la prostitución, no solo como una  salida laboral como otra cualquiera, sino además,  promocionándola como un trabajo empoderante para mujeres y niñas. Eso sí, no para ellas mismas, o sus hijas o familiares, sino para las migrantes o las mujeres más empobrecidas.

Los lobbies, infiltrados en el movimiento feminista, en los partidos políticos,  y en muchos estamentos sociales, que dicen ser pro-derechos laborales de las mujeres prostituidas, no defienden sin embargo los derechos de las mujeres a NO tener que serlo, ni dan alternativas realistas de salida a las que no pueden huir ni escapar  o a las que simplemente desean  dejar de ser prostituidas.

La sexualidad de la mujer tiene todavía  derechos que no han sido reconocidos, pero seguirán siendo una asignatura pendiente del feminismo, eso sí, del movimiento feminista  que todavía no se haya  vendido o esté infiltrado real e ideológicamente, por  los que representan los intereses lobísticos que abogan por la expansión de esta industria transnacional, machista y patriarcal, de la explotación de los cuerpos de mujeres y jóvenes, en esta etapa neoliberal y posmoderna de la historia del capitalismo, en donde sí se protege la demanda y la sexualidad masculina hegemónica. Como se ha hecho siempre, por otra parte, y desde tiempos inmemoriales.

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